Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los inocentes".
Muchas veces, como los fariseos, caemos en el juzgar a los demás de acuerdo a la letra de ley, o a lo que creemos que la ley quiere decir, o a lo que nos parece que los demás están haciendo mal, o a lo que me han dicho que dijeron que hicieron. Somos muy propensos a declararnos jueces y verdugos de los demás, nos creemos muy justos cuando condenamos una actitud, cuando juzgamos al resto, y, sobre todo cuando hacemos de ese juicio y condena una carta de presentación ante los demás porque no obramos en silencio sino que los demás se tienen que enterar de lo bueno que soy porque he juzgado y condenado a otro.
Los fariseos buscaban siempre cómo poder condenar las malas acciones, como poder hacer notar que Jesús y sus discípulos no estaban viviendo según la ley y las costumbres del pueblo, pero no miraban más allá de ese acto y de esa acción, porque lo que en realidad les importaba era condenar los hechos y a las personas. No buscaban el bien para ellos, sino que necesitaban argumentar las malas acciones del otro.
Sabemos que el pecado reside en nosotros, que no siempre hacemos el bien que debemos sino que nos dejamos tentar por el mal que habita en nosotros, y, sin embargo no nos damos cuenta el daño que hacemos con nuestros juicios y condenas. Porque no estamos emitiendo sólo un juicio sino que estamos haciendo daño a un hermano, a alguien a quien le debo respeto y misericordia. Por eso mismo Jesús ya nos lo había dicho: "con la vara con que juzguéis a los demás seréis juzgados", pero son palabras que nunca las tenemos en cuenta porque, muchas veces, nos enceguece nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestro genio, el qué dirán o el qué me dijeron.
Y, para colmo de males, por lo mismo que juzgo y condeno (la soberbia, la vanidad y el orgullo) no puedo después pedir disculpas o perdón a la persona dañada, no me da la cara para reconocer que me excedido en mis palabras o actos, o que no tenía porqué hablar así o asa.
Por todo eso tenemos que tener más misericordia en nuestro corazón y más capacidad de reconocer que no soy quien para condenar a alguien y ni tan siquiera para hablar mal del otro, porque primero tengo que amar a la persona y si veo que ha actuado mal ayudarlo a cambiar de vida, si no es con las palabras será con la oración.
El Sermón en la montaña
viernes, 17 de julio de 2026
Quiero misericordia y no sacrificio
jueves, 16 de julio de 2026
Primero concibió en el espíritu
Homilía de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.
Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.
Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.
Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?
miércoles, 15 de julio de 2026
Vale ser pequeño
«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien".
¿Por qué Jesús se alegra y agradece porque el Padre ha revelado las cosas a los pequeños y no a los sabios y entendidos?
Creo que es la experiencia que tiene de la gente de su pueblo. Los fariseos, los doctores de la ley, los ancianos y el sumo sacerdote, que serían los sabios y entendidos de su Pueblo eran aquellos que no querían entender la Palabra que les dirigía o cuál era su misión, o quién era Él en realidad, siendo que ellos eran quienes conocían las Profecías, sabían cómo hablaba Dios y qué era lo que había Prometido al Pueblo de Israel. Pero, casi todos, se cerraron en banda por miedo a que les quitase el poder que tenían.
En cambio, los que no eran entendidos en la Ley y los Profetas, los pecadores, los paganos, los enfermos, las prostitutas, todos aquellos que estaban "afuera" del Pueblo entendido eran quienes aceptaban sus Palabras y lo buscaban para escucharlo y recibir de Jesús consuelo, fortaleza, esperanza.
"Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Así a esos pobres y pequeños de corazón pudo el Señor revelar su identidad, su misión y, sobre todo, hablarles del Reino y del Padre. Lo vemos cuando habla con la samaritana y con tantos otros a quienes se revela sin necesidad de palabras sino sólo con su presencia, su cercanía.
Por eso cuanto menos creamos en nuestra propia inteligencia y sabiduría, y nos dejemos cautivar y sorprender por las Palabras del Señor podremos llegar a aceptar el desafío de seguirlo y, sobre todo, de dejar nuestras vidas en sus manos para que sea Él quien nos transforme y nos haga vivir en el Reino que Él mismo ha sembrado en nuestro corazón.
martes, 14 de julio de 2026
No supimos alumbrar
No siempre, el cristiano, piensa en las exigencias del Evangelio porque, casi siempre, hemos "vendido" la imagen de un Jesús misericordioso, humilde, puro corazón, que se compadece de todos y que siempre está de buen humor. Pero no siempre ha sido así, y lo vemos en el evangelio y sobre todo en las partes que no nos gustan leer.
«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras".
¿Es justiciero Jesús? No, no es justiciero. Pero no siempre se puede actuar dejando pasar las cosas que nos hacen mal o que no nos hacen bien. No deben ser pocas las veces que no recodamos las cosas buenas que tenemos, o que Dios ha hecho por nosotros pues siempre pensamos que todo lo bueno que tenemos es porque nos hemos esforzado, pero que Dios nunca ha tenido parte en nuestras vidas. Y eso es un error.
Jesús pone en evidencia la poca disponibilidad de corazón que han tenido en Corozaín y Betsaida para creer en el mensaje que le ha dado, y, por falta de disponibilidad y confianza no han abierto el corazón a la Gracia de la conversión.
"Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy".
Y a Cafarnaún le hace ver algo que hoy en día es muy evidente: la vanidad y la soberbia de querer escalar posiciones, ya sea en la vida social, política o religiosa. Muchos hacen muchas cosas para que la gente los vea y los aplauda buscando la gloria del mundo sin ver que están dejando de lado la conversión del corazón a la humildad y disponibilidad a Dios.
Pero fijaos que en ninguno de los dos casos dice Jesús que sea Él quien nos juzgue, sino que serán otros los que nos juzguen por no haber aprovechado las oportunidades que nos ha dado el Señor. ¿Por qué? Porque, seguramente, muchos querrían tener la fe que se nos ha dado, el sentido de la vida, de la cruz y de la muerte que nos ha dado Jesús con su vida, y no lo tienen, y los que los tenemos no los vivimos como nos pide el Señor para ser luz para aquellos que lo necesitan. No, no será el Señor quien nos juzgue sino aquellos que han necesitado de la luz que el Señor sembró en nuestras vidas y no supimos alumbrar.
lunes, 13 de julio de 2026
Comenzamos exigentes
Para comenzar una nueva semana la Palabra de Jesús viene con mucha fuerza y exigencia, como para que no nos olvidemos a qué estamos llamados y cómo hemos de vivir:
«No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa".
Uno puede preguntarse por qué utiliza estas palabras Jesús, por qué es tan exigente y tan radical. Para mi lo que Jesús está viendo es cómo Él nos va a salvar, qué es lo que va a tener que vivir para darnos una vida de hijos de Dios: una obediencia a la Voluntad de Dios hasta la muerte y muerte en Cruz, para poder, por su resurrección, devolvernos la dignidad de ser hijos de Dios. Así, descubriendo la intensidad de su vida y de su fidelidad al Padre, podemos ver que las exigencias que nos pone a los que decidimos seguir su Camino, que, en realidad es su Vida, no son tantas, pues, como dice san Pablo "aún no hemos derramado nuestra sangre por Cristo".
Y, además, nos dice:
"El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará".
En realidad no quiere que odiemos a nuestros padres, ni que nos despreocupemos de sus vidas, sino que el amor a nuestros padres o intercedan u obstaculicen nuestra entrega por el evangelio. Si la familia, los amigos o quien sea son un obstáculo para ser fiel a Cristo, entonces tengo que dejarlos y evitar escuchar sus palabras, y lo mismo con las exigencias del mundo, pues lo que Cristo me brinda y si lo quiero aceptar es mucho más valioso que todo lo demás. Además ¿no dejo muchas veces a mi familia u otras cosas por gustos y antojos más pequeños que la Vida eterna?
domingo, 12 de julio de 2026
Saber esperar
Homilía de San Juan Crisóstomo, obispo
No sólo del nuevo, sino también del antiguo Testamento podemos sacar ejemplos estimulantes. En efecto, cuando oyes que Job después de la pérdida de su fortuna, después de la muerte de sus rebaños, perdió no uno ni dos ni tres, sino a todos sus numerosos hijos en la flor de la edad, después de tanta presencia de ánimo, aun cuando fueras el más débil de todos, fácilmente podrás consolarte y reanimarte.
Pues tú al menos, oh hombre que me escuchas, pudiste asistir a tu hijo enfermo, le viste postrado en el lecho, escuchaste sus últimas palabras y estuviste presente cuando exhaló su último aliento, le cerraste los ojos y la boca; en cambio él ni estuvo presente cuando sus hijos exhalaron el postrer aliento, ni los vio cuando expiraban. Bien al contrario, todos fueron sepultados en una sola tumba entre las paredes de su propia casa. Y no obstante, después de tantas y tan graves calamidades no lloró, ni se impacientó. Y ¿qué es lo que dijo? El Señor me lo quitó; como al Señor le plugo así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor por los siglos.
Eso mismo hemos de repetir nosotros en cualquier contratiempo que nos sobreviniere, tanto si se trata de un quebranto en la fortuna, o de una enfermedad corporal, de un ultraje, de una calumnia u otra cualquier desgracia humana, repitamos: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó como al Señor le plugo así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor por los siglos.
Si nos penetramos de esta verdad, jamás sufriremos detrimento alguno, aun cuando tengamos que soportar desgracias sin cuento: dichas palabras te acarrearán más ganancias que pérdidas, más bienes que males, pues Dios se te mostrará propicio y destruirás la tiranía del enemigo. En efecto, apenas la lengua ha pronunciado tales palabras, inmediatamente el diablo se bate en retirada: y al retirarse él, se disipan asimismo las nubes de la tristeza y, con ella, al punto se ponen en fuga los pensamientos que nos afligen. De esta forma, además de los bienes de esta vida, conseguirás todos los que nos están reservados en el cielo. Tienes de ello un ciertísimo ejemplo en Job y en los apóstoles, quienes, habiendo despreciado por Dios los males de este mundo, consiguieron los bienes eternos.
Sigamos, pues, su ejemplo, y en todas las cosas que nos acaecieren demos gracias al buen Dios, de modo que vivamos sin percances la presente vida y disfrutemos de los bienes futuros, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder siempre, ahora y por la eternidad, y por los siglos de los siglos. Amén.
sábado, 11 de julio de 2026
Siempre en condicional
En el libro de los Proverbios vemos cómo Dios quiere cuidarnos, cómo se preocupa de que alcancemos la sabiduría y la inteligencia necesaria para comprenderlo y así alcanzar lo que tanto anhelamos:
"Hijo mío, si aceptas mis palabras,
si quieres conservar mis consejos,
si prestas oído a la sabiduría
y abres tu mente a la prudencia;
si haces venir a la inteligencia
y llamas junto a ti a la prudencia;
si la procuras igual que el dinero
y la buscas lo mismo que un tesoro,
comprenderás lo que es temer al Señor
y alcanzarás el conocimiento de Dios".
Pero, mirad, hay un detalle que no siempre lo tomamos en cuenta: Dios no nos obliga a aceptar sus palabras, sus consejos o mandamientos, por eso lo pone en condicional "si aceptas, si quieres, si prestas...". Él sabe que nos ha dado el gran poder de la libertad para optar, cada día, por algo mejor o peor. Él pone delante nuestro todo lo que Él sabe que necesitamos, pero no siempre elegimos lo que necesitamos sino lo que nos apetece. Y lo que nos apetece, muchas veces, no es lo que nos lleva por el mejor de los caminos.
Alcanzar el conocimiento de Dios es el mejor de los regalos, pero que, en realidad, tiene un alto precio: renunciar a nosotros mismos, y es ese precio el que no estamos dispuestos a pagar. Para el hombre de hoy es más útil el dinero que la sabiduría de Dios, por eso vive sin vivir y muere sin haber vivido ni disfrutado de lo que Dios tenía preparado para él.
"Porque el Señor concede sabiduría,
de su boca brotan saber e inteligencia;
atesora acierto para el hombre recto,
es escudo para el de conducta intachable;
custodia la senda del honrado,
guarda el camino de sus fieles.
Entonces podrás comprender
justicia, derecho y rectitud,
el camino que lleva a la felicidad".