jueves, 14 de mayo de 2026

Alcanzar la plenitud

 “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

A veces no entendemos el por qué tenemos que cumplir los mandamientos y buscar el vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. No comprendemos o no queremos comprender por qué tenemos que unir nuestra vida a estas enseñanzas.

Por un lado sólo es una exigencia para aquellos que, libre y conscientemente, han asumido ser cristianos, pues si no quieres ser cristiano no debes vivir las exigencias del Evangelio, eso está claro. Pero si quieres recibir los beneficios de la Gracia de estar unido a Cristo es una condición vivir como Cristo.

Pero, en realidad, lo que quiero es que sepamos cuál es la consecuencia de todo lo que Jesús nos ha mandado vivir: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Que nuestra alegría llegue a plenitud, ese es el resultado de aprender a vivir como Jesús, una alegría que no es de este mundo, una paz que no es de este mundo porque la alegría y la paz nos la da Él cuando nos unimos plenamente a Él.

Por eso, para alcanzar esa plenitud debemos entrar en una comunión intensa y constante con el Señor, con el Padre y recibir por eso y para eso los Dones del Espíritu que nos enseñan, nos animan y nos fortalecen para mantenernos fieles al Camino que nos conduce a la plenitud de la vida.

Es Él mismo quien nos da la fórmula para alcanzar esta plenitud pues unidos a Él con verdadera amistad podremos vivir lo que Él mismo vivió:

“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.

Así, a medida que vamos profundizando en esta amistad vamos entrando en comunión con Él y Él con nosotros, haciendo que nuestra vida ya no sea pertenencia nuestra sino que sea pertenencia de Él, para que un día podamos, como san Pablo, decir: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”, y ese día será cuando nuestra alegría y vida llegue a su plenitud.

miércoles, 13 de mayo de 2026

La llave del conocimiento

Simeón el Nuevo Teólogo, monje místico griego (s. X)


La «llave del conocimiento» (Lc 11, 52) no es otra cosa que la gracia del Espíritu Santo. Se da por la fe. Por la iluminación, produce realmente el conocimiento y hasta el conocimiento pleno. Despierta nuestro espíritu encerrado y oscurecido, a menudo con parábolas y símbolos, pero también con afirmaciones más claras hechas atenciones en el sentido espiritual de la palabra. Si la llave no es buena, la puerta no se abre. Porque, dice el Buen Pastor,» es a él a quien el portero abre » (Jn 10, 3). Pero si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, porque Cristo dijo: «Nadie va al Padre sin pasar por mí» (Jn 14, 6).

Por tanto, es el Espíritu Santo, el primero, que despierta nuestro espíritu y nos enseña lo que concierne al Padre y el Hijo. Cristo nos dice esto también: «Cuando venga, él, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, dará testimonio en mi favor, y os guiará hacia la verdad plena» (Jn 15, 26; 16, 13). Ved cómo, por el Espíritu o más bien en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer, inseparablemente.

Si se llama llave al Espíritu Santo, es porque, por él y en él primero, tenemos el espíritu iluminado. Una vez purificados, somos iluminados por la luz del conocimiento. Somos bautizados desde lo alto, recibimos un nuevo nacimiento y llegamos a ser hijos de Dios, como dice san Pablo: «El Espíritu Santo clama por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). Y todavía más: «Dios derramó su Espíritu en nuestros corazones que grita: ‘Abba, Padre'» (Ga 4, 6). Es pues él quien nos muestra la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que, aquel que habita en la casa, es él también luz inaccesible.

martes, 12 de mayo de 2026

El Espíritu nos fortalece

San Juan Pablo II, papa (s. XX) • Catequesis, audiencia general, 26-06-1991.

Los hombres de hoy, particularmente expuestos a los asaltos, insidias y seducciones del mundo, tienen especial necesidad del don de la fortaleza; es decir, del don del valor y la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que asedia a quien vive en la tierra, para desviarlo del camino del cielo. Especialmente en los momentos de tentación y de sufrimiento, muchos corren el riesgo de vacilar o de ceder. También los cristianos corren siempre el riesgo de caer desde la altura de su vocación y de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que les ha sido concedida como un germen de vida eterna. Precisamente por esto, Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (cf. Jn 16, 5-15). Por medio de él se nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación en nosotros de la misma potencia y firmeza del Ser divino (cf. Summa Theologica, I-II, q. 61, a. 5; q. 68, a. 4).
En Pentecostés, el Espíritu Santo, que manifiesta su poder con el signo simbólico del viento impetuoso (cf. Hch 2, 2), comunica a los Apóstoles y a cuantos se encuentran con ellos “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1) la nueva fortaleza prometida por Jesús en su discurso de despedida (cf. Jn 16, 8-11), y poco antes de la Ascensión: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros.” (Hch 1, 8; cf. Lc 24, 49).
Se trata de una fuerza interior, arraigada en el amor (cf. Ef 3, 17), como escribe san Pablo a los Efesios: el Padre “os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3, 16). Pablo pide al Padre que dé a los destinatarios de su carta esta fuerza superior, que la tradición cristiana incluye entre los “dones del Espíritu Santo”, tomándolos del texto de Isaías, quien los enumera como propiedades del Mesías (cf. Is 11, 2 ss.). El Espíritu Santo comunica también a los seguidores de Cristo, entre los dones que colman su alma santísima, la fortaleza, de la que él fue modelo en su vida y en su muerte. Se puede decir que al cristiano empeñado en la “batalla espiritual” se le comunica la fortaleza de la cruz.
El Espíritu interviene con una acción profunda y continua en todos los momentos y bajo todos los aspectos de la vida cristiana, con el fin de orientar los deseos humanos en la dirección justa, que es la del amor generoso a Dios y al prójimo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Con este fin, el Espíritu Santo robustece la voluntad, haciendo que el hombre sea capaz de resistir a las tentaciones, vencer en las luchas interiores y exteriores, derrotar el poder del mal y, en particular, a Satanás, como Jesús, a quien el Espíritu llevo al desierto (cf. Lc 4, 1), y realizar la empresa de una vida de acuerdo con el Evangelio.

lunes, 11 de mayo de 2026

Nos enviará un Defensor

San Ireneo de Lyon, obispo y Padre de la Iglesia (s. II) • Tratado contra las Herejías.

El Señor dijo a los discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Con este mandato, les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios. Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos, y que éstos profetizarían.
Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: «Confírmame en el Espíritu generoso» (Sal 51[50], 14).
Gedeón había profetizado que se extendería el rocío sobre toda la tierra, que es el Espíritu de Dios. Es precisamente este Espíritu el que descendió sobre el Señor: «Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 2-3).
Así el Señor prometió a la Samaritana «un agua viva», «para que nunca más tuviera sed» y no se viera obligada a sacar agua con dificultad ya que ella misma poseía un agua «que brotaba hasta la vida eterna» (Jn 4, 10-14). Se trata de poder beber lo que el Señor ha recibido de su Padre, y que a su regreso da a los que esperan en él, enviando el Espíritu Santo sobre toda la tierra.
El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre (Mt 3, 16), para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de hombre viejo a nuevo en Cristo.
El Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo (Lc 10, 18); por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y ya que tenemos quien nos acusa (Ap 12, 10), tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones (Lc 10, 30), del cual se compadeció, y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu «la imagen y la inscripción» (Lc 20, 23) del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses (cf Mt 25, 14s).

domingo, 10 de mayo de 2026

Como los apóstoles

"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría".
Así como en aquellos días, también nosotros hoy, podemos llevar la alegría a nuestras ciudades, a nuestras comunidades, al mundo entero, porque como Felipe tenemos el Espíritu Santo que nos anima y fortalece y enciende para poder llevar la Buena Noticia del Evangelio, con nuestra vida, a todos los que lo necesitan.
No podremos hacer los milagros que ellos hicieron, pero podemos hacer otros milagros que el mundo de hoy necesita: sanar las heridas de los corazones rotos, sembrar la esperanza en los desesperados, mostrar el camino de la salvación a los que están perdidos, y tantos otros milagros que muchos están necesitando del Señor, pero que no reciben porque no siempre damos testimonio de lo que vivimos.
Y ¿cómo es eso? Nos lo dice san Pablo:
"Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo".
¿Por qué? Porque creemos en la Palabra de Jesús, confiamos en sus Promesas y sabemos que todo se ha cumplido y se cumple en nuestras vidas desde el momento en que el Espíritu Santo descendió en nuestros corazones y nos ayuda a llamar a Dios ¡Abba! ¡Padre! Porque lo que Él le prometió a los apóstoles se cumplió y se sigue cumpliendo en aquellos que tienen el corazón dispuesto para vivir Su Camino, Su Vida, y por ellos nos envió el Espíritu Santo desde el Seno del Padre.
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros".

sábado, 9 de mayo de 2026

Si el mundo os odia

Lectio Divina. Basílica Nuestra Señora del Carmen Coronada.

El odio del mundo.» Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros”. El cristiano que sigue a Jesús está llamado a vivir al revés de la sociedad. En un mundo organizado desde intereses egoístas de personas y grupos, quien procura vivir e irradiar el amor será crucificado. Este fue el destino de Jesús. Por esto, cuando un cristiano o una cristiana es muy elogiado/a por los poderes de este mundo y es exaltado/a como modelo para todos por los medios de comunicación, conviene desconfiar siempre un poco. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo”. Fue la elección de Jesús lo que nos separó. Y basándonos en esta elección o vocación gratuita de Jesús tenemos la fuerza para aguantar la persecución y la calumnia y podremos tener la alegría en medio de las dificultades.
El siervo no es más que su señor. “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también la vuestra guardarán”. Jesús había insistido en este punto en el lavatorio de los pies (Jn 13, 16) y en el discurso de la Misión (Mt 10, 24-25). Y esta identificación con Jesús, a lo largo de los siglos, dio mucha fuerza a las personas para seguir su camino y fue fuente de experiencia mística para muchos santos y santas mártires.
Persecución por causa de Jesús. “Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.” La insistencia repetida de los evangelios en recordar las palabras de Jesús que pueden ayudar a las comunidades a entender el porqué de las crisis y de las persecuciones, es una señal evidente de que nuestros hermanos y hermanas de las primeras comunidades no tuvieron una vida fácil. Desde la persecución de Nerón en el 64 después de Cristo hasta el final del siglo primero, vivieron en el temor de ser perseguidos, acusados, encarcelados y de morir en cualquier momento. La fuerza que los sostenía era la certeza de que Jesús estaba en medio de ellos.

viernes, 8 de mayo de 2026

Unidos en el mismo Espíritu

Finalizado el primer concilio de Jerusalén realizado por los apóstoles por el tema de la circuncisión (controversia que aconteció ya en los primeros años de la Iglesia) envían una carta a las comunidades nacidas entre los gentiles. En esta carta me ha gustado, entre otros, este texto:
"Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertando vuestros ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo".
"Algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras..."
Lo repito porque, en realidad, son estas palabras las que me han resonado en los oídos. Y es, actualmente, una realidad que se sigue sumando en nuestra Iglesia: no son pocos los que usan de "su sabiduría" para sembrar la discordia, para hacer una nueva teología, un nuevo magisterio, queriendo tener siempre la verdad acerca de lo revelado y dejan de lado lo que, en verdad, ya ha sido revelado. Todo eso sin darse cuenta que la sabiduría del hombre no es nada frene a la sabiduría de Dios, quien a pesar de los desvíos de los hombres nos ayuda siempre a encontrar el camino de la Verdad que nos conduce a la Vida.
Por eso, los apóstoles siguieron diciendo:
"Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables..."
Cuando dejamos, verdaderamente, al Espíritu Santo que nos oriente descubriremos que la sabiduría humana no es la que debemos escuchar, sino que debemos dejarnos influenciar por los soplos del Espíritu que es quien guía y dirige a Su Iglesia por medio de sus mejores instrumentos.
Está claro que, para muchos, la autoridad no es un valor en nuestra Iglesia y por eso actúan fuera de lo que la autoridad legítimamente constituida nos va diciendo, y, sin quererlo por no aceptar sus palabras van aportando otros caminos que no nos llevan a la Gracia de la Vida de Cristo. Y, en realidad, es la obediencia la que nos ayudará a conseguir esa Gracia que necesitamos para transitar este Camino que Jesús nos ha dejado marcado, pues así como Él lo vivió nos llama a vivirlo a nosotros.
«Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando".