martes, 17 de marzo de 2026

No hay nadie que me ayude

"Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: «¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó: «Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar".
Muchas veces pasando al lado de gente que hace tiempo que está enferma, no de enfermedad física pero sí de enfermedad espiritual, moral, etc., pero no siempre nos acercamos para ayudar, para calmar las ansiedades, para mostrar un camino de esperanza, para dar un abrazo o simplemente para sentarnos a escucharlos. No siempre tenemos que dar respuestas a los problemas de los demás, no siempre tenemos que ayudarle a encontrar razones, sino que sólo somos instrumentos de amor, de esperanza, de fe.
Algunas personas sólo necesitan alguien que las escuche, que les hagas una llamada por teléfono, o que las invites a tomar un café, un mate o una cerveza. Algunas necesitan que les ayudes a salir de casa porque no tienen a nadie que les invite a salir a caminar o que les ayudes a llevar su silla de ruedas o saques a pasear el perro.
"Señor, no tengo a nadie que me ayude", fueron las palabras de este paralítico, y es una frase que duele desde el alma de los que sienten solos, desamparados, alejados de todos y es una soledad que duele en lo profundo del corazón porque, seguramente, habrá muchos que lo conocen, que han compartido la vida con él, pero llegado el momento nos olvidamos de que existen, de que han formado parte de nuestras vidas y quedan olvidados.
Por eso, no sólo miremos a nuestro alrededor sino que abramos el corazón para compartir nuestra vida con aquellos que se sienten solos y que necesitan de lo que el Señor nos ha dado a nosotros, compartir nuestro tiempo, nuestra alegría, nuestra compañía es un milagro que hoy día se necesita en muchos hogares.

lunes, 16 de marzo de 2026

Creyó el y su familia

San Juan Crisóstomo, obispo (s. IV)

«Si no veis prodigios y signos, no creéis.» (Jn 4, 48) El funcionario real parece no creer que Jesús tenga el poder de resucitar a los muertos. «¡Baja antes que no muera mi hijo!» (Jn 4, 49) Parece que cree que Jesús ignora la gravedad de la enfermedad de su hijo. Por esto, Jesús le reprocha su poca fe, para mostrarle que los signos y prodigios se realizan sobre todo para curar a las almas.
Así, Jesús cura al padre que está enfermo del espíritu no menos que al hijo que está enfermo en su cuerpo. Así nos enseña que hace falta unirse a él, no a causa de los milagros, sino por su enseñanza confirmada por los milagros. Jesús realiza los prodigios no para los creyentes sino para los incrédulos.
Una vez en casa, «creyó y toda su familia» (Jn 4, 53) Gente que no había visto nunca a Jesús ni oído hablar, creen en él. ¿Qué nos quiere enseñar el evangelio? Hay que creer en él sin exigir prodigios; no hay que exigir a Dios pruebas de su poder. En nuestros días, ¡cuánta gente muestra un amor mayor a Dios después que su hijo o su mujer hayan experimentado alivio en sus enfermedades!
Aunque nuestros ruegos no fueran escuchados, hay que perseverar igualmente en la acción de gracias y la alabanza. ¡Quedemos unidos a Dios en la adversidad y en la prosperidad!

domingo, 15 de marzo de 2026

Luz para el mundo

"Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas".
Ya estamos a mitad de la cuaresma y el Señor nos pide que seamos luz, así como san Pablo se lo pide a los Efesios, nuestra vida desde que el Espíritu Santo nos ilumina es una vida de luz, luz para iluminar el mundo, luz para iluminar nuestra vida y la vida de los demás, para que el pecado no nos apague la Gracia bautismal, sino que nos ayude a vivir según el Camino que nos marcó el Señor con su vida y su palabra.
Por eso, unido a esta carta de san Pablo se nos presenta el evangelio de la curación del ciego de nacimiento. Cuando nacimos estábamos ciegos por el pecado original, pero el Señor nos liberó de esa esclavitud por medio de su muerte y resurrección y del Espíritu que se nos dio, y ahora nos toca a nosotros mantenernos en esa luz.
Para mantenernos así san Pablo nos dice: buscad lo que agrada al Señor, es decir, buscad siempre la Voluntad de Dios, buscad el Reino de Dios que lo demás vendrá por añadidura, pues todo lo que necesitemos para ser fieles en el camino nos lo dará Él.
Pero también, dice Pablo: sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. Esto se nos pone difícil porque no nos gusta o no se acepta nuestra palabra cuando hablamos de las cosas estériles del mundo, cuando denunciamos los errores y pecados del mundo pareciera que somos unos extremistas que no aceptamos nada y se nos prohíbe hablar, pero tenemos que vencer el miedo y defender lo que Jesús nos ha regalado y nos pide vivir cada día. Él ya nos lo advirtió "si esto hacen con el leño verde qué no harán con el seco".
Así, en estos últimos días de la Cuaresma hemos de buscar, como el ciego de nacimiento, al Señor para que nos libre de la ceguera interior para que podamos seguir viendo, descubriendo y aceptando la Voluntad de Dios en nuestras vidas, y así poder ser la luz que el mundo necesita.

sábado, 14 de marzo de 2026

Fariseo o publicano?

"El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador"
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Aunque las comparaciones sean odiosas y no tendríamos que hacerlas, esta parábola de Jesús sobre la oración del fariseo y el publicano nos viene muy bien.
Primero saber que no debemos compararnos con los demás ni pretender ser más que nadie, ni tan siquiera en las virtudes, ni en el pecado, ni en la inteligencia, ni en las cruces o dolores, ni en nada. A cada uno Dios nos ha dado dones y nos ha dotado de inteligencia y voluntad para poder vivir de acuerdo a su Voluntad, con libertad. Y por eso querer compararnos es una falta de caridad hacia nosotros mismos porque muchas veces nos infravaloramos, o hacia los demás porque nos damos más valor que los demás.
Por otro lado, no es que Jesús quiera que nos deprimamos por hacernos ver nuestros pecados, sino que al reconocerlos podamos reconciliarnos con el Padre, con los demás y con nosotros mismos, pues el pecado nos quita la Gracia, la alegría, la esperanza. En cambio cuando damos el paso, sincero, de reconocer nuestro pecado y pedir perdón recibimos el abrazo de la Gracia del Señor para poder seguir recorriendo el camino que Él mismo nos ha mostrado, y con con su Gracia poder tener la fuerza para levantarnos de las caídas. Y, sobre todo, cuando reconocemos nuestro pecado crecemos y maduramos en humildad, sabiendo que así como yo peco y soy perdonado, también tengo que hacer lo mismo con mis hermanos, porque sólo puede ser perdonado aquél que sabe perdonar.
La alegría de recibir el abrazo del perdón es lo que tengo que aprender a compartir con mis hermanos, pues es lo que pido diariamente: perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden.

viernes, 13 de marzo de 2026

Mejor no preguntar

"El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas".
De este diálogo del escriba con Jesús me quedo con esta última frase: "y nadie se atrevió a hacerle más preguntas", es que cuando le preguntan cosas a Jesús para ponerlo a prueba Él sale con unas respuestas que los deja, y nos deja, mudos pues nos da una vuelta que termina exigiéndonos vivir más radicalmente.
Y, a veces, no entendemos que "si no queremos saber las respuestas, no hagamos las preguntas", es lo que nos pasa, también, con nuestros hermanos. Preguntamos y después no queremos escuchar o no queremos hacer lo que nos dicen o nos duele lo que nos dicen como respuesta.
Pero, lamentablemente, a Dios, a nuestro Señor siempre tenemos que preguntarle porque debemos saber qué es lo que Él quiere de nosotros, cuál es Su Voluntad para este día y para mi vida, porque así podré seguir el Camino que me lleva a la plenitud de mi vida, y, sobre todo, a la plenitud de la santidad que es por lo que rezo todos los días "hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo".
Por eso tengo que saber que cada vez que le pregunte algo al Señor, Él me responderá para que yo sepa por dónde ir y qué debo hacer, sabiendo que no siempre me va a gustar su respuesta y que la exigencia será cada día mayor y no porque yo crea que puedo hacerlo, sino porque confío en su poder y su Gracia para que yo pueda vivir de acuerdo a Su Voluntad.
Y, en este sentido, tengo que mirar estos mandamientos porque son los que hacen la plenitud del Camino: la ley del Amor, y, como ya lo sabemos, no sólo a los que quiero sino también, y sobre todo, a los que más me cuesta amar.

jueves, 12 de marzo de 2026

No endurezcáis el corazón

"Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
"Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca"».
Estos son los riesgos que corremos cuando nos olvidamos quienes somos y a quién pertenecemos y nos vamos haciendo eco de otros dioses: se nos va endureciendo el corazón frente a la Verdad y le damos la espalda a Dios para hacer lo que el mundo nos dicta y ofrece.
Pero también, aunque no aceptemos los bienes del mundo, muchas veces nos enceguecen nuestros rencores, dolores, mentiras, etc. que nos decimos a nosotros mismos y creemos que nuestras mentiras son la verdad y por eso nuestra relación con el Señor es farisaica y con nuestros hermanos va por el camino de la maldad.
No nos damos cuenta pero el ritmo que llevamos no nos permite centrarnos en el Señor pues "nunca tenemos tiempo suficiente" para encontrarnos con Él. Siempre dejamos para después lo que es importante para nuestro espíritu y el después no llega porque vuelve a haber otra cosa importante que tengo que hacer.
En verdad, no es simple ni sencillo, en estos tiempos que vivimos, centrarnos en el Señor, centrarnos en nuestra relación verdadera con el Señor, y, seguramente, tampoco con los que amamos, y menos aún con aquellos a los que deberíamos amar más que es nuestro prójimo.
Así, para que no se endurezca nuestro corazón el salmista nos da una pista de cómo hacerlo:
"Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía".

miércoles, 11 de marzo de 2026

Bautizados y discípulos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
Y ¿quiénes son los discípulos de Jesús que tienen que cumplir este mandato de enseñar a cumplir la Ley y los Profetas, más aún de enseñar a vivir como Jesús?
Somos todos los que hemos recibido el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo y hemos tomado conciencia de que el Señor es quien nos ha llamado a seguirlo. Pero no sólo en un seguimiento especial como el sacerdocio o la vida consagrada, sino un seguimiento universal desde el momento de ser bautizados y gozar el don del sacerdocio real, que es el que hemos recibido en el bautismo.
Es un Don y una responsabilidad de todos los bautizados anunciar el Reino de Dios, dar a conocer Su Palabra y llevar a todos la alegría de la Salvación, pero para ello debemos comenzar por conocer cuál es el Mensaje para poder anunciarlo, como dice san Pablo a los romanos:
"...todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? y ¿cómo anunciarán si no los envían? Según está escrito: ¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien! Pero no todos han prestado oídos al Evangelio. Pues Isaías afirma: Señor, ¿quién ha creído nuestro mensaje? Así, pues, la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la palabra de Cristo. Pero digo yo: ¿Es que no lo han oído? Todo lo contrario: A toda la tierra alcanza su pregón, y hasta los confines del orbe sus palabras. Pero digo yo: ¿Es que Israel no comprendió?".
¿Es que nosotros no hemos comprendido el mensaje? Quizás lo hemos comprendido, pero, como en la parábola del sembrador los avatares del mundo y del día a día han cubierto el mensaje de Salvación con las ideologías y los problemas del mundo y hemos perdido lo esencial del mensaje de Jesús, por eso debemos volver a la Fuente Verdadera que es el Evangelio y en diálogo con el Señor dejar lugar al Espíritu para que renueve en nosotros el Don recibido.