San Maximiliano Kolbe, un gran hombre que entregó su vida por uno de sus hermanos, una muestra más que el amor fraterno es posible cuando se vive el Amor cristiano, cuando le cristiano se centra en Dios puede mirar más allá de sí mismo y entregar su vida por sus hermanos.
Y el martirio es el llamado cotidiano que nos hace el Señor a cada uno, porque el "negarnos a nosotros mismos" es nuestro martirio cotidiano, porque representa una muerte cotidiana para poder aceptar la Voluntad de Dios. Si no estamos dispuestos a morir a nosotros mismos no podremos nunca llegar a alcanzar la Vida que el Padre quiere para nosotros, pues el Camino que conduce a la Vida lleva implícito la muerte a uno mismo para poder aceptar Su Voluntad: "Padre, que no se haga mi voluntad sino la Tuya", le dijo Jesús al Padre en el Huerto de los Olivos.
Muriendo a nosotros mismos es como podemos escuchar la Palabra de Dios y aceptar lo que en Ella Dios nos dice. Porque la aceptación de la Palabra de Dios, como lo que es: Palabra de Dios, nos exige un acto de fe, porque aunque sepamos que la escribió un hombre, creemos que fue inspirado por Dios y que es Dios mismo quien nos habla, así cuando la leemos en la Misa siempre decimos: Es Palabra de Dios - Te alabamos, Señor.
Y con esa misma fe leemos y aceptamos, aunque muchas veces no entendamos el por qué Dios nos pide vivir de esta manera.
Con esta misma fe aceptamos los cristianos esta realidad que hoy Jesús nos plantea en el Evangelio: la indisolubilidad del matrimonio, porque aunque en el Antiguo Testamento existía el divorcio, Él elevó el matrimonio a la categoría de Sacramento y le otorgó el Don de la indisolubilidad. Por eso, cuando el varón y la mujer se unen ante Dios con el sacramento del matrimonio, esa unión es para toda la vida.
Hace unos días el Papa Francisco volvió a aclarar que los separados vueltos a unir o a casar por lo civil no están excomulgados, sino que si bien no pueden acceder a la Eucaristía y a la Reconciliación, pueden participar de toda la vida eclesial. Su comunión no es plena, porque al estar unidos a otra persona sin el vínculo sacramental del matrimonio no pueden confesar el pecado de adulterio, pues no está el deseo de cambiar de situación, y por eso mismo no pueden acceder a la Comunión.
Sí, es una realidad muy dura y muy dolorosa para los que la viven y para los que debemos predicarla, pero es nuestra fe y creemos que la Palabra de Jesús es Palabra de Dios, y esa Palabra no puede modificarla ningún hombre sobre la tierra. Por eso rezamos por cada uno de ellos para que puedan encontrar la fuerza para aceptar esta realidad, y puedan ofrecer, cada día, el dolor de su corazón para fortalecer su nueva unión y la fidelidad en el amor.
Cada uno de nosotros llevamos una Cruz del martirio, y cada uno de nosotros necesitamos del amor del hermano para poder alcanzar la meta. Por eso no nos desanimamos sino que buscamos la Gracia por la Comunión física en la Eucaristía o con la Comunión Espiritual, pero nunca dejamos de caminar hacia la meta.
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