"Buscad el bien, no el mal, y viviréis, y así el Señor, Dios del universo, estará con vosotros, como pretendéis.
Odiad el mal y amad el bien, instaurad el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo, tenga piedad del Resto de José.
«Aborrezco y rechazo vuestras fiestas -dice el Señor-, no acepto vuestras asambleas...".
No siempre nos gusta que nos digan que nos pueden castigar por nuestras malas acciones, y muchas otras veces nos quedamos con el pensamiento sobre la misericordia de Dios, y eso nos ayuda a ocultar nuestras malas acciones. Sin embargo las dos cosas son reales en Dios pues no puede haber misericordia sin justicia, ni justicia sin misericordia en nuestro Padre Dios, por eso siempre nos está exhortando a que tengamos en cuenta las consecuencias de nuestro comportamiento, pues está bien que una o dos veces caigamos en el mismo error, pero que siempre cometamos el mismo error o pecado sólo porque Dios es misericordioso, no creo que eso sea bueno para el alma ni para nuestra salvación.
Cuando no tenemos en cuenta las consecuencias de nuestros actos es ahí cuando estamos cometiendo un gran error, porque nos dejamos llevar por nuestros impulsos y no tomamos el peso de lo que decimos o hacemos, y, sobre todo, si lo que decimos o hacemos va en contra del amor y la misericordia hacia nuestros hermanos: "porque si no perdonáis a los demás no seréis perdonados", dice el Señor.
Así le pasó a los gerasenos del evangelio que prefirieron sus cerdos a Jesús. Y así nos sucede a nosotros preferimos quedarnos con nuestros ideales y nuestras cosas antes que dar el brazo a torcer y aceptar que estamos actuando mal, que tenemos que convertirnos y creer en el Señor para que salga de nuestro corazón todo lo malo y reine el bien, la vida que Jesús nos trae con su Vida y con su Palabra.
No renunciemos a la Vida en Cristo sólo porque no podemos quedarnos con nuestros cerdos, sino que aceptemos que cuando Él llega a nuestro corazón y forma parte de nuestra vida, no hay nada más importante que Él y todo lo que Él nos brinda.
El Sermón en la montaña
miércoles, 1 de julio de 2026
Aceptemos al Señor
martes, 30 de junio de 2026
La pedagogía del Padre
De los escritos de Clemente de Alejandría
Con razón el Logos es llamado pedagogo, pues a nosotros, niños, nos conduce a la salvación. Por eso ha dicho clarísimamente de sí mismo por boca del profeta Oseas: Yo soy vuestro preceptor. Pedagogía es el culto divino, comprensivo de una educación en el servicio de Dios, de una introducción al conocimiento de la verdad y de una buena formación que conduce al cielo.
La palabra pedagogía es polivalente: está la pedagogía del que es conducido y enseñado y la del que conduce y enseña; pedagogía es, en tercer lugar, la misma formación recibida y, en cuarto lugar, las materias objeto del aprendizaje, por ejemplo, los mandamientos. Existe la pedagogía según Dios, que es la señalización del recto camino hacia la verdad, en orden a la contemplación de Dios, así como la indicación de una conducta santa que tiene como meta la eterna perseverancia. Como el general conduce a su ejército velando por la seguridad de sus soldados, y como el piloto maneja el timón de la nave atento a la salvación de los pasajeros, así también el pedagogo conduce a los niños a un tenor de vida saludable, en aras de su solicitud por nosotros. Y, en general, todo cuanto razonablemente pudiéramos pedir a Dios, lo obtendremos si obedecemos al pedagogo.
Ahora bien, así como no siempre el piloto se deja llevar por la marea, sino que a veces, poniendo proa a la tempestad, resiste a todas las borrascas, así tampoco el pedagogo expone al pequeño a los vientos que soplan en nuestro mundo, ni menos le abandona a merced de ellos, cual bajel, para que se estrelle entregándose a una vida bestial y licenciosa; al contrario, sólo cuando el ánimo del muchacho es impulsado a lo alto por el espíritu de verdad, empuña fuertemente el timón del niño —me estoy refiriendo a sus oídos—, y no lo suelta hasta haberle conducido, sano y salvo, al puerto celestial. Porque si lo que los hombres califican de costumbres patrias es de escasa duración, la formación recibida de Dios es una adquisición que permanece para siempre.
Nuestro pedagogo es el Dios santo, Jesús, el Logos que conduce a la humanidad entera; el mismo Dios, que ama a los hombres, es el pedagogo. De él habla el Espíritu Santo en un pasaje del Cántico: Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos; lo rodeó cuidando de él; lo guardó como a las niñas de sus ojos. Como el águila incita a su nidada, revolando sobre los polluelos, así extendió sus alas, los tomó y los llevó sobre sus plumas. El Señor solo los condujo, no hubo dioses extraños con él. Aquí la Escritura nos presenta, según creo, al pedagogo, indicándonos cuál es su misión. Nuevamente se presenta a sí mismo como pedagogo, cuando se expresa así hablando en primera persona: Yo soy el Señor Dios tuyo, que te saqué del país de Egipto.
lunes, 29 de junio de 2026
Testimoniaron con su vida
Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.
San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Cristo le replicó: «Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro». «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo».
El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.
No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.
A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.
En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.
domingo, 28 de junio de 2026
Una vida nueva
San Pablo les enseñaba a los romanos: “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.
¿Cuál es esa vida nueva que recibimos en el bautismo? Porque la mayoría de nosotros, después de ser bautizados no experimentamos una vida nueva, ni nada por el estilo. Siempre recuerdo que uno de mis primeros bautismos como diácono, cuando se le pregunta a los padres que vienen a pedir a la Iglesia para su hijo (la respuesta tiene que ser el bautismo, la fe o algo similar) me decían: que sea sanito, que tenga suerte, que no le pase nada… Y eso es lo que, lamentablemente, muchos esperan del bautismo y no una vida nueva, porque, en realidad, no sabemos qué significa una vida nueva en Cristo.
Y la vida nueva que recibimos en el bautismo no es ya una vida solamente humana, sino una vida que se va construyendo con las enseñanzas del Evangelio de Jesucristo, con todas sus enseñanzas y no sólo con las que más me gustan o son más fáciles de vivir. Pues ya desde el instante en que se que es una vida nueva no puedo seguir pensando en la vida que llevo, sino en que tengo que ponerme a discernir qué es lo que quiere Dios con mi vida, conmigo.
Una vida nueva en Cristo es intentar vivir como vivió Jesús cuando estuvo caminando entre nosotros y que nos lo dejó, por la Gracia del Espíritu Santo, escrito en los Evangelios y en todo el Nuevo Testamento que es el culmen y la plenitud del Antiguo Testamento. Por eso, al tomar consciencia de que tenemos que vivir una vida nueva en Cristo, lo primero que tenemos que ponernos a pensar es si estamos dispuestos a vivirla, porque lo que Jesús nos dijo es “quien quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo”, y ahí está cuando dudamos de la elección que queremos hacer.
En estos tiempos que vivimos negarnos a nosotros mismos nos parece lo más cruel y desafortunado que alguien nos puede pedir, porque, para muchos, eso no se lo permito ni a mis padres, ni a mi pareja, ni a nadie que me diga que tengo que cambiar mi estilo de vida. Aunque siempre hay una excepción, cambiaré de vida cuando realmente me enamore, verdaderamente, de otra vida.
Y así sólo podre aceptar el desafío de vivir una vida nueva cuando logre conocer, verdaderamente, la Vida Nueva en Cristo, es decir cuando logre enamorarme de esa Vida que es Cristo mismo.
sábado, 27 de junio de 2026
La fe del centurión
Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV).
La fe del centurión anuncia la fe de los gentiles: humilde y ferviente, como el grano de mostaza. Su hijo estaba enfermo y yacía en casa paralítico, y el centurión rogó al Salvador por su salud. El Señor prometió que iría en persona a sanarlo, pero él replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8, 8). Se declaraba indigno de recibir al Señor, pero no habría dicho tales palabras si Cristo no hubiera entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano»(Mt 8, 8). Sabía a quién se dirigía y confiaba en su autoridad. Comparó su mando sobre soldados con el poder absoluto de Cristo sobre la creación: «Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».
El Señor, maravillado, dijo: «En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel» (Mt 8,10). Aunque Cristo vino a los judíos, fue este extranjero romano quien mostró una fe superior. ¿Qué alabó el Señor en él? Su humildad: «No soy digno de que entres bajo mi techo». Esta humildad era la puerta por la que Cristo entró en su corazón, poseyéndolo más plenamente.
Así, el Señor ofreció gran esperanza a los gentiles. Aún no existíamos como creyentes, pero ya nos había previsto, conocido de antemano, prometido. Y dijo: «Vendrán muchos de oriente y de occidente» (Mt 8, 11). ¿A dónde vendrán? A la fe. Creer es venir. No al templo de Jerusalén, ni a un lugar central de la tierra, ni a un monte físico. Sin embargo, vienen al verdadero templo de Jerusalén: el Cuerpo de Cristo, que dijo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Cristo es el centro porque es igual para todos. Y también es el monte del que Isaías profetizó: «Será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes y será exaltado sobre todas las colinas y vendrán a él todos los pueblos» (Is 2,2). Este monte creció desde una pequeña piedra hasta llenar el mundo, como reveló Daniel.
«Acercaos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis; allí estaréis seguros». Cristo es refugio, y aunque está a la derecha del Padre, no se aleja de nuestros corazones. Al centurión, el Señor le dijo: «Vete y que te suceda según has creído». Y en aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. «Dilo de palabra y quedará sano»: lo dijo, y quedó sano.
No cuesta fatiga mandar, pero ojalá los hombres quisieran obedecerle. Dichoso aquel a quien el Señor le da órdenes, no al oído carnal, sino al del corazón, y allí lo corrige y lo guía.
viernes, 26 de junio de 2026
Esperando el Cielo
De los sermones de San Bernardo de Claraval, abad
Con una grandeza de ánimo realmente digna de encomio, el pequeño rebaño, privado de la estimulante presencia del Pastor, pero sin dudar lo más mínimo de que él se cuidaba de ellos con paternal solicitud, llamaba a las puertas del cielo con devotas súplicas, en la seguridad de que las oraciones de los justos penetrarían en él, y de que el Señor no desoiría las súplicas de los pobres o de que no retornarían sin el acompañamiento de copiosas bendiciones. E insistían con paciente perseverancia, según el dicho del profeta: Si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse.
Con razón, pues, el oído de Dios escuchó la disposición de su corazón y no frustró la esperanza de quienes se mostraron magnánimos, longánimes y unánimes. Estas virtudes son testimonio irrecusable de fe, esperanza y caridad. En efecto, es evidente que la esperanza genera la longanimidad y la caridad da origen a la unanimidad. Pero ¿es igualmente cierto que la fe hace al hombre magnánimo? Sí, por cierto, y sólo ella. Pues todo aquello de lo que uno blasona sin la fe como fundamento, no se apoya en aquella sólida grandeza de alma, sino sobre una cierta ventosa afectación o inane presunción. ¿Quieres escuchar a un hombre magnánimo? Dice: Todo lo puedo en aquel que me conforta.
Imitemos, hermanos, esta triple preparación si deseamos obtener la medida rebosante del Espíritu. Y si bien a cada uno -excepto a Cristo-se le ha dado el Espíritu con medida, sin embargo da la impresión de que el cúmulo de la medida rebosante excede en cierto modo la medida.
La magnanimidad se hizo patente en nuestra conversión; sea igualmente evidente la longanimidad en la consumación y la unanimidad en nuestro tenor de vida. Aquella celestial Jerusalén desea ser instaurada con almas de este temple, a quienes no falte ni la grandeza de la fe en asumir el yugo de Cristo, ni la longanimidad de la esperanza en el perseverar, ni la cohesión de la caridad, que es el ceñidor de la unidad consumada.
jueves, 25 de junio de 2026
Construir y mantener
"El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca".
¿Qué es edificar la casa sobre roca o sobre arena? ¿A qué se refiere Jesús? A edificar nuestra vida sobre algo sólido, y, en este caso, la vida cristiana, la vocación a la que nos ha llamado el Señor.
Cuando descubrimos o discernimos nuestra vocación ya sea sacerdotal, vida consagrada, matrimonial o laical, sabemos que no es una vocación humana sino que es una vocación sobrenatural, extraordinaria (y no porque seamos extraordinarios sino porque sabemos que es un llamado de parte de Dios) Esa decisión es el primer paso de un largo camino, pues esta construcción no dura sólo unos meses o años sino toda la vida, hasta el encuentro definitivo con el Señor.
Así la construcción de nuestra vocación, de nuestra vida en Cristo, tiene como base el Don de la Fe en Cristo, en Dios, en la Iglesia, y con todo lo que ello conlleva de entrega, de fidelidad, de obediencia. Así los cimientos de nuestra vida serán firmes pues son las rocas eternas de la Palabra de Dios lo que está sosteniendo el Magisterio y las enseñanzas de la Iglesia.
Cuando yo modifico una de esas rocas, o dejo que la polilla del mundo corroa esos cimientos la casa comenzará a quebrarse hasta el momento en que se derrumbe por completo.
Cuando dejo de cultivar la vida de oración, de reflexión de la Palabra, la vida sacramental no obtengo la Gracia necesaria y suficiente para que la Casa siga en pie, sino que poco a poco comenzará a derruirse porque no está mantenida como debiera, y las casas abandonadas sabemos que poco a poco se derrumban.
Así sucede con todas las vocaciones, con todas las vidas que, por Gracia de Dios, comienzo a edificar por un llamado de Dios, pero que, con el tiempo me voy olvidando de Quién me ha llamado. No importa que sea un sacerdote, una religiosa o religioso, un matrimonio o un laico soltero comprometido. Si no consigo mantener la vida de Gracia y mantengo los cimientos sólidos de la Fe, entonces todo se derrumbará.
Es difícil y costoso mantener un edificio sólido, pero sabemos que cuánto más tiempo le dedicamos siempre lo tendremos como nuevo y lleno de vida, porque la vida no es nuestra sino que viene de Dios, y si dejo que sea Él quien "maneje" nuestra vida entonces siempre tendré vida y Vida en abundancia.