martes, 19 de mayo de 2026

Glorifica tu Nombre

Discurso de Benedicto XVI, papa (s. XXI)

La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad, es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (cf. Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (cf. Jn 20, 17). Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).
La glorificación que Jesús pide para sí mismo, en calidad de Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). Esta disponibilidad y esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.
El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que han estado con él. Son aquellos de los cuales Jesús puede decir al Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). «Manifestar el nombre de Dios a los hombres» es la realización de una presencia nueva del Padre en medio del pueblo, de la humanidad. Este «manifestar» no es sólo una palabra, sino que es una realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre —su presencia con nosotros, el hecho de ser uno de nosotros— se ha hecho una «realidad». Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús Dios entra en la carne humana, se hace cercano de modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús realiza en su Pascua de muerte y resurrección.

lunes, 18 de mayo de 2026

Alegría del Amor

San Pablo VI, papa (s. XX) • Gaudete in Domino. Alegría del amor -Extracto-


Jesús revela en el evangelio de hoy el secreto de su paz y de su fortaleza: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16, 32). Esta certeza es inseparable de su conciencia. Es una presencia que nunca lo abandona. Por eso irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, que brotan del amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Desde el bautismo en el Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Jesús vive de este conocimiento íntimo: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre». Entre ambos se da una inhabitación recíproca: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Todo lo que es del Padre es del Hijo, y todo lo que es del Hijo es del Padre. En correspondencia, el Hijo tiene para con el Padre un amor sin medida: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre». Su disponibilidad llega hasta la donación de su vida humana, y su confianza hasta la certeza de recobrarla: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, para recobrarla de nuevo».

Por eso, cuando anuncia a los discípulos que serán dispersados y lo dejarán solo, puede afirmar con serenidad: «No estoy solo». Esta unión con el Padre constituye el fundamento de su victoria: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). No se trata de una toma de conciencia efímera, sino de la resonancia, en su conciencia humana, del amor que Él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno del Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo».

De esta relación brota la alegría insondable que Jesús lleva dentro de sí y que quiere comunicar a los suyos. Los discípulos están llamados a participar de esta alegría, porque Él desea que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos».

domingo, 17 de mayo de 2026

Enviados de lo alto

 “Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Siempre me ha llamado la atención este pasaje de la Ascensión del Señor, pues ante la sorpresa y, supongo, alegría y tristeza, de los discípulos viendo al Señor ascender a los Cielos, los ángeles les llaman la atención y los invita a dejar de mirar al cielo. Y, en realidad, es lo que nos muestra cómo ha de ser nuestra vida contemplativa en la vida cotidiana: nos ponemos en oración para que nuestro espíritu se una al Espíritu Santo y nos transmita o nos haga comprender la Voluntad de Dios para que la vivamos en el día a día, en nuestra propia realidad, pero con el corazón lleno de Cielo, para que ese Cielo que anhelamos lo podamos traer a la tierra: “venga a nosotros tu Reino”.

Así aquello que rezamos cada día lo vamos haciendo realidad, porque nos alimentamos de los frutos del Espíritu para poder construir el Cielo en la Tierra, pues esa es la misión que nos encomendó el Señor antes de partir:

“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

Miramos al Cielo para conocer la Voluntad de Dios. Recibimos del Cielo los Dones del Espíritu para poder vivir la Voluntad de Dios. Caminamos en el mundo de todos los días para hacer realidad lo que hemos recibido del Cielo. Recorremos el Camino de la santidad para poder enseñar con nuestra vida lo que significa haber recibido de lo Alto la dignidad y la alegría de ser hijos de Dios por el Hijo, quien con su muerte y resurrección nos ha dado una Vida Nueva para poder llevar al mundo e iluminar las tinieblas del pecado y mostrar el Camino de la Salvación, el Camino de la Vida.

sábado, 16 de mayo de 2026

Dejarnos iluminar

 “Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías”.

¡Qué interesante que es este pasaje del libro de los Hechos!

Al ver que Apolo tenía ciertas lagunas en la fe, sus hermanos, Aquila y Priscila, se lo explicaron mejor. Y aquí hay dos cosas a tener en cuenta:

1. Que se hayan dado cuenta de las lagunas en el conocimiento de Dios y, con amor fraterno y en privado, le ayudaron a comprender mejor lo que estaba viviendo  y predicando. La cercanía de los hermanos hace que estemos pendiente al otro para ayudarlo desde la confianza y el amor fraterno, no sintiéndonos los mejores sabios sino dando aquello que, también a nosotros, nos han regalado y ofrecerlo para que el otro pueda vivir mejor su fe.

2. La humildad de Apolo de dejarse ayudar por Priscila y Aquila. Porque no siempre nos dejamos acompañar, y, sobre todo, cuando alguien nos quiere ayudar a comprender mejor o a decirnos que hemos cometido algún error. El pecado de la vanidad o el orgullo nos impide, muchas veces, aceptar lo que el otro me está diciendo, indicando o corrigiendo. Sin embargo cuando abrimos nuestro corazón a la corrección fraterna ganamos en sabiduría y en amor.

Así, pues, Apolo pudo abrir su corazón no sólo a lo que sabían y conocían Priscila y Aquila, sino que pudo, por medio de ellos, recibir un mejor conocimiento de aquello que él había aprendido y que había querido darlo a conocer, así, por medio de los hermanos pudo profundizar en su fe y dar un mejor y mayor testimonio de lo que creía y vivía.

viernes, 15 de mayo de 2026

Nuestras obras

 Sermón de San Agustín de Hipona.


Sed ricos en buenas obras, dice el Señor. Éstas son las riquezas que debéis ostentar, que debéis sembrar. Éstas son las obras a las que se refiere el Apóstol, cuando dice que no debemos cansarnos de hacer el bien, pues a su debido tiempo recogeremos. Sembrad, aunque no veáis todavía lo que habéis de recoger. Tened fe y seguid sembrando. ¿Acaso el labrador, cuando siembra, contempla ya la cosecha? El trigo de tantos sudores, guardado en el granero, lo saca y lo siembra. Confía sus granos a la tierra. Y vosotros, ¿no confiáis vuestras obras al que hizo el cielo y la tierra?

Fijaos en los que tienen hambre, en los que están desnudos, en los necesitados de todo, en los peregrinos, en los que están presos. Todos éstos serán los que os ayudarán a sembrar vuestras obras en el cielo... La cabeza, Cristo, está en el cielo, pero tiene en la tierra sus miembros. Que el miembro de Cristo dé al miembro de Cristo; que el que tiene dé al que necesita. Miembro eres tú de Cristo y tienes que dar, miembro es él de Cristo y tiene que recibir. Los dos vais por el mismo camino, ambos sois compañeros de ruta. El pobre camina agobiado; tú, rico, vas cargado. Dale parte de tu carga. Dale, al que necesita, parte de lo que a ti te pesa. Tú te alivias y a tu compañero le ayudas.

jueves, 14 de mayo de 2026

Alcanzar la plenitud

 “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

A veces no entendemos el por qué tenemos que cumplir los mandamientos y buscar el vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. No comprendemos o no queremos comprender por qué tenemos que unir nuestra vida a estas enseñanzas.

Por un lado sólo es una exigencia para aquellos que, libre y conscientemente, han asumido ser cristianos, pues si no quieres ser cristiano no debes vivir las exigencias del Evangelio, eso está claro. Pero si quieres recibir los beneficios de la Gracia de estar unido a Cristo es una condición vivir como Cristo.

Pero, en realidad, lo que quiero es que sepamos cuál es la consecuencia de todo lo que Jesús nos ha mandado vivir: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Que nuestra alegría llegue a plenitud, ese es el resultado de aprender a vivir como Jesús, una alegría que no es de este mundo, una paz que no es de este mundo porque la alegría y la paz nos la da Él cuando nos unimos plenamente a Él.

Por eso, para alcanzar esa plenitud debemos entrar en una comunión intensa y constante con el Señor, con el Padre y recibir por eso y para eso los Dones del Espíritu que nos enseñan, nos animan y nos fortalecen para mantenernos fieles al Camino que nos conduce a la plenitud de la vida.

Es Él mismo quien nos da la fórmula para alcanzar esta plenitud pues unidos a Él con verdadera amistad podremos vivir lo que Él mismo vivió:

“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.

Así, a medida que vamos profundizando en esta amistad vamos entrando en comunión con Él y Él con nosotros, haciendo que nuestra vida ya no sea pertenencia nuestra sino que sea pertenencia de Él, para que un día podamos, como san Pablo, decir: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”, y ese día será cuando nuestra alegría y vida llegue a su plenitud.

miércoles, 13 de mayo de 2026

La llave del conocimiento

Simeón el Nuevo Teólogo, monje místico griego (s. X)


La «llave del conocimiento» (Lc 11, 52) no es otra cosa que la gracia del Espíritu Santo. Se da por la fe. Por la iluminación, produce realmente el conocimiento y hasta el conocimiento pleno. Despierta nuestro espíritu encerrado y oscurecido, a menudo con parábolas y símbolos, pero también con afirmaciones más claras hechas atenciones en el sentido espiritual de la palabra. Si la llave no es buena, la puerta no se abre. Porque, dice el Buen Pastor,» es a él a quien el portero abre » (Jn 10, 3). Pero si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, porque Cristo dijo: «Nadie va al Padre sin pasar por mí» (Jn 14, 6).

Por tanto, es el Espíritu Santo, el primero, que despierta nuestro espíritu y nos enseña lo que concierne al Padre y el Hijo. Cristo nos dice esto también: «Cuando venga, él, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, dará testimonio en mi favor, y os guiará hacia la verdad plena» (Jn 15, 26; 16, 13). Ved cómo, por el Espíritu o más bien en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer, inseparablemente.

Si se llama llave al Espíritu Santo, es porque, por él y en él primero, tenemos el espíritu iluminado. Una vez purificados, somos iluminados por la luz del conocimiento. Somos bautizados desde lo alto, recibimos un nuevo nacimiento y llegamos a ser hijos de Dios, como dice san Pablo: «El Espíritu Santo clama por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). Y todavía más: «Dios derramó su Espíritu en nuestros corazones que grita: ‘Abba, Padre'» (Ga 4, 6). Es pues él quien nos muestra la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que, aquel que habita en la casa, es él también luz inaccesible.