San Pablo les enseñaba a los romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.
¿Cuál es esa vida nueva que recibimos en el bautismo? Porque la mayoría de nosotros, después de ser bautizados no experimentamos una vida nueva, ni nada por el estilo. Siempre recuerdo que uno de mis primeros bautismos como diácono, cuando se le pregunta a los padres que vienen a pedir a la Iglesia para su hijo (la respuesta tiene que ser el bautismo, la fe o algo similar) me decían: que sea sanito, que tenga suerte, que no le pase nada… Y eso es lo que, lamentablemente, muchos esperan del bautismo y no una vida nueva, porque, en realidad, no sabemos qué significa una vida nueva en Cristo.
Y la vida nueva que recibimos en el bautismo no es ya una vida solamente humana, sino una vida que se va construyendo con las enseñanzas del Evangelio de Jesucristo, con todas sus enseñanzas y no sólo con las que más me gustan o son más fáciles de vivir. Pues ya desde el instante en que se que es una vida nueva no puedo seguir pensando en la vida que llevo, sino en que tengo que ponerme a discernir qué es lo que quiere Dios con mi vida, conmigo.
Una vida nueva en Cristo es intentar vivir como vivió Jesús cuando estuvo caminando entre nosotros y que nos lo dejó, por la Gracia del Espíritu Santo, escrito en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento que es el culmen y la plenitud del Antiguo Testamento. Por eso, al tomar consciencia de que tenemos que vivir una vida nueva en Cristo, lo primero que tenemos que ponernos a pensar es si estamos dispuestos a vivirla, porque lo que Jesús nos dijo es “quien quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo”, y ahí está cuando dudamos de la elección que queremos hacer.
En estos tiempos que vivimos negarnos a nosotros mismos nos parece lo más cruel y desafortunado que alguien nos puede pedir, porque, para muchos, eso no se lo permito ni a mis padres, ni a mi pareja, ni a nadie que me diga que tengo que cambiar mi estilo de vida. Aunque siempre hay una excepción, cambiaré de vida cuando realmente me enamore, verdaderamente, de otra vida.
Y así sólo podre aceptar el desafío de vivir una vida nueva cuando logre conocer, verdaderamente, la Vida Nueva en Cristo, es decir cuando logre enamorarme de esa Vida que es Cristo mismo.