sábado, 18 de abril de 2026

Caminar sobre el agua

Homilía de Monseñor José Ignacio Munilla, obispo Orihuela-Alicante (s. XXI)

El Evangelio de este sábado recoge el episodio de Jesús caminando sobre las aguas. El contexto es que los discípulos se habían montado en la barca para ir al otro lado del lago y se encuentran en una situación apurada, porque era de noche, soplaba un viento fuerte y el lago estaba encrespado. En esa situación, en la que les invade el sentimiento de impotencia, Jesús se aparece andando sobre las aguas y les dice: Soy yo, no temáis.
¿Qué quiere decir Jesús, qué quiere transmitirles con este signo? Fijémonos en que, en esta oportunidad —estamos en el capítulo VI de San Juan— Jesús no hace el milagro que realiza en otros pasajes: no calma el viento ni hace que amaine la tempestad. El viento continuó, la tempestad continuó, pero Jesús les dice: Soy yo, no temáis.
Se está subrayando, por lo tanto, que lo que Jesús quiere transmitir con ese signo es que, al igual que Él está caminando sobre las aguas, todos aquellos que creen en Él están llamados a confiar plenamente en el poder de Dios. Dios tiene poder sobre los elementos, Dios tiene poder sobre todas las circunstancias. Cuando Él dice: Soy yo, no temáis, nos está diciendo: Dios existe, Dios está contigo, en Él vives. Por lo tanto, si tienes fe en Él, el mejor signo de que la fe es verdadera, de que es viva, es que se traduce en confianza: en que tenemos confianza, en que estamos en manos de Dios. Y si estamos en manos de Dios, no tenemos a qué temer.
Este es el gran mensaje que transmite Jesús en el Evangelio de este sábado: la fe que vence los miedos, la fe que se traduce en la confianza de saber que Dios no sólo existe, sino que está presente en todas las circunstancias de nuestra vida.

viernes, 17 de abril de 2026

Milagros con nuestra pobreza

"Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?».
Si bien el milagro de la multiplicación de los panes y los peces nos lleva a pensar y meditar sobre el alimento que no perece que es la Eucaristía, también nos tiene que ayudar a pensar sobre nuestra actitud frente a las necesidades de los demás.
Jesús mira a la multitud y ve lo que ellos necesitan, sabe lo que va a hacer pero no quiere hacerlo solo sino que necesita de nuestra ayuda, de nuestra disponibilidad para ser instrumentos de su poder, de su Gracia. En ese momento en que Jesús nos pide algo no piensa en que nosotros tenemos el poder o la Gracia, sino en lo que Él puede llegar a hacer con nuestra pobreza, con lo poco que tenemos que es nuestra disponibilidad a ser sus instrumentos.
Cuando miramos nuestra pequeñez sólo podremos ver que nada o poco podremos hacer con lo que el mundo necesita, con lo que los demás necesitan, pero si ponemos nuestras manos al servicio del Señor y dejamos que sea Él quien obre el milagro, entonces sí que Él podrá hacer mucho. Así fue Felipe miró lo que tenía de dinero y con eso no podía paliar el hambre de tanta gente y podría haberse quedado, por eso mismo, sin hacer nada y dejar que todos pasaran hambre. Andrés encontró a un joven que ofreció lo poco que tenía cinco panes y dos peces, y se los ofreció para poder hacer algo. Y con ese algo en manos de Dios se saciaron miles de personas y aún sobro.
En realidad el milagro no es la multiplicación de los panes y los peces (aunque sí fue un gran milagro) sino el saber darle a Jesús lo poco que tenemos, lo poco que somos, reconocer nuestra pobreza para que Él disponga de nosotros para lo que Él vea que el mundo necesita. Nuestra mirada y nuestra pequeñez poco pueden hacer frente a tanta necesidad, pero Él puede ver más allá de nuestras narices y hacer grandes cosas, como lo hizo el Padre con María.
Por eso no confiemos tanto en nosotros mismos, no confiemos en lo que sabemos o en lo que tenemos, sino confiemos en que Él sabe lo que puede hacer con nosotros y dejémonos transformar y "utilizar" por Su Amor y Su Gracia.

jueves, 16 de abril de 2026

Hacernos responsables

En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
- «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Hoy me llamó la atención esta frase que el sumo sacerdote dirige a los apóstoles, no sólo porque los está acusando y castigando por predicar en el nombre de Jesús, sino por lo siguiente: "queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre", dice el sumo sacerdote.
Y en verdad él fue el responsable de dar muerte a Jesús, no hubo otro de donde saliera la acusación, el juicio y la condena, pues hizo, y junto a él mucho del Sanedrín, que lo condenaran a muerte.
Lo que pasa, en verdad, es que no siempre nos damos cuenta o no queremos hacernos responsables de nuestros actos, pues los consideramos tan buenos actos que los malos son los demás y no nosotros con lo que hacemos, decimos o mandamos a hacer o decir, porque no siempre somos los que tiramos la piedra sino que se la damos a otro para que la tire por nosotros para no sentirnos culpables.
Hay una falta tremenda de responsabilidad sobre nuestros actos o, también, es el caso, muchas veces, que no reconocemos que alguien a quien queremos o a quien apreciamos se está equivocando o se ha equivocado, y, muchas veces nos ponemos a defender lo indefendible, y así acusamos al inocente y defendemos al culpable, sobre todo para no asumir nuestro error y pecado.
Así, como nos dice Jesús, tenemos que tener en cuenta quienes somos: somos hijos de Dios y debemos intentar estar siempre en la Luz, en la Verdad, en el Amor, en la Justicia, pero todo ello debe venir de lo alto, de Dios y no de los hombres, porque lo de los hombres es muy deficiente, por eso Jesús nos habla de lo que ha visto y conoce y quiere que, también nosotros, podamos intentar estar junto a Él para vivir como Él:
"El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz".

miércoles, 15 de abril de 2026

Todo por su Gracia

"Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".
Cuanto más nos acercamos a la Luz, cuanto más nos acercamos a Jesús y vamos haciendo que nuestra vida, gracias a su Gracia, se vaya identificando con su Vida, entonces es cuando comenzamos a descubrir todos nuestros errores y pecados, porque su Vida es un espejo en el que nos miramos y descubrimos cuánto nos falta y cuánto nos sobra. Cuánto nos falta para poder vivir el amor y la obediencia al Padre tal como lo vivió Él, y cuánto nos sobra de nuestro propio pecado, de nuestro egoísmo, de nuestra vanidad, etc.
Ese es el dolor que han vivido todos aquellos que, siguiendo las huellas de Jesús, se fueron acercando a la Luz del Espíritu: sabernos tan pequeños que nos resulte doloroso querer crecer tanto como Jesús nos pide. Pero así como vamos descubriendo nuestro pecado y nuestras faltas cada vez que nos acercamos a la Luz, también descubrimos que Su Amor es cada vez más intenso y nos ayuda a buscar el remedio ante tanto pecado y nos brinda la luz necesaria para saber que a pesar de nosotros mismos es Él quien actúa en nosotros, que las obras que hacemos no son producto de nuestra fuerza o perfección, sino que son producto de su Gracia que hay en nosotros.
Ver nuestro pecado e imperfección es un detalle que nos permite no caer en la soberbia del fariseo que se cree que todo lo puede por su propia fuera, sino en la humildad del pecado que siempre sabe que nada puede hacer sin la Gracia, y que todo lo que pueda llegar a hacer de bueno y santo es porque el Espíritu del Señor habita en Él.
Así, las obras que realicemos, a pesar de nuestra debilidad y pecado, no serán producto de nuestro propio esfuerzo sino que debemos dar las Gracias al Señor que ha dejado su Espíritu en nosotros para que en nuestra debilidad se manifieste su poder y fuerza, y así serán las obras las que hablen de nuestra pertenencia al Señor.

martes, 14 de abril de 2026

Escudarnos en nuestras mentiras

"Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, sí confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros".
Hoy en día solemos caer en la gran mentira de que somos o muy buenos y no tenemos pecado, o somos muy malos y no merecemos el perdón, y por eso no vamos a poder convertirnos nunca. Hemos caído en la gran trampa de la vanidad espiritual que muchas veces nos hace ver como los mejores porque rezamos, vamos a misa y somos "tan buenitos" que no hacemos mal a nadie... Y otros, en cambio, se escudan en que son tan pecadores que nunca van a poder cambiar, y, por esa misma razón siguen en el pecado, aunque siguen viviendo hipócritamente en un triste cristianismo.
En esta carta, San Juan, nos pide que seamos capaces de vivir en la Verdad, pero no cualquier verdad sino en Cristo que es la Verdad, y aunque nos cueste aceptarlo es Él quien mejor nos muestra nuestra propia verdad, y esa verdad es que no somos ni tan buenos ni tan malos, sino que descubriendo nuestra propia realidad nos invita a la conversión de la vida, a encontrar el Camino que nos la verdadera Vida que Él nos ha traído con su resurrección.
Por eso, el mismo san Juan nos dice:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Lo cual nos invita a la esperanza de saber que aunque seamos malos podemos encontrar el camino, si es que lo queremos encontrar para poder alcanzar la santidad que Él nos pide y nos brinda, sabiendo que no recorreremos el Camino solos sino de Su Mano, lo cual nos da una esperanza cierta de alcanzar la meta. Pero si nos seguimos escudando en nuestras propias mentiras nunca alcanzaremos la meta ni lograremos la paz que Él quiere que tengamos.

lunes, 13 de abril de 2026

Nacer cada día

Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nacer de nuevo en el Espíritu, una hermosa y difícil frase que Jesús le regaló a Nicodemo para que nos la entregara a nosotros. Una frase que se hizo realidad el día de nuestro bautismo cuando en la Pila bautismal morimos al pecado y renacimos como hijo de Dios en la Gracia, algo que se ha ido renovando en la vida de Gracia que vamos conquistando día a día con nuestra entrega y con el Sacramento de la Reconciliación.
Así, pues, "nacer de nuevo en el Espíritu", no es nacer un día y ya está, como en la carne, sino que debemos nacer de nuevo cada día que el Señor nos regala, cuando al amanecer de cada día abrimos nuestros ojos la vida es ahí cuando debemos renunciar a nosotros mismos y dejar que el Espíritu nos guíe hacia la Voluntad de Dios.
Nacer de nuevo, es nacer cada día en Dios, dar Gracia al Señor por el Don de la Vida en el Espíritu y pedir que nuestro yo humano se deje vencer por la Gracia de Dios y podamos seguir siendo fieles testigos del Amor del Padre y de la Vida que el Hijo nos ha, no sólo, regalado sino que nos ha enseñado a vivir.
En la carne nacemos un día para siempre, pero en el Espíritu hemos de nacer cada día, pues cada día hemos de morir a nosotros mismos para aceptar la Voluntad de Dios, para dejarnos renovar y santificar, para que la Luz del Espíritu que ha de brillar en nosotros ilumine nuestra vida y la de aquellos que Dios va poniendo en nuestro camino para que se encuentren con Él y reciban el Don de la Fe.
No perdamos, cada día, la oportunidad de agradecer por este Don maravilloso y extraordinario que se nos ha dado y renazcamos con la fuerza del Espíritu para llevar la alegría del Evangelio a todo el mundo.

domingo, 12 de abril de 2026

Creer sin ver

Homilía de San Basilio de Seleucia, obispo (s. V)

Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo; entra, con todas las puertas cerradas. Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos y quiere abrir sus ojos. Deja estallar su incredulidad, confiando así en que su deseo será concedido. «Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea», dice. «Pondré mi dedo en las marcas de los clavos, y estrecharé al Señor al que tanto deseo. Que censure mi falta de fe, pero que me colme con su vista. Ahora soy descreído, pero después de verlo, creeré. Creeré cuando lo abrace y lo contemple. Quiero ver sus manos agujeradas, que han curado las manos maléficas de Adán. Quiero ver su costado, que cazó a la muerte del costado del hombre. Quiero ser testigo del Señor y el testimonio de otro no me basta. Lo que contáis exaspera mi impaciencia. La buena noticia que me dais, sólo aumenta mi turbación. No curaré este dolor, si no le toco con mis manos.»
El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo. ¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra, con todas las puertas cerradas.
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos con la señal de los clavos». Me buscabas cuando no estaba aquí; aprovéchate ahora. Conozco tu deseo a pesar de tu silencio. Antes que me lo digas, sé lo que piensas. Te he oído hablar y, aunque invisible, estaba junto a ti, junto a tus dudas, sin dejarme ver; te he hecho esperar para percibir mejor tu impaciencia. «Mete tu dedo en la señal de mis clavos. Mete tu mano en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».
Tomás le toca y cae toda su desconfianza; lleno de una fe sincera y de todo el amor que debe a Dios, exclama: «¡Señor mío y Dios mío!» Y el Señor le dice: «¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Tomás, lleva la nueva de mi resurrección a los que no me han visto. Arrastra a toda la tierra a creer no lo que ven, sino a tu palabra. Recorre pueblos y ciudades lejanas. Enséñales a llevar sobre sus hombros, no las armas, sino la cruz. No ceses de anunciarme: creerán y me adorarán. No exigirán otras pruebas. Diles que son llamados por la gracia, y tú, contempla su fe: ¡Dichosos, en verdad, los que crean sin haber visto!
Este es el ejército seducido por el Señor; estos son los hijos de la piscina bautismal, las obras de la gracia, la cosecha del Espíritu. Han seguido a Cristo sin haberle visto, le han buscado y han creído. Le han reconocido con los ojos de la fe, no con los del cuerpo. No han puesto su dedo en las marcas de los clavos, sino que se han unido a su cruz y han abrazado sus sufrimientos. No han visto el costado abierto del Señor, pero por la gracia han llegado a ser miembros de su cuerpo y han hecho suya su palabra: «¡Dichosos los que crean sin haber visto!»