lunes, 2 de noviembre de 2026

Cristo, nuestra esperanza

San Braulio de Zaragoza, obispo (s. VI)

Cristo, esperanza de todos los creyentes, llama durmientes, no muertos, a los que salen de este mundo, ya que dice: Lázaro, nuestro amigo, está dormido.
Y el apóstol san Pablo quiere que no nos entristezcamos por la suerte de los difuntos, pues nuestra fe nos enseña que todos los que creen en Cristo, según se afirma en el Evangelio, no morirán para siempre: por la fe, en efecto, sabemos que ni Cristo murió para siempre ni nosotros tampoco moriremos para siempre.
Pues él mismo, el Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán.
Así, pues, debe sostenernos esta esperanza de la resurrección, pues los que hemos perdido en este mundo, los volveremos a encontrar en el otro; es suficiente que creamos en Cristo de verdad, es decir, obedeciendo sus mandatos, ya que es más fácil para él resucitar a los muertos que para nosotros despertar a los que duermen. Mas he aquí que, por una parte, afirmamos esta creencia y, por otra, no sé por qué profundo sentimiento, nos refugiamos en las lágrimas, y el deseo de nuestra sensibilidad hace vacilar la fe de nuestro espíritu. ¡Oh miserable condición humana y vanidad de toda nuestra vida sin Cristo!
¡Oh muerte, que separas a los que estaban unidos y, cruel e insensible, desunes a los que unía la amistad! Tu poder ha sido ya quebrantado. Ya ha sido roto tu cruel yugo por aquel que te amenazaba por boca del profeta Oseas: ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! Por esto podemos apostrofarte con las palabras del Apóstol: ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?
El mismo que te ha vencido a ti nos ha redimido a nosotros, entregando su vida en poder de los impíos para convertir a estos impíos en amigos suyos. Son ciertamente muy abundantes y variadas las enseñanzas que podemos tomar de las Escrituras santas para nuestro consuelo. Pero bástanos ahora la esperanza de la resurrección y la contemplación de la gloria de nuestro Redentor, en quien nosotros, por la fe, nos consideramos ya resucitados, pues, como afirma el Apóstol: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.
No nos pertenecemos, pues, a nosotros mismos, sino a aquel que nos redimió, de cuya voluntad debe estar siempre pendiente la nuestra, tal como decimos en la oración: Hágase tu voluntad. Por eso, ante la muerte, hemos de decir como Job: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Repitamos, pues, ahora estas palabras de Job y así, siendo iguales a él en este mundo, alcanzaremos después, en el otro, un premio semejante al suyo.

domingo, 1 de noviembre de 2026

Apresuremos el andar

De los sermones de San Bernardo de Claraval, abad

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.
El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordaros que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.
Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.

sábado, 31 de octubre de 2026

Alcanzar la vida en Cristo

"Para mi la vida es Cristo, y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en este dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros".
La sinceridad con la que san Pablo da a conocer su caminar en Cristo y hacia Cristo es lo que ilumina nuestra vida y, también, lo que nos puede producir un cierto temor o vergüenza de no estar viviendo a su altura.
En este caso en esta carta a los Filipenses da a conocer su sentir como discípulo de Cristo que ha alcanzado casi la meta su vida porque al desear estar ya en Cristo, el querer estar ya en el Reino del Padre con Cristo, es para él una ganancia, porque al morir tiene la certeza de volver al Padre y vivir lo que ha predicado acerca del Reino de los Cielos.
Pero, también, tiene la certeza de que no tiene que hacer lo que desea sino lo que debe como Apóstol de Cristo, y eso es estar con la gente mientras el Padre y el Hijo así lo quieran.
Vemos así que hay un deseo: seguir viviendo en Cristo, y ese vivir en Cristo es estar disponible para lo que el Padre quiera y permita, y, cuando llegue el día volverá al Reino de los Cielos, pero mientras tanto compartir con el mundo aquello que ha ido viviendo dese su conversión.
"Convencido de esto, siento que me quedaré y estaré a vuestro lado, para vuestro progreso en la alegría y en la fe, de modo que el orgullo que en Cristo Jesús sentís rebose cuando me encuentre de nuevo entre vosotros".
Alcanzar la profundidad espiritual o un crecimiento tal en el espíritu no es cuestión de años, ni de esfuerzos sino de disponibilidad a la Voluntad del Padre, dejando de lado nuestro deseo y querer y aceptando el desafío de ser todo de Dios para hacer todo lo que Él nos pida.

viernes, 30 de octubre de 2026

Adormecidos por el pecado

"Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.
Y a ellos les dijo:
«¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida, aunque en día de sábado? ».
Y no pudieron replicar a esto".
¿Cuantas veces criticamos en otras personas lo que, también, nosotros hacemos? Nos parece, muchas veces, un escándalo o lo criticamos duramente al pecado de otros cuando nosotros también hacemos lo mismo, o parecido, o peor. Es ahí cuando el Señor nos pide que miremos primero la viga de nuestro ojo y no la paja del ojo del vecino. Pero es que el pecado original nos ha dejado con esa espina en el corazón, de no poder vivir sin pecado para que podamos vernos primero nosotros y después a los demás, y así, ayudándolos a ellos poder crecer, también, nosotros para liberarnos de nuestros pecados.
Lo que pasa es que nunca podremos liberarnos de nuestros pecados si no los reconocemos, si no hacemos un verdadero análisis de conciencia para poder despejar de nuestro corazón aquello que ya se ha hecho parte de nuestra vida. Sí, el pecado, muchas veces, se hace parte de nuestra vida porque dejamos de verlo, porque nos acostumbramos al "soy así, qué le voy a hacer". Y con esa estúpida frase nos vamos escudando constantemente sin darle paso a la Gracia para poder madurar, para poder crecer, para poder dejar de lado el pecado que llevamos tanto tiempo aceptando en nuestras vidas.
En el sacramento de la reconciliación Jesús quiere "tocarnos" y sanarnos y salvarnos, sea las veces que sea, pero tengo que acudir con la verdad sobre mí, con la verdad de mi pecado y con el deseo de liberarme de él, y, sobre todo, con la intención de no volver a caer. De otro modo Él no podrá liberarme de lo que me hace daño, de lo que me tiene esclavizado haciéndome creer que eso está bien, que porque me da paz está bien hecho, y no es así, el pecado adormece la conciencia y esa no es la paz que da el Señor con su Gracia.

jueves, 29 de octubre de 2026

Recomendaciones vitales

"Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios".
Fantástica recomendación que nos hace san Pablo, o, mejor dicho, también, un hermoso plan de vida para vivir nuestra vida cristiana en tiempos donde el príncipe de este mundo está tratando, continuamente, de quitaros la fe, de ayudarnos a dejar de creer y, sobre todo, de arruinar el Plan de Salvación de nuestro Padre Dios.
San Pablo, por que él mismo lo vivió, sabe que en la vida tendremos pruebas que superar, pruebas que nos ayudan a mantenernos firmes en la fe, a madurar nuestra entrega al Señor, y, sobre todo, a entender que en todo momentos, como le decía Jesús a los apóstoles, hay que estar preparados porque la carne es débil y siempre estaremos tentados a abandonar el camino cuando se ponga difícil.
Algo importante para nuestra vida (en realidad todo es importante) vivir en la Verdad: ceñid vuestra cintura con la verdad. Pero ¿cuál verdad? La Verdad del Evangelio, la Verdad del Señor, no la verdad que a mi me gusta, o la media verdad, sino la Verdad de Dios que es la única que me hará libre, que me dará la luz para seguir en el camino hacia la Vida.
Y esta me gustó mucho más, aunque también es complicada en los tiempos que vivimos: "calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz". María, nuestra Madre, nos enseña a ser pronto para responder al Señor, no sólo en los buenos momentos, sino también en los que nos parecen malos, o cuando Su Voluntad no sea tan apetecible, por eso María nos enseña a se prontos para responder al Señor desde Nazaret hasta el Calvario.

miércoles, 28 de octubre de 2026

Ser apóstol

        Homilía de San Cirilo de Alejandría, obispo

 

Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás.

Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a él, con las cuales palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también, según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar.

En efecto, si el Señor tenía la convicción de que había de enviar a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, era necesario que ellos, que habían de ser imitadores de uno y otro, supieran con qué finalidad el Padre había enviado al Hijo. Por esto, Cristo, exponiendo en diversas ocasiones las características de su propia misión, decía: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Y también: He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

De este modo, resume en pocas palabras la regla de conducta de los apóstoles, ya que, al afirmar que los envía como el Padre lo ha enviado a él, les da a entender que su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado, y que han de salvar al mundo con la doctrina que de él han recibido. Leyendo los Hechos de los apóstoles o los escritos de san Pablo, nos damos cuenta fácilmente del empeño que pusieron los apóstoles en obrar según estas consignas recibidas.

martes, 27 de octubre de 2026

El Don de la Fe

En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Las parábolas del Reino de los Cielos nos ayudan a ver, en estos dos casos, que el Reino que habita en nosotros no habla de gran cantidad, por eso cuando nosotros decimos que no tenemos tanta fe estamos, casi, diciendo mentiras. No es una mentira en sentido estricto, sino que no es verdad que tengamos poca fe, porque la fe no se mide en cantidad porque es Don de Dios.
Entonces, ¿por qué tenemos esa sensación de que tenemos poca fe? Porque, en realidad, no hemos hecho casi nada para madurar en la fe, para saber bien cómo se utiliza o para qué tenemos fe. Que tampoco lo vamos a saber todo con certeza porque, también, la fe al ser Don de Dios es un misterio para el hombre, y sólo los que tienen espíritu de niño aceptan esos misterios con alegría y sin preocupaciones.
Por eso Jesús nos habla del Reino de Dios como algo insignificante (la semilla de mostaza) o algo escondido (una perla en el campo) que para que crezca hay que sembrarlo en tierra fértil o encontrarlo y dejar todo para comprarlo. Es decir como semilla nos lleva a la parábola del sembrador: el Señor sembró la semilla en nuestro corazón que, seguramente, Él ha formado con tierra fértil, y soy yo quien tiene que tener la constancia de regarlo con el agua de la Gracia por medio de los Sacramentos, la oración, la reflexión de la Palabra; pero también puede ser que tenga que hundir la pala en esa tierra para encontrar esa perla escondida y al encontrarla tener que salir a vender todo lo que guardaba o atesoraba para poder deshacerme de mí mismo y comenzar a ver el valor de lo que el Reino me está dando, me está ofreciendo pero por no dejar mi vida me pierdo de disfrutarlo.
Quizás he hecho más lío del que debía, pero espero que el Espíritu Santo nos ayude a aprovechar en todo momento de nuestra vida el hermoso Don de la Fe, de creer en un Dios que nos ama y que quiere lo mejor para nosotros aquí en la tierra, y, después, en el Cielo.