"Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña..."
Si hay una parábola complicada para entenderla o para aceptarla es esta la del viñador que paga a todos lo mismo, y, sobre todo, esto de que los últimos serán primeros y los primeros últimos... No terminamos de aceptar estas cuestiones que nos plantea Jesús, y, por supuesto, tampoco podré resolverlas del todo, sino que intentaré hacer una reflexión de lo que a mí, hoy, me parece luego de leer y leer con la Gracia del Espíritu, pues, seguramente a cada uno, como siempre, la Palabra nos dirá otras cosas.
Pero pensando en los primeros y los últimos lo asocié con la soberbia y la humildad, y al hacerlo apareció en la memoria el Magníficat, el cántico de María, cuando Ella dice: "Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes..."
Es que los vanidosos y soberbios siempre se creen los mejores, los primeros en todo y por eso creen que no necesitan de nadie, incluso, hasta los que se creen más religiosos pero "descartan" a Dios de sus vidas, quizás inconscientemente, pues ellos lo pueden todo. Más aún, muchas veces, no recurren al sacramento de la reconciliación porque no se creen pecadores, sino que son los mejores de la tierra, o no valoran tanto ese sacramento.
Y, por otro lado, están los que intentan vivir una sincera humildad. Digo sincera, porque también están los que la viven falsamente terminando en vanidad. Pero los que sinceramente viven la humildad (son los que no la predican con palabras) lo hacen desde esa condición de hijos pequeños que confían en el Padre, que necesitan al Padre y que, por esa razón, viven la disponibilidad a su Voluntad, y se dejan guiar por su mano. Por esa razón saben que todo lo que el Padre quiera o permita en sus vidas es por Amor y para su bien, por eso, siempre estarán fijos en los ojos del Padre y recibirán mucho más pues tienen el corazón más vacío de sí mismos, y así pueden ser llenos del Amor del Padre.
El Sermón en la montaña
domingo, 20 de septiembre de 2026
Complicado de ver
sábado, 19 de septiembre de 2026
Semilla que alimenta
Sermón de San Juan María Vianney “Cura de Ars” (s. XIX)
Si me preguntáis qué es lo que quiere decir Jesucristo al hablar de ese sembrador que salió de madrugada a esparcir la semilla en su campo, hermanos, os digo que ese sembrador es el mismo buen Dios que comienza a trabajar para nuestra salvación desde el comienzo del mundo enviándonos profetas antes de la venida del Mesías para enseñarnos que debíamos ser salvados. No se contentó enviándonos a sus servidores, sino que vino él mismo y nos señaló el camino que debíamos tomar, y nos anunció la palabra santa.
¿Sabéis lo que es una persona que no se alimenta de esta palabra santa? Se parece a un enfermo sin médico, a un viajero extraviado sin guía, a un pobre sin recursos. Es del todo imposible, hermanos, amar a Dios y contentarle sin alimentarse de esta palabra divina. ¿Qué es lo que puede llevar a ligarnos a él sino el conocerlo? ¿Y quién nos le hace conocer con todas sus perfecciones, sus bellezas y su amor por nosotros, si no es la Palabra de Dios que nos enseña todo lo que él ha hecho por nosotros y los bienes que nos prepara en la otra vida?
viernes, 18 de septiembre de 2026
Acompañando a Jesús
Alocución de San Juan Pablo II, papa (s. XX)
Es particularmente conmovedor meditar en la actitud de Jesús hacia la mujer: se mostró audaz y sorprendente para aquellos tiempos, cuando, en el paganismo, la mujer era considerada objeto de placer, de mercancía y de trabajo, y, en el judaísmo, estaba marginada y despreciada. Jesús mostró siempre la máxima estima y el máximo respeto por la mujer, por cada mujer, y en particular fue sensible hacia el sufrimiento femenino. Traspasando las barreras religiosas y sociales del tiempo, Jesús restableció a la mujer en su plena dignidad de persona humana ante Dios y ante los hombres.
¿Cómo no recordar sus encuentros con Marta y María, con la Samaritana, con la viuda de Naín, con la mujer adúltera, con la hemorroisa, con la pecadora en casa de Simón el fariseo? El corazón vibra de emoción al sólo enumerarlos. Y cómo no recordar sobre todo, que Jesús quiso asociar algunas mujeres a los Doce, que le acompañaban y servían y fueron su consuelo durante la vía dolorosa hasta el pie de la cruz? Y después de la resurrección Jesús se apareció a las piadosas mujeres y a María Magdalena, encargándole anunciar a los discípulos su resurrección. Deseando encarnarse y entrar en nuestras historia humana, Jesús quiso tener una Madre, María Santísima, y elevó así a la mujer a la cumbre más alta y admirable de la dignidad, Madre de Dios encarnado, Inmaculada, Asunta, Reina del cielo y de la tierra.
¡Por eso, vosotras, mujeres cristianas, debéis anunciar, como María Magdalena y las otras mujeres del Evangelio debéis testimoniar que Cristo ha resucitado verdaderamente, que El es nuestro verdadero y único consuelo! Tened, pues, cuidado de vuestra vida interior.
jueves, 17 de septiembre de 2026
El dolor del pecado
"Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor".
Hermoso texto del Evangelio de hoy, no sólo por la escena que nos muestra sino por las enseñanzas que hay en él, pues creo que da para muchas cosas, pero me voy a quedar sólo con estas palabras de Jesús.
No siempre valoramos lo que significa en nuestras vidas el sacramento de la Reconciliación, la confesión sacramental. Digo que no siempre lo valoramos porque no siempre, creo, que nos confesamos verdaderamente de nuestros pecados, porque, en realidad, no todos tenemos verdadera conciencia de pecado. Nos confesamos, muchas veces, por rutina, por que está mandado, porque debo, pero no siempre tenemos verdadero dolor por nuestros pecados y por eso no sentimos el alivio de ser perdonados.
La rutina de la confesión nos hace ser, también, casi rutinarios para pecar pues lo hacemos teniendo en cuenta que vamos a ir a confesarnos y, por eso, se vuelve una rutina pecar y confesar, y, llegado el momento, ni siquiera nos detenemos a pensar por qué lo hacemos. Y eso nos quita el sentir el verdadero dolor de nuestros pecados.
Lo cual nos lleva a no experimentar, también, el dolor del pecado de nuestros hermanos y por eso no tenemos la capacidad de perdonar o pedir perdón como es debido. Jesús lo que le está reclamando a su anfitrión es también esa realidad: no expresa amor porque no se siente perdonado, y no se siente perdonado porque no ha sabido pedir perdón por sus pecados, y no siente que tenga que pedirlo porque no le duele su propio pecado, y, por eso mismo no agradece la Presencia de Aquél que puede perdonarlo.
Y así, por esa misma razón, no aprecia el valor de la Presencia de Jesús en su vida, no aprecia lo que la mujer está haciendo con Jesús y expresando con cada lágrima y gesto, porque él no experimentó ni el dolor de sus pecados, ni tampoco el gozo de saberse perdonado.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
El sinsentido del amor y la vida
Hoy la liturgia nos presenta dos lecturas que con sólo escuchar o leer la primera línea ya sabemos de qué va todo: el himno de la caridad de san Pablo que lo tenemos súper escuchado en las bodas, y el evangelio de los jóvenes insatisfechos. Y las dos lecturas son hermosas para reflexionar largo y tendido.
Vamos con el himno de la caridad. La caridad que es sinónimo del Amor divino y no sólo de dar limosna, porque cuando uno piensa en caridad, piensa en Caritas, y piensa por eso en la limosna que puedo o no dar, en los actos caritativos que puedo o no hacer. Pero esos actos son quizás, el 0,01% de mi vida, y hasta, muchas veces, no se hacen por amor a los demás, sino para quedar bien en conciencia o bien frente a los demás, como dicen muchos: para tomarme la foto y mostrarla.
Pero el Himno de san Pablo va mucho más allá nos hace no sólo pensar en el hermoso amor matrimonial, sino que va más allá, en el amor que tengo que vivir todos los días y, por eso, se podría decir que tiene que ser un examen de conciencia riguroso en mi vida cristiana, pues es la medida del amor que me pide vivir el Señor.
¿Que no llegamos a vivir totalmente? Seguro, pero por eso no debemos dejar de intentar alcanzar la meta, y que cada día podamos recorrer más y mejor el sendero del Amor sin esperar que sean los otros los que tengan que comenzar, sino que sea yo el primero en llegar.
Y a esto del amor podemos unir el evangelio, pues así cómo el amor también hemos dejado sin sentido la vida, pues hemos hablado o escuchado tanto que todo se ha ido desfigurando con las nuevas corrientes ideológicas y nadie está convencido de lo que está viviendo, y son muy pocos los que han encontrado el verdadero sentido a la vida y al amor, pues han tenido el valor de mirar hacia arriba y encontrarse con el Señor.
Pero cuando eso no ocurre van probando esto y aquello, no me gusta como soy, no me gusta mi pelo, ni mi cuerpo, ni si soy varón o mujer, y por eso pruebo a ser perro, gato, o lo que sea para ver si encuentro la mejor parte de mi vida. Y en eso probar voy dejando muchas mejores opciones de vivir y de amar porque, en realidad, no he descubierto quién soy ni para lo que estoy, pues el mundo lo que quiere es que no sea y que no me encuentre y le estoy haciendo caso porque eso de Dios no es lo que me da placer.
Por eso, los que hemos encontrado el verdadero amor y sentido de la vida en el Amor a Dios vivamos intensamente y recorramos el verdadero Camino de la Vida para que otros puedan llegar a descubrirlo y gozar de los Dones de Dios.
martes, 15 de septiembre de 2026
El dolor de la Madre
Homilía de San Buenaventura, obispo (s. XIII)
La gloriosa Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y animada por un amor de compasión hacia Cristo. En el evangelio de Juan se dice: «La mujer, cuando está apunto de dar a luz está triste porque ve venir su hora.» (Jn 16, 21).
La bienaventurada Virgen no ha experimentado los dolores de parto porque no había concebido a consecuencia del pecado como Eva, contra la que fue pronunciada la maldición. El dolor de la Virgen vino después, ha dado a luz en la cruz. Las otras mujeres conocen el dolor físico del alumbramiento, ella experimentó el del corazón. Las otras sufren por una alteración física, ella por la compasión y el amor.
La bienaventurada Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y amando con amor de misericordia por el mundo y, sobre todo, por el pueblo cristiano. «¿Puede una madre olvidarse de su pequeño y no tener entrañas para el fruto de su seno? (cf Is 49, 14) Esto nos puede dar a entender que el pueblo cristiano todo entero ha salido de las entrañas de la gloriosa Virgen.
¡Qué Madre tan llena de amor que tenemos! ¡Hagámonos semejantes a ella e imitémosla en su amor! Ella tuvo compasión de nosotros hasta el punto de no considerar para nada la pérdida material y el sufrimiento físico. «Hemos sido rescatados pagando un precio.» (cf 1 Cor 6, 20).
lunes, 14 de septiembre de 2026
Árbol que sube al Cielo
Homilía de un Autor Griego (s. IV)
El árbol de la Cruz, es para mí el de la salvación eterna. Me alimenta y lo hago mi obsequio. En sus raíces me arraigo, y por sus ramas me extiendo; su rocío me purifica y su espíritu, como un viento deleitoso, me hace fecundo. A su sombra, he preparado mi tienda, y huyendo de los grandes calores, me parece un refugio de frescura. De sus flores que florezco, y de sus frutos hago mis grandes delicias; estos frutos que me estaban reservados desde el origen, me producen un gozo sin límite. Cuando me estremezco ante Dios, este árbol me protege; cuando tiemblo, es mi apoyo; es el precio de mis combates y el trofeo de mis victorias. Es para mí el camino estrecho, el sendero tortuoso, la escala de Jacob recorrida por los ángeles, en la cumbre de la cual se apoya realmente el Señor (Mt 7, 14; Gn 28, 12).
Este árbol, de dimensiones celestes, ascendió de la tierra hasta los cielos, planta inmortal fijada entre el cielo y la tierra. Apoyo de todas las cosas, el apoyo del universo, soporte del mundo habitado, que abarca el cosmos y reúne los elementos variados de la naturaleza humana. Él mismo, soporte invisible del Espíritu, para que ajustado a lo divino no sea nunca más separado. Por su cima, toca el cielo, reforzando la tierra por sus pies y rodeado de todos lados por sus brazos enormes, los espacios innumerables de la atmósfera, es todo en todo y por doquier.
El universo fácilmente se perturba, y estremece de terror ante la Pasión, si el gran Jesús no le hubiera infundido el Espíritu divino diciendo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Todo estaba acabado, pero cuando el espíritu divino se remontó, el universo fue en cierto modo reavivado, vivificado, y ha encontrado una estabilidad firme. Le sirvió a Dios de base para todo y en todas partes, y la Crucifixión se extendió a través todas las cosas.