domingo, 23 de agosto de 2026

Sirve para todos

Regla pastoral de San Gregorio Magno, papa

El pastor debe saber guardar silencio con discreción y hablar cuando es útil, de tal modo que nunca diga lo que se debe callar ni deje de decir aquello que hay que manifestar. Porque, así como el hablar indiscreto lleva al error, así el silencio imprudente deja en su error a quienes pudieran haber sido adoctrinados. Porque, con frecuencia, acontece que hay algunos prelados poco prudentes, que no se atreven a hablar con libertad por miedo de perder la estima de sus súbditos; con ello, como lo dice la Verdad, no cuidan a su grey con el interés de un verdadero pastor, sino a la manera de un mercenario, pues callar y disimular los defectos es lo mismo que huir cuando se acerca el lobo.
Por eso, el Señor reprende a estos prelados, llamándoles, por boca del profeta: Perros mudos, incapaces de ladrar. Y también dice de ellos en otro lugar: No acudieron a la brecha ni levantaron cerco en torno a la casa de Israel, para que resistiera en la batalla, el día del Señor. Acudir a la brecha significa aquí oponerse a los grandes de este mundo, hablando con entera libertad para defender a la grey; y resistir en la batalla el día del Señor es lo mismo que luchar por amor a la justicia contra los malos que acechan.
¿Y qué otra cosa significa no atreverse el pastor a predicar la verdad, sino huir, volviendo la espalda, cuando se presenta el enemigo? Porque si el pastor sale en defensa de la grey es como si en realidad levantara cerco en torno a la casa de Israel. Por eso, en otro lugar, se dice al pueblo delincuente: Tus profetas te ofrecían visiones falsas y engañosas, y no te denunciaban tus culpas para cambiar tu suerte. Pues hay que tener presente que en la Escritura se da algunas veces el nombre de profeta a aquellos que, al recordar al pueblo cuán caducas son las cosas presentes, le anuncian ya las realidades futuras. Aquellos, en cambio, a quienes la palabra de Dios acusa de predicar cosas falsas y engañosas son los que, temiendo denunciar los pecados, halagan a los culpables con falsas seguridades y, en lugar de manifestarles sus culpas, enmudecen ante ellos.
Porque la reprensión es la llave con que se abren semejantes postemas: ella hace que se descubran muchas culpas que desconocen a veces incluso los mismos que las cometieron. Por eso, san Pablo dice que el obispo debe ser capaz de predicar una enseñanza sana y de rebatir a los adversarios. Y, de manera semejante, afirma Malaquías: Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina, porque es mensajero del Señor de los ejércitos. Y también dice el Señor por boca de Isaías: Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta.
Quien quiera, pues, que se llega al sacerdocio recibe el oficio de pregonero, para ir dando voces antes de la venida del riguroso juez que ya se acerca. Pero, si el sacerdote no predica, ¿por ventura no será semejante a un pregonero mudo? Por esta razón, el Espíritu Santo quiso asentarse, ya desde el principio, en forma de lenguas sobre los pastores; así daba a entender que de inmediato hacía predicadores de sí mismo a aquellos sobre los cuales había descendido.

sábado, 22 de agosto de 2026

Reina del mundo, Reina de la Paz

Homilía de San Amadeo de Lausana, obispo

Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.
Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su Madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su Reina, éstos a su Señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.
Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra criatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la Madre del Señor lo que deseaban.
Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la Esposa, Madre del Esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

viernes, 21 de agosto de 2026

Una dulce voz

De la constitución apostólica Divino afflatu de San Pío X, papa

Es un hecho demostrado que los salmos, compuestos por inspiración divina, cuya colección forma parte de las sagradas Escrituras, ya desde los orígenes de la Iglesia sirvieron admirablemente para fomentar la piedad de los fieles, que ofrecían continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que confiesan su nombre, y que además, por una costumbre heredada del antiguo Testamento, alcanzaron un lugar importante en la sagrada liturgia y en el Oficio divino. De ahí nació lo que san Basilio llama «la voz de la Iglesia», y la salmodia, calificada por nuestro antecesor Urbano octavo como «hija de la himnodia que se canta asiduamente ante el trono de Dios y del Cordero», y que, según el dicho de san Atanasio, enseña, sobre todo a las personas dedicadas al culto divino, «cómo hay que alabar a Dios y cuáles son las palabras más adecuadas» para ensalzarlo. Con relación a este tema, dice bellamente san Agustín: «Para que el hombre alabara dignamente a Dios, Dios se alabó a sí mismo; y, porque se dignó alabarse, por esto el hombre halló el modo de alabarlo».
Los salmos tienen, además, una eficacia especial para suscitar en las almas el deseo de todas las virtudes. En efecto, «si bien es verdad que toda Escritura, tanto del antiguo como del nuevo Testamento, inspirada por Dios es útil para enseñar, según está escrito, sin embargo, el libro de los salmos, como el paraíso en el que se hallan (los frutos) de todos los demás (libros sagrados), prorrumpe en cánticos y, al salmodiar, pone de manifiesto sus propios frutos junto con aquellos otros». Estas palabras son también de san Atanasio, quien añade asimismo: «A mi modo de ver, los salmos vienen a ser como un espejo, en el que quienes salmodian se contemplan a sí mismos y sus diversos sentimientos, y con esta sensación los recitan». San Agustín dice en el libro de sus Confesiones: «¡Cuánto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que resonaban dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien».
En efecto, ¿quién dejará de conmoverse ante aquellas frecuentes expresiones de los salmos en las que se ensalza de un modo tan elevado la inmensa majestad de Dios, su omnipotencia, su inefable justicia, su bondad o clemencia y todos sus demás infinitos atributos, dignos de alabanza? ¿En quién no encontrarán eco aquellos sentimientos de acción de gracias por los beneficios recibidos de Dios, o aquellas humildes y confiadas súplicas por los que se espera recibir, o aquellos lamentos del alma que llora sus pecados? ¿Quién no se sentirá inflamado de amor al descubrir la imagen esbozada de Cristo redentor, de quien san Agustín «oía la voz en todos los salmos, ora salmodiando, ora gimiendo, ora alegre por la esperanza, ora suspirando por la realidad»?

jueves, 20 de agosto de 2026

Invitados al Banquete de Bodas

Para mí hay dos cosas importantes en el Evangelio de hoy.
Por un lado el llamado que nos hace el Señor. Un llamado que no es solamente al Banquete Celestial, que, en realidad es el más importante porque en él se nos da el Señor en Cuerpo y Alma, Sangre y Divinidad; sino que es el único momento de verdadero encuentro como Cuerpo de Cristo con su Cabeza. Sino que ese encuentro es el culmen de haber respondido generosamente al primera llamado que es a la vida en santidad.
"Sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo", "Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor".
Éste es el primer llamado, es una elección que hace el Padre por nosotros pues Él es quien nos conoce desde antes que naciéramos y nos tejió en las entrañas maternas. Pero, al nacer comenzamos a ejercer nuestra libertad, nuestra voluntad, nuestra capacidad intelectual y tenemos que empezar a decidir qué caminos tomar, por dónde debe andar nuestra vida. Y, si no nos enseñan a buscar "primero el Reino de Dios", entonces nos vamos perdiendo las Gracias que el Padre tiene para que alcancemos la verdadera santidad. Y, una de las Gracias más extraordinarias se dan por medio de los sacramentos, y especialmente en el encuentro con el Dios vivo y verdadero en la Eucaristía.
Por eso, la segunda cosa importante de este evangelio es lo que le reprocha el Señor al invitado que no vino bien vestido al banquete de bodas. Claro está que no se refiere a que tenemos que estrenar ropa los días que vamos a misa, sino que debemos estar preparados interiormente para el Encuentro con el Señor en la Eucaristía. Y estar preparados, por un lado quiere decir estar en Gracia: haber confesado y estar viviendo de acuerdo al evangelio, para que el Encuentro sea profundo, personal y lleno de Gracias.
Pero, además, tengo que tener la certeza que, a pesar de lo que haya alrededor de mío y de quien celebre la Misa, no voy a cotillear con los demás, ni voy a ir a criticar a los demás, sino que voy al Encuentro del Amor de los Amores, y eso es lo único importante y verdadero de la Misa: El Señor viene para que yo continúe con su fuerza y Su Vida el camino de conversión y santidad que me lleve a la eternidad.

miércoles, 19 de agosto de 2026

No todo es culpa del otro

Hoy hay de esas lecturas que nos llevan a pensar no en nosotros mismos sino en otras personas. La lectura de Ezequiel puede llevarnos a pensar a los sacerdotes sobre los obispos, a los obispos sobre sus curas, a los laicos sobre sus párrocos y a los párrocos sobre sus laicos, y a los hijos sobre sus padres. ¿Por qué? Porque habla de la función y de la manera de actuar de los pastores de una comunidad y por eso ¡qué mejor que pensar en los pastores y poder criticarlos desde esta lectura que tiene tanto para decirnos! Por eso lo primero que se nos ocurre pensar es en nuestros pastores y no en nuestro propio modo de actuar con los pastores o con nuestros hermanos de comunidad o familia.
Siempre es más fácil hacer un examen de conciencia sobre la conciencia de los otros que sobre mi propia conciencia. Se ven mejor los pecados de los otros que los propios, y ya sabemos lo que dijo Jesús sobre eso: aquello de la viga en el ojo...
Pues bien ¿porqué quiero que esta lectura acerca de los pastores la miremos desde nosotros mismos? Porque cada uno de nosotros también tiene la función de pastorear y de formar una comunidad. No sólo el Pastor es quien hace que una comunidad esté organizada y se mantenga unida, sino que los que forman esa comunidad también son responsables de la unidad, de la fraternidad.
Está claro que cuando hay más de dos personas reunidas en el nombre de Jesús hay una comunidad cristiana, pero hay algo que es, también, muy verdadero: cuando hay más de dos personas reunidas hay pecado original concentrado, es decir, llevamos nuestro pecado original con nosotros y con él hay: egoísmo, envidia, apetito de poder, soberbia, etc., etc. Y eso también lo tenemos que tener en cuenta para no ser las "ovejitas" las causantes de los líos que se generan en las comunidad y las familias.
Por eso, cuando leas la lectura de Ezequiel (y vuelve a releerla ahora) hazlo pensando que tú también eres pastor de tu comunidad, de tu familia, pero sin querer quitarle el puesto a tu obispo, o a tu párroco o a tus padres, sino que aprendamos a ocupar cada uno nuestro propio lugar como Dios lo pensó y lo permitió.

martes, 18 de agosto de 2026

Las riquezas del hombre

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Ya sabemos que Jesús no habla sólo de la riqueza material, sino también de las riquezas que no nos dejan ser lo que deberíamos ser o vivir lo que tendríamos que vivir. Hay riquezas que no son ni materiales ni espirituales, sino que son ideologías o ideas, filosofías o teologías que van quizás no en contra de la Voluntad de Dios, pero que sí nos alejan de lo que Dios nos ha pedido vivir.
A veces, o muchas veces, nos alejamos no porque no creamos en Dios o en Su Palabra, sino porque hemos puesto el sentido de nuestra vida en otras ideas que no son propiamente evangélicas, sino que provienen del mundo o de otras religiones que, sin ser malas, no están en consonancia con el Evangelio y por eso, porque creemos que no son malas nos adherimos con mayor fuerza a esas ideas, filosofías o estilos de vida que a lo que Jesús nos está pidiendo en el Evangelio.
Son esas riquezas las que nos atan a un estilo de vida que no es el propio de aquellos que habiendo escuchado el llamado del Señor y habiendo respondido que Sí, no viven como Cristo sino que viven a su propio estilo.
Así no son pocos los que creyendo que todo está bien hacen alarde de su propio estilo de vida confundiendo a aquellos que con sinceridad están buscando seguir a Cristo. Los falsos cristianos o falsos profetas de estos tiempos son los que están mostrando un camino de salvación que no es el que Jesús vivió y nos dejó señalado para nuestra Salvación, pues Él mismo dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y en cambio no son pocos los que se han atribuido esas virtudes y han confundido a muchos corazones.
Por eso tenemos que pensar siempre en lo que el Señor decía en la primera lectura del profeta Ezequiel: «Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor Dios: Se enalteció tu corazón, y dijiste: “Soy un dios y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón del mar”. Tú que eres hombre y no dios, pusiste tu corazón como el corazón de Dios".
Debemos poner a Dios en nuestro corazón, pero creer que por eso mismo somos los verdaderos dioses.

lunes, 17 de agosto de 2026

Nuestras riquezas

"El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo - y luego ven y sígueme».
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico".
Este diálogo de Jesús con el joven no es un diálogo fuera de tiempo, sino que está siempre en nuestro tiempo, porque es una realidad que nos toca muy de cerca a todos. Tampoco es algo que ocurre sólo en una etapa de la vida sino que se da en todas las etapas si realmente somos sinceros con nosotros mismos.
¿Qué quiero decir con esto? Que, muchas veces, nos quedamos dormidos en nuestra vida espiritual y no nos damos cuenta de lo que nos está faltando, pues nos hemos quedado con los principios morales y espirituales de la catequesis de niños y no hemos profundizado en nuestra vida de fe y conocimiento de la Palabra de Dios. Y no estoy hablando ni de estudios teológicos ni bíblicos, sino solamente de haber reflexionado más la Palabra y haber meditado más sobre lo que Dios nos pide en nuestra vida personal.
Cuando maduramos en nuestra vida espiritual siempre vamos a tener un cierto vacío que se da por el mero crecer en el espíritu, es decir, siempre habrá una necesidad más de lo que Dios me está pidiendo, un deseo profundo de saber qué es lo que Dios quiere para mi vida, y qué es lo que Él quiere que yo viva. Como diría san Pablo "ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mi". Esta situación es la que nos hace preguntarnos como el joven del Evangelio: "qué más tengo que hacer?".
Pero, esa pregunta no siempre la queremos hacer porque sabemos que Dios siempre nos va a responder y, muchas veces, no queremos saber la respuesta. Como le pasó al joven que Dios le dijo "¡sígueme!" y se puso triste porque tenía que dejar todo para seguirlo. Y ahí está la cuestión ¿queremos seguirlo a Cristo? Y es una pregunta que se nos hace en muchos momentos de nuestra vida, pues el seguir a Cristo es vivir como Cristo, ya sea en la vida consagrada, sacerdotal, matrimonial, soltero o viudo, niño, adolescente, joven, adulto, anciano, pues el seguirlo a Cristo es seguir el camino de la santidad viviendo intensamente la Voluntad de Dios "aquí en la tierra como en el Cielo".
Y, por eso, muchas veces, no estamos dispuestos a dejar nuestros gustos y placeres para ser fieles a la Voluntad de Dios, y ahí está nuestra riqueza, y, como dice Jesús "será imposible para un rico entrar en el reino de los cielos".