domingo, 9 de agosto de 2026

Encuentro en silencio

Hay tres breves reflexiones para este domingo en las lecturas.
Elías nos muestra cómo identificar a Dios en nuestras vidas: quitarnos el ruido ensordecedor de la rutina diaria y disponernos de corazón a encontrar el silencio necesario para escuchar a Dios. No podemos mantener una relación profunda y constante con el Padre si no logramos el silencio interior, que no es sólo el exterior, sino el que es mas difícil es el interior. Sí, porque siempre hay cosas que vienen a la cabeza cuando intento concentrarme, y, sobre todo, dejar de lado los cuestionamientos internos sobre nuestro hacer y no hacer, sino dejar que el en el silencio el Padre, con el Espíritu, me ayuden a discernir su Voluntad.
Y es en ese encuentro silencioso donde podemos llegar a sentir y percibir, como decían los apóstoles en el monte de la Transfiguración, ¡qué bien que estoy aquí! Porque estoy en la presencia del Señor. Una Presencia que se hace tan real en nuestras vidas que queremos que todos puedan vivirla. Por eso, san Pablo quisiera que todos sus hermanos pudieran encontrarse con Cristo, porque él lo encontró y comenzó a vivir una vida nueva, llena del Amor de Dios, no sin cruces, pero fortalecido por el Amor. Y ese deseo es el que Pablo quiere difundir y comunicar: el hermoso Don de la Fe en Cristo Jesús.
Un Don que, muchas veces, nos lleva a querer vivir lo mismo, porque gustar el amor que hay en Cristo es gustar la Vida en Cristo, y esa Vida es la que, muchas veces, nos hace querer caminar sobre las aguas del mundo, sobre las aguas de nuestra vida, y, a pesar de que algunas veces nos sentimos ahogar en las mismas aguas, sabemos que si tendemos la mano el Señor nos ayuda a sobreponernos, a levantarnos, a volver a ponernos en pie y seguir caminando sobre un mar revuelto como es la rutina del mundo.
Así desde el encuentro silenciosos con el Padre, podremos gustar de la fuerza de su amor, para poder seguir recorriendo, a pesar del mundo, el camino de la santidad al que fuimos llamados.

sábado, 8 de agosto de 2026

Sobre santo Domingo

Sobre la vida de Santo Domingo de Guzmán.

La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido para la gloria divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu.
En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.
Con frecuencia, pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo.
Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.
Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles».

viernes, 7 de agosto de 2026

Que Jesús habite en nuestros corazones

Una carta de San Cayetano, presbítero

Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que rueguen por ti a Cristo bendito y a su Madre; pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti de poco serviría sin tu cooperación; antes que nada es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a él y procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, él siempre estará atento a tus necesidades.
Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.
El se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para ti; mas para conseguirlo no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo; más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana, y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda.
Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Éste es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono.

jueves, 6 de agosto de 2026

Qué bien estamos aquí!

Una homilía de Anastasio Sinaíta, obispo

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les ha anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria del Padre».
Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!
Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Nos ayuda

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija".
Hoy en día lo tratarían de discriminador a Jesús y lo lapidarían no por blasfemo (pues eso es lo normal hoy en día) sino por haber llamado "perrito" a la cananea, algo que es impensable que alguien pudiera decirlo. Pero dejando de lado ese asunto miremos cuál ha sido la intención del Señor, pues no sólo utiliza ese método con la cananea sino en otros momentos también.
¿Qué método? El de hacer que se manifieste la fe la persona, pues es lo único que cuenta: la grandeza de la fe. También lo dice acerca del centurión romano: en verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.
Es cierto que la fe no tiene medidas, pero se comprueba en la medida en que lo expresamos, pero sobre todo en lo que vivimos. En estos casos los dos personajes han hecho una profesión de fe que era excepcional y le sirvió al Señor para hacernos ver que la fe es la que nos ayuda a afrontar las situaciones difíciles de la vida, no sólo porque puede hacer obrar milagros a nuestro Dios, sino porque nos ayuda a ver la vida con otros ojos y a llevar con fortaleza lo que nos toque vivir.
Todo esto porque Jesús no obró todos los milagros que podría haber hecho, pues ese no era el sentido de su venida al mundo, sino que por medio de los milagros "cautivó" a muchos para poder escucharlo y brindarles, así, el conocimiento necesario acerca del Padre, del Reino y mostrarnos un Camino para encontrar un sentido a nuestras vidas.
Así la fe es la luz que nos ayuda a encontrar el sentido a lo que vivimos, es la fuerza que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y postraciones, es la esperanza que nos ayuda a seguir caminando sabiendo que Él nos asiste en la oscuridad de la vida.

martes, 4 de agosto de 2026

Ciegos por hablar

«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Respondiendo Jesús a las críticas de los fariseos por no hacer los actos de purificación de las manos antes de comer, él les dio esa respuesta. Pero es una respuesta que nos sirve para nosotros también, no por los actos de purificación porque eso ya no son actos de purificación sino que son buenos modales de higiene personal. Pero, también, son buenos modales de higiene moral y espiritual.
Es decir ¿tenemos en cuenta todo lo que sale de nuestros labios? ¿Tenemos en cuenta todo lo que hablamos o decimos acerca de otras personas? Esas palabras son las que hablan de nuestra impureza personal y por eso hemos de evitarlas: "si no puedas hablar bien de alguien, mejor no hables". Si no puedes evitar que otros hablen mal, evita a los otros. Claves para mantener limpia nuestra alma y nuestra vida.
Y así con muchas cosas, porque, sabemos, que el pecado está dentro nuestro y el pecado nos lleva, muchas veces, y siempre, a evitar el bien y a desear el mal. Por eso hay que tener ciertas actitudes que nos ayuden a evitar el pecado de palabra.
Porque creyendo que hacemos el bien hablando mal de otros, o comentando lo mal que otros se portan, nos comportamos como ciegos porque no vemos el daño que podemos llegar a causar, no sólo a la otra persona, sino a otras personas que se harán eco de nuestras palabras. Por eso le decía Jesús a los apóstoles:
"Dejadlos, son ciegos guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Somos ciegos cuando no estamos viendo, o no queremos ver, el daño que le estamos haciendo a ciertas personas con nuestras actitudes, palabras, obras y omisiones, porque nos creemos más listos o más buenos o más santos o con más verdad que los demás, sin embargo por todo eso, también, caemos el hoyo del pecado.

lunes, 3 de agosto de 2026

Sálvanos!

"Pedro le contestó: - «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».
Él le dijo: - «Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: - «Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: - «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
Hermosa escena no sólo de la vida de Pedro sino, también, de nuestra propia vida de fe.
Seguramente, casi todos, hemos tenido esa arrogancia de pedirle a Jesús que hagamos algo que podría ser extraordinario para nuestras vidas porque sólo Él, como Dios, podría hacerlo. Pero, sin darnos cuenta, igualmente le hemos hecho el pedido de algo extraordinario, y, quizás, Él nos dio algo más de lo que habíamos pedido y, a la vez, nos pidió Él algo que no teníamos en cuenta: "toma tu cruz de cada día y sígueme", y fue ahí cuando vimos que no podíamos cumplir con lo que Dios nos estaba pidiendo.
Quizás algunos se hundieron en la desesperanza de no poder hacer o no querer hacer lo que Jesús les pedía y perdieron (o creyeron perder) la fe que tenían sobre todo porque ese no era el Dios en quien confiaban.
Otros aceptaron el desafío de seguir a Jesús, pero, en el camino se sintieron sin fuerzas para llegar al final de la meta y sucumbieron al ruido del mundo, a las tentaciones y al miedo de no poder ser lo que ellos pensaban que tenían que ser. Y dejaron el camino.
Y, como Pedro, muchos decidieron reconocer que solos no podían con el ruido del mundo, con las tentaciones, con todo lo que significaba seguir a Jesús con todas sus consecuencias, y, por eso, sin miedo y con confianza dijeron: ¡Señor, ayúdame! y fue esa confianza en Su Poder lo que hizo que llegaran a la meta, que pudieran llevar la cruz de cada día sobre sus hombres y consiguieran, día a día, recorrer el Camino del Señor.
Por eso, a pesar de nuestra arrogancia de querer ser como Jesús, no podremos llegar a vivirlo si no descubrimos que solos nos hundiremos en el miedo que producen ciertas cosas, pero si nos sabemos débiles y pequeños podremos tender la mano hacia la única Mano que capaz de levantarnos de nuestros pozos y oscuridades.