Jesús replicó a uno de ellos:
"Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿0 vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?"
Difícil es entender cómo se alimenta la envidia en las personas, en nosotros. Más de una vez nos encontramos con personas que van acumulando rencores y dolores por culpa de la envidia que va surgiendo en el corazón. Una envidia que nos hace capaces de enfrentarnos a las personas que más queremos, y de provocar enemistades y discordias sólo porque hemos pensado que alguien ha hecho tal cosa, o que en mi cabeza me he formado tal idea, y sólo por situaciones sin fundamento ni razones se van sembrando semillas de discordia y de cizaña que lastimas los corazones de los que más queremos.
¿Por qué nace la envidia? Es una buena pregunta. Pero más que buscar las razones de la envidia mejor es buscar el remedio para no llegar a ella, porque muchas veces se hace difícil remediar aquello que hemos sembrado. Como dicen algunos dichos cuando arrojas plumas delante de un ventilador encendido es difícil recogerlas a todas. Es mejor no arrojarlas.
Sabemos que quien siembra la semilla de la envidia en nuestro corazón es Satanás y es fruto del pecado original que no nos deja hacer o vivir plenamente el amor entre los hermanos. Por eso, para poder evitar los malos frutos debemos regar nuestro corazón con el agua pura que brota del Corazón Misericordioso de Jesús, porque esa agua es la que purifica nuestro mismo corazón, es el agua de la Gracia que recibimos en nuestro Bautismo y que renovamos cada vez que nos encontramos con Él, que escuchamos su Palabra, que nos reconciliamos con Dios y con nuestros hermanos.
La Gracia de Dios fortalece nuestro amor para que no nos dejemos guiar por los malos pensamientos que van petrificando nuestro corazón, y por el dolor de viejas o nuevas heridas, se va transformando en un corazón vengativo y atormentado. Sólo el diálogo fraterno y la virtud de la humildad nos permiten volver a retomar el camino de la reconciliación, con uno mismo y con los hermanos. Porque cuando la envidia penetra en nuestro corazón, cuando volvemos a realidad y podemos ver el daño que hemos ocasionado descubrimos cuánto nos hemos dañado a nosotros mismos, cuánto dolor provoca en el mismo corazón el descubrirnos culpables de situaciones que, si las hubiéramos pensado a la Luz del Amor, no las hubiésemos realizado. Pero el orgullo y la vanidad nos cierran las puertas de la posibilidad de reconocer nuestros errores, de la Gracia del pedir perdón e intentar sanar las heridas causadas.
No dejemos que las semillas de la cizaña y de la envidia que van sembrando nos quiten ni la paz, ni la esperanza de seguir construyendo un Reino de Personas que se aman, un lugar en donde reine la fraternidad, la justicia y la verdad.
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