sábado, 13 de junio de 2026

Conservaba las cosas en el corazón

"Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que le dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón".
Tanto san José como María nos enseñan varias cosas a partir de esta escena. Primero que no siempre se comprenderán las actitudes o manera de actuar de Dios, algo que siempre queremos saber y comprender y suenan en nuestras cabezas y corazones las famosas preguntas del ¿por qué esto? ¿por qué aquello? Y casi nunca obtenemos respuestas. Seguramente ellos sabían quién era Jesús y qué podría significar la respuesta "debo estar en las cosas de mi Padre", pero hay momentos en que estamos tan metidos en una situación, ellos en este caso estaban preocupados porque Él se había perdido y eso oscurecía su corazón.
Nosotros, muchas veces, estamos tan preocupados o angustiados por tal o cual asunto que nos olvidamos de lo aprendido hasta, incluso, que nos olvidamos de rezar porque no nos sale nada del corazón, ni de la mente. Y, aunque no comprendieron, igualmente, volvieron al camino y siguieron rumbo a su casa, a seguir viviendo juntos y unidos al Señor.
Y ahí está lo hermoso que nos enseña María (y seguramente también lo haya vivido José) de guardar esos momentos en el corazón, de tener paciencia y confianza en Dios porque no todo puede ser comprendido o entendido en el momento que sucede, sino que hay que llevarlo al corazón, y en el silencio y la calma ponerlo en oración para que el Espíritu ayude a comprender, y, sobre todo a hacer que aquello que en un momento nos preocupaba se transforme, por la Gracia del Espíritu, en sabiduría de vida, pues todo lo que sucede es por y para algo aunque en el momento no lo entendamos o no queramos vivirlo, pero sabemos que el Padre, en el momento oportuno nos lo hará comprender y sacaremos de todo lo sucedido fortaleza para seguir adelante, confiando en el Amor del Padre.

viernes, 12 de junio de 2026

Sagrado Corazón

San Juan Pablo II, papa (s. XX)

Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.
Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.
La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: «Del Corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor». Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: «Venid a mí (...) que soy manso y humilde de corazón».
El Corazón del Verbo encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este Corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor».

jueves, 11 de junio de 2026

Si no eres mejor...

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "necio", merece la condena de la “gehenna” del fuego".
Puede ser que cuando escuchamos o leemos estas palabras de Jesús pensemos: esto lo dice por fulanito o por menganita, pues nunca nos pensamos tan malos como para ofender a nadie o de llamar a alguien imbécil o necio, y, por eso, creemos que, siempre, los malos son los otros, sí, esos que merecen que yo les diga imbécil o necio, pero lo digo con argumento, y no como los demás que me lo dicen a mí y no saben quien soy...
Siempre tenemos argumentos para pensar que la Palabra de Dios sólo es para mí cuando me alaba y me ayuda a ser mejor, pero cuando me advierte de mi pecado ya no vale para mí sino que es para los demás que no son tan bueno como yo.
No es que eso sea algo raro, es parte de nosotros mismos, porque estamos enfermos por el pecado y no sabemos aceptar las cosas, sobre todo aquellas que me hacen reconocer o que quieren hacerme reconocer el mal que hay en mí.
Cuando hacemos examen de conciencia para confesarnos (si es que todavía lo utilizamos, y es bueno que lo utilicemos, porque no es un sacramento que ha sido quitado de la Iglesia) debemos analizarnos con estas palabras de Jesús porque, muchas veces, dejamos muchos pecados sin confesar porque creemos que lo hemos hecho con fundamento, porque los demás son malos y por eso he tenido que insultarlos, hablar mal de ellos, difundir falsedades, etc., etc. Y es ahí cuando Jesús nos dice: "si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos" porque ellos "atan pesadas cargas sobre los hombros de los demás y no son capaces ni de ayudarles con el dedo".
No te escondas detrás de argumentos que no sirven, abre el corazón a la misericordia de Dios y verás que es Él quien te ayudará a mejorar, a pedir perdón, y a perdonar pues ese es el camino del Amor que Jesús quiere que vivamos, no sólo es de la justicia falsa que muchas veces predicamos.

miércoles, 10 de junio de 2026

He venido a darle plenitud

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
¿Quién puede modificar el Evangelio si Jesús no quiso modificar la Ley y los Profetas? ¿Quiénes somos nosotros para decirle a Dios lo que tiene que hacer o no hacer? Nos gana tantas veces nuestra soberbia que nos olvidamos quienes somos y Quién nos ha dado la vida y Quién nos ha regalado la Vida. No estamos aquí para hacer de dios ni tan siquiera para hacer un golpe de estado a la divinidad y ponernos en su lugar, sino para descubrir quienes somos y cuál es nuestra misión en esta historia, en este mundo.
Dios nos ha llamado en este momento histórico para seguir construyendo el mundo que Él soñó y que quiso, por Amor, hacernos partícipes de Él, pero, gracias al pecado, no somos capaces, algunas veces, de descubrirnos o sabernos hijos, criaturas, instrumentos en sus Manos y así poder llevar a cabo la misión encomendada.
Nos es más fácil criticar su Obra, criticar Su Palabra, desacreditar sus Mandamientos, porque así podemos hacernos nosotros con su divinidad, hacer nuestras propias leyes y exigencias, crear nuestros propios mandamientos, y no nos damos cuenta que así vamos cada día perdiendo dignidad, perdiendo el brillo original de aquello que hemos recibido desde una Cruz.
En realidad nos creemos tan maravillosos que hemos dejado de creer en la maravilla del Evangelio y por eso buscamos maravillarnos con las ideas que salen de la boca del príncipe de este mundo, quien nos da a saborear estímulos y vicios que nos hacen, cada día, más consumidores del pecado que de la Gracia.
Volvamos a pedir al Espíritu Santo que no nos dejemos llevar por los cantos de sirena que están sonando en contra de la Palabra de Dios, sino que tengamos la fuerza para poder escuchar Su Voz para aceptar y vivir la Vida que el Hijo con su muerte y resurrección nos regalado y nos ha mostrado cómo vivirla.

martes, 9 de junio de 2026

Confianza en la Providencia

"Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia".
Cuando leemos la Palabra de Dios, muchas veces, nos damos cuenta lo hermosos que son ciertos relatos y cómo Dios va obrando por medio de los Profetas, y, sobre todo, por medio de aquellos que creen en la palabra de los profetas, que, en realidad están creyendo en la Promesa de Dios.
Es esa confianza en la Palabra de Dios lo que hace que Dios obre los milagros necesarios, que las profecías y las promesas se puedan llegar a cumplir. San Agustín decía: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Es decir, para alcanzar la salvación, para alcanzar nuestra salvación Dios necesita que creamos en Su Palabra, necesita de nuestro Sí incondicional para que Él pueda transformarnos, salvarnos.
Por supuesto que no es una obligación creer, ni responder afirmativamente, pero los que hemos conocido su Amor sabemos a qué podemos atenernos, y sabemos que, cuando lo dejamos actuar, realmente Él hace maravillas con nosotros.
La viuda de Sarepta de la que habla el pasaje escuchó la palabra del Profeta, es decir la promesa de Dios, y aceptó cumplirla y por eso la promesa se cumplió, porque no dudó en que esa Palabra era Verdad. Y esa confianza nos falta, muchas veces, a nosotros: no queremos renunciar a nosotros mismos porque no sabemos si Dios va a hacer lo que ha prometido, y esa desconfianza en la Promesa del Señor es la que nos impide alcanzar los Bienes que Él nos prometió, porque seguimos aferrados a lo que conocemos y no hacemos el salto en la fe para poder entregarnos por entero a Su Obra Salvadora.
"Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías".

lunes, 8 de junio de 2026

Bienaventurados los pobres de espíritu

Benedicto XVI, Papa (s.XXI). Ángelus (30-01-2011)

El Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud —escribe san Mateo—, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la «cátedra» del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10).
No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96).
Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (ib., p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.
Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios... una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).

domingo, 7 de junio de 2026

No es cualquier pan

 

Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.
No siempre se entienden los misterios de nuestra fe, y menos aún, el hermoso y extraordinario misterio de la Eucaristía, un misterio que habla de un cambio extraordinario en la sustancia de unos alimentos que siempre estarán en la mesa de todos: el pan y el vino.
Ese misterio se llama transubstanciación porque no cambia el aspecto físico del pan y del vino, sino que se transforma la substancia, es decir, por la Gracia del Espíritu Santo y las palabras pronunciadas por el sacerdote (quien actúa en Persona de Cristo) el pan será el Cuerpo y el vino la Sangre de Cristo, el alimento de nuestra vida de fe, de nuestra esperanza en la vida eterna, y, sobre todo, de la salvación de nuestra alma.
Por eso, no es, para los que hemos tenido la Gracia de aceptar los misterios de la Fe, cualquier cosa acercarnos a la Eucaristía, ni tampoco es un premio por habernos portado bien, sino que es el alimento necesario para seguir siendo Fieles a la Vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección, una Vida que recibimos en el bautismo y que nos cuesta conservar y madurar todos los días.
Así, los que, por medio del Don del Espíritu, hemos conocido el Amor de Dios sabemos que en ese Pan Blanco recibimos a nuestro Dios y Señor, Él es la Vida que nos renueva, que nos fortalece, que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y a encendernos, cada día, con los Dones de Su Espíritu para que, como san Pablo, sigamos combatiendo el buen combate hasta llegar a la meta sin perder la fe.
No, no es cualquier pan. No, no es cualquier cosa. No es nuestro premio por ser buenos, es nuestro alimento para ser santos e irreprochables en el amor. Lo necesitamos y Él se hace presente y se nos entrega para que siempre permanezcamos unidos a Él para, un día, alcanzar la vida en su Reino.