Hay como dos partes en el evangelio de hoy:
"En aquel tiempo, los discípulos de Juan se acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?»
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?"
Jesús no ha querido descartar el uso del ayuno como un acto de sacrificio, de conversión, sino que, por un lado no siempre hay que fijarse en lo que los otros hacen para hacer yo lo mismo sin ponerme a pensar o reflexionar si es lo que Dios quiere. En este caso no era lo que Dios quería, pero no por eso deja de ser bueno, sino que es para otro momento.
Y es el mismo Jesús quien le habla de que habrá otro momento en el que ellos ayunará, y nosotros ayunaremos. Pero, también tenemos que saber el por qué tenemos que ayunar y para qué debemos ayunar.
"Llegará días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán".
Y el sentido del ayuno está, también, en la frase siguiente que les dice Jesús:
"Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor.
Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres; se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos, y así las dos cosas se conservan».
El ayuno es un momento de reflexión y conversión, de descubrir qué hay en uno de nuevo y de viejo, si hay cosas para modificar o suprimir de mi vida. El ayuno me sirve, si lo utilizo del modo que Dios quiere, para ir renovando mi vida, dejando de lado los instintos y las pasiones humanas y centrarme más en las cosas de Dios, principalmente en tener la capacidad de morir a todas esas cosas que no me dejan aceptar y vivir la Voluntad de Dios.
Casi siempre hemos ido incorporando "cosas" cristianas pero no hemos llevado una vida cristiana, y a eso se refiere Jesús con poner remiendos a la vida, una cosa es que me vean tener gestos cristianos y que tenga que hacerlos para que los vean, y otra cosa es tener una vida coherente entre lo diario y la fe, es decir que no necesite tener que pensar cómo mostrar mi fe, sino es que mi vida sea una vida de fe, una vida evangélica.
El Sermón en la montaña
sábado, 4 de julio de 2026
Una vida sin remiendos
viernes, 3 de julio de 2026
Señor mío, Dios mío!
Homilía de San Gregorio Magno, papa
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?
Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.
Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído?» Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: Porque me has visto has creído? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto, lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, viendo creyó, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.
Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que crean sin haber visto. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Hacen profesión de conocer a Dios, pero con sus acciones lo desmienten. Y Santiago dice: La fe sin obras es un cadáver.
jueves, 2 de julio de 2026
Poderosos para servir
"Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate- y echa a andar"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados - entonces dice al paralítico -: "Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa"».
Se puso en pie, y se fue a su casa.
Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad".
Jesús, por ser Dios (segunda persona de la Santísima Trinidad) tenía gran poder, aunque no siempre lo utilizó y, sobre todo, no lo utilizó para su propio bien sino para el bien de la misión que el Padre le había encomendado.
Y ese poder, esa potestad, de la cual la gente se asombraba es la que nos ha dado a nosotros, a cada uno según su vocación y servicio al Reino. Sí, cada uno de nosotros tenemos, casi, el mismo poder de Jesús porque todos nosotros hemos sido llamados a ser hijos de Dios en el Hijo, es Él quien nos ha dado el poder de llevar Su Palabra y Su Vida al mundo, de iluminar, de salar, de fermentar la masa del mundo para que el mundo encuentre el Camino que lo conduzca a la Vida.
Claro que no podremos hacer andar a un paralítico, ni curar la ceguera a un ciego, ni resucitar un muerto como lo hacía Jesús, pero podemos, a esas mismas personas, darle esperanza, iluminar con la luz de la fe, ayudarle a encontrar sentido en su vida, resucitar sus deseos de esperanza, de amor, etc.
Hay tanto que podemos hacer con los Dones que nos ha dado el Señor, viviendo como Él vivió en la obediencia a la Voluntad del Padre, obtendremos de Él muestras de su gran poder para llevar al mundo todo lo que se necesite para que encuentre caminos de conversión, para que podamos, día a día, ser partícipes en la construcción del Reino de Dios aquí en la tierra, pero sabiendo que los "poderes" que tenemos por ser hijos de Dios son para el servicio de los demás y no para nuestro propio servicio, y son poderes que se hacen cada día más fuerte cuanto más los utilizamos para llevar la Palabra de Dios a los demás.
No caigamos en la tentación del mundo que nos hace creer que somos poderosos por nosotros mismos y caemos en el pecado del apetito de poder, haciéndonos dueños de la Gracia y no servidores de nuestros hermanos para que ellos alcancen la Gracia de Dios.
miércoles, 1 de julio de 2026
Aceptemos al Señor
"Buscad el bien, no el mal, y viviréis, y así el Señor, Dios del universo, estará con vosotros, como pretendéis.
Odiad el mal y amad el bien, instaurad el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo, tenga piedad del Resto de José.
«Aborrezco y rechazo vuestras fiestas -dice el Señor-, no acepto vuestras asambleas...".
No siempre nos gusta que nos digan que nos pueden castigar por nuestras malas acciones, y muchas otras veces nos quedamos con el pensamiento sobre la misericordia de Dios, y eso nos ayuda a ocultar nuestras malas acciones. Sin embargo las dos cosas son reales en Dios pues no puede haber misericordia sin justicia, ni justicia sin misericordia en nuestro Padre Dios, por eso siempre nos está exhortando a que tengamos en cuenta las consecuencias de nuestro comportamiento, pues está bien que una o dos veces caigamos en el mismo error, pero que siempre cometamos el mismo error o pecado sólo porque Dios es misericordioso, no creo que eso sea bueno para el alma ni para nuestra salvación.
Cuando no tenemos en cuenta las consecuencias de nuestros actos es ahí cuando estamos cometiendo un gran error, porque nos dejamos llevar por nuestros impulsos y no tomamos el peso de lo que decimos o hacemos, y, sobre todo, si lo que decimos o hacemos va en contra del amor y la misericordia hacia nuestros hermanos: "porque si no perdonáis a los demás no seréis perdonados", dice el Señor.
Así le pasó a los gerasenos del evangelio que prefirieron sus cerdos a Jesús. Y así nos sucede a nosotros preferimos quedarnos con nuestros ideales y nuestras cosas antes que dar el brazo a torcer y aceptar que estamos actuando mal, que tenemos que convertirnos y creer en el Señor para que salga de nuestro corazón todo lo malo y reine el bien, la vida que Jesús nos trae con su Vida y con su Palabra.
No renunciemos a la Vida en Cristo sólo porque no podemos quedarnos con nuestros cerdos, sino que aceptemos que cuando Él llega a nuestro corazón y forma parte de nuestra vida, no hay nada más importante que Él y todo lo que Él nos brinda.
martes, 30 de junio de 2026
La pedagogía del Padre
De los escritos de Clemente de Alejandría
Con razón el Logos es llamado pedagogo, pues a nosotros, niños, nos conduce a la salvación. Por eso ha dicho clarísimamente de sí mismo por boca del profeta Oseas: Yo soy vuestro preceptor. Pedagogía es el culto divino, comprensivo de una educación en el servicio de Dios, de una introducción al conocimiento de la verdad y de una buena formación que conduce al cielo.
La palabra pedagogía es polivalente: está la pedagogía del que es conducido y enseñado y la del que conduce y enseña; pedagogía es, en tercer lugar, la misma formación recibida y, en cuarto lugar, las materias objeto del aprendizaje, por ejemplo, los mandamientos. Existe la pedagogía según Dios, que es la señalización del recto camino hacia la verdad, en orden a la contemplación de Dios, así como la indicación de una conducta santa que tiene como meta la eterna perseverancia. Como el general conduce a su ejército velando por la seguridad de sus soldados, y como el piloto maneja el timón de la nave atento a la salvación de los pasajeros, así también el pedagogo conduce a los niños a un tenor de vida saludable, en aras de su solicitud por nosotros. Y, en general, todo cuanto razonablemente pudiéramos pedir a Dios, lo obtendremos si obedecemos al pedagogo.
Ahora bien, así como no siempre el piloto se deja llevar por la marea, sino que a veces, poniendo proa a la tempestad, resiste a todas las borrascas, así tampoco el pedagogo expone al pequeño a los vientos que soplan en nuestro mundo, ni menos le abandona a merced de ellos, cual bajel, para que se estrelle entregándose a una vida bestial y licenciosa; al contrario, sólo cuando el ánimo del muchacho es impulsado a lo alto por el espíritu de verdad, empuña fuertemente el timón del niño —me estoy refiriendo a sus oídos—, y no lo suelta hasta haberle conducido, sano y salvo, al puerto celestial. Porque si lo que los hombres califican de costumbres patrias es de escasa duración, la formación recibida de Dios es una adquisición que permanece para siempre.
Nuestro pedagogo es el Dios santo, Jesús, el Logos que conduce a la humanidad entera; el mismo Dios, que ama a los hombres, es el pedagogo. De él habla el Espíritu Santo en un pasaje del Cántico: Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos; lo rodeó cuidando de él; lo guardó como a las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada, revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas. El Señor solo los condujo, no hubo dioses extraños con él. Aquí la Escritura nos presenta, según creo, al pedagogo, indicándonos cuál es su misión. Nuevamente se presenta a sí mismo como pedagogo, cuando se expresa así hablando en primera persona: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.
lunes, 29 de junio de 2026
Testimoniaron con su vida
Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.
San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Cristo le replicó: «Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro». «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo».
El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.
No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.
A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.
En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.
domingo, 28 de junio de 2026
Una vida nueva
San Pablo les enseñaba a los romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.
¿Cuál es esa vida nueva que recibimos en el bautismo? Porque la mayoría de nosotros, después de ser bautizados no experimentamos una vida nueva, ni nada por el estilo. Siempre recuerdo que uno de mis primeros bautismos como diácono, cuando se le pregunta a los padres que vienen a pedir a la Iglesia para su hijo (la respuesta tiene que ser el bautismo, la fe o algo similar) me decían: que sea sanito, que tenga suerte, que no le pase nada… Y eso es lo que, lamentablemente, muchos esperan del bautismo y no una vida nueva, porque, en realidad, no sabemos qué significa una vida nueva en Cristo.
Y la vida nueva que recibimos en el bautismo no es ya una vida solamente humana, sino una vida que se va construyendo con las enseñanzas del Evangelio de Jesucristo, con todas sus enseñanzas y no sólo con las que más me gustan o son más fáciles de vivir. Pues ya desde el instante en que se que es una vida nueva no puedo seguir pensando en la vida que llevo, sino en que tengo que ponerme a discernir qué es lo que quiere Dios con mi vida, conmigo.
Una vida nueva en Cristo es intentar vivir como vivió Jesús cuando estuvo caminando entre nosotros y que nos lo dejó, por la Gracia del Espíritu Santo, escrito en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento que es el culmen y la plenitud del Antiguo Testamento. Por eso, al tomar consciencia de que tenemos que vivir una vida nueva en Cristo, lo primero que tenemos que ponernos a pensar es si estamos dispuestos a vivirla, porque lo que Jesús nos dijo es “quien quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo”, y ahí está cuando dudamos de la elección que queremos hacer.
En estos tiempos que vivimos negarnos a nosotros mismos nos parece lo más cruel y desafortunado que alguien nos puede pedir, porque, para muchos, eso no se lo permito ni a mis padres, ni a mi pareja, ni a nadie que me diga que tengo que cambiar mi estilo de vida. Aunque siempre hay una excepción, cambiaré de vida cuando realmente me enamore, verdaderamente, de otra vida.
Y así sólo podre aceptar el desafío de vivir una vida nueva cuando logre conocer, verdaderamente, la Vida Nueva en Cristo, es decir cuando logre enamorarme de esa Vida que es Cristo mismo.