viernes, 29 de mayo de 2026

Mover el monte al mar

Jesús contestó:
«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: "Quítate y arrójate al mar", y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
Hay afirmaciones de Jesús que nos parecen un poco exageradas como esta de poder arrojar un monte al mar, pero es que la fe es la que mueve montañas, decimos muchas veces, pero en la realidad no es tan así, aunque sí puede ser que sea así. Vale, estoy haciendo un trabalenguas con negaciones y afirmaciones. Entonces tendríamos que preguntarnos ¿cuál es el monte al que se refiere Jesús? Creo que el monte somos cada uno de nosotros, un monte que sólo la fe puede movernos hacia la Voluntad de Dios, hacia la meta que Dios ha pensado y nos propone alcanzar.
Para ello hace falta la fe, para poder encontrarnos con el Padre y, por un lado, aprender a escucharlo y por otro tener el valor de aceptar y vivir lo que Él nos propone. De este modo creyendo que lo que me está pidiendo, aunque sea lo más irracional humanamente, lo podré alcanzar, podré comenzar a moverme de mi lugar, de mi zona de confort, y salir hacia donde Él me pida.
Por eso necesito una vida de oración que me permita entrar en ese diálogo personal con el Padre para que, por medio de su Espíritu, me ayude a discernir, a aceptar y a realizar la obra que Él me encomienda. Así, en este diálogo con Él podré pedir todo lo necesario para poder abrir el corazón, para poder ver, para tener la fortaleza para hacer Su Voluntad y no la mía, y así dejando de lado mi yo terrenal alcanzar la meta soñada por Él para mí.
De este modo no sólo podré conseguir lo que pido sino que obtendré todo lo que necesito para ser Fiel a esa Vida que Él me está mostrando y que sabe que es el Camino para mi perfección, para alcanzar la Bienaventuranza que me prometió. Porque no es sólo pedir lo que el mundo me está indicando pedir, sino pedir lo que realmente necesito y que el Espíritu que habita en mí me está susurrando pedir para que mi vida sea la que El Padre soñó y que ha dejado sellada en mi corazón.

jueves, 28 de mayo de 2026

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote

De la carta encíclica Mediator Dei de Pío XII

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

No sabemos lo que pedimos

- «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
- «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron:
- «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
- «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
- «Podemos».
Muchas veces le exigimos a Dios que haga lo que queremos, como le sucedió a los apóstoles, y eso no es que esté mal, lo podemos hacer, pero, como dice Jesús, muchas veces no sabemos lo que pedimos. Es decir, sí sabemos lo que pedimos pero no hemos pensado bien lo que pedimos porque lo que pedimos nace de una necesidad humana, de algo que nos está sucediendo y no sabemos cómo solucionarlo, o queremos algo que está muy lejos de nuestras posibilidades y necesitamos que Él nos lo consiga.
En este caso ellos pensaron que lo que estaban pidiendo era un lugar al lado de un emperador terrenal, y, por eso, no sabían lo que estaban pidiendo porque no habían comprendido, todavía, a qué Reino se refería Jesús en sus predicaciones. Así han mostrado, y nos muestran, que los poderes terrenales no son parte del Reino de los Cielos, y que, muchas veces, nos dejamos llevar por los instintos más básicos sin saber a qué estamos llamados realmente.
Pero, además, hay algo que es muy importante: lo que implica pedir cosas y lo que implica, como responsabilidad, el recibir lo que se pide, pues todo tiene su precio real. En este caso Jesús les propone una exigencia: un cáliz y un bautismo, pero tampoco saben qué es lo que eso significa, pero ya no se pueden echar atrás, sino que aceptan el desafío de tener que aceptar hacer algo por lo que han exigido.
Por eso ¿estamos dispuestos a vivir como Jesús nos pide cuando le pedimos a Él algo que nosotros necesitamos? ¿O sólo lo pedimos porque sabemos de su misericordia pero no estamos dispuestos a beber de su cáliz ni a recibir su bautismo? Más de una vez exigimos cosas que nosotros no somos capaces de vivir, por eso, hay que saber qué pedir porque lo que hemos recibido ha sido mucho más grande de lo que jamás podríamos pedir:
"Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios".

martes, 26 de mayo de 2026

Ceñid los lomos

Hablando de la revelación, san Pedro nos dice:
"Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: «Seréis santos, porque yo soy santo".
Aquello que ellos vivieron (los apóstoles) y nosotros hemos recibido y aceptado como revelación y Don de Fe, es lo que los ángeles desearon contemplar. Pero esa revelación no es un camino para vivirlo individual o egoístamente, sino que es para vivir en comunidad y para los demás.
Se vive en comunidad para poder llevar a cabo el mandamiento de Jesús: sed uno como el Padre y yo somos uno, y ese mandamiento sólo se puede vivir desde el amor, el Amor que Dios nos ha dado y el amor que debemos vivir como hermanos. Y ese es un camino que tenemos que recorrer unidos y acompañados, dejándonos guiar y fortalecer por el Espíritu que se nos ha dado.
Y, sobre todo, como dice el mismo Pedro: como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, es decir, dejar de lado las aspiraciones mundanas que nos llevan por un camino que no es el de Dios, y renunciando a nosotros mismos, como nos lo pidió Jesús, aceptemos la Voluntad del Padre para "ser santos, porque está escrito: seréis santos, porque yo soy santo".
Está claro que la santidad no es lo primero que deseamos o a lo primero que aspiramos, pero es lo primero que nos pide el Señor, por eso nos ha pedido que renunciemos a nosotros mismos y que aceptemos Su Voluntad, para poder alcanzar la meta de la santidad y transmitir con nuestra vida el poder de su Palabra y la alegría de la salvación, para que otros puedan, también, encontrar el camino que los conduce a la Vida en el espíritu y a la salvación del alma.

lunes, 25 de mayo de 2026

María, Madre de la Iglesia

Alocución de San Pablo VI, papa.

Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.
Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquel, que desde el primer instante de la encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores, es decir, de la Iglesia.
Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación.
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza maravillosa en prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico «Bienaventurada porque has creído». En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Nuestro Pentecostés

"Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, que llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse".
¿Habéis pensado en nuestro propio Pentecostés? Sí, el día de nuestro bautismo aunque no sopló un gran viento ni cayeron lenguas de fuego, pero el Espíritu Santo descendió en nosotros y nos transformó de simples hombres en hijos de Dios gracias al Hijo de Dios. Y, desde ese día, el mismo Espíritu Santo inhabita en nosotros así como lo hizo con los apóstoles, así como lo hizo con María, para que, llenos de sus Dones podamos transformar el mundo, la historia, nuestra historia y la historia de la humanidad, así como lo hicieron ellos.
¿No es ésta la gran noticia de Pentecostés?
No es sólo que ese día nació la Iglesia que conocemos: santa y apostólica, sino que gracias a ese día también nosotros, por la sucesión apostólica, recibimos el mismo Espíritu que transformó la vida de los apóstoles haciéndolos heraldos del Evangelio y dándoles la fortaleza y la sabiduría necesaria para llevar a cabo la misión que Jesús les encomendó:
"Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos".
Y, también, es nuestra misión. No sólo porque nos ha sido otorgada la misión de evangelizar, de misionar, sino porque no podemos guardar para nosotros mismos semejante alegría de sabernos ungidos por el Espíritu Santo, de saber que ese mismo Espíritu mora en nosotros, nos sostienes, nos fortalece, nos anima, nos ilumina, nos enciende en el fuego del Amor verdadero para que, unidos en el mismo Espíritu, podamos llevar a todo el mundo la alegría del Evangelio que se nos ha transmitido y, sobre todo, la alegría de sabernos salvados por el Amor de un Dios que hecho hombre se entregó y resucitó por nosotros para devolvernos la dignidad que el pecado original nos había quitado.
¡Feliz día de Pentecostés! ¡Ven Espíritu Santo y renueva nuestras vidas!

sábado, 23 de mayo de 2026

Tú sígueme

"En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, ¿y éste qué?».
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
La envidia, los celos, el orgullo, la vanidad son los pecados que nos hacen caminar mirando hacia el que está a mi lado o el que va delante o el que va detrás, no para ayudarlo a caminar si necesita sino para que no me gane en la carrera, y, si es posible, en todo caso, hacerlo caer para que no me gane.
Hoy en día vemos mucho de esto, todos estamos compitiendo contra los demás para ser los mejores, para poder colgarnos las medallas de oro y que se hable de nosotros porque nos gusta la fama, el prestigio, el tener más likes o más amigos en las redes, etc.
Es lo que intentaba preguntar Pedro a Jesús, y no porque quisiera ser como Juan, sino porque veía que Juan era, como dice el evangelio: el discípulo a quien Jesús amaba. ¿Había alguna preferencia? ¿Hacía Jesús diferencia entre Juan y los demás? Seguro que no, y lo vemos cuando lo llama a Pedro piedra de la Iglesia.
Y la respuesta de Jesús es clara y discreta ¿a ti qué? Tú sígueme. Lo que importa no es lo que hagan los otros o la misión que los demás tengan que hacer, lo que importa es cuál es la Voluntad de Dios para mí, y la carrera que tengo que correr es la de la santidad, es la búsqueda de esa Voluntad en mi vida, y así llegar a la meta que el Padre pensó para mí. Y si miro hacia mi hermano es para tenderle una mano, para ayudarlo en el camino, para ayudarlo en su conversión.
Pero, lamentablemente, el mundo se nos está "metiendo" demasiado dentro de nuestra espiritualidad y nos vamos manejando, muchas veces, por el espíritu competitivo del mundo y no vamos buscando, como dice san Pablo, combatir el buen combate, alcanzar la meta y no perder la fe.