miércoles, 27 de mayo de 2026

No sabemos lo que pedimos

- «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
- «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron:
- «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
- «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
- «Podemos».
Muchas veces le exigimos a Dios que haga lo que queremos, como le sucedió a los apóstoles, y eso no es que esté mal, lo podemos hacer, pero, como dice Jesús, muchas veces no sabemos lo que pedimos. Es decir, sí sabemos lo que pedimos pero no hemos pensado bien lo que pedimos porque lo que pedimos nace de una necesidad humana, de algo que nos está sucediendo y no sabemos cómo solucionarlo, o queremos algo que está muy lejos de nuestras posibilidades y necesitamos que Él nos lo consiga.
En este caso ellos pensaron que lo que estaban pidiendo era un lugar al lado de un emperador terrenal, y, por eso, no sabían lo que estaban pidiendo porque no habían comprendido, todavía, a qué Reino se refería Jesús en sus predicaciones. Así han mostrado, y nos muestran, que los poderes terrenales no son parte del Reino de los Cielos, y que, muchas veces, nos dejamos llevar por los instintos más básicos sin saber a qué estamos llamados realmente.
Pero, además, hay algo que es muy importante: lo que implica pedir cosas y lo que implica, como responsabilidad, el recibir lo que se pide, pues todo tiene su precio real. En este caso Jesús les propone una exigencia: un cáliz y un bautismo, pero tampoco saben qué es lo que eso significa, pero ya no se pueden echar atrás, sino que aceptan el desafío de tener que aceptar hacer algo por lo que han exigido.
Por eso ¿estamos dispuestos a vivir como Jesús nos pide cuando le pedimos a Él algo que nosotros necesitamos? ¿O sólo lo pedimos porque sabemos de su misericordia pero no estamos dispuestos a beber de su cáliz ni a recibir su bautismo? Más de una vez exigimos cosas que nosotros no somos capaces de vivir, por eso, hay que saber qué pedir porque lo que hemos recibido ha sido mucho más grande de lo que jamás podríamos pedir:
"Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios".

martes, 26 de mayo de 2026

Ceñid los lomos

Hablando de la revelación, san Pedro nos dice:
"Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: «Seréis santos, porque yo soy santo".
Aquello que ellos vivieron (los apóstoles) y nosotros hemos recibido y aceptado como revelación y Don de Fe, es lo que los ángeles desearon contemplar. Pero esa revelación no es un camino para vivirlo individual o egoístamente, sino que es para vivir en comunidad y para los demás.
Se vive en comunidad para poder llevar a cabo el mandamiento de Jesús: sed uno como el Padre y yo somos uno, y ese mandamiento sólo se puede vivir desde el amor, el Amor que Dios nos ha dado y el amor que debemos vivir como hermanos. Y ese es un camino que tenemos que recorrer unidos y acompañados, dejándonos guiar y fortalecer por el Espíritu que se nos ha dado.
Y, sobre todo, como dice el mismo Pedro: como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, es decir, dejar de lado las aspiraciones mundanas que nos llevan por un camino que no es el de Dios, y renunciando a nosotros mismos, como nos lo pidió Jesús, aceptemos la Voluntad del Padre para "ser santos, porque está escrito: seréis santos, porque yo soy santo".
Está claro que la santidad no es lo primero que deseamos o a lo primero que aspiramos, pero es lo primero que nos pide el Señor, por eso nos ha pedido que renunciemos a nosotros mismos y que aceptemos Su Voluntad, para poder alcanzar la meta de la santidad y transmitir con nuestra vida el poder de su Palabra y la alegría de la salvación, para que otros puedan, también, encontrar el camino que los conduce a la Vida en el espíritu y a la salvación del alma.

lunes, 25 de mayo de 2026

María, Madre de la Iglesia

Alocución de San Pablo VI, papa.

Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.
Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquel, que desde el primer instante de la encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores, es decir, de la Iglesia.
Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación.
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza maravillosa en prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico «Bienaventurada porque has creído». En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Nuestro Pentecostés

"Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, que llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse".
¿Habéis pensado en nuestro propio Pentecostés? Sí, el día de nuestro bautismo aunque no sopló un gran viento ni cayeron lenguas de fuego, pero el Espíritu Santo descendió en nosotros y nos transformó de simples hombres en hijos de Dios gracias al Hijo de Dios. Y, desde ese día, el mismo Espíritu Santo inhabita en nosotros así como lo hizo con los apóstoles, así como lo hizo con María, para que, llenos de sus Dones podamos transformar el mundo, la historia, nuestra historia y la historia de la humanidad, así como lo hicieron ellos.
¿No es ésta la gran noticia de Pentecostés?
No es sólo que ese día nació la Iglesia que conocemos: santa y apostólica, sino que gracias a ese día también nosotros, por la sucesión apostólica, recibimos el mismo Espíritu que transformó la vida de los apóstoles haciéndolos heraldos del Evangelio y dándoles la fortaleza y la sabiduría necesaria para llevar a cabo la misión que Jesús les encomendó:
"Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos".
Y, también, es nuestra misión. No sólo porque nos ha sido otorgada la misión de evangelizar, de misionar, sino porque no podemos guardar para nosotros mismos semejante alegría de sabernos ungidos por el Espíritu Santo, de saber que ese mismo Espíritu mora en nosotros, nos sostienes, nos fortalece, nos anima, nos ilumina, nos enciende en el fuego del Amor verdadero para que, unidos en el mismo Espíritu, podamos llevar a todo el mundo la alegría del Evangelio que se nos ha transmitido y, sobre todo, la alegría de sabernos salvados por el Amor de un Dios que hecho hombre se entregó y resucitó por nosotros para devolvernos la dignidad que el pecado original nos había quitado.
¡Feliz día de Pentecostés! ¡Ven Espíritu Santo y renueva nuestras vidas!

sábado, 23 de mayo de 2026

Tú sígueme

"En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, ¿y éste qué?».
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
La envidia, los celos, el orgullo, la vanidad son los pecados que nos hacen caminar mirando hacia el que está a mi lado o el que va delante o el que va detrás, no para ayudarlo a caminar si necesita sino para que no me gane en la carrera, y, si es posible, en todo caso, hacerlo caer para que no me gane.
Hoy en día vemos mucho de esto, todos estamos compitiendo contra los demás para ser los mejores, para poder colgarnos las medallas de oro y que se hable de nosotros porque nos gusta la fama, el prestigio, el tener más likes o más amigos en las redes, etc.
Es lo que intentaba preguntar Pedro a Jesús, y no porque quisiera ser como Juan, sino porque veía que Juan era, como dice el evangelio: el discípulo a quien Jesús amaba. ¿Había alguna preferencia? ¿Hacía Jesús diferencia entre Juan y los demás? Seguro que no, y lo vemos cuando lo llama a Pedro piedra de la Iglesia.
Y la respuesta de Jesús es clara y discreta ¿a ti qué? Tú sígueme. Lo que importa no es lo que hagan los otros o la misión que los demás tengan que hacer, lo que importa es cuál es la Voluntad de Dios para mí, y la carrera que tengo que correr es la de la santidad, es la búsqueda de esa Voluntad en mi vida, y así llegar a la meta que el Padre pensó para mí. Y si miro hacia mi hermano es para tenderle una mano, para ayudarlo en el camino, para ayudarlo en su conversión.
Pero, lamentablemente, el mundo se nos está "metiendo" demasiado dentro de nuestra espiritualidad y nos vamos manejando, muchas veces, por el espíritu competitivo del mundo y no vamos buscando, como dice san Pablo, combatir el buen combate, alcanzar la meta y no perder la fe.

viernes, 22 de mayo de 2026

Me amas más que éstos?

"Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
Él le contestó: «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».
Para algunos ser cristiano es aprender normas, leyes, obligaciones, límites, etc., olvidándose que ser cristiano es, primeramente, conocer a Cristo para poder amarlo y así poder seguirlo. Es así como los discípulos pudieron entregar su vida a predicar el Evangelio y defender su fe con su propia vida.
Jesús los fue llamando para que convivieran con Él durante unos años, que lo conocieran, que lo escucharan, que comprendieran casi todo lo que les decía, y finalmente amarlo y descubrir en Él al Dios hecho hombre, al hombre-Dios que vino a entregar su vida para que nosotros tuviéramos vida y Vida en abundancia.
Por eso, al final, antes de ascender a los Cielos para, no sólo dejar a Pedro como cabeza de la Iglesia, sino para enseñarnos a nosotros cuál es lo esencial de nuestra fe, le preguntó sobre el amor, porque sólo amando a Jesús, sólo amando al Padre, podremos aceptar su Palabra.
Es el amor a Dios lo que mueve los corazones para ser Fieles a la Vida que Él mismo nos ha dado, como decía Santa Teresita de Lisieux:
"Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno".
Así, ya no veremos que nuestra vida cristiana es cumplir con preceptos, mandatos y leyes, sino que es amar a Quien nos ha llamado y elegido para llevar Su Palabra, con nuestra vida, por todo el mundo.

jueves, 21 de mayo de 2026

Que sean Uno

"En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró, Jesús diciendo":
A veces, cuando estamos cansados, agobiados o vemos que nos enfrentamos a algo complicado o difícil, levantamos los ojos al cielo para buscar ayuda en algo más allá de nosotros mismos. Jesús sabía que para poder pedirnos lo que nos iba a decir tenía que pedirle al Padre la fuerza para que nosotros pudiéramos, no sólo aceptar el desafío, sino llevarlo a cabo. Y junto con el mandamiento del amor (que va implícito en este mensaje y existencia) el llegara a la unidad como Iglesia, como comunidad, como hermanos, es lo más difícil que nos ha pedido vivir Jesús.
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".
Cuando escuchamos este camino que nos presenta Jesús: la unidad entre nosotros para que el mundo crea, siempre, o casi siempre, pensamos que la culpa no la tengo yo sino los otros que no saben aceptarme a mí. O cuando hablamos de vivir el amor fraterno también pensamos lo mismo: la culpa la tiene fulanito porque no me hace la vida fácil. Lo mismo del perdón o de saber perdonar, etc. Nunca vemos nuestros errores ni nos sometemos al mismo juicio al que sometemos a los demás, sino que siempre salimos liberados de la culpa e, incluso, nos permitimos tener derecho de juzgar, condenar y sentenciar a los demás por esto o por aquello.
Y así, día a día, vamos destruyendo lo más valioso que tenemos o que Jesús quiere que vivamos: la unidad en el amor, pero la verdadera unidad en el amor fraterno, y, por eso, Él levantaba los ojos al Cielo porque sólo el Padre puede darnos la fortaleza para convertir nuestros corazones, aunque, la llave para abrir el corazón a la Gracia de la conversión la tenemos nosotros, y del lado de adentro del corazón. Aunque el Padre quiera con todas sus fuerzas convertir nuestro corazón a Su Amor y al amor de los hermanos, si no nos disponemos a vivirlo será imposible.
Así, cada uno, apoyados en nuestras propias convicciones y creyéndonos mejores unos que otros vamos endureciendo nuestros corazones a la conversión, y nos vamos dividiendo cada día más a costa de provocar el escándalo para aquellos que buscan un testimonio claro del amor en la comunidades cristianas.
¿Quién tiene que convertir su corazón y pedir perdón? Primero yo para que pueda ver el esfuerzo que implica, y que si lo deseo y me abro a la Gracia podré descubrir en el otro un hermano a quien amar y a quien pedirle perdón por todo lo que he cometido: "perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden", pero a veces sólo son palabras al aire que no calan en nuestro corazón.