"Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia".
Cuando leemos la Palabra de Dios, muchas veces, nos damos cuenta lo hermosos que son ciertos relatos y cómo Dios va obrando por medio de los Profetas, y, sobre todo, por medio de aquellos que creen en la palabra de los profetas, que, en realidad están creyendo en la Promesa de Dios.
Es esa confianza en la Palabra de Dios lo que hace que Dios obre los milagros necesarios, que las profecías y las promesas se puedan llegar a cumplir. San Agustín decía: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Es decir, para alcanzar la salvación, para alcanzar nuestra salvación Dios necesita que creamos en Su Palabra, necesita de nuestro Sí incondicional para que Él pueda transformarnos, salvarnos.
Por supuesto que no es una obligación creer, ni responder afirmativamente, pero los que hemos conocido su Amor sabemos a qué podemos atenernos, y sabemos que, cuando lo dejamos actuar, realmente Él hace maravillas con nosotros.
La viuda de Sarepta de la que habla el pasaje escuchó la palabra del Profeta, es decir la promesa de Dios, y aceptó cumplirla y por eso la promesa se cumplió, porque no dudó en que esa Palabra era Verdad. Y esa confianza nos falta, muchas veces, a nosotros: no queremos renunciar a nosotros mismos porque no sabemos si Dios va a hacer lo que ha prometido, y esa desconfianza en la Promesa del Señor es la que nos impide alcanzar los Bienes que Él nos prometió, porque seguimos aferrados a lo que conocemos y no hacemos el salto en la fe para poder entregarnos por entero a Su Obra Salvadora.
"Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías".
El Sermón en la montaña
martes, 9 de junio de 2026
Confianza en la Providencia
lunes, 8 de junio de 2026
Bienaventurados los pobres de espíritu
Benedicto XVI, Papa (s.XXI). Ángelus (30-01-2011)
El Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud —escribe san Mateo—, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la «cátedra» del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10).
No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96).
Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (ib., p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.
Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios... una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).
domingo, 7 de junio de 2026
No es cualquier pan
sábado, 6 de junio de 2026
Vive la sana doctrina
Hace unos dos mil años que san Pablo le escribía la segunda carta a Timoteo y pareciera que nos la está escribiendo a nosotros en estos días:
"Querido hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas".
Hoy es ese tiempo en que los cristianos no soportan la sana doctrina, y no digo que no la soportan los que no son cristianos, sino que los que nos decimos cristianos y creyentes, muchas veces, no soportamos la sana doctrina y nos vamos haciendo una doctrina a nuestro gusto y parecer.
Queremos ser de Cristo pero a nuestra manera, a nuestro gusto, recibiendo todos los derechos y todas las Gracias pero viviendo como se nos ocurra, y, más que nada, de acuerdo a lo que el mundo nos está diciendo que vivamos: según nuestros instintos y deseos carnales.
Eso de entregarnos al Señor en cuerpo y alma, de vivir de acuerdo a los mandamientos, aceptar las exigencias del Evangelio ¡todo eso es muy antiguo! Ahora hay que aceptar que todo debe cambiar y que la moda de hoy es un vivir en libertad total sin nada que nos ponga límites o que nos exija morir a nosotros mismos para aceptar la Voluntad de Dios.
Nadie mejor que san Pablo podría haber concluido extraordinariamente la carta:
"Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente".
Nuestra tarea de evangelizadores la hemos de cumplir íntegramente, sabiendo sí que habrá faltas y caídas, pero que nada de eso sea para abandonar la sana doctrina, sino que sea para levantarnos y seguir, con paso firme, defendiendo y viviendo el Evangelio, la Voluntad de Dios como la vivió Jesús, hasta entregar su vida en la Cruz.
"He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación".
viernes, 5 de junio de 2026
Persevera en las Sagradas Escrituras
"Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús.
Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena".
Hermoso mensaje y consejo de san Pablo a Timoteo, y, también, a nosotros. Aunque algunos lo hayamos aprendido de grandes y no de niños, pero lo importante es que en un momento de nuestra vida hemos aceptado el camino de ser cristianos, y por eso, quizás no lo suficiente, hemos conocido las Sagradas Escrituras, pues la fe en Jesucristo se basa en lo que nos han predicado basándose en las Sagradas Escrituras, pues ahí está el fundamento de nuestra fe.
Es cierto que seguimos a Jesús, pero son las Sagradas Escrituras las que nos hablan de la Voluntad de Dios, las que nos dan a conocer la vida de Jesús, por eso debemos seguir encontrándonos con La Palabra para sostener nuestra fe, para seguir conociendo al Padre, al Hijo y por medio del Espíritu seguir creciendo y madurando nuestra relación con Ellos.
A veces, y les pasa a muchos, que se dejan instruir más por las ideologías del mundo que por las Sagradas Escrituras y quieren, por eso mismo, que sea el espíritu del mundo quien diseñe la vida de los cristianos. Y es ahí donde comienza la lucha interior pues nuestro corazón sabe lo que necesita y tiende siempre a lo mejor, pero, como dijo el Señor: "el espíritu está pronto pero la carne es débil", y, por esa razón, vamos dejando de lado las Sagradas Escrituras por hacerle caso al mundo.
Le decía al comienzo san Pablo a Timoteo:
"Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia, las persecuciones y los padecimientos, como aquellos que me sobrevinieron en Antioquia, Iconio y Listra.
¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.
Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos".
No es que suframos persecuciones, sino que sufrimos en nuestro interior porque queremos que sea el mundo quien domine y no el espíritu, y vamos a ir intentando siempre que la Voluntad de Dios manifestada en las Sagradas Escrituras sea reemplazada por los mandamientos del mundo, sin darnos cuenta que el espíritu del mundo no nos salva, ni nos otorga la vida eterna, lo que sí recibimos por medio de la Gracia del Espíritu que nos ayuda a perseverar en la Voluntad de Dios para alcanzar la Salvación.
jueves, 4 de junio de 2026
Solo palabras
Cada vez que leo este evangelio siempre me va a asombrar la respuesta de Jesús:
"Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Me asombra porque es una respuesta preocupante y que, para muchos, no significa nada pero es una muy dura respuesta. ¿Por qué? Porque lo que buscamos con nuestra vida de fe es estar en el Reino de Dios, pues como Jesús mismo lo dijo el reino de Dios está en nuestro corazón, pero si no estamos lejos quiere decir que el reino no está en nosotros sino que aún nos falta mucho por alcanzarlo. Y ¿por qué aún no está en nosotros? Porque todavía nos hemos quedado en palabras y no en obras, nos hemos quedado en aprender y no en vivir, nos hemos quedado en saber pero no en conocer.
Por eso mismo san Pablo le advertía a Timoteo:
"Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes".
Nos quedamos discutiendo en palabras, porque hay muchos intelectuales pero pocos santos, hay muchos sabios según el mundo pero pocos sabios del Espíritu, hay muchos libros pero pocos orantes. Y las palabras sólo son palabras que dicen mucho pero que no hacen nada, en cambio la vida, las obras y la conducta de cada uno es la que tiene fuerza para conquistar corazones, es el "olor a santidad" el que inquieta el corazón lo lleva a buscar una respuesta válida a su vida, y así alcanza la verdad en la Palabra.
Por eso mismo sigue diciendo san Pablo:
"Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad".
"Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi Evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, y la gloria eterna en Cristo Jesús".
miércoles, 3 de junio de 2026
Apóstol de la promesa de Vida
Me ha parecido muy explícita esta definición que hace de sí mismo san Pablo al escribirle a Timoteo:
"Pablo apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús...".
Apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, eso es lo que somos, también, cada uno de nosotros con nuestros carismas particulares y nuestras vocaciones particulares. "No sois vosotros quienes me han elegido, sino que yo os elegí del mundo", así le decía el Señor a los apóstoles, y también nos lo dice a nosotros. Y nos lo repite constantemente para que nos lo creamos porque, muchas veces, no pensamos que todos los bautizados somos apóstoles de Cristo, sino que creemos que sólo los consagrados, religiosos, sacerdotes, etc., son apóstoles, sin embargo todos los que hemos recibido el Espíritu Santo somos apóstoles: elegidos para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús.
¡Eso es lo que anunciamos! Y lo hacemos, primeramente, con nuestra propia vida. Es nuestra vida, nuestras palabras, nuestras acciones, nuestro modo de vivir el que anuncia cómo vivimos, pues no podemos hablar de la alegría del Evangelio, de la fuerza de la Resurrección si no estamos viviendo esa alegría, si nuestro rostro, nuestras palabras no expresan esa alegría de la Vida Nueva en Cristo Jesús.
"Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza".
Es cierto que las palabras de san Pablo pueden parecer ilógicas u utópicas, pero así es la vida en Dios, es una locura para el mundo y una utopía para muchos, pero para los que han llegado a sentirla y llevarla en el corazón es lo más cierto y reconfortante que nos ha pasado, es el sentido y la fortaleza de nuestra vida, para nuestros días de sol y los de tormenta, para las caídas y los tropiezos, para saber que siempre Él estará con nosotros si nos mantenemos fieles a Su Palabra.
"De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día".