"En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, ¿y éste qué?».
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
La envidia, los celos, el orgullo, la vanidad son los pecados que nos hacen caminar mirando hacia el que está a mi lado o el que va delante o el que va detrás, no para ayudarlo a caminar si necesita sino para que no me gane en la carrera, y, si es posible, en todo caso, hacerlo caer para que no me gane.
Hoy en día vemos mucho de esto, todos estamos compitiendo contra los demás para ser los mejores, para poder colgarnos las medallas de oro y que se hable de nosotros porque nos gusta la fama, el prestigio, el tener más likes o más amigos en las redes, etc.
Es lo que intentaba preguntar Pedro a Jesús, y no porque quisiera ser como Juan, sino porque veía que Juan era, como dice el evangelio: el discípulo a quien Jesús amaba. ¿Había alguna preferencia? ¿Hacía Jesús diferencia entre Juan y los demás? Seguro que no, y lo vemos cuando lo llama a Pedro piedra de la Iglesia.
Y la respuesta de Jesús es clara y discreta ¿a ti qué? Tú sígueme. Lo que importa no es lo que hagan los otros o la misión que los demás tengan que hacer, lo que importa es cuál es la Voluntad de Dios para mí, y la carrera que tengo que correr es la de la santidad, es la búsqueda de esa Voluntad en mi vida, y así llegar a la meta que el Padre pensó para mí. Y si miro hacia mi hermano es para tenderle una mano, para ayudarlo en el camino, para ayudarlo en su conversión.
Pero, lamentablemente, el mundo se nos está "metiendo" demasiado dentro de nuestra espiritualidad y nos vamos manejando, muchas veces, por el espíritu competitivo del mundo y no vamos buscando, como dice san Pablo, combatir el buen combate, alcanzar la meta y no perder la fe.
El Sermón en la montaña
sábado, 23 de mayo de 2026
Tú sígueme
viernes, 22 de mayo de 2026
Me amas más que éstos?
"Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
Él le contestó: «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».
Para algunos ser cristiano es aprender normas, leyes, obligaciones, límites, etc., olvidándose que ser cristiano es, primeramente, conocer a Cristo para poder amarlo y así poder seguirlo. Es así como los discípulos pudieron entregar su vida a predicar el Evangelio y defender su fe con su propia vida.
Jesús los fue llamando para que convivieran con Él durante unos años, que lo conocieran, que lo escucharan, que comprendieran casi todo lo que les decía, y finalmente amarlo y descubrir en Él al Dios hecho hombre, al hombre-Dios que vino a entregar su vida para que nosotros tuviéramos vida y Vida en abundancia.
Por eso, al final, antes de ascender a los Cielos para, no sólo dejar a Pedro como cabeza de la Iglesia, sino para enseñarnos a nosotros cuál es lo esencial de nuestra fe, le preguntó sobre el amor, porque sólo amando a Jesús, sólo amando al Padre, podremos aceptar su Palabra.
Es el amor a Dios lo que mueve los corazones para ser Fieles a la Vida que Él mismo nos ha dado, como decía Santa Teresita de Lisieux:
"Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno".
Así, ya no veremos que nuestra vida cristiana es cumplir con preceptos, mandatos y leyes, sino que es amar a Quien nos ha llamado y elegido para llevar Su Palabra, con nuestra vida, por todo el mundo.
jueves, 21 de mayo de 2026
Que sean Uno
"En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró, Jesús diciendo":
A veces, cuando estamos cansados, agobiados o vemos que nos enfrentamos a algo complicado o difícil, levantamos los ojos al cielo para buscar ayuda en algo más allá de nosotros mismos. Jesús sabía que para poder pedirnos lo que nos iba a decir tenía que pedirle al Padre la fuerza para que nosotros pudiéramos, no sólo aceptar el desafío, sino llevarlo a cabo. Y junto con el mandamiento del amor (que va implícito en este mensaje y existencia) el llegara a la unidad como Iglesia, como comunidad, como hermanos, es lo más difícil que nos ha pedido vivir Jesús.
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".
Cuando escuchamos este camino que nos presenta Jesús: la unidad entre nosotros para que el mundo crea, siempre, o casi siempre, pensamos que la culpa no la tengo yo sino los otros que no saben aceptarme a mí. O cuando hablamos de vivir el amor fraterno también pensamos lo mismo: la culpa la tiene fulanito porque no me hace la vida fácil. Lo mismo del perdón o de saber perdonar, etc. Nunca vemos nuestros errores ni nos sometemos al mismo juicio al que sometemos a los demás, sino que siempre salimos liberados de la culpa e, incluso, nos permitimos tener derecho de juzgar, condenar y sentenciar a los demás por esto o por aquello.
Y así, día a día, vamos destruyendo lo más valioso que tenemos o que Jesús quiere que vivamos: la unidad en el amor, pero la verdadera unidad en el amor fraterno, y, por eso, Él levantaba los ojos al Cielo porque sólo el Padre puede darnos la fortaleza para convertir nuestros corazones, aunque, la llave para abrir el corazón a la Gracia de la conversión la tenemos nosotros, y del lado de adentro del corazón. Aunque el Padre quiera con todas sus fuerzas convertir nuestro corazón a Su Amor y al amor de los hermanos, si no nos disponemos a vivirlo será imposible.
Así, cada uno, apoyados en nuestras propias convicciones y creyéndonos mejores unos que otros vamos endureciendo nuestros corazones a la conversión, y nos vamos dividiendo cada día más a costa de provocar el escándalo para aquellos que buscan un testimonio claro del amor en la comunidades cristianas.
¿Quién tiene que convertir su corazón y pedir perdón? Primero yo para que pueda ver el esfuerzo que implica, y que si lo deseo y me abro a la Gracia podré descubrir en el otro un hermano a quien amar y a quien pedirle perdón por todo lo que he cometido: "perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden", pero a veces sólo son palabras al aire que no calan en nuestro corazón.
miércoles, 20 de mayo de 2026
Santificados por la Palabra
"Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad».
La Palabra de Dios, si la dejamos penetrar en nuestro corazón, no sólo en nuestra cabeza, es la que nos va santificando y configurando con la Vida que el Padre quiere que vivamos para alcanzar la salvación. Es la Palabra la que nos va indicando el Camino que hemos de recorrer y la que nos enseña cómo vivir en el mundo sin ser del mundo, pues así como la Palabra nos santifica en la Verdad a nosotros, así nuestro testimonio ilumina las oscuridades del mundo para que los hombres puedan alcanzar la salvación.
Por eso, Jesús, rogaba al Padre para que nos saque del mundo sino que nos preserve del maligno para que la Luz que Él dejó en nosotros no se apague con las tentaciones ni con las caídas, sino que esa Luz que procede de la Palabra y del Espíritu sea la que muestra el Camino de la Vida. Porque algo que no tenemos que olvidarnos es que no somos la Luz, ni la Verdad, ni la Vida, sino que somos testigos de la Luz, de la Verdad y de la Vida, y por eso nuestro testimonio tiene que ser verdadero, de lo contrario indicaremos un camino que no conduce a la vida sino a la muerte.
Así lo pedía Jesús al Padre y nos lo comunicaba a nosotros:
"Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad".
martes, 19 de mayo de 2026
Glorifica tu Nombre
Discurso de Benedicto XVI, papa (s. XXI)
La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad, es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (cf. Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (cf. Jn 20, 17). Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).
La glorificación que Jesús pide para sí mismo, en calidad de Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). Esta disponibilidad y esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.
El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que han estado con él. Son aquellos de los cuales Jesús puede decir al Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). «Manifestar el nombre de Dios a los hombres» es la realización de una presencia nueva del Padre en medio del pueblo, de la humanidad. Este «manifestar» no es sólo una palabra, sino que es una realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre —su presencia con nosotros, el hecho de ser uno de nosotros— se ha hecho una «realidad». Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús Dios entra en la carne humana, se hace cercano de modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús realiza en su Pascua de muerte y resurrección.
lunes, 18 de mayo de 2026
Alegría del Amor
San Pablo VI, papa (s. XX) • Gaudete in Domino. Alegría del amor -Extracto-
Jesús revela en el evangelio de hoy el secreto de su paz y de su fortaleza: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16, 32). Esta certeza es inseparable de su conciencia. Es una presencia que nunca lo abandona. Por eso irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, que brotan del amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Desde el bautismo en el Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».
Jesús vive de este conocimiento íntimo: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre». Entre ambos se da una inhabitación recíproca: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Todo lo que es del Padre es del Hijo, y todo lo que es del Hijo es del Padre. En correspondencia, el Hijo tiene para con el Padre un amor sin medida: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre». Su disponibilidad llega hasta la donación de su vida humana, y su confianza hasta la certeza de recobrarla: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, para recobrarla de nuevo».
Por eso, cuando anuncia a los discípulos que serán dispersados y lo dejarán solo, puede afirmar con serenidad: «No estoy solo». Esta unión con el Padre constituye el fundamento de su victoria: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). No se trata de una toma de conciencia efímera, sino de la resonancia, en su conciencia humana, del amor que Él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno del Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo».
De esta relación brota la alegría insondable que Jesús lleva dentro de sí y que quiere comunicar a los suyos. Los discípulos están llamados a participar de esta alegría, porque Él desea que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos».
domingo, 17 de mayo de 2026
Enviados de lo alto
“Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».
Siempre me ha llamado la atención este pasaje de la Ascensión del Señor, pues ante la sorpresa y, supongo, alegría y tristeza, de los discípulos viendo al Señor ascender a los Cielos, los ángeles les llaman la atención y los invita a dejar de mirar al cielo. Y, en realidad, es lo que nos muestra cómo ha de ser nuestra vida contemplativa en la vida cotidiana: nos ponemos en oración para que nuestro espíritu se una al Espíritu Santo y nos transmita o nos haga comprender la Voluntad de Dios para que la vivamos en el día a día, en nuestra propia realidad, pero con el corazón lleno de Cielo, para que ese Cielo que anhelamos lo podamos traer a la tierra: “venga a nosotros tu Reino”.
Así aquello que rezamos cada día lo vamos haciendo realidad, porque nos alimentamos de los frutos del Espíritu para poder construir el Cielo en la Tierra, pues esa es la misión que nos encomendó el Señor antes de partir:
“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.
Miramos al Cielo para conocer la Voluntad de Dios. Recibimos del Cielo los Dones del Espíritu para poder vivir la Voluntad de Dios. Caminamos en el mundo de todos los días para hacer realidad lo que hemos recibido del Cielo. Recorremos el Camino de la santidad para poder enseñar con nuestra vida lo que significa haber recibido de lo Alto la dignidad y la alegría de ser hijos de Dios por el Hijo, quien con su muerte y resurrección nos ha dado una Vida Nueva para poder llevar al mundo e iluminar las tinieblas del pecado y mostrar el Camino de la Salvación, el Camino de la Vida.