"Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
Jesús les dijo en seguida:
-«¡ Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! »
Hay cosas, situaciones que en la vida nos producen miedo, temor, nos dejan paralizados, más cuando son situaciones nuevas que estamos viviendo o creemos que vamos a vivir. Los apóstoles nunca habían visto a Jesús caminar sobre el agua, y sin saber qué era se asustaron.
¡Cuántas veces nos pasa lo mismo! Nos asusta que el Señor venga a nosotros de un modo que no lo esperamos. Nos asusta que el Señor nos muestre algo de nuestra vida que no esperábamos ver. Nos asusta pensar en lo que Dios nos pueda pedir y en lo que tengamos que entregarle.
Y sin embargo, una y otra vez, Él nos vuelve a repetir:
¡Ánimo, no tengáis miedo! Sí, lo tenemos que reconocer tenemos miedo, aunque no lo expresemos o lo queramos ocultar bajo mil caras, tenemos miedo de aquello que desconocemos de nosotros mismos, pero también tenemos miedo de aquello que conocemos y creemos que nunca lo podremos remediar.
Y Él vuelve y nos dice: ¡Ánimo, no tengas miedo!
Es cuando tenemos que abrir los ojos del corazón para descubrir que es El Señor quien viene a nuestro encuentro, porque lo necesitamos porque Él sabe que sin Él no podemos hacer nada, incluso aquello que tanto anhelamos, no podremos lograr sin Él.
Y por eso, al reconocerlo suscita en nosotros ese deseo casi irracional de decirle: "Si eres Tú, mándame que ir hacia Tí caminando sobre el agua". Toda una hazaña ¡qué valor! Y Jesús podría haberle dicho a Pedro como le dijo a Juan y Santiago: no sabes lo que pides. En cambio le dijo: Ven.
Y Pedro con arrojo y valor, y con un poco de insensatez bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua, pero al instante le entró nuevamente el miedo y comenzó a hundirse: ¡Señor sálvame! Y el Señor le tendió la mano: ¡Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?
Sí, entre el miedo y la duda muchas veces nos dejamos hundir en el mar de la desesperanza, de la angustia, del dolor, del no poder comprender el por qué de todo esto. Pedro tomó la sabia decisión de dejar de lado su orgullo y decidió reconocer su error: ¡Señor, sálvame!
No hacen falta grandes penitencias para recibir la mano tendida del Señor, sino que basta que me de cuenta que sólo no puedo caminar sobre este mar tan tempestuoso que es mi propia alma, porque mi alma está sacudida no sólo por los vientos del mundo, sino también por las tempestades de nuestra propia imperfección, de nuestros defectos y pecados, y Satanás se sirve de ellos para que no decida nunca saltar de la barca y llegar hasta el Señor.
Sí, quizás nos haga falta la inconsciencia de Pedro, o la confianza de Pedro también, para desear ir con Él, aunque sea caminando o queriendo caminar sobre el mar tempestuoso. Pero para ello necesitamos dar el primer paso y tender la mano, no mirar nuestras aguas sacudidas y revueltas, sino mirar a los ojos de Aquél que cada día extiende sus brazos en la Cruz para que me mantenga a salvo y en pie sobre las aguas del mar de la vida.
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