En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
- «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Hoy me llamó la atención esta frase que el sumo sacerdote dirige a los apóstoles, no sólo porque los está acusando y castigando por predicar en el nombre de Jesús, sino por lo siguiente: "queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre", dice el sumo sacerdote.
Y en verdad él fue el responsable de dar muerte a Jesús, no hubo otro de donde saliera la acusación, el juicio y la condena, pues hizo, y junto a él mucho del Sanedrín, que lo condenaran a muerte.
Lo que pasa, en verdad, es que no siempre nos damos cuenta o no queremos hacernos responsables de nuestros actos, pues los consideramos tan buenos actos que los malos son los demás y no nosotros con lo que hacemos, decimos o mandamos a hacer o decir, porque no siempre somos los que tiramos la piedra sino que se la damos a otro para que la tire por nosotros para no sentirnos culpables.
Hay una falta tremenda de responsabilidad sobre nuestros actos o, también, es el caso, muchas veces, que no reconocemos que alguien a quien queremos o a quien apreciamos se está equivocando o se ha equivocado, y, muchas veces nos ponemos a defender lo indefendible, y así acusamos al inocente y defendemos al culpable, sobre todo para no asumir nuestro error y pecado.
Así, como nos dice Jesús, tenemos que tener en cuenta quienes somos: somos hijos de Dios y debemos intentar estar siempre en la Luz, en la Verdad, en el Amor, en la Justicia, pero todo ello debe venir de lo alto, de Dios y no de los hombres, porque lo de los hombres es muy deficiente, por eso Jesús nos habla de lo que ha visto y conoce y quiere que, también nosotros, podamos intentar estar junto a Él para vivir como Él:
"El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz".
El Sermón en la montaña
jueves, 16 de abril de 2026
Hacernos responsables
miércoles, 15 de abril de 2026
Todo por su Gracia
"Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".
Cuanto más nos acercamos a la Luz, cuanto más nos acercamos a Jesús y vamos haciendo que nuestra vida, gracias a su Gracia, se vaya identificando con su Vida, entonces es cuando comenzamos a descubrir todos nuestros errores y pecados, porque su Vida es un espejo en el que nos miramos y descubrimos cuánto nos falta y cuánto nos sobra. Cuánto nos falta para poder vivir el amor y la obediencia al Padre tal como lo vivió Él, y cuánto nos sobra de nuestro propio pecado, de nuestro egoísmo, de nuestra vanidad, etc.
Ese es el dolor que han vivido todos aquellos que, siguiendo las huellas de Jesús, se fueron acercando a la Luz del Espíritu: sabernos tan pequeños que nos resulte doloroso querer crecer tanto como Jesús nos pide. Pero así como vamos descubriendo nuestro pecado y nuestras faltas cada vez que nos acercamos a la Luz, también descubrimos que Su Amor es cada vez más intenso y nos ayuda a buscar el remedio ante tanto pecado y nos brinda la luz necesaria para saber que a pesar de nosotros mismos es Él quien actúa en nosotros, que las obras que hacemos no son producto de nuestra fuerza o perfección, sino que son producto de su Gracia que hay en nosotros.
Ver nuestro pecado e imperfección es un detalle que nos permite no caer en la soberbia del fariseo que se cree que todo lo puede por su propia fuera, sino en la humildad del pecado que siempre sabe que nada puede hacer sin la Gracia, y que todo lo que pueda llegar a hacer de bueno y santo es porque el Espíritu del Señor habita en Él.
Así, las obras que realicemos, a pesar de nuestra debilidad y pecado, no serán producto de nuestro propio esfuerzo sino que debemos dar las Gracias al Señor que ha dejado su Espíritu en nosotros para que en nuestra debilidad se manifieste su poder y fuerza, y así serán las obras las que hablen de nuestra pertenencia al Señor.
martes, 14 de abril de 2026
Escudarnos en nuestras mentiras
"Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, sí confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros".
Hoy en día solemos caer en la gran mentira de que somos o muy buenos y no tenemos pecado, o somos muy malos y no merecemos el perdón, y por eso no vamos a poder convertirnos nunca. Hemos caído en la gran trampa de la vanidad espiritual que muchas veces nos hace ver como los mejores porque rezamos, vamos a misa y somos "tan buenitos" que no hacemos mal a nadie... Y otros, en cambio, se escudan en que son tan pecadores que nunca van a poder cambiar, y, por esa misma razón siguen en el pecado, aunque siguen viviendo hipócritamente en un triste cristianismo.
En esta carta, San Juan, nos pide que seamos capaces de vivir en la Verdad, pero no cualquier verdad sino en Cristo que es la Verdad, y aunque nos cueste aceptarlo es Él quien mejor nos muestra nuestra propia verdad, y esa verdad es que no somos ni tan buenos ni tan malos, sino que descubriendo nuestra propia realidad nos invita a la conversión de la vida, a encontrar el Camino que nos la verdadera Vida que Él nos ha traído con su resurrección.
Por eso, el mismo san Juan nos dice:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Lo cual nos invita a la esperanza de saber que aunque seamos malos podemos encontrar el camino, si es que lo queremos encontrar para poder alcanzar la santidad que Él nos pide y nos brinda, sabiendo que no recorreremos el Camino solos sino de Su Mano, lo cual nos da una esperanza cierta de alcanzar la meta. Pero si nos seguimos escudando en nuestras propias mentiras nunca alcanzaremos la meta ni lograremos la paz que Él quiere que tengamos.
lunes, 13 de abril de 2026
Nacer cada día
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nacer de nuevo en el Espíritu, una hermosa y difícil frase que Jesús le regaló a Nicodemo para que nos la entregara a nosotros. Una frase que se hizo realidad el día de nuestro bautismo cuando en la Pila bautismal morimos al pecado y renacimos como hijo de Dios en la Gracia, algo que se ha ido renovando en la vida de Gracia que vamos conquistando día a día con nuestra entrega y con el Sacramento de la Reconciliación.
Así, pues, "nacer de nuevo en el Espíritu", no es nacer un día y ya está, como en la carne, sino que debemos nacer de nuevo cada día que el Señor nos regala, cuando al amanecer de cada día abrimos nuestros ojos la vida es ahí cuando debemos renunciar a nosotros mismos y dejar que el Espíritu nos guíe hacia la Voluntad de Dios.
Nacer de nuevo, es nacer cada día en Dios, dar Gracia al Señor por el Don de la Vida en el Espíritu y pedir que nuestro yo humano se deje vencer por la Gracia de Dios y podamos seguir siendo fieles testigos del Amor del Padre y de la Vida que el Hijo nos ha, no sólo, regalado sino que nos ha enseñado a vivir.
En la carne nacemos un día para siempre, pero en el Espíritu hemos de nacer cada día, pues cada día hemos de morir a nosotros mismos para aceptar la Voluntad de Dios, para dejarnos renovar y santificar, para que la Luz del Espíritu que ha de brillar en nosotros ilumine nuestra vida y la de aquellos que Dios va poniendo en nuestro camino para que se encuentren con Él y reciban el Don de la Fe.
No perdamos, cada día, la oportunidad de agradecer por este Don maravilloso y extraordinario que se nos ha dado y renazcamos con la fuerza del Espíritu para llevar la alegría del Evangelio a todo el mundo.
domingo, 12 de abril de 2026
Creer sin ver
Homilía de San Basilio de Seleucia, obispo (s. V)
Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo; entra, con todas las puertas cerradas. Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos y quiere abrir sus ojos. Deja estallar su incredulidad, confiando así en que su deseo será concedido. «Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea», dice. «Pondré mi dedo en las marcas de los clavos, y estrecharé al Señor al que tanto deseo. Que censure mi falta de fe, pero que me colme con su vista. Ahora soy descreído, pero después de verlo, creeré. Creeré cuando lo abrace y lo contemple. Quiero ver sus manos agujeradas, que han curado las manos maléficas de Adán. Quiero ver su costado, que cazó a la muerte del costado del hombre. Quiero ser testigo del Señor y el testimonio de otro no me basta. Lo que contáis exaspera mi impaciencia. La buena noticia que me dais, sólo aumenta mi turbación. No curaré este dolor, si no le toco con mis manos.»
El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo. ¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra, con todas las puertas cerradas.
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos con la señal de los clavos». Me buscabas cuando no estaba aquí; aprovéchate ahora. Conozco tu deseo a pesar de tu silencio. Antes que me lo digas, sé lo que piensas. Te he oído hablar y, aunque invisible, estaba junto a ti, junto a tus dudas, sin dejarme ver; te he hecho esperar para percibir mejor tu impaciencia. «Mete tu dedo en la señal de mis clavos. Mete tu mano en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».
Tomás le toca y cae toda su desconfianza; lleno de una fe sincera y de todo el amor que debe a Dios, exclama: «¡Señor mío y Dios mío!» Y el Señor le dice: «¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Tomás, lleva la nueva de mi resurrección a los que no me han visto. Arrastra a toda la tierra a creer no lo que ven, sino a tu palabra. Recorre pueblos y ciudades lejanas. Enséñales a llevar sobre sus hombros, no las armas, sino la cruz. No ceses de anunciarme: creerán y me adorarán. No exigirán otras pruebas. Diles que son llamados por la gracia, y tú, contempla su fe: ¡Dichosos, en verdad, los que crean sin haber visto!
Este es el ejército seducido por el Señor; estos son los hijos de la piscina bautismal, las obras de la gracia, la cosecha del Espíritu. Han seguido a Cristo sin haberle visto, le han buscado y han creído. Le han reconocido con los ojos de la fe, no con los del cuerpo. No han puesto su dedo en las marcas de los clavos, sino que se han unido a su cruz y han abrazado sus sufrimientos. No han visto el costado abierto del Señor, pero por la gracia han llegado a ser miembros de su cuerpo y han hecho suya su palabra: «¡Dichosos los que crean sin haber visto!»
sábado, 11 de abril de 2026
No creyeron a sus hermanos
Homilía de San Beda Beda el venerable (s. XIII)
«Después de la gloriosa resurrección del Señor, el evangelista refiere que Cristo se apareció primero a María Magdalena. Y esto no es sin misterio: porque es justo que aquella que había ardido con mayor amor fuese la primera en gozar de la luz del Resucitado. Ella, de quien habían sido expulsados siete demonios, representa a la Iglesia que, purificada de todos sus vicios, se adelanta con deseo ferviente a buscar al Señor.
Mas los discípulos no creyeron su anuncio. Y esta incredulidad, aunque parezca reprochable, ha sido para nosotros provechosa: pues demuestra que no aceptaron la noticia de la resurrección con ligereza, sino que fueron llevados a la fe por la verdad misma que se les manifestó. Así, la firmeza de su testimonio se apoya no en rumores humanos, sino en la visión del Señor vivo.
Luego se apareció a dos de ellos en camino, en figura distinta. Con ello nos enseña que el Señor se manifiesta de diversos modos según la capacidad de quienes lo contemplan: a unos se muestra en la claridad de la gloria, a otros en la humildad de la carne, y a otros en la inteligencia de las Escrituras. Pero tampoco a éstos creyeron los demás, para que la verdad de la resurrección fuese confirmada no por el testimonio de hombres, sino por la presencia del mismo Cristo.
Finalmente, se apareció a los Once y les reprochó su incredulidad. No para confundirlos, sino para fortalecerlos: porque quienes habían sido corregidos por el Maestro serían después columnas firmes de la fe. Y así, tras sanar su corazón, les confió la misión más alta: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura”. Con estas palabras declara que ninguna nación queda excluida de la salvación, pues todos han sido llamados a la vida eterna.
La fe y el bautismo son presentados como el camino de la salvación: creer en Cristo y ser sumergido en su muerte y resurrección es entrar en la vida nueva. Y los signos que acompañan a los creyentes —expulsar demonios, hablar lenguas nuevas, vencer serpientes y venenos, sanar enfermos— muestran que la gracia del Espíritu transforma al hombre interior: expulsa los vicios, renueva el corazón, vence las tentaciones y fortalece la caridad.
Así, el Señor, que se apareció a los suyos para confirmar su fe, los envía ahora para que, con su palabra y sus obras, confirmen la fe de todos los pueblos. Y Él mismo coopera con ellos, porque la predicación es eficaz no por mérito humano, sino por la fuerza del que vive y reina por los siglos de los siglos.»
viernes, 10 de abril de 2026
La pesca milagrosa