lunes, 28 de septiembre de 2026

El camino de Job

«Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».
A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios".
La historia de Job se parece mucho a nuestras historias. Sí, quizás nunca nos ha tocado tanto en la vida, pero seguramente, han habido algunos días o momentos en los que se nos ha venido el mundo encima por lo que nos ha pasado. Seguramente, también, en otros momentos nos hemos quejado al Cielo por lo que nos tocaba vivir creyendo que ya no podríamos soportar nada más. Y, quizás, han venido otras situaciones que sí hemos podido soportar y llevar adelante sabiendo que la vida continúa y que tenemos que seguir.
No sólo a nosotros nos puede haber sucedido, sino que habrá alguien en nuestras vidas que hemos visto cómo vivía, como Job, muchas situaciones duras y cruces muy pesadas. Y los hemos visto seguir sin dejarse caer sabiendo que siempre, con confianza en la Providencia, se sale adelante.
A veces, nos encontramos también con aquellos que no creen que pueden salir, que no confían, que siempre están con la queja en los labios por esto o por aquello y que están como buscando algo para poder renunciar a la fe o para poder seguir amargados por la vida.
Ninguno puede decir tu cruz es mayor que la mía, ni mi dolor es más grande que el tuyo. Cada uno tiene lo que tiene, pero todos debemos buscar la fuerza en lo alto para aceptar cada momento que el Padre quiere que vivamos o que el Padre permite que vivamos, porque no todo es culpa de Dios, sino que, otras veces, el Señor lo permite. Pero todo depende de nosotros cómo lo vivamos, si con confianza en la fortaleza que Él nos dará en todo momento o si sólo nos renegaremos y dejaremos que las cosas nos aplasten y destruyan.
Job eligió el mejor camino de aceptar, creer y continuar.

domingo, 27 de septiembre de 2026

La carrera de la santidad

Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Como veis el hacer o no hacer la Voluntad de Dios es lo que nos salvará o nos condenará, o sea, no es cualquier cosa. Y lo que es peor creo que no nos damos cuenta o no queremos darnos cuenta que eso es el centro y lo esencial en nuestra vida cristiana: "hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo", lo decimos cada día, pero no asumimos que somos nosotros mismos quienes lo tenemos que vivir.
¿Qué es lo que pasa? Que nos hemos acostumbrado a lo largo de los siglos a cumplir con formas, con ritos, y adormilamos la conciencia diciéndonos que con eso basta, con que no cometamos pecado mortal y nos quedamos conformes con ser personas buenas, pero que no dicen nada más al resto del mundo. Y, personas buenas hay en todas partes, sean católicas, cristianas, ateas, agnósticas, budistas,...
Pero ya nos lo dijo Jesús: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo", "sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto", y, por último "amaos unos a otros como yo os he amado". Y todo eso implica, en nuestras vidas cotidianas una búsqueda constante de la Voluntad de Dios, porque es lo que debo vivir para alcanzar esa meta en mi vida.
Es, como dice san Pablo una carrera larga en la cual hay una lucha concreta entre lo que quiero y lo que debo, y esa lucha no la puedo lograr o no puedo vencer ni en esa lucha ni en esa carrera sin la Gracia de Dios, sin el alimento eterno que me da el Señor, pero es un alimento para alcanzar la meta, sino sólo estamos engordando nuestro espíritu sin dar nada al mundo, sin mostrarle al mundo la alegría de correr la carrera de la santidad.

sábado, 26 de septiembre de 2026

Hay cosas que no interesan

«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto".
Fijaos que cuando los discípulos no comprenden algo de las parábolas o algún milagro siempre les preguntan a Jesús para que se los explique, y Jesús en privado siempre les ha explicado aquello que no comprendían porque tenía necesidad que ellos entendieran todo mejor.
En este caso en que Jesús les comienza a hablar de su entrega, de su Pasión por miedo a lo que pudiera ocurrir no les preguntan nada a Jesús, tienen miedo no sólo a lo que va a ocurrir sino a lo que Jesús les pueda contestar.
Y eso también nos sucede a nosotros: siempre nos interesamos por las cosas buenas, por querer saber si en el futuro vamos a estar mejor, si esto que quiero hacer para mi felicidad lo puedo hacer, pero cuando sabemos que lo que va a venir no me va a gustar o que no es lo que yo quería o quiero hacer... ahí ya no me interesa la respuesta, no me interesa llegar a ese lugar ni a a ese momento. Es lo lógico que nos puede suceder porque no estamos creados para el sufrimiento, para la cruz, estamos llamados a la plenitud, a la felicidad, a la bienaventuranza.
Pero todo tiene su tiempo en este mundo y, quizás, nos toque vivir un poco de todo y, seguramente, ya hemos pasado por muchos caminos oscuros y dolorosos, y también los alegres y felices y sabemos que todos se sale y todos nos renuevan y nos hacen, quizás, más fuertes.
El conocer y saber que nuestro caminar en santidad tendrá cruz y dolor porque es el mismo que el de Jesús, nos ayuda ir fortaleciendo nuestro espíritu para cuando llegue, pero sin preocuparnos por el día y la hora, sino que cada día y cada hora la tenemos que poner en Sus Manos para que estemos preparados para dar el Sí a la Voluntad del Padre en el momento oportuno. Mientras tanto vivimos en la alegría de haber sido llamados a una vida en Su Amor para alcanzar la eternidad.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Todo tiene su tiempo

"Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo..."
Esto es lo que, muchas veces, nos produce ansiedades: que Dios tenga sus tiempos y que nosotros no sepamos cuándo es el tiempo de Dios, aunque en realidad sí lo sabemos: cuando Él quiera. No, en serio, el tiempo de Dios es el presente, es el hoy por eso tenemos que estar siempre atentos al hoy de Dios pues en ese hoy Él nos está diciendo algo, nos está mostrando algo y quiere que tomemos una decisión sobre algo.
Cuando la ansiedad o el no pensar en lo que Dios quiere, o cuando nos dejamos avasallar por la carrera contra el tiempo, es cuando no estamos haciendo la Voluntad de Dios, pues no tenemos tiempo de ponernos a discernir sobre lo que estamos viviendo y haciendo, ni tan siquiera nos hemos detenido a ver si lo que estamos haciendo o viviendo es Voluntad de Dios.
Jesús así nos lo enseñó cuando, en muchos momentos, hablaba de "no ha llegado mi Hora". Él sabía cuándo y cómo sería Su Hora y por eso buscaba en todo momento el encuentro con el Padre. Leemos en muchas partes del Evangelio que se iba solo a orar pues necesitaba estar en ese diálogo permanente para no dejar pasar el tiempo sin saber qué es lo que el Padre quería.
¿Cuándo es el nuestro mejor tiempo? ¿Cuánto tiempo necesitamos estar con Dios? Sólo cada uno lo sabe, pero seguramente tenemos que ir aprendiendo a estar no con Dios, sino en Dios, pues cuando aprendemos a entregar cada momento y cada situación al Padre es cuando todo está en Dios, en esos momentos, seguramente, el Padre nos dará su Gracia porque todo lo hacemos por Él, con Él y para Él. Porque no es que Dios necesite que nosotros hagamos cosas para Él, sino que haciéndolo así todo resulta más productivo para nuestra vida espiritual, para fortalecer nuestro espíritu, para poder alcanzar la gracia de saber que todo lo que hacemos si lo ponemos en Sus Manos no queda sin recompensa, y así le consagramos cada acto, cada momento, y, en definitiva toda nuestra vida.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Vanidad de vanidades

Decía Herodes sobre Jesús:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de verlo".
Esta frase me hizo pensar en las cosas que hace la gente por ver a algún famoso, por seguir sus vidas, y las cosas raras que hacen los más seguidores: se tatúan sus rostros en la piel, se cortan el cabello como ellos, gastan fortunas por verlos en conciertos, estadios, etc. A veces el canto de sirena que produce la fama desquicia a las personas, quizás porque quieren ser como ellos, quizás porque compartir sus locuras los saca del ritmo triste de la vida, o vaya a saber qué cosas suenan en sus cabezas.
Herodes solamente tenía ganas de verlo por la fama que se había hecho sobre Jesús, sus milagros, sus palabras, sus seguidores. Pero todo brotaba de la vanidad que había en él, no había mayor deseo que saber quién era o qué era Jesús, porque tanto se hablaba y tantas teorías se manejaban sobre su vida que había que conocerlo.
Y es lo que trae la vanidad consigo: la superficialidad de la vida, conocer por conocer, creer que por peinarnos como tal podemos llegar a ser tal o cual, vivir sin pensar que lo que estoy viviendo es una falsa vida, y quedar por dentro tan vacío como siempre cuando caigo en la verdad de lo que estoy viviendo.
Todas esas cosas nos llevan a vivir un descontrol que no nos deja pensar en lo que estamos haciendo, en cómo estamos viviendo. La rapidez de los días hacen que queramos vivir todo de golpe, y por eso no interesa cómo lo vivamos sino las sensaciones que deja en nuestro interior, aunque más no sea una sensación de ese momento porque se que dos días más tarde volveré a tener otra sensación que me lleve a la euforia nuevamente.
Y todo pasa. Y todo se acaba. Y la vida continúa. Hasta que de pronto la vida nos golpea y vemos que no hay mucho de donde "rascar" para hacer frente al dolor, a la cruz. Por eso la lectura del Eclesiastés nos invita a descubrir la vanidad del tiempo que vivimos, que si no somos capaces de vivir desde el interior y desde Dios, todo será vacío y nada.
Jesús no sólo quiere que lo descubramos, sino que quiere que aprendamos a vivir desde una realidad profunda y llena de valores que tornan nuestra vida con un sentido de eternidad, haciendo que cada cosa y situación que vivamos nos permita crecer, madurar y alcanzar la perfección que nuestro ser anhela, una perfección personal, propia y no alquilada o imitada.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Piedras del edificio eterno

De los escritos de San Pío de Pietrelcina, presbítero

Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.
Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno.
El alma, si quiere reinar con Cristo en la gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.
Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de las almas y, llenos de confianza, entregaros a sus santísimos brazos: como a los elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.
No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el contrario, ha sido honrado más y más.
Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir, aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En efecto, dice la Escritura: «Siete veces cae el justo» (Pr 24, 16).
Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas... Expulsad, como tentaciones, las dudas que os asaltan... Expulsad también las dudas que afectan a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia ella. ¡No abatáis el ánimo!
Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con Jesús en la cruz: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30).

martes, 22 de septiembre de 2026

Ser Fieles

"Entonces le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Hoy en día, humanamente hablando, los títulos académicos, los de nobleza (donde los haya), los nombramientos políticos, etc., son los que "abren" puertas y "pareciera" que hacen más dignos a las personas. Y usando la misma medida creemos que el título de cristiano nos abre las puertas del Cielo, y, parece que no es así.
No por tener el título de cristiano que me dio el bautismo. O por tener un lugar particular en la comunidad cristiana voy a ser mejor que otros o voy a conseguir más favores de parte de Dios. Si pienso eso, estoy muy equivocado.
A veces la gente nos dice a los sacerdotes, y, seguramente, a los religiosos también: "usted que está más cerca de Dios pídale..." Puede ser que esté más cerca pero no por ser sacerdote o religioso, sino porque vive en fidelidad a la voluntad de Dios, que es lo que Jesús nos dice en este Evangelio: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen", y eso lo tiene que hacer todo cristiano, y, por eso, cualquier puede estar más en Dios que uno que tiene un título.
Así la liturgia nos pone para que tomemos nota, frente a esta exigencia de Jesús, el Libro de los Proverbios donde, ya en el Antiguo Testamento, Dios iba dando consejos y sentencias acerca del accionar del hombre. Por eso os lo recomiendo para seguir leyendo la primera lectura e ir revisando nuestra vida para ver cómo vamos actuando, y, principalmente, hemos de tener en cuenta que no bastan los títulos o cargos para alcanzar el Cielo, sino ser Fieles a la Voluntad de Dios en amor.