sábado, 4 de abril de 2026

El sepulcro vacío

 San Juan Pablo II, papa (s. XX) • extracto de la catequesis


Cuando considero los acontecimientos pascuales, el primer elemento ante el que me encuentro es el «sepulcro vacío». Sé que no es por sí mismo una prueba directa, porque la ausencia del cuerpo «podría explicarse de otra forma», como pensó María Magdalena al suponer que alguien habría sustraído el cuerpo de Jesús. También recuerdo que el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había sido robado por los discípulos. Y, sin embargo, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo impresionante, y para las personas de buena voluntad fue el primer paso hacia el reconocimiento del hecho de la resurrección.


Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana se habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Ellas fueron las primeras en acoger el anuncio: «Ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro». Aunque estaban sorprendidas y asustadas, «recordaron sus palabras» y, en su sensibilidad y finura intuitiva, se aferraron a la realidad y corrieron a dar la alegre noticia. Sé por Mateo que Jesús mismo les salió al encuentro, las saludó y les renovó el mandato. De esta forma, las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección, hecho elocuente sobre la importancia de la mujer en los días del acontecimiento pascual.


Entre los que recibieron el anuncio estaban Pedro y Juan. Ellos se acercaron al sepulcro «no sin titubeos», porque habían oído hablar de una sustracción del cuerpo. Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío y «terminaron creyendo», porque «hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar». El hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. Incluso la dificultad de las tradiciones para dar una relación plenamente coherente confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los testigos.


Pero debo considerar otro dato: aunque el sepulcro vacío podía generar sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección. Las mujeres y los Apóstoles se encontraron ante un «signo» particular: el signo de la victoria sobre la muerte. El sepulcro cerrado testimoniaba la muerte; el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte. Recuerdo el estado de ánimo de las mujeres que se decían: «¿Quién nos retirará la piedra?», y que después constataron con maravilla que «la piedra estaba corrida aunque era muy grande». Aunque «un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas», llevaron el anuncio, porque el sepulcro vacío con la piedra corrida fue el primer signo.


Para las mujeres y para los Apóstoles, el camino abierto por el signo se concluye mediante el encuentro con el Resucitado. Entonces la percepción tímida e incierta se convierte en convicción y fe en Aquel que «ha resucitado verdaderamente». Las mujeres «se arrojaron a sus pies y lo adoraron». María Magdalena, al escuchar su nombre, dijo «Rabbuní» y corrió radiante a anunciar: «¡He visto al Señor!». Los discípulos, al verlo en el Cenáculo, «se alegraron al ver al Señor».


Y puedo afirmar: «El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe».

El descenso del Señor

 De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado 

¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.

Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida (cf. Lc 15,3-7). Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte(Lc 1,79). Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.

El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos.» Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz» (Ef 5,14).

Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «Salid», y a los que se encuentran en las tinieblas: «Iluminaos», y a los que duermen: «Levantaos».

A ti te mando: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona».

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos (Sal 88[87],5-6); por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.

Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva (cf. Gn 2,21-22). Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso (cf. Gn 3,24).

Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso (cf. Gn 3); yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida (cf. Gn 2,16), que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara (cf. Gn 3,24); ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.

El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.»

viernes, 3 de abril de 2026

El valor de la sangre de Cristo

 De las catequesis de San Juan Crisóstomo, obispo


¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras.

Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. ¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón? «Sin duda, responde Moisés: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor».

Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero y yo recibo el fruto del sacrificio.

Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón afirma San Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues de la misma forma que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquél a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

jueves, 2 de abril de 2026

Se vistió de inmortalidad

 De los sermones de san Agustin, obispo y doctor de la Iglesia.


Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir. Es posible, en efecto, encontrar quizás alguno que se atreva a morir por un hombre de bien; pero por un inicuo, por un malhechor, por un pecador, ¿quién querrá entregar su vida, a no ser Cristo, que fue justo hasta tal punto que justificó incluso a los que eran injustos?

Ninguna obra buena habíamos realizado, hermanos míos; todas nuestras acciones eran malas. Pero, a pesar de ser malas las obras de los hombres, la misericordia de Dios no abandonó a los humanos. Y siendo dignos de castigo, en lugar del castigo que se merecían, les gratificó la gracia que no se merecían. Y Dios envió a su Hijo para que nos rescatara, no con oro o plata, sino a precio de su sangre, la sangre de aquel Cordero sin mancha, llevado al matadero por el bien de los corderos manchados, si es que debe decirse simplemente manchados y no totalmente corrompidos.

Tal ha sido, pues, la gracia que hemos recibido. Vivamos, por tanto, dignamente, ayudados por la gracia que hemos recibido y no hagamos injuria a la grandeza del don que nos ha sido dado. Un médico extraordinario ha venido hasta nosotros, y todos nuestros pecados han sido perdonados. Si volvemos a enfermar, no sólo nos dañaremos a nosotros mismos, sino que seremos además ingratos para con nuestro médico.

Sigamos, pues, las sendas que él nos indica e imitemos en particular, su humildad, aquella humildad por la que él se rebajó a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. En efecto, no habría muerto, si no se hubiera humillado.

¿Quién hubiera podido matar a Dios, si Dios no se hubiera humillado? Y Cristo es Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es ciertamente Dios. El es el Hijo de Dios, la Palabra de Dios, de la que dice Juan: En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada. ¿Quién hubiera podido matar a aquel por quien se hizo todo y sin el que no se hizo nada? ¿Quién hubiese podido matarlo, si no se hubiera humillado? ¿Y cómo se humilló?

Dice el mismo Juan: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros. Pues la Palabra de Dios no hubiera podido sufrir la muerte. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros. Así, el que era inmortal, se revistió de mortalidad para poder morir por nosotros y destruir nuestra muerte con su muerte.

Esto fue lo que hizo el Señor, éste es el don que nos otorgó. Siendo grande, se humilló; humillado, quiso morir; habiendo muerto, resucitó y fue exaltado para que nosotros no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección de los muertos, los que, ya desde ahora, hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre.

miércoles, 1 de abril de 2026

El sentido del Amor

 De los tratados sobre el evangelio de san Juan de San Agustín, obispo y doctor De la Iglesia 


El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Sentado a la mesa de un señor, mira bien qué te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar bien lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros, a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre. Él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestido por él de incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros.

martes, 31 de marzo de 2026

Entrenar todos los días

"Jesús le respondió: - «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde».
Pedro replicó: - «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó: - «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
A veces tenemos muy bueno y altos ideales, y otras veces hacemos y nos hacemos promesas muy grandes, y, casi siempre, vamos cediendo nuestros ideales de acuerdo al tiempo, a las circunstancias, depende con quien estemos, y, otras tantas veces nuestras promesas carecen de recorrido pues ante el menor estorbo las dejamos de lado.
"El espíritu está pronto, pero la carne es débil", le dijo Jesús a los apóstoles en el Huerto de Getsemaní. Y es totalmente cierto. Nuestro espíritu nos hace desear cosas muy altas y muy grandes, pero no siempre lo conseguimos, y no porque Dios no quiera que lo consigamos, sino porque, muchas veces, no seguimos el camino que el Señor nos propone y nos enseña.
Jesús sabía y conocía muy bien cuál iba a ser el recorrido de su vida, sabía que tenía que esperar el tiempo que el Padre había pensado desde siempre, y, por eso, nunca se apresuró a nada, sino que todo lo hizo en el tiempo que el Padre quería. Y, llegado el momento de Su Hora también comenzó a sufrir porque, humanamente, el precio que tenía que pagar por nosotros era muy alto: "Padre, si es posible aparta de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la Tuya".
Aunque tengamos todo programado, y aunque nuestros deseos sean muy buenos, y nuestra intención sea la mejor, no siempre alcanzaremos por nuestros propios medios los más altos ideales, y no porque no podamos, sino porque somos débiles y eso lo tenemos que tener en cuenta. Pero no para desanimarnos en el principio, ni en el medio, sino para saber que debemos mantener el ritmo todos los días.
Dicen que los buenos deportistas entrenan todos los días para alcanzar el más alto rendimiento, y así también nosotros debemos entrenar el espíritu todos los días y, sobre todo, llevando, como dice san Pablo, "nuestra carne a la esclavitud del espíritu", pues lo que nos domina más de una vez son nuestros deseos e instintos carnales, y, por el otro lado, el mundo nos presenta siempre obstáculos apetitosos que nos hacen tropezar y muchas veces caer. Y, ante los tropiezos y caídas hemos de levantarnos con más fuerza que antes para seguir la carrera hasta el final sin perder ni la esperanza, ni la fe y menos el amor, pues así, como hizo Pedro quien después de negar por tres veces a Jesús se arrepintió y siguió junto al resto en Fidelidad a la Vida que Jesús les había dado.

lunes, 30 de marzo de 2026

Los últimos días

Con la lectura de la Pasión en el Domingo de Ramos comenzamos a recorrer los últimos días de Jesús en el mundo, su vida como hombre está llegando a su fin, y él lo sabía y por eso varias veces se lo dijo a los discípulos pero no habían entendido lo que les decía. Jesús sabía cómo seguirían sus días y hacia dónde tenía que ir, por eso subió a Jerusalén para ser entregado, sentenciado y condenado, por que esa era la Voluntad del Padre y hacía lo había anunciado el Padre por medio de los Profetas, y todo se iba a cumplir en su Persona.
Antes de subir a Jerusalén vuelve a ver a sus amigos, aquellos con los que compartió su infancia y juventud, a estar en ese círculo que todos necesitamos que es el del amor verdadero y puro de la amistad, para sentirse entre aquellos que no necesitan palabras para entenderse y con aquellos que sabemos que pueden guardar en sus corazones todo lo que hay en el nuestro.
María, aquella que había estado tumbada a sus pies escuchando sus Palabras, había entendido qué estaba pasando y agradecida por haber resucitado a su hermano Lázaro, ungió los pies del Señor, era su regalo, era su forma de decir ¡Gracias! sin palabras, porque no siempre tenemos las palabras necesarias para agradecer todo lo que el Señor hace por nosotros.
Pero, también estaba Judas Iscariote, quien siempre estaba pensando en otra cosa y no en la gratitud y en el disfrutar cada momento con el Señor, y con su actitud estropea un momento tan puro y noble de María.
A veces, cuando sólo pensamos en nosotros mismos no nos damos cuenta de lo que los demás están haciendo, y, sobre todo, no sabemos el por qué lo hacen, pero nuestro egoísmo nos hace saltar sobre aquellos que están viviendo una realidad que no sabemos pero que, según nuestra justicia y mal comprender, lo están haciendo mal. Y juzgamos y sentenciamos y condenamos a quienes, con pureza y sencillez de corazón, actúan de tal o cual manera pues sus corazones están llenos del Espíritu y de la gratitud hacia el Señor.
Así son estos días para pensar en nuestra gratitud hacia el Señor, en qué podemos hacer para agradecerle todo lo que Él ha hecho por nosotros, todo lo que Él nos ha enseñado con sus Palabras y con su Vida, para que postrados a sus pies en el silencio del corazón podamos vivir plenamente estos días para por no sólo acompañarlo sino comprender que ha significado su Vida para nuestra vida.