lunes, 14 de septiembre de 2026

Árbol que sube al Cielo

Homilía de un Autor Griego (s. IV)

El árbol de la Cruz, es para mí el de la salvación eterna. Me alimenta y lo hago mi obsequio. En sus raíces me arraigo, y por sus ramas me extiendo; su rocío me purifica y su espíritu, como un viento deleitoso, me hace fecundo. A su sombra, he preparado mi tienda, y huyendo de los grandes calores, me parece un refugio de frescura. De sus flores que florezco, y de sus frutos hago mis grandes delicias; estos frutos que me estaban reservados desde el origen, me producen un gozo sin límite. Cuando me estremezco ante Dios, este árbol me protege; cuando tiemblo, es mi apoyo; es el precio de mis combates y el trofeo de mis victorias. Es para mí el camino estrecho, el sendero tortuoso, la escala de Jacob recorrida por los ángeles, en la cumbre de la cual se apoya realmente el Señor (Mt 7, 14; Gn 28, 12).
Este árbol, de dimensiones celestes, ascendió de la tierra hasta los cielos, planta inmortal fijada entre el cielo y la tierra. Apoyo de todas las cosas, el apoyo del universo, soporte del mundo habitado, que abarca el cosmos y reúne los elementos variados de la naturaleza humana. Él mismo, soporte invisible del Espíritu, para que ajustado a lo divino no sea nunca más separado. Por su cima, toca el cielo, reforzando la tierra por sus pies y rodeado de todos lados por sus brazos enormes, los espacios innumerables de la atmósfera, es todo en todo y por doquier.
El universo fácilmente se perturba, y estremece de terror ante la Pasión, si el gran Jesús no le hubiera infundido el Espíritu divino diciendo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46). Todo estaba acabado, pero cuando el espíritu divino se remontó, el universo fue en cierto modo reavivado, vivificado, y ha encontrado una estabilidad firme. Le sirvió a Dios de base para todo y en todas partes, y la Crucifixión se extendió a través todas las cosas.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Perdonar las ofensas

El pecado original nos ha dejado tan maltrechos que no nos damos cuenta, muchas veces, que actuamos muy mal, y, sobre todo, porque creemos que lo que estamos haciendo lo hacemos muy bien.
Si leemos las lecturas con conciencia y mirándonos a nosotros mismos, nos vamos a dar cuenta qué cosas estamos haciendo muy mal, y, sobre todo, teniendo en cuenta lo que rezamos cada día: "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
En eso se basan las lecturas de hoy: en no ofender, en no buscar venganza, en no guardar rencor, en dar más de lo que recibimos, y, sobre todo, en vivir en Jesús para poder amar como Él nos amó.
Es cierto que no siempre los demás se comportan como Dios manda, pero tampoco nosotros nos comportamos bien. Y si en ese ciclo de dijo tal cosa, hizo tal otra, etc., comenzamos un círculo vicioso de palabras, hechos y más cosas contra los demás, en donde las palabras se convierten en dagas afiladas para hacer el mayor daño posible, entonces, no estoy viviendo el mandamiento del amor y no estoy pensando en que ese daño que quiero hacerle a la otra persona también me lo estoy haciendo a mí.
Por eso el Señor nos está enseñando a perdonar. Una tarea que no es fácil, pero tampoco imposible. Para poder llevarla a cabo no tenemos que dejar que las ofensas penetren en mi corazón y me quiten la paz, sino saber que nada que venga de fuera del hombre nos hace daño, sino todo lo que queda en el corazón es lo que va dañando mi espíritu y mi fidelidad al Señor.
Así cuanto más deje entrar la Gracia y el Espíritu de Jesús, más podré perdonar para ser perdonado, más podre amar para ser amado, más paz habrá en mi corazón cuando sólo deseo la paz en los demás, y ante cada injusticia sea un instrumento de paz y no de discordia, ni tampoco sembrador cizaña, porque siempre tengo en cuenta que le pido al señor que "perdone mis ofensas así como yo perdono a los que me ofenden".

sábado, 12 de septiembre de 2026

Llenar el corazón

«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca".
¿Cuáles son los frutos de mi vida? ¿Qué cosas salen de mi boca? ¿Cómo es mi relación con los demás? Son preguntas que nos tenemos que hacer cuando hacemos el examen de conciencia para ir al Encuentro con el Señor, y, sobre todo, al encuentro con mis hermanos. Porque así como trato a mis hermanos el Señor me tratará a mí ¿lo has pensado? ¿Por qué? Porque así lo dijo Él: "lo que hacéis con uno de estos mis hermanos a Mí me lo hacéis?" Y tú te preguntarás ¿quiénes son los pequeños hermanos del Señor? Todos somos los pequeños hermanos del Señor, porque en cada uno de nosotros está el Señor, por eso, así como tratamos a nuestros hermanos el Señor está viendo.
Pero, sobre todas las cosas, tenemos que ir viendo cómo o con qué llenamos nuestro corazón, porque de la abundancia de lo que hay en él hablarán nuestros labios.
Muchas veces nos llenamos de rencores, de cosas que nos han dicho o que hemos escuchado, de pensamiento que hemos tenido y que nos ha hecho daño, y vamos dejando que se acumulen en el corazón restos de malos deseos, de envidias, de rencores, de sensaciones hacia los demás, y, por eso "descargamos" nuestros maldades con los demás. Y, muchas veces, nos encarnizamos con alguien y vamos una y otra vez contra la misma persona. ¿Cómo habla eso de nosotros? Porque, como dice por ahí: las palabras hablan más de quien las dice de quién la recibe.
Busca siempre descansar en el Señor, que todos esos malos sentimientos los purifiques con el sacramento de la penitencia y reconciliación para que tu corazón esté siempre lleno del Amor del Señor y puedas sembrar paz, amor, justicia, fraternidad, alegría, esperanza que son los frutos del Espíritu en nosotros.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Corrige a tu hermano

Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. V)

«¿Cómo dices a tu hermano: “Deja que te saque la mota del ojo, si tienes una viga en el tuyo”? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano.» (Mt 7,3ss). Es decir: sacúdete de encima el odio. Entonces podrás corregir a aquel que amas. El evangelio dice con razón «hipócrita». Reprender los vicios es propio de los hombres justos y buenos. Cuando lo hacen los malvados usurpan el papel de los buenos. Hacen pensar en los comediantes que esconden su identidad detrás de una máscara…
Cuando estamos obligados a corregir o a reprender, prestemos atención escrupulosa a la siguiente pregunta: ¿No hemos caído nunca en esta falta? ¿Nos hemos curado de ella? Aun si nunca la hubiésemos cometido, acordémonos de que somos humanos y de que hubiéramos podido caer en ella. Si, por el contrario, la hemos cometido en el pasado, acordémonos de nuestra fragilidad para que la benevolencia nos guíe en la corrección o la reprensión y no el odio. Independientemente de que el culpable se enmiende o no —el resultado siempre es incierto—, por lo menos podremos estar seguros de que nuestra mirada sobre él se ha mantenido pura. Pero, si en nuestra introspección descubrimos el mismo defecto que pretendemos reprender en el otro, en lugar de corregirlo, lloremos con el culpable. No le pidamos que nos obedezca, sino invitémosle a que nos acompañe en nuestro esfuerzo de corregirnos.
El Señor, en este pasaje, nos pone en estado de alerta contra el juicio temerario e injusto. Él quiere que actuemos con un corazón sencillo y que sólo a Dios dirijamos nuestra mirada. Puesto que el verdadero móvil de muchas acciones se nos escapa, sería temerario hacer juicios sobre ellas. Los que más prontamente y de manera temeraria juzgan y censuran a los demás son los que prefieren condenar antes que corregir y conducir al bien, y esto denota orgullo y mezquindad… Un hombre, por ejemplo, peca por cólera; tú le reprendes con odio. La misma distancia hay entre la cólera y el odio que entre la mota y la viga. El odio es una cólera inveterada que, con el tiempo, ha tomado esta gran dimensión y que, justamente, merece el nombre de viga. Puede ocurrirte que te encolerices deseando corregir, pero el odio no corrige jamás. Primeramente echa lejos de ti el odio; después podrás corregir al que ama.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Amor a los enemigos

De Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia (s. XIX)

El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 43-44). La verdad es que en el Carmelo una no encuentra enemigos, pero sí que hay simpatías. Se siente atracción por una hermana, mientras que ante otra darías un gran rodeo para evitar encontrarte con ella, y así, sin darse cuenta, se convierte en motivo de persecución. Pues bien, Jesús me dice que a esa hermana hay que amarla, que hay que rezar por ella, aun cuando su conducta me indujese a pensar que ella no me ama: “Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman”(Lucas, 6).
Y no basta con amar, hay que demostrarlo. Es natural que nos guste hacer un regalo a un amigo, y sobre todo que nos guste dar sorpresas. Pero eso no es caridad, pues también los pecadores lo hacen. Y Jesús nos dice también: “A todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Dar a todas las que pidan gusta menos que ofrecer algo una misma por propia iniciativa.
Si es difícil dar a todo el que nos pide, lo es todavía mucho más dejar que nos cojan lo que nos pertenece, sin reclamarlo. Digo, Madre, que es difícil, pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es suave y ligero (Mt 11, 30). Cuando lo aceptamos, sentimos enseguida su suavidad y exclamamos con el salmista: “Corrí por el camino de tus mandatos cuando me ensanchaste el corazón” (Ps 118, 32). Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. Y desde que esta dulce llama lo consume, Jesús, corro alegre por el camino de tu mandato nuevo (Jn. 13, 34)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bienaventurados!

Meditación de San Carlos de Foucauld (s. XIX)

Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.
Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloramos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.
Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor por estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!
Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén.

martes, 8 de septiembre de 2026

Sobre su nacimiento

 Homilía de Ruperto de Deutz, monje benedictino (s. XII)

Se nos lee la genealogía de Cristo en san Mateo. Esta costumbre, tradicional en la santa Iglesia, tiene un bello y misterioso motivo. Porque en verdad esta lectura nos presenta la escalera que Jacob vio de noche durante un sueño (Gn 28, 11s). En lo alto de esta escalera, que por la parte alta tocaba al cielo, el Señor, apoyado en ella, se apareció a Jacob y le prometió darle en herencia la tierra. Ahora bien, sabemos que «estas cosas sucedieron en figura para nosotros» (1Co 10, 11), ¿Qué prefiguraba, pues, esta escalera sino la casta de la que Jesucristo debía nacer, casta que el santo evangelista, con boca divina, ha hecho subir de manera tal que acaba en Cristo pasando por José? Es en este José a quien Jesús, niño pequeño, se apoyó. A través de la «puerta del cielo» (Gn 28, 17), es decir, por la Bienaventurada Virgen María, hecho niño por nosotros, salió gimiendo. Durante el sueño, Jacob oyó que el Señor le decía: «Todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya» y ahora por el nacimiento de Cristo, se cumple esta realidad.
Es esto mismo lo que el evangelista veía cuando puso en su genealogía a Rahab la prostituta y a Ruth la moabita; porque veía muy claro que Cristo no vino en la carne solamente para los judíos, sino también para los paganos, él que se digno recibir antepasadas salidas de entre los paganos. Venidos, pues, de los dos pueblos, judíos y paganos, como los dos lados de la escalera, los padres antiguos, situados a diferentes grados, sostienen a Cristo Señor que sale de lo alto de los cielos. Y todos los santos ángeles bajan y suben a lo largo de esta escalera, y todos los elegidos entran, primero, en el movimiento de descenso de esta escalera para recibir, humildemente, la fe en la encarnación del Señor, y seguidamente son elevados a fin de contemplar la gloria de su divinidad.