lunes, 4 de mayo de 2026

Nos enviará su Espíritu

Homilía de San Gregorio Magno, papa y doctor e la Iglesia (s. VI)

«Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada». Pensad en ello, hermanos muy amados, ¡Qué fiesta recibir a Dios en la morada de nuestro corazón! Si un amigo rico y poderoso quisiera entrar en tu casa, obviamente, limpiarías toda la casa, para que nada le molestara al entrar. Lo mismo quien prepara para Dios la morada de su alma, limpia la suciedad de sus malas acciones.
Fíjate bien lo que dice la Verdad: «vendremos y haremos en su casa nuestra morada». Porque Dios puede pasar por el corazón de algunos sin hacer su casa.
Cuando tienen remordimientos, ven bien la mirada de Dios; pero cuando viene la tentación, olvidan el propósito de su anterior arrepentimiento y caen en sus pecados, como si nunca los hubieran llorado. Por el contrario, en el corazón de quien verdaderamente ama a Dios, que observa sus mandamientos, el Señor viene y hace su casa, porque el amor de Dios le llena tanto que no se aparta de este amor en el momento de la tentación. Por lo tanto aquel cuya alma no acepta ser dominada por un mal placer, ama verdaderamente a Dios de aquí esta precisión: «Aquellos que no me aman, no guardan mis palabras». Examinaros cuidadosamente, queridos hermanos; Preguntaros si realmente amais a Dios. Pero no os fiéis de la respuesta de vuestro corazón sin compararlo con vuestras acciones.
«El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado.» (cf Jn 14, 26)
El Espíritu os enseñará todo. Porque si el Espíritu no toca el corazón de los que escuchan, la palabra de los que enseñan sería vana. Que nadie atribuya a un maestro humano la inteligencia que proviene de sus enseñanzas. Si no fuera por el Maestro interior, el maestro exterior se cansaría en vano hablando.
Vosotros todos que estáis aquí, oís mi voz de la misma manera; y no obstante, no todos comprendéis de la misma manera lo que oís. La palabra del predicador es inútil si no es capaz de encender el fuego del amor en los corazones. Aquellos que dijeron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32) habían recibido este fuego de boca de la misma verdad. Cuando uno escucha una homilía, el corazón se enardece y el espíritu se enciende en el deseo de los bienes del reino de Dios. El auténtico amor que le colma, le provoca lágrimas y al mismo tiempo le llena de gozo. El que escucha así se siente feliz de oír estas enseñanzas que le vienen de arriba y se convierten dentro de nosotros en una antorcha luminosa, nos inspiran palabras enardecidas. El Espíritu Santo es el gran artífice de estas transformaciones en nosotros.

domingo, 3 de mayo de 2026

Un linaje elegido

"Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?
Muchas veces nos encontramos, o nos pasa, que no terminamos de entender, aceptar o creer en las cosas de nuestra vida cristiana. Necesitamos como más explicaciones, más teorías, más datos o libros para leer para poder entregarnos por completo. Y, realmente, es como la pregunta de Felipe al Señor: Señor, todavía no entendemos, puedes hablarnos mas? Es que hace tanto tiempo que eres cristiano y todavía no has entendido nada? Puede ser una respuesta del Señor a nosotros.
Y es posible que después de tantos años no hayamos entendido nada del cristianismo y nos quedemos sólo en preceptos y mandamientos, y cosas por cumplir, sin haber llegado a vivir lo que el Señor nos ha mostrado con su propia vida.
Por eso, san Pedro, nos ayuda a mirar nuestra vida desde la vocación que hemos recibido por parte del Señor (y digo vocación no en el sentido de ser sacerdote, religioso o religiosa):
"Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa".
Todos los creyentes en Cristo y que hemos recibido el Espíritu Santo por el bautismo somos un linaje elegido, un sacerdocio real. Y ¿qué significa esto? Tenemos un espíritu que nos llena la vida y es el Espíritu Santo quien nos confiere los Dones necesarios para poder atravesar las ideas del mundo y llegar a las cosas de Dios, capaces de aceptar y vivir el Reino aquí en la tierrra porque hacemos Su Voluntad como la hacen en el cielo, y por eso mismo somos un reino de sacerdotes que interceden por la salvación del mundo y llevan con su vida la Luz de Dios para disipar las tinieblas del pecado y mostrar el camino de la salvación.

sábado, 2 de mayo de 2026

Llevar Vida

"La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio".
No es de ahora, sino que es desde siempre, que cuando algo no nos gusta o disgusta hacemos lo posible para que nadie "caiga ne la trampa", o para que todos piensen igual que yo. Es lo que se llama sembrar cizaña unos contra otros, intentar que lo que no ha sido bueno o que no quiero hacer o creer tampoco lo sea para otros.
Los judíos se enfadaron porque al no creer en la Palabra Pablo y Bernabé, inspirados por el Espíritu Santo, comenzaron a predicar a los gentiles, por eso comenzó contra ellos una persecución.
Y ¿cuál fue la actitud de Pablo y Bernabé? Algo que ya le había dicho el Señor a los 12: "Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies. En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad".
"Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo".
Ante la adversidad, ante las amenazas y las persecuciones no tenemos que tomar partido sino que sólo debemos actuar como Jesús nos dice y confiar en que el Espíritu Santo nos dará fuerzas para seguir con nuestra misión sea cual sea. Pero no hay que amedrentarse por las amenazas del mundo sino encontrar la fortaleza en las Palabras del Señor.
Esto porque Jesús sabe que no todos los corazones de los hombres estarán dispuestos a creer y al creer a cambiar de vida, sino que siempre habrá corazones cerrados y duros, y habrá otros que ante tal dureza eleven la voz para atacar no sólo la Palabra de Dios, sino a sus instrumentos y mensajeros. Y, así, a lo largo de la historia la vida de la Iglesia ha sido fortalecido con la sangre y la vida de tantos santos mártires y con la palabra de los santos que dieron su vida por el Evangelio.
Pidamos siempre tener la misma fortaleza y disposición para ser Fieles Servidores de la Vida que el Señor nos ha regalado y nos ha pedido llevar al mundo.

viernes, 1 de mayo de 2026

Os prepararé un lugar

Homilía de San Ambrosio, obispo (s. IV)

El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo.
Caminemos intrépidamente hacia nuestro Redentor, Jesús; caminemos intrépidamente hacia aquella asamblea de los santos, hacia aquella reunión de los justos. Pues nos encaminaremos al encuentro con nuestros padres, al encuentro con los preceptores de nuestra fe: y si tal vez no podemos exhibir obras, que la fe venga en ayuda nuestra y la heredad nos defienda. Porque el Señor será la luz de todos; y aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Nos encaminaremos allí donde el Señor Jesús preparó estancias para sus humildes siervos, para que donde él esté estemos también nosotros. Tal fue su voluntad.
Cuáles sean esas estancias, óyeselo decir a él mismo: En casa de mi Padre hay muchas estancias. Y ¿cuál es su voluntad? Volveré —dice— y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
Pero me objetarás que hablaba únicamente a los discípulos, que sólo a ellos les prometió las muchas estancias. Entonces, ¿es que sólo las preparaba para los Once? Y ¿cómo se cumplirá aquello de que vendrán de todas partes y se sentarán en el reino de Dios? ¿Es que podemos dudar de la eficacia de la voluntad divina? Pero, en Cristo, querer y hacer son una misma cosa. Seguidamente les señaló el camino, les indicó el sitio, diciendo: Y donde yo voy, ya sabéis el camino.
El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo, como él mismo dijo: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.Adentrémonos por este camino, mantengamos la verdad, vayamos tras la vida. Es camino que conduce, verdad que confirma, vida que se entrega.
Y para que conozcamos sus verdaderos planes, al final del discurso añade: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria. Padre: esta repetición es confirmatoria, lo mismo que aquello: ¡Abrahán, Abrahán!
Y en otro lugar: Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes. Bellamente pide aquí lo que antes había prometido. Y este primero prometer y luego pedir, y no a la inversa, primero pedir y luego prometer, es un prometer como árbitro del don, consciente de su propio poder; pide al Padre como intérprete de la piedad. Prometió primero, para que conozcas su poder; luego pidió, para que caigas en la cuenta de su piedad. No pidió primero y luego prometió, para que no pareciera que prometía lo que previamente había impetrado, más bien que otorgaba lo que antes había prometido. Ni consideres superfluo que pidiera, pues de esta manera te expresa su comunión con la voluntad del Padre, lo cual es una prueba de unidad, no un aumento de poder.
Te seguimos, Señor Jesús; pero llámanos para que podamos seguirte, ya que sin ti nadie puede subir. Porque tú eres el camino, la verdad, la vida, la posibilidad, la fe, el premio. Recibe a los tuyos como el camino, confírmalos como la verdad, vivifícalos como la vida.

jueves, 30 de abril de 2026

No olvidar lo esencial

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”.
Si bien sabemos que esto lo decía Jesús por Judas Iscariote, pero, como toda Su Palabra, la tenemos que llevar a nuestro terreno y a nuestra vida.
Todos hemos sido llamados y elegidos por el Señor, y a cada uno se le ha dado una misión en la vida para poder llevar a cabo la Misión de Jesús: devolver al hombre su belleza original y enseñarle el Camino a la Vida, por eso todos hemos sido enviados el día de nuestro bautismo.
Pero, siempre hay un pero en nuestras vidas, y es el pero de no olvidarnos que llevamos en nuestra alma la espina del pecado que no siempre nos ayuda a ser discípulos sino que, más de una vez, nos hace pensar que somos los Maestros, que somos los dioses de estos tiempos y, por esa misma razón, nos olvidamos que sólo tenemos un Maestro y un Señor, Jesucristo Señor y Salvador, y que nosotros sólo somos discípulos y misioneros.
Cuando se nos olvida que somos discípulos nos creemos los dueños de la Verdad y vamos declamando nuestras propias palabras y verdades que hacen, seguramente, que muchos sigan nuestras palabras pero no que se hagan conscientes de las Palabras de Jesús que sólo esas son Palabras de Dios, y, sobre todo, que sólo la Palabra de Dios es la que nos conduce a la salvación.
Al olvidarnos de Quién es el Maestro y Señor creemos, como lo hizo Judas, que nuestro pensar y nuestra lógica es la mejor, que Él y sus tiempos no son los adecuados sino que lo que yo pienso y creo es el mejor camino. Y ya sabemos cómo terminó Judas Iscariote, por eso debemos centrarnos siempre en aprender a escuchar al Maestro, en intentar, cada día, morir a nosotros mismos para que, como decía san Pablo: ya no viva yo en mí, sino que sea Cristo quien viva en Mí, para que sea su Palabra y su Vida las que guíen mi vida y me permitan ser un fiel discípulo de Cristo y no de mi mismo.

miércoles, 29 de abril de 2026

Si alguno peca...

 "Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, sí confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros".
San Juan es muy claro en su carta al escribirle a las comunidades, y, por supuesto, a nosotros, más en estos tiempos en que parece ser que ninguno de nosotros ha pecado y sin embargo, sabemos que no todos hemos alcanzado tal plenitud en nuestra vida que no tenemos pecado. Lo que nos ha sucedido es que hemos deteriorado o borrado la conciencia de pecado y damos por válido todo, o casi todo lo que hacemos.
Reconocer nuestro pecado (sabiendo que pecado es toda acción libre y voluntaria en contra de los mandamientos, los consejos evangélicos y la Voluntad de Dios) no es un acto de humillación en el sentido de que Dios nos quiere hacer ver, siempre, que no somos perfectos, sino que es un acto de humildad para poder seguir creciendo en el camino de la perfección, en el camino de la santidad.
Si no fuera así Jesús no hubiera dejado el sacramento de la Reconciliación (la confesión sacramental personal) si no tuviera un sentido gratificante, no por haber pecado, sino para conseguir la Gracia suficiente y necesaria para levantarnos de nuestra postración y volver a seguir caminando en la Voluntad del Padre hacia el Cielo.
Por eso, el mismo san Juan nos dice:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Saber que tenemos para nuestra ayuda espiritual el sacramento de la Reconciliación tiene que ser un motivo de gozo para nuestra vida y alma, porque es ahí donde dejo todo aquello que me pesa y me va alejando de la Gracia de Dios y vuelvo, después del arrepentimiento y el deseo de conversión, a estar libre de todo y a poder vivir en la Gracia de Dios.

martes, 28 de abril de 2026

Fe sin desviaciones

Homilía atribuida a a San Atanasio.

He aquí la fe católica: veneramos a un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad, sin confundir a las personas, sin dividir la sustancia: una es, en efecto, la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma divinidad, una gloria igual, una misma majestuosidad eterna. Así como es el Padre, es el Hijo y el Espíritu Santo: increado es el Padre, increado el Hijo e increado el Espíritu Santo. De este modo el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo ellos no son tres dioses, sino un mismo Dios.
Esta es la fe sin desviaciones: nosotros creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre: Él es Dios, de la sustancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y Él es hombre, de la sustancia de su madre, nacido en el tiempo: Dios perfecto, hombre perfecto, compuesto de un alma razonable y un cuerpo humano, igual al Padre según la divinidad, inferior al Padre según la humanidad.
Aunque Él sea Dios y hombre, no existen dos cristos sino un solo Cristo: uno, no porque la divinidad haya pasado a la carne, sino porque la humanidad fue asumida por Dios; una unión no por mezcla de sustancias, sino por la unidad de la persona. Porque, al igual que el alma razonable y el cuerpo forman un hombre, Dios y el hombre forman un Cristo. Él sufrió por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre; desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos.