domingo, 28 de junio de 2026

Una vida nueva

  

San Pablo les enseñaba a los romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.

¿Cuál es esa vida nueva que recibimos en el bautismo? Porque la mayoría de nosotros, después de ser bautizados no experimentamos una vida nueva, ni nada por el estilo. Siempre recuerdo que uno de mis primeros bautismos como diácono, cuando se le pregunta a los padres que vienen a pedir a la Iglesia para su hijo (la respuesta tiene que ser el bautismo, la fe o algo similar) me decían: que sea sanito, que tenga suerte, que no le pase nada… Y eso es lo que, lamentablemente, muchos esperan del bautismo y no una vida nueva, porque, en realidad, no sabemos qué significa una vida nueva en Cristo.

Y la vida nueva que recibimos en el bautismo no es ya una vida solamente humana, sino una vida que se va construyendo con las enseñanzas del Evangelio de Jesucristo, con todas sus enseñanzas y no sólo con las que más me gustan o son más fáciles de vivir. Pues ya desde el instante en que se que es una vida nueva no puedo seguir pensando en la vida que llevo, sino en que tengo que ponerme a discernir qué es lo que quiere Dios con mi vida, conmigo.

Una vida nueva en Cristo es intentar vivir como vivió Jesús cuando estuvo caminando entre nosotros y que nos lo dejó, por la Gracia del Espíritu Santo, escrito en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento que es el culmen y la plenitud del Antiguo Testamento. Por eso, al tomar consciencia de que tenemos que vivir una vida nueva en Cristo, lo primero que tenemos que ponernos a pensar es si estamos dispuestos a vivirla, porque lo que Jesús nos dijo es “quien quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo”, y ahí está cuando dudamos de la elección que queremos hacer.

En estos tiempos que vivimos negarnos a nosotros mismos nos parece lo más cruel y desafortunado que alguien nos puede pedir, porque, para muchos, eso no se lo permito ni a mis padres, ni a mi pareja, ni a nadie que me diga que tengo que cambiar mi estilo de vida. Aunque siempre hay una excepción, cambiaré de vida cuando realmente me enamore, verdaderamente, de otra vida.

Y así sólo podre aceptar el desafío de vivir una vida nueva cuando logre conocer, verdaderamente, la Vida Nueva en Cristo, es decir cuando logre enamorarme de esa Vida que es Cristo mismo.

sábado, 27 de junio de 2026

La fe del centurión

Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV).

La fe del centurión anuncia la fe de los gentiles: humilde y ferviente, como el grano de mostaza. Su hijo estaba enfermo y yacía en casa paralítico, y el centurión rogó al Salvador por su salud. El Señor prometió que iría en persona a sanarlo, pero él replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8, 8). Se declaraba indigno de recibir al Señor, pero no habría dicho tales palabras si Cristo no hubiera entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano»(Mt 8, 8). Sabía a quién se dirigía y confiaba en su autoridad. Comparó su mando sobre soldados con el poder absoluto de Cristo sobre la creación: «Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».
El Señor, maravillado, dijo: «En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel» (Mt 8,10). Aunque Cristo vino a los judíos, fue este extranjero romano quien mostró una fe superior. ¿Qué alabó el Señor en él? Su humildad: «No soy digno de que entres bajo mi techo». Esta humildad era la puerta por la que Cristo entró en su corazón, poseyéndolo más plenamente.
Así, el Señor ofreció gran esperanza a los gentiles. Aún no existíamos como creyentes, pero ya nos había previsto, conocido de antemano, prometido. Y dijo: «Vendrán muchos de oriente y de occidente» (Mt 8, 11). ¿A dónde vendrán? A la fe. Creer es venir. No al templo de Jerusalén, ni a un lugar central de la tierra, ni a un monte físico. Sin embargo, vienen al verdadero templo de Jerusalén: el Cuerpo de Cristo, que dijo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Cristo es el centro porque es igual para todos. Y también es el monte del que Isaías profetizó: «Será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes y será exaltado sobre todas las colinas y vendrán a él todos los pueblos» (Is 2,2). Este monte creció desde una pequeña piedra hasta llenar el mundo, como reveló Daniel.
«Acercaos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis; allí estaréis seguros». Cristo es refugio, y aunque está a la derecha del Padre, no se aleja de nuestros corazones. Al centurión, el Señor le dijo: «Vete y que te suceda según has creído». Y en aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. «Dilo de palabra y quedará sano»: lo dijo, y quedó sano.
No cuesta fatiga mandar, pero ojalá los hombres quisieran obedecerle. Dichoso aquel a quien el Señor le da órdenes, no al oído carnal, sino al del corazón, y allí lo corrige y lo guía.

viernes, 26 de junio de 2026

Esperando el Cielo

De los sermones de San Bernardo de Claraval, abad

Con una grandeza de ánimo realmente digna de encomio, el pequeño rebaño, privado de la estimulante presencia del Pastor, pero sin dudar lo más mínimo de que él se cuidaba de ellos con paternal solicitud, llamaba a las puertas del cielo con devotas súplicas, en la seguridad de que las oraciones de los justos penetrarían en él, y de que el Señor no desoiría las súplicas de los pobres o de que no retornarían sin el acompañamiento de copiosas bendiciones. E insistían con paciente perseverancia, según el dicho del profeta: Si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse.
Con razón, pues, el oído de Dios escuchó la disposición de su corazón y no frustró la esperanza de quienes se mostraron magnánimos, longánimes y unánimes. Estas virtudes son testimonio irrecusable de fe, esperanza y caridad. En efecto, es evidente que la esperanza genera la longanimidad y la caridad da origen a la unanimidad. Pero ¿es igualmente cierto que la fe hace al hombre magnánimo? Sí, por cierto, y sólo ella. Pues todo aquello de lo que uno blasona sin la fe como fundamento, no se apoya en aquella sólida grandeza de alma, sino sobre una cierta ventosa afectación o inane presunción. ¿Quieres escuchar a un hombre magnánimo? Dice: Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Imitemos, hermanos, esta triple preparación si deseamos obtener la medida rebosante del Espíritu. Y si bien a cada uno -excepto a Cristo-se le ha dado el Espíritu con medida, sin embargo da la impresión de que el cúmulo de la medida rebosante excede en cierto modo la medida.
La magnanimidad se hizo patente en nuestra conversión; sea igualmente evidente la longanimidad en la consumación y la unanimidad en nuestro tenor de vida. Aquella celestial Jerusalén desea ser instaurada con almas de este temple, a quienes no falte ni la grandeza de la fe en asumir el yugo de Cristo, ni la longanimidad de la esperanza en el perseverar, ni la cohesión de la caridad, que es el ceñidor de la unidad consumada.

jueves, 25 de junio de 2026

Construir y mantener

"El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca".
¿Qué es edificar la casa sobre roca o sobre arena? ¿A qué se refiere Jesús? A edificar nuestra vida sobre algo sólido, y, en este caso, la vida cristiana, la vocación a la que nos ha llamado el Señor.
Cuando descubrimos o discernimos nuestra vocación ya sea sacerdotal, vida consagrada, matrimonial o laical, sabemos que no es una vocación humana sino que es una vocación sobrenatural, extraordinaria (y no porque seamos extraordinarios sino porque sabemos que es un llamado de parte de Dios) Esa decisión es el primer paso de un largo camino, pues esta construcción no dura sólo unos meses o años sino toda la vida, hasta el encuentro definitivo con el Señor.
Así la construcción de nuestra vocación, de nuestra vida en Cristo, tiene como base el Don de la Fe en Cristo, en Dios, en la Iglesia, y con todo lo que ello conlleva de entrega, de fidelidad, de obediencia. Así los cimientos de nuestra vida serán firmes pues son las rocas eternas de la Palabra de Dios lo que está sosteniendo el Magisterio y las enseñanzas de la Iglesia.
Cuando yo modifico una de esas rocas, o dejo que la polilla del mundo corroa esos cimientos la casa comenzará a quebrarse hasta el momento en que se derrumbe por completo.
Cuando dejo de cultivar la vida de oración, de reflexión de la Palabra, la vida sacramental no obtengo la Gracia necesaria y suficiente para que la Casa siga en pie, sino que poco a poco comenzará a derruirse porque no está mantenida como debiera, y las casas abandonadas sabemos que poco a poco se derrumban.
Así sucede con todas las vocaciones, con todas las vidas que, por Gracia de Dios, comienzo a edificar por un llamado de Dios, pero que, con el tiempo me voy olvidando de Quién me ha llamado. No importa que sea un sacerdote, una religiosa o religioso, un matrimonio o un laico soltero comprometido. Si no consigo mantener la vida de Gracia y mantengo los cimientos sólidos de la Fe, entonces todo se derrumbará.
Es difícil y costoso mantener un edificio sólido, pero sabemos que cuánto más tiempo le dedicamos siempre lo tendremos como nuevo y lleno de vida, porque la vida no es nuestra sino que viene de Dios, y si dejo que sea Él quien "maneje" nuestra vida entonces siempre tendré vida y Vida en abundancia.

miércoles, 24 de junio de 2026

Saber ocupar nuestro lugar

¿Qué es ser profeta? Es lo que le dice Dios a Isaías (y, por supuesto, nos lo dice a nosotros):
«Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Te hago luz de las naciones, es Él quien nos da la luz para que iluminemos a las naciones, y eso es lo que tenemos que tener siempre en claro y ser muy conscientes que no nos hacemos nosotros a nosotros mismos, sino que hemos sido elegidos y transformados para que iluminemos no con nuestra propia luz, sino con la Luz de Aquel que nos llamó y nos iluminó.
Es lo que se llama ser obedientes a la Voz que nos llamó y nos envió, en este caso, Dios lo llamó, lo eligió y lo envió para una misión concreta. Lo mismo que hizo con Juan Bautista.
Juan Bautista nos enseña que sólo siendo obediente al Señor, sin caer en la soberbia de que yo soy quien lo puede todo y hago lo que quiero porque se me ha dado el poder, sino que siendo el que debo ser alcanzo a ser tan grande como Dios quiere, pero desde mi propio lugar. Por eso, aunque la gente lo tomaba por el Mesías, Juan decía:
“Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”.
Y eso no es una humillación, es la verdadera humildad de reconocer la grandeza en la realidad de quien soy de que sólo he sido obediente a lo que se me ha pedido. Lo mismo que hicieron sus padres el día que él nació:
"A los ochos días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios".
¿Por qué todo esto? Porque, muchos y muchas veces, caemos en el peligro de creernos más que Dios, más que Su Palabra, y por eso creemos que nuestro pensar y nuestras conclusiones que se han unido al pensar y las conclusiones del mundo son las mejores, y no es así, cuando somos obedientes a Su Voz y a Su Palabra es cuando mejor cumplimos nuestra misión de profetas en el mundo de hoy. La soberbia intelectual y espiritual en la que caemos muchas veces nos aleja más de Dios y nos acerca más al mundo haciendo que Su Palabra ya no salve sino que se pierda la Gracia Salvadora que sólo nos da Su Palabra y no la nuestra.

martes, 23 de junio de 2026

Exgencias evangélicas

¡Que duras que son, a veces, las palabras de Jesús! y qué poco caso que le hacemos, muchas veces a esas palabras porque no nos gusta lo que nos dice, sobre todo porque siempre le acierta a algo que hemos dicho o hecho.
«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros".
Hay dos pasajes que me vienen a la mente para aclarar esta frase de Jesús: primero cuando le dice a los apóstoles "si en esa ciudad no os quieres al salir sacudid el polvo de esas ciudades" y por otro lado, san Pablo, cuando los judíos se revelaron contra él dijo "he querido darles el mensaje a vosotros, pero como lo han rechazado ahora me dirijo a los gentiles". Cuando alguien no quiere recibirnos o nos da vuelta la cara o no quiere recibir a Jesús, no nos quedemos ahí, dejemos que sigan con su vida y nosotros con el Señor, Él se encargará del resto.
"Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas".
Con esta frase tenemos que tener más conciencia y me gustaría, para ello, que nos hagamos esta pregunta: ¿he tratado a los demás como me gusta que me traten a mí? o ¿o hablado de los demás como me gusta que hablen de mí? ¿Mis palabras han hecho daño a los demás, he sembrado cizaña sobre la vida de los demás, me gustaría que hagan lo mismo conmigo?
Muchas veces nos vamos de la lengua y no tenemos en cuenta que así como hago con los demás, los demás lo pueden hacer conmigo y ¿me va a gustar o me sentiré ofendido?
Por eso Jesús nos dice que no es fácil ser cristiano, vivir el Evangelio del Amor, no es sólo hacia Dios, sino sobre todo hacia el hermano, pues eso me va a hablar de mi amor a Dios. Y sí, por eso Él mismo nos dice:
"Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».
Hay que tenerlo muy en cuenta...

lunes, 22 de junio de 2026

Vivir la fe

Tomás Moro participaba diariamente en la santa Misa. En los domingos formaba parte del coro de su parroquia. A pesar de su posición social, no ocupaba un puesto de honor. Cuando algunos nobles le hicieron notar que tal vez disgustara al rey que su Lord Canciller no buscase ser tratado con mayor deferencia, respondió con fino ingenio: «No es posible que yo disguste al rey mi señor mientras rindo público homenaje al señor de mi rey». Amaba de todo corazón a su patria y a su rey. Pero amaba por encima de todo a Dios. Por eso, cuando llegó el momento trágico de tener que elegir entre la fidelidad a Cristo o el sometimiento a una ley que iba contra su conciencia, santo Tomás Moro se dispuso a abrazar la voluntad divina sin reservas, aun sabiendo que se jugaba su posición, su fortuna e incluso su vida.
Esta respuesta heroica en una situación extraordinaria se había fraguado, en realidad, durante muchos años de heroísmo en la vida ordinaria. Por ejemplo, santo Tomás nunca decidía algo importante sin haber recibido antes, aquel día, al Señor en la Sagrada Comunión; recurría a la oración con fe e insistencia en todas sus necesidades personales y familiares; era generoso y solícito con sus amigos y se ocupaba de los pobres que había en su barrio. En lo que a él se refería, era sobrio y austero. Todo esto le dio «la confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo».
También nosotros estamos llamados por Dios a vivir nuestra condición de cristianos en medio de las situaciones más corrientes. A veces encontraremos dificultades en el ambiente, o incluso con leyes que ofenden a la dignidad humana. Será el momento entonces de ser fieles a la voz de Dios que resuena en lo más íntimo de nuestra conciencia: «Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral –escribió san Juan Pablo II –. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración».