La imagen que nuestra de la gente, de nuestros amigos, familia y hasta Dios es la de persona cariñosa, suave, que nunca se irrita y que jamás levanta la voz para hacernos ver los errores. Un Jesús manso, humilde y dulce es lo que siempre vemos y anhelamos, porque su dulzura y su mansedumbre es lo que nos hace sentir bien, tranquilos, y pensamos que nunca se irrita y que, por eso, siempre perdona.
Es así que la imagen que nos presenta el evangelio de hoy no nos atrae demasiado:
"¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera."
No nos gusta que nos hagan ver nuestro error. Y esta frase Jesús no la dice por mí, sino por los otros que viven peor que yo. Y es ahí donde está mi fariseismo, en no darme cuenta que también mis errores pueden llegar a enfadar hasta el mismo Dios. Creemos que siempre Dios perdona, o, mejor dicho, creo que siempre me tienen que perdonar porque si no me perdonan no son buenos los demás, no tienen en cuenta mi imperfección, mis buenas intenciones.
Todo se tiene en cuenta pero, como nos dice Jesús: Vuestro Padre que ve en lo secreto te lo recompensará. No podemos ocultarle nuestras intenciones a Dios, no podemos ocultarle lo que piensa y pensó nuestra cabeza y nuestro corazón. Y, como alguien dijo alguna vez: "de buenas intenciones está lleno el camino al infierno". Siempre nosotros tenemos buenas intenciones, pero los demás no la tienen, o mejor dicho no lo vemos así.
Nuestra vida cristiana tiene una exigencia muy fuerte y tenemos todos los bienes necesarios para poder vivirla. Nuestra vida religiosa, como la que Dios quería del pueblo de Israel, es para llevar a los hombres hacia Dios. Es que por eso Jesús se enfada tanto con los fariseos, porque recorren un camino que es engañoso para los hombres. Claro está que lo hacen con buenas intenciones, pero esas buenas intenciones engañan su propia conciencia y engañan a los demás que imitan sus obras.
Lo queramos aceptar o no, nuestra vida es una vida pública, lo que hacemos o lo que vivimos no es solo para nosotros, Él nos ha elegido para ser Luz, Sal y Fermento en el mundo. Él nos ha llamado para que "los hombres viendo nuestras buenas obras glorifiquen al Padre". Él ha confiado en nosotros la Obra de la Salvación.
Por todo esto y por mucho es lógico que se enfade porque sólo nos limitamos a cumplir unas prescripciones litúrgicas o porque simplemente "cumplimos" con el precepto de ir a misa, y después no llevamos a la práctica cotidiana el "amaos unos a otros como Yo os he amado", ni somos obedientes a la Voluntad de Dios, ni nos importan los mandamientos del Señor.
¡Cómo no se va a enfadar el Señor con que los cristianos vivamos sin exigirnos Vivir! Si nosotros mismos nos enfadamos con nuestros hermanos o familia cuando vemos que están haciendo mal las cosas, y no nosotros no entregamos nuestra vida en una Cruz para que nuestra familia tenga Vida y Vida en abundancia. Eso lo hizo Él por nosotros y para que nosotros lleváramos esa Vida a todos los hombres para que alcancen la Vida eterna.
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