San Pedro nos da una fórmula para poder alcanzar la plenitud de nuestra vida cristiana, de nuestra vida como hijos de Dios, pues hemos heredado la Promesa que Dios había hecho a nuestros padres, y por eso, para poder llevar a cabo la plenitud de la promesa nos dice:
"poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor".
Como tantas otras veces podríamos decir: sí, son palabras muy bonitas pero muy difíciles de llevar a cabo, sobre todo en algunos temperamentos hay virtudes que no son fáciles de alcanzar, y, también, en algunos momentos de la vida tampoco se pueden alcanzar. Y, seguramente, el Señor nos respondería: no te digo que lo hagas desde tus propias fuerzas porque sé que no lo podrás conseguir, sino que lo hagas junto a Mí, o mejor, dicho, deja que YO sea quien te ayude a alcanzar la meta que te he propuesto.
Y, ahí está lo que Él siempre nos dice: niégate a ti mismo. Es decir, si siempre pensamos que todo lo tenemos que hacer desde nuestras capacidades nos vamos a encontrar con la misma pared: no podremos hacerlo. Las metas humanas que nos ponemos, generalmente, son alcanzables desde nosotros mismos, pero las metas que nos propone el Señor no son alcanzables por nuestros propios medios porque son metas sobrenaturales, y esos dones sobrenaturales no los tendremos si no nos unimos profunda y constantemente a Aquél que tiene esos Dones.
Por eso, no pienses que puedes alcanzar las metas que Dios ha puesto en tu corazón no te repite por medio del Evangelio con tus propias fuerzas, sino que debes pensar que todo lo puedes alcanzar si confías en Aquél que ha puesto esos ideales en tu corazón, pues Él es la Piedra Angular donde se apoya nuestra vida y desde donde recibimos todas las Gracias necesarias y suficientes para alcanzar la meta.
El Sermón en la montaña
lunes, 1 de junio de 2026
Nuestra Piedra Angular
domingo, 31 de mayo de 2026
Vivir en la Trinidad
"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros".
Un hermoso saludo que escribe san Pablo y que lo escuchamos, muchas veces, al comenzar la Misa, pues no es sólo un saludo sino que es una realidad en nuestra vida y que nos lleva a identificarnos con la Santísima Trinidad y cómo actúa en nosotros.
Dios Padre nos ha creado por amor y por amor le ha pedido a su Unigénito que viniera a salvarnos, su entrega obediente hasta la muerte y muerte en Cruz, nos ha alcanzado, por su Resurrección, la Gracia de ser hijos de Dios, dándonos desde el seno del Padre el Espíritu Santo que nos une en comunión con Ellos y con nuestros hermanos.
Así, de este modo el Hijo nos ha pedido que esta comunión no sea sólo una idea que flota en el aire sino que sea una realidad entre todos los que formamos su Cuerpo Místico: sean uno como el Padre yo somos uno para que el mundo crea.
Por eso mismo san Pablo nos vuelve a repetir:
"Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros".
Pues esta vida que hemos recibido gratuitamente es la que tenemos que seguir manteniendo y viviendo con la Gracia y los Dones del Espíritu Santo, pues una vez recibida ya nos toca a nosotros seguir construyendo lo que Dios ha pensado desde toda la eternidad para cada uno: "ser santos e irreprochables en su presencia por el Amor". Es un trabajo que nos tiene que llevar, diariamente, al diálogo con el Padre y con el Hijo, para que con la fuerza del Espíritu podamos estar siempre dispuestos a discernir la Voluntad del Padre y como el Hijo poder llevarla a plenitud.
Así nuestra vida, como nos lo dijo Jesús, será sal, luz y fermento en el mundo para mostrar, no sólo con palabras, sino con obras el Camino que nos conduce a la Vida, para que iluminados por el Espíritu podamos iluminar las tinieblas del mundo que vive en pecado para que puedan encontrar, ellos también, la alegría de vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él", y somos nosotros quienes, con la ayuda del Espíritu, debemos mostrar con nuestra vida los frutos de la Salvación y la alegría de vivir en Dios.
sábado, 30 de mayo de 2026
Verdadera astucia
"En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Hay momentos en que no hacemos las preguntas para saber, sino que las hacemos para poder condenar, para poder acusar, y, finalmente, para no hacer caso a lo que dicen. Y eso es lo que querían los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos con Jesús. No querían saber, porque si hubieran escuchado la verdadera respuesta, también, lo hubiesen condenado.
Y ahí estuvo la astucia de Jesús de hacerles una contrapregunta para saber sus intenciones.
"Jesús les respondió:
«Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
Y no es que Jesús no quisiera responder con la verdad, sino que sabía que ellos no estaban buscando la verdad, sino que buscaban un argumento para condenarlo directamente. Porque si le respondía con la verdad o si les mentía, igualmente no iban a creer en sus palabras, porque lo que buscaban era desacreditarlo ante la gente para que ellos no creyeran, tampoco, en sus palabras.
Y así pillados en sus maldad tuvieron que responder que no sabían responder a la pregunta de Jesús, sobre todo para no quedar en evidencia ante la gente, porque, en realidad, no querían arriesgarse a que la gente dejara de creer directamente en la autoridad del sumo sacerdote.
Cuando somos pillados en nuestra maldad no nos gusta que nos delaten y por eso nos seguimos ocultando en nuestros propios argumentos para poder tapar nuestras malas intenciones. Pero siempre la Verdad sale a la luz y se manifiesta de una manera que no podemos ocultarla.
Y así quienes quedaron mal frente a los demás fueron los que malas intenciones tenían, y así la astucia de Jesús hizo descubrir las malas intenciones de sus acusadores. Algo que nos ensaña a poner en práctica y a no dejarnos llevar por el qué dirán los demás, sino saber que muchos nunca querrán saber la verdad, sino que lo que querrán será condenar al que vive en la verdad.
viernes, 29 de mayo de 2026
Mover el monte al mar
Jesús contestó:
«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: "Quítate y arrójate al mar", y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
Hay afirmaciones de Jesús que nos parecen un poco exageradas como esta de poder arrojar un monte al mar, pero es que la fe es la que mueve montañas, decimos muchas veces, pero en la realidad no es tan así, aunque sí puede ser que sea así. Vale, estoy haciendo un trabalenguas con negaciones y afirmaciones. Entonces tendríamos que preguntarnos ¿cuál es el monte al que se refiere Jesús? Creo que el monte somos cada uno de nosotros, un monte que sólo la fe puede movernos hacia la Voluntad de Dios, hacia la meta que Dios ha pensado y nos propone alcanzar.
Para ello hace falta la fe, para poder encontrarnos con el Padre y, por un lado, aprender a escucharlo y por otro tener el valor de aceptar y vivir lo que Él nos propone. De este modo creyendo que lo que me está pidiendo, aunque sea lo más irracional humanamente, lo podré alcanzar, podré comenzar a moverme de mi lugar, de mi zona de confort, y salir hacia donde Él me pida.
Por eso necesito una vida de oración que me permita entrar en ese diálogo personal con el Padre para que, por medio de su Espíritu, me ayude a discernir, a aceptar y a realizar la obra que Él me encomienda. Así, en este diálogo con Él podré pedir todo lo necesario para poder abrir el corazón, para poder ver, para tener la fortaleza para hacer Su Voluntad y no la mía, y así dejando de lado mi yo terrenal alcanzar la meta soñada por Él para mí.
De este modo no sólo podré conseguir lo que pido sino que obtendré todo lo que necesito para ser Fiel a esa Vida que Él me está mostrando y que sabe que es el Camino para mi perfección, para alcanzar la Bienaventuranza que me prometió. Porque no es sólo pedir lo que el mundo me está indicando pedir, sino pedir lo que realmente necesito y que el Espíritu que habita en mí me está susurrando pedir para que mi vida sea la que El Padre soñó y que ha dejado sellada en mi corazón.
jueves, 28 de mayo de 2026
Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote
De la carta encíclica Mediator Dei de Pío XII
Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.
miércoles, 27 de mayo de 2026
No sabemos lo que pedimos
- «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
- «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron:
- «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
- «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
- «Podemos».
Muchas veces le exigimos a Dios que haga lo que queremos, como le sucedió a los apóstoles, y eso no es que esté mal, lo podemos hacer, pero, como dice Jesús, muchas veces no sabemos lo que pedimos. Es decir, sí sabemos lo que pedimos pero no hemos pensado bien lo que pedimos porque lo que pedimos nace de una necesidad humana, de algo que nos está sucediendo y no sabemos cómo solucionarlo, o queremos algo que está muy lejos de nuestras posibilidades y necesitamos que Él nos lo consiga.
En este caso ellos pensaron que lo que estaban pidiendo era un lugar al lado de un emperador terrenal, y, por eso, no sabían lo que estaban pidiendo porque no habían comprendido, todavía, a qué Reino se refería Jesús en sus predicaciones. Así han mostrado, y nos muestran, que los poderes terrenales no son parte del Reino de los Cielos, y que, muchas veces, nos dejamos llevar por los instintos más básicos sin saber a qué estamos llamados realmente.
Pero, además, hay algo que es muy importante: lo que implica pedir cosas y lo que implica, como responsabilidad, el recibir lo que se pide, pues todo tiene su precio real. En este caso Jesús les propone una exigencia: un cáliz y un bautismo, pero tampoco saben qué es lo que eso significa, pero ya no se pueden echar atrás, sino que aceptan el desafío de tener que aceptar hacer algo por lo que han exigido.
Por eso ¿estamos dispuestos a vivir como Jesús nos pide cuando le pedimos a Él algo que nosotros necesitamos? ¿O sólo lo pedimos porque sabemos de su misericordia pero no estamos dispuestos a beber de su cáliz ni a recibir su bautismo? Más de una vez exigimos cosas que nosotros no somos capaces de vivir, por eso, hay que saber qué pedir porque lo que hemos recibido ha sido mucho más grande de lo que jamás podríamos pedir:
"Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios".
martes, 26 de mayo de 2026
Ceñid los lomos
Hablando de la revelación, san Pedro nos dice:
"Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: «Seréis santos, porque yo soy santo".
Aquello que ellos vivieron (los apóstoles) y nosotros hemos recibido y aceptado como revelación y Don de Fe, es lo que los ángeles desearon contemplar. Pero esa revelación no es un camino para vivirlo individual o egoístamente, sino que es para vivir en comunidad y para los demás.
Se vive en comunidad para poder llevar a cabo el mandamiento de Jesús: sed uno como el Padre y yo somos uno, y ese mandamiento sólo se puede vivir desde el amor, el Amor que Dios nos ha dado y el amor que debemos vivir como hermanos. Y ese es un camino que tenemos que recorrer unidos y acompañados, dejándonos guiar y fortalecer por el Espíritu que se nos ha dado.
Y, sobre todo, como dice el mismo Pedro: como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, es decir, dejar de lado las aspiraciones mundanas que nos llevan por un camino que no es el de Dios, y renunciando a nosotros mismos, como nos lo pidió Jesús, aceptemos la Voluntad del Padre para "ser santos, porque está escrito: seréis santos, porque yo soy santo".
Está claro que la santidad no es lo primero que deseamos o a lo primero que aspiramos, pero es lo primero que nos pide el Señor, por eso nos ha pedido que renunciemos a nosotros mismos y que aceptemos Su Voluntad, para poder alcanzar la meta de la santidad y transmitir con nuestra vida el poder de su Palabra y la alegría de la salvación, para que otros puedan, también, encontrar el camino que los conduce a la Vida en el espíritu y a la salvación del alma.