sábado, 1 de agosto de 2026

Ante la verdad

 Tanto en la lectura del profeta Jeremías como en el evangelio hay dos profetas a los que la gente, especialmente algunos, querían darle muerte y no porque dijeran mentiras o falsedades, sino porque hablaban de parte del Señor y decían verdades, pero verdades que a algunos les incomodan y quieren deshacerse de los profetas, y a otros, aunque les incomodan pero igual aceptan la Palabra del Señor.

En el caso de Jeremías encontró quien aceptara las Palabras del Señor por boca del profeta y logró defenderlo de la muerte, pues pudo, seguramente por la Gracia del Señor, abrir su corazón a la verdad y aunque lo que Dios decía al Pueblo era fuerte y doloroso, pero había que obedecerle a Dios antes que a los hombres.

En cambio, en el caso de Juan Bautista, aunque Herodes lo escuchaba con atención y temor, obedecía más a los hombres y no a Dios y por eso lo mandó matar para no quedar mal ante los convidados.

¿Cuál es nuestra actitud ante las verdades que nos dicen de parte de Dios? Muchos decimos que nos gusta decir la verdad, pero cuando nos dicen algo que nos duele ¿lo aceptamos o mandamos callar a quien nos quiere ayudar? Es más fácil decirle al otro lo que está haciendo mal que aceptar de igual modo cuando alguien viene a mí a decirme, quizás, lo mismo que yo le he dicho a alguien.

Por eso nuestro corazón siempre tiene que buscar la fuerza en la humildad, tanto para poder aceptar como para corregir, porque en la humildad se demuestra el amor que tengo hacia el otro, y, sobre todo, sabiendo que todo me puede ayudar en función de mi conversión.

viernes, 31 de julio de 2026

Sobre San Ignacio

  

Luis Gonçalves de Cámara

De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo

 

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.

Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:

«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»

Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

jueves, 30 de julio de 2026

Elegir al Alfarero

«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo trataros como este alfarero, casa de Israel? - oráculo del Señor -.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel».
Esta Palabra del Señor a Jeremías es el cimiento de la canción (que tanto gusta) del Alfarero, pero no siempre sabemos de dónde vienen las inspiraciones, pero tampoco sabemos si lo que estamos cantando o diciendo o compartiendo será bueno para mi vida o si lo aceptaré en mi vida.
El Señor le hace comprender a Jeremías, y por él a su Pueblo, que todos somos hechura de su Mano, que, aunque nos queramos construir a nosotros mismos es Él quien tiene las riendas de nuestra vida en sus Manos, y es imposible querer escaparnos de Él, aunque lo intentemos una y mil veces, y, por supuesto, aunque neguemos su Presencia y Existencia Dios nunca va a dejar de estar en nuestras vidas.
Por eso, el Señor le hablaba así a Israel, y nos lo dice a nosotros, que es mejor dejarnos modelar por sus Manos pues es Él quien tiene la sabiduría y la eternidad, porque cuando nos dejamos modelar por el mundo éste no tiene ni la sabiduría ni la eternidad, ni la capacidad de darnos o devolvernos la vida que nos va quitando. Y así nos lo hace ver o pensar el Salmo:
No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él.
Es cierto que así parece que no tenemos libertad para elegir o para vivir, pues es lo que el hombre de hoy quiere: ser libre, pero sí tenemos la libertad de vivir en Dios o sin Él, y cada una de esas elecciones tiene sus propias consecuencias. Vivir en Dios nos dará vida y Vida en plenitud, aunque el Camino, como nos lo enseñó Jesús no será el más fácil, pero será el que nos lleve a la plenitud de nuestro ser y a la eternidad en Dios.
Cada uno elige qué camino recorrer.

miércoles, 29 de julio de 2026

Los amigos de Jesús

  

En la vida de Jesús hay muchas personas y cada una de ellas con un rol, podríamos decir, fundamental y diferentes. A Jesús lo seguían sus apóstoles, la gente que lo escuchaba y venía por milagros, los que después fueron discípulos (pero no apóstoles), familiares como María su Madre, algunos parientes, y los santos de hoy: Marta, María y Lázaro, los amigos de Jesús. Y por eso creo que hoy es un buen día para hablar de la amistad sincera.

Marta, María y Lázaro seguramente lo seguirían a Jesús por sus enseñanzas pero ellos eran más que esos, eran amigos, aquellos en los que uno puede recostarse sin tener que decir palabra, los que pueden recibir los secretos del corazón sin tener que dar opinión ni cuestionar, pero que, a la vez, pueden cuestionarte sin dañarte ni hacerte mal, sino que buscan, sobre todas las cosas, tu bien porque te aman, te quieren tal cual eres, sin más.

Los amigos verdaderos son los que pueden pasar tiempo sin verse pero saben que siempre están en el momento y lugar (aunque sea virtual) justo, porque tienen su corazón unido al tuyo y saben, aunque no haya palabras, qué es lo que está pasando dentro de tu corazón.

Como dice por ahí la Sagrada Escritura “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”, y es así, es lo más valioso (después de la familia) la amistad sincera, pues en la familia si puedes tener amigos, pero hay de primera un lazo de sangre, un lazo que a pesar de ser inviolable muchas veces se rompe. Claro es que las amistades se rompen, pero se rompen porque nunca fueron fuertes, no fueron de las que han guardado en lo secreto de sus corazones tus propios secretos, pues esos secretos hacen que sus cimientos sean fuertes.

Por eso, hoy, debemos buscar, también, una sincera amistad con Jesús, no porque sea uno más entre nosotros, sino porque es el Amigo Perfecto, el que guarda todas esas virtudes de modo extraordinario y, además, es el que te ha dado la vida sin conocerte, murió por ti sin saber nada de ti, y, cuando tienes el corazón necesitado de un abrazo te abraza con todo su ser y entra en tu vida no sólo espiritualmente sino físicamente por medio de la Eucaristía. Y es, sobre todo, un amigo que nunca va a decirte “¿por qué hoy no me has llamado?” porque sabe que siempre Él estará a pesar de que no hables con él todos los días, pero si lo haces verás los frutos de un diálogo sincero y lleno de vida que fortalecerá tu vida con Su Amor.

Por todo esto y por más hoy es un día para dar gracias por Su Amistad, por Su Entrega y por entregarnos, en el camino de la vida, a muchos amigos que guardan en sus corazones parte de nuestras vidas y con quienes estaremos siempre unidos.

martes, 28 de julio de 2026

Sembradores de cizaña

«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles".
Está claro que no me toca a mí explicar más la parábola de la cizaña, pero sí que siempre nos queda algo más para poder reflexionar. Cuando leemos una parábola o escuchamos alguna palabra de Jesús que nos compromete o que nos puede llegar a tocar por algún lado porque sabemos que hemos actuado mal, entonces, nos ponemos un espejo y dejamos que la palabra rebote y le pegue a otro a no a mí.
Entonces es cuando tenemos que hacer un gran trabajo de sinceramiento con nosotros mismos frente a Dios y preguntarnos: ¿he sido sembrador de cizaña? ¿He hablado mal de mis hermanos, de mi prójimo, de alguien de mi familia, comunidad, amistades, etc.? Seguramente que sí pues si no hemos hablado directamente nos hemos hecho eco de la palabra de alguien, y, seguramente, también, hemos dejado que se hablara mal de otra persona.
¿Y si lo que dijeran fuera acerca de mí? Quizás nadie hable mal de mí estando en el mismo círculo de personas, quizás nadie se atreva a decirme tal o cual cosa por miedo a mis reacciones. Es ahí cuando debo pensar cómo estoy siendo, como estoy actuando con los demás. ¿Le permito a los demás que me diga, sinceramente, lo que ven mal en mí? ¿Me rebelo contra ellos cuando hablan mal de mí? ¿Soy vengativo? ¿Soy rencoroso?
Hay muchas manera de sembrar cizaña en el mundo, y no hablemos del mundo en general, sino de mi propio mundo: familia, amigos, comunidad parroquial, de trabajo, etc.
Porque no sólo es hablar mal de los demás, sino no dejar que los demás puedan ayudarme a cambiar, cerrarme a los otros porque han querido ayudarme a modificar mis defectos o me han hecho ver que he hablado mal o que he sembrado cizaña. En definitiva la corrección fraterna es algo que nos gusta hacer hacia los demás, pero nos cuesta que los demás quieran tener un diálogo fraterno conmigo y me ayuden a modificar mi conducta o mi modo de hablar o relacionarme.
Y, sobre todo tengamos en cuenta que la cizaña no es simplemente una hierva, sino que es un pecado contra la caridad, contra el amor fraterno, y, por eso, no le hace mal a la otra persona, sino que me hace mal a mí, pues cuando siembro cizaña la cizaña no habla de la otra persona sino del sembrador. Y, por supuesto, como pecado contra el amor y la caridad, me va quitando Gracia, me va a alejando del Verdadero Amor.

lunes, 27 de julio de 2026

Dejarnos sembrar

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Las parábolas son el género literario que Jesús usaba para hablarles y para hablarnos de modo que podamos entender, en algún sentido, una verdad que trasciende lo intelectual y que no hay palabras humanas para describir. Quedarnos con el texto literal es un error pues tenemos que ir, siempre, a lo profundo de lo que Jesús ha intentado decirnos, y, a cada uno, puede parecerle otra cosa, pero siempre dentro del mismo tema.
¿Qué es el reino de Dios? Es el Reino donde habita Dios y que está gobernado por Dios. Es el Reino que podemos llegar a entender cuando leemos el Antiguo Testamento y vemos cómo el Señor quería crear un Pueblo en el que Él fuera quien lo gobernase pues sabía y conocía perfectamente a quienes había elegido para vivir en él.
"Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel - oráculo del Señor -, para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, y mi honor. Pero no me escucharon".
Así tenemos que entender que el Señor nos eligió a nosotros para formar un Nuevo Pueblo que pueda escuchar y vivir la Voluntad del Padre, así como la vivió Él, Jesús.
Nos eligió como semillas pequeñas, que parecen nada a la luz del mundo, pero que si se dejan fertilizar por la Palabra de Dios y pueden germinar en la tierra fértil de la Gracia del Espíritu Santo, se convierten en un árbol frondoso que da sombra a cuántos necesitan acercarse al Señor.
Pero si esta semilla, que somos nosotros, nos ocultamos de la vista de los demás y no dejamos que el Señor nos siembre donde quiera, entonces no produciremos el fruto adecuado. La semilla no le pone obstáculos al sembrador, por eso tenemos que hacer el esfuerzo de no poner obstáculos a la Palabra de Dios para hacer su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo.

domingo, 26 de julio de 2026

Abrir el tesoro

"Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra..."
Cuanto más me adentro en los años más pienso que ¡qué necesario es pedir la sabiduría de Dios!
Siempre me ha sorprendido este pedido de Salomón al Señor, pero cada año que lo leo vuelvo a sorprenderme. Sorprenderme porque seguimos sin entender qué es lo importante en nuestras vidas, sin entender que sin la sabiduría de Dios no llegaremos a nada pues las meras capacidades intelectuales nos sirve para la lógica humana, pero para las cosas que van más allá de nosotros mismos no tenemos la capacidad de ver o entender.
La sabiduría, por de pronto, es un trayecto que tenemos que hacer hacia lo profundo de nosotros mismos pues debemos dejar asentar lo que vivimos y de todo eso sacar experiencias, e, igualmente, de la experiencias de los mayores, pues todo lo que vamos aprendiendo es lo que nos ayuda a discernir, a saber, y, si me permiten la expresión "a rellenar nuestro interior", pues lo que hoy vemos son personas "sin relleno", sin nada en la cabeza más que... no lo puedo decir aquí jajaja. Pero ya me entendeis.
Y, por otro lado, los que nos hemos decidido por vivir en cristiano necesitamos la sabiduría de Dios, elevar nuestra mente y corazón hacia el Padre para que, con la ayuda del Espíritu, podamos recibir todo lo necesario para comprender el Camino que nos toca vivir, sea de alegría o tristeza, de cruz o resurrección, de dolor o gozo.
Y, sobre todo, poder discernir cuál es nuestra vocación, cuál es nuestro proyecto según el Padre y así poder darle sentido completo a nuestra vida, a nuestra existencia, a lo que voy viviendo y a lo que tengo que dejar en el camino porque no es para mí.
En definitiva la sabiduría humana me ayuda a entender y hacer lo que Jesús dice al final del evangelio de hoy:
"¿Habéis entendido todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí».
Él les dijo: «Pues bien, un escriba que ese ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».