Me ha parecido muy explícita esta definición que hace de sí mismo san Pablo al escribirle a Timoteo:
"Pablo apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús...".
Apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, eso es lo que somos, también, cada uno de nosotros con nuestros carismas particulares y nuestras vocaciones particulares. "No sois vosotros quienes me han elegido, sino que yo os elegí del mundo", así le decía el Señor a los apóstoles, y también nos lo dice a nosotros. Y nos lo repite constantemente para que nos lo creamos porque, muchas veces, no pensamos que todos los bautizados somos apóstoles de Cristo, sino que creemos que sólo los consagrados, religiosos, sacerdotes, etc., son apóstoles, sin embargo todos los que hemos recibido el Espíritu Santo somos apóstoles: elegidos para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús.
¡Eso es lo que anunciamos! Y lo hacemos, primeramente, con nuestra propia vida. Es nuestra vida, nuestras palabras, nuestras acciones, nuestro modo de vivir el que anuncia cómo vivimos, pues no podemos hablar de la alegría del Evangelio, de la fuerza de la Resurrección si no estamos viviendo esa alegría, si nuestro rostro, nuestras palabras no expresan esa alegría de la Vida Nueva en Cristo Jesús.
"Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza".
Es cierto que las palabras de san Pablo pueden parecer ilógicas u utópicas, pero así es la vida en Dios, es una locura para el mundo y una utopía para muchos, pero para los que han llegado a sentirla y llevarla en el corazón es lo más cierto y reconfortante que nos ha pasado, es el sentido y la fortaleza de nuestra vida, para nuestros días de sol y los de tormenta, para las caídas y los tropiezos, para saber que siempre Él estará con nosotros si nos mantenemos fieles a Su Palabra.
"De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día".
El Sermón en la montaña
miércoles, 3 de junio de 2026
Apóstol de la promesa de Vida
martes, 2 de junio de 2026
El sacrificio de Abrahán
De una homilía de Orígenes, presbítero
Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. El hecho de que llevara Isaac la leña de su propio sacrificio era figura de Cristo, que cargó también con la cruz; además, llevar la leña del sacrificio es función propia del sacerdote. Así, pues, Cristo es, a la vez, víctima y sacerdote. Esto mismo significan las palabras que vienen a continuación: Los dos caminaban juntos. En efecto, Abrahán, que era el que había de sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo, pero Isaac no iba detrás de él, sino junto a él, lo que demuestra que él cumplía también una función sacerdotal.
¿Qué es lo que sigue? Isaac - continúa la Escritura- dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Esta es la voz que el hijo pronuncia en el momento de la prueba. ¡Cuán fuerte tuvo que ser la conmoción que produjo en el padre esta voz del hijo, a punto de ser inmolado! Y, aunque su fe lo obligaba a ser inflexible, Abrahán, con todo, le responde con palabras de igual afecto: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?» Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».
Resulta conmovedora la cuidadosa y cauta respuesta de Abrahán. Algo debía prever en espíritu, ya que dice, no en presente, sino en futuro: Dios proveerá el cordero; al hijo que le pregunta acerca del presente le responde con palabras que miran al futuro. Es que el Señor debía proveerse de cordero en la persona de Cristo.
Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!» Él contestó: «Aquí me tienes». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios». Comparemos estas palabras con aquellas otras del Apóstol, cuando dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Ved cómo Dios rivaliza con los hombres en magnanimidad y generosidad. Abrahán ofreció a Dios un hijo mortal, sin que de hecho llegara a morir; Dios entregó a la muerte por todos al Hijo inmortal.
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Creo que ya hemos dicho antes que Isaac era figura de Cristo, mas también parece serlo este carnero. Vale la pena saber en qué se parecen a Cristo uno y otro: Isaac, que no fue degollado, y el carnero, que sí fue degollado. Cristo es la Palabra de Dios, pero la Palabra se hizo carne.
Cristo padeció, pero en la carne; sufrió la muerte, pero quien la sufrió fue su carne, de la que era figura este carnero, de acuerdo con lo que decía Juan: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La Palabra permaneció en la incorrupción, por lo que Isaac es figura de Cristo según el espíritu. Por esto, Cristo es, a la vez, víctima y pontífice según el espíritu. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que se ofrece en su propio cuerpo como víctima.
lunes, 1 de junio de 2026
Nuestra Piedra Angular
San Pedro nos da una fórmula para poder alcanzar la plenitud de nuestra vida cristiana, de nuestra vida como hijos de Dios, pues hemos heredado la Promesa que Dios había hecho a nuestros padres, y por eso, para poder llevar a cabo la plenitud de la promesa nos dice:
"poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor".
Como tantas otras veces podríamos decir: sí, son palabras muy bonitas pero muy difíciles de llevar a cabo, sobre todo en algunos temperamentos hay virtudes que no son fáciles de alcanzar, y, también, en algunos momentos de la vida tampoco se pueden alcanzar. Y, seguramente, el Señor nos respondería: no te digo que lo hagas desde tus propias fuerzas porque sé que no lo podrás conseguir, sino que lo hagas junto a Mí, o mejor, dicho, deja que YO sea quien te ayude a alcanzar la meta que te he propuesto.
Y, ahí está lo que Él siempre nos dice: niégate a ti mismo. Es decir, si siempre pensamos que todo lo tenemos que hacer desde nuestras capacidades nos vamos a encontrar con la misma pared: no podremos hacerlo. Las metas humanas que nos ponemos, generalmente, son alcanzables desde nosotros mismos, pero las metas que nos propone el Señor no son alcanzables por nuestros propios medios porque son metas sobrenaturales, y esos dones sobrenaturales no los tendremos si no nos unimos profunda y constantemente a Aquél que tiene esos Dones.
Por eso, no pienses que puedes alcanzar las metas que Dios ha puesto en tu corazón no te repite por medio del Evangelio con tus propias fuerzas, sino que debes pensar que todo lo puedes alcanzar si confías en Aquél que ha puesto esos ideales en tu corazón, pues Él es la Piedra Angular donde se apoya nuestra vida y desde donde recibimos todas las Gracias necesarias y suficientes para alcanzar la meta.
domingo, 31 de mayo de 2026
Vivir en la Trinidad
"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros".
Un hermoso saludo que escribe san Pablo y que lo escuchamos, muchas veces, al comenzar la Misa, pues no es sólo un saludo sino que es una realidad en nuestra vida y que nos lleva a identificarnos con la Santísima Trinidad y cómo actúa en nosotros.
Dios Padre nos ha creado por amor y por amor le ha pedido a su Unigénito que viniera a salvarnos, su entrega obediente hasta la muerte y muerte en Cruz, nos ha alcanzado, por su Resurrección, la Gracia de ser hijos de Dios, dándonos desde el seno del Padre el Espíritu Santo que nos une en comunión con Ellos y con nuestros hermanos.
Así, de este modo el Hijo nos ha pedido que esta comunión no sea sólo una idea que flota en el aire sino que sea una realidad entre todos los que formamos su Cuerpo Místico: sean uno como el Padre yo somos uno para que el mundo crea.
Por eso mismo san Pablo nos vuelve a repetir:
"Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros".
Pues esta vida que hemos recibido gratuitamente es la que tenemos que seguir manteniendo y viviendo con la Gracia y los Dones del Espíritu Santo, pues una vez recibida ya nos toca a nosotros seguir construyendo lo que Dios ha pensado desde toda la eternidad para cada uno: "ser santos e irreprochables en su presencia por el Amor". Es un trabajo que nos tiene que llevar, diariamente, al diálogo con el Padre y con el Hijo, para que con la fuerza del Espíritu podamos estar siempre dispuestos a discernir la Voluntad del Padre y como el Hijo poder llevarla a plenitud.
Así nuestra vida, como nos lo dijo Jesús, será sal, luz y fermento en el mundo para mostrar, no sólo con palabras, sino con obras el Camino que nos conduce a la Vida, para que iluminados por el Espíritu podamos iluminar las tinieblas del mundo que vive en pecado para que puedan encontrar, ellos también, la alegría de vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él", y somos nosotros quienes, con la ayuda del Espíritu, debemos mostrar con nuestra vida los frutos de la Salvación y la alegría de vivir en Dios.
sábado, 30 de mayo de 2026
Verdadera astucia
"En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Hay momentos en que no hacemos las preguntas para saber, sino que las hacemos para poder condenar, para poder acusar, y, finalmente, para no hacer caso a lo que dicen. Y eso es lo que querían los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos con Jesús. No querían saber, porque si hubieran escuchado la verdadera respuesta, también, lo hubiesen condenado.
Y ahí estuvo la astucia de Jesús de hacerles una contrapregunta para saber sus intenciones.
"Jesús les respondió:
«Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
Y no es que Jesús no quisiera responder con la verdad, sino que sabía que ellos no estaban buscando la verdad, sino que buscaban un argumento para condenarlo directamente. Porque si le respondía con la verdad o si les mentía, igualmente no iban a creer en sus palabras, porque lo que buscaban era desacreditarlo ante la gente para que ellos no creyeran, tampoco, en sus palabras.
Y así pillados en sus maldad tuvieron que responder que no sabían responder a la pregunta de Jesús, sobre todo para no quedar en evidencia ante la gente, porque, en realidad, no querían arriesgarse a que la gente dejara de creer directamente en la autoridad del sumo sacerdote.
Cuando somos pillados en nuestra maldad no nos gusta que nos delaten y por eso nos seguimos ocultando en nuestros propios argumentos para poder tapar nuestras malas intenciones. Pero siempre la Verdad sale a la luz y se manifiesta de una manera que no podemos ocultarla.
Y así quienes quedaron mal frente a los demás fueron los que malas intenciones tenían, y así la astucia de Jesús hizo descubrir las malas intenciones de sus acusadores. Algo que nos ensaña a poner en práctica y a no dejarnos llevar por el qué dirán los demás, sino saber que muchos nunca querrán saber la verdad, sino que lo que querrán será condenar al que vive en la verdad.
viernes, 29 de mayo de 2026
Mover el monte al mar
Jesús contestó:
«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: "Quítate y arrójate al mar", y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
Hay afirmaciones de Jesús que nos parecen un poco exageradas como esta de poder arrojar un monte al mar, pero es que la fe es la que mueve montañas, decimos muchas veces, pero en la realidad no es tan así, aunque sí puede ser que sea así. Vale, estoy haciendo un trabalenguas con negaciones y afirmaciones. Entonces tendríamos que preguntarnos ¿cuál es el monte al que se refiere Jesús? Creo que el monte somos cada uno de nosotros, un monte que sólo la fe puede movernos hacia la Voluntad de Dios, hacia la meta que Dios ha pensado y nos propone alcanzar.
Para ello hace falta la fe, para poder encontrarnos con el Padre y, por un lado, aprender a escucharlo y por otro tener el valor de aceptar y vivir lo que Él nos propone. De este modo creyendo que lo que me está pidiendo, aunque sea lo más irracional humanamente, lo podré alcanzar, podré comenzar a moverme de mi lugar, de mi zona de confort, y salir hacia donde Él me pida.
Por eso necesito una vida de oración que me permita entrar en ese diálogo personal con el Padre para que, por medio de su Espíritu, me ayude a discernir, a aceptar y a realizar la obra que Él me encomienda. Así, en este diálogo con Él podré pedir todo lo necesario para poder abrir el corazón, para poder ver, para tener la fortaleza para hacer Su Voluntad y no la mía, y así dejando de lado mi yo terrenal alcanzar la meta soñada por Él para mí.
De este modo no sólo podré conseguir lo que pido sino que obtendré todo lo que necesito para ser Fiel a esa Vida que Él me está mostrando y que sabe que es el Camino para mi perfección, para alcanzar la Bienaventuranza que me prometió. Porque no es sólo pedir lo que el mundo me está indicando pedir, sino pedir lo que realmente necesito y que el Espíritu que habita en mí me está susurrando pedir para que mi vida sea la que El Padre soñó y que ha dejado sellada en mi corazón.
jueves, 28 de mayo de 2026
Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote
De la carta encíclica Mediator Dei de Pío XII
Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.