"Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque sólo se puede juzgar con el criterio del Espíritu".
Muchas veces nos encontramos con personas que no son creyentes, que no creen en Dios o no creen en Cristo o no creen en la Iglesia, pero igual se ponen a juzgar nuestras vidas, nuestros credos, nuestra fe. ¿Por qué lo hacen? Porque no entienden y nunca van a entender la cosas del Espíritu porque no tienen el Espíritu de Dios, y por eso, lo único que les sale hacer es ponerse a criticar lo que no conocen o lo que creen conocer. Pero como dice Pablo no llegarán nunca a conocer lo que viene del Espíritu porque no viven en el Espíritu.
Y lo mismo nos puede pasar a nosotros, los que decimos que vivimos en el Espíritu, si no alimentamos nuestro espíritu con las cosas de Dios. Por eso mismo vemos muchos cristianos que se quejan de esto o de aquello, que no les gustan los consejos del Evangelio, que no quieren vivir la Voluntad de Dios. ¿Por qué? Porque se han alejado del Espíritu de Dios y juzgan todo desde lo natural, desde el gusto personal, desde los instintos naturales porque han perdido la relación con Dios, y no han sabido madurar en el espíritu de Dios.
Permanecer en Dios, Amar a Dios es vivir según Dios, y eso no se puede hacer si no nos alimentamos de Dios, si no recibimos la Gracia de los Sacramentos, especialmente la Reconciliación y la Eucaristía que son los que sostienen nuestra vida en el Espíritu. Así, poco a poco vamos perdiendo de vista las cosas de Dios, vamos alejándonos de su Espíritu y todo lo juzgamos con mentalidad terrenal y no aceptamos la Voluntad de Dios, volviéndonos tan terrenales que ya no somos testigos del Amor de Dios, no somos testigos de la alegría de vivir el Evangelio.
El Sermón en la montaña
martes, 1 de septiembre de 2026
Nos vamos alejando
lunes, 31 de agosto de 2026
El poder de Dios
"También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".
Hay, en esta frase de Pablo a los corintios, algunos datos que nos hablan de cómo deberíamos ser los cristianos, los apóstoles de Cristo, y no me estoy refiriendo sólo a los sacerdotes y religiosos, sino a todos los que, por el bautismo, hemos sido llamados a evangelizar, a llevar la Buena Noticia del Evangelio por todo el mundo.
¿Por qué Pablo dice que se presentó débil y temblando de miedo? Yo creo que por varias cosas, por un lado había sido el gran perseguidor de los cristianos y, seguramente, tenía el miedo de que eso la gente lo tuviera en cuenta y podrían actuar en su contra porque así somos: pedimos la conversión de los pecadores pero una vez que se convierten siempre le hacemos acordar que fueron pecadores. Y débil porque se había dado cuenta que él no tenía la fuerza para predicar si esa fuerza no le hubiera sido dada por el Espíritu, pues su conversión lo llevó a descubrirse así frente a la fortaleza del Mensaje.
Un Mensaje que él recibió personalmente de Jesús haciendo que todo lo que sabía de antes sobre la Ley y los Profetas fuera, por él, considerado como basura porque sólo le servía para no escuchar a Dios, y Dios le habló y cambió su corazón y su forma de pensar.
Por todo eso y por mucho más afirma con toda razón: "mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana", sino en la manifestación y el poder del Espíritu". Esa ha sido la mayor experiencia de san Pablo y es a la que hemos de aspirar todos nosotros: dejarnos guiar por el Espíritu, dejarnos enseñar por el Espíritu, dejarnos transformar por el Espíritu.
Sí, es una canción que se canta bastante en la Iglesia, pero cuando el Espíritu quiere transformarnos, guiarnos o llevarnos por donde el Padre quiere hacemos retranca y decimos ¡No! eso no es para mí. Y es ahí cuando arruinamos la predicación y el mensaje porque en realidad hemos hablado mucho y hemos vivido poco.
Por eso finaliza Pablo: "para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios". Porque el único que salva es Dios y no los hombres, y así lo dijo Él: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, nadie va al Padre si no es por Mí".
domingo, 30 de agosto de 2026
Os hablo como hermano
De la Carta a los Efesios de San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir
Ignacio, por sobrenombre Teóforo, a la bendecida con plenitud de bendición por la majestad de Dios Padre, a la predestinada antes de los siglos a ser enteramente objeto de una gloria permanente, inmutable, unida y escogida mediante un sufrimiento real, por voluntad del Padre y de Jesucristo, nuestro Dios; a la iglesia digna de todo encomio establecida en Éfeso de Asia, mi cordialísimo saludo en Jesucristo y en una alegría sin tacha.
Significativo en Dios me ha parecido vuestro sugestivo nombre, nombre que habéis conquistado en buena lid por vuestra fe y caridad en Cristo Jesús, nuestro Salvador. Imitadores como sois de Dios, vivificados por la sangre de Dios, habéis realizado una obra de verdadera fraternidad cristiana. Pues apenas os enterasteis de que yo venía procedente de Siria, encadenado por el nombre común y por nuestra común esperanza, esperando, gracias a vuestras oraciones, tener la dicha de luchar con las fieras en Roma, para poder de este modo llegar a ser verdadero discípulo, os apresurasteis a venir a mi encuentro. Porque fue realmente a toda vuestra comunidad a la que yo recibía, en nombre de Dios, en la persona de Onésimo, varón de una caridad increíble y obispo vuestro según la carne, a quien os ruego améis según Jesucristo y os esforcéis todos por asemejaros a él. Bendito el que os ha concedido la gracia de ser dignos de tal obispo.
Respecto a Burro, mi compañero de servicio, diácono vuestro según Dios, y una auténtica bendición de Dios, me gustaría que permaneciera a mi lado: sería una honra para vosotros y para vuestro obispo. En cuanto a Croco, digno de Dios y de vosotros, a quien yo recibí como una prueba de vuestra caridad, me ha servido de gran consuelo. Que el Padre de Jesucristo le conforte también a él, juntamente con Onésimo, Burro, Euplo y Frontón, en cuyas personas os he visto a todos, en la caridad. ¡Ojalá pudiera gozar para siempre de vosotros, si es que me consideráis digno! Es justo que vosotros glorifiquéis de todas las maneras a Jesucristo, que os ha glorificado a vosotros, de modo que, unidos en una perfecta obediencia, sumisos a vuestro obispo y al colegio presbiteral, seáis en todo santificados.
No os hablo con autoridad, como si fuera alguien. Pues, aunque estoy encarcelado por el nombre de Cristo, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. Ahora, precisamente, es cuando empiezo a ser discípulo suyo y os hablo como a mis condiscípulos. Porque lo que necesito más bien es ser fortalecido por vuestra fe, por vuestras exhortaciones, vuestra paciencia, vuestra ecuanimidad.
Pero, como el amor que os tengo me obliga a hablaros también acerca de vosotros, por esto me adelanto a exhortaros a que viváis unidos en el sentir de Dios. En efecto, Jesucristo, nuestra vida inseparable, expresa el sentir del Padre, como también los obispos, esparcidos por el mundo, son la expresión del sentir de Jesucristo.
sábado, 29 de agosto de 2026
Precursor del nacimiento y de la muerte
Homilía de San Beda el Venerable, presbítero
El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios, ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.
No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.
Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.
Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de un largo y penoso cautiverio. Él, que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.
La muerte -que de todas maneras había de acaecerle por ley natural- era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.
viernes, 28 de agosto de 2026
Para empezar...
En este día de san Agustín la liturgia nos presenta dos lecturas que tienen demasiado contenido para reflexionar, hay mucho alimento tanto en la carta de san Pablo como en el Evangelio. Yo pienso sólo dos cosas y las demás las pensáis vosotros por vuestra cuenta porque sino tendría que escribir mucho.
De la carta de san Pablo me quedo con la primer frase:
"No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.
Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios".
Y de estas dos frases dos cosas.
Pablo dice que no lo envió Jesús a bautizar, y eso es una gran verdad. ¿Cómo? Sí, porque el bautismo es el resultado de una decisión libre que toma la persona luego de haber escuchado el mensaje de salvación. Primero hay que saber qué implica el bautismo para poder aceptar ser bautizado. Está claro que los bebés no tienen esa libre elección, pero es una libre elección que toman los padres y los padrinos por el niño, y, por eso, son ellos los que se comprometen a enseñarle al niño lo que implica el haber sido bautizado, de tal manera que él vaya adquiriendo desde niño los valores cristianos y no se asombre de lo que Dios le pueda ir pidiendo a lo largo de la vida.
Esto porque, como dice san Pablo, el mensaje es un mensaje de Cruz, pero no sólo de Cruz, sino también de resurrección pero hay que pasar por una entrega fiel al Padre para llegar a la Vida. Así que hay que enseñar el mensaje completo de la salvación para poder vivir como cristiano.
Por eso hay que unir a este mensaje el Evangelio de hoy: las vírgenes necias y las prudentes. Nos encontramos muchas veces con cristianos necios que no han madurado el mensaje del Evangelio por eso nunca están preparados para escuchar, ni menos aceptar la Voluntad de Dios en sus vidas y, por eso, llegada cierta edad o ciertas cosas de la vida renuncian a su fe, renuncian a Dios. En cambio están los cristianos prudentes que han ido madurando en su fe (llenando sus alcuzas de aceite) y así tienen las capacidad y la Gracia para saber escuchar, discernir y aceptar la Voluntad de Dios en sus vidas, y, como diría el mismo Pablo "combatir el buen combate de la fe y alcanzar la meta".
jueves, 27 de agosto de 2026
Alcancemos la sabiduría eterna
San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Cuando ya se acercaba el día de su muerte -día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos-, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti.
Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas -y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres-, ella dijo:
«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?»
No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero, al cabo de cinco días o poco más, cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, mas pronto recobró el conocimiento, nos miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación:
«¿Dónde estaba?»
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
«Enterrad aquí a vuestra madre».
Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo:
«Mira lo que dice».
Luego, dirigiéndose a ambos, añadió:
«Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis».
Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba.
Nueve días después, a la edad de cincuenta y seis años, cuando yo tenía treinta y tres, salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita.
miércoles, 26 de agosto de 2026
Siempre hay tiempo para la conversión
"En aquel tiempo, Jesús dijo:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas..."
¿Podría hoy Jesús pensar o decir lo mismo sobre nosotros? Seguro que sí. Pero ¿por qué Jesús habla tan fuerte y tan duro sobre los escribas y fariseos? Yo creo que por dos cosas: primero porque los escribas y los fariseos son los que conocían la Verdad, los que sabían interpretar la Palabra de los Profetas y la Ley de Moisés y eran los que enseñaban a los demás cómo vivir. Y eso es lo que hacía que le "doliera" a Jesús que sabiendo las cosas, sabiendo el camino no lo recorrieran como el Padre quería, sino que se habían fabricado caminos paralelos y así no eran fieles a la Voluntad de Dios.
Y, por otro lado, el amor al Pueblo Elegido le hacía, a Jesús, sufrir por haber elegido un camino diferente al de la fidelidad a Dios. El autoconvencerse que lo que habían construido era el verdadero camino y vivirlo de ese modo sabiendo que ello no llevaba a Dios, era lo que le hacía a Jesús sufrir y, por eso, denunciar el error para que vuelvan a vivir en Dios.
¿Acaso no nos duele saber que alguien de nuestra familia, de nuestros amigos, o comunidades han equivocado el camino? ¿Acaso no nos duele a nosotros saber que alguien ha renunciado a vivir mejor por no querer reconocer el error en su vida? Y ¿no nos gustaría sacudir a esa persona para que se de cuenta que se ha equivocado, para que se de cuenta que puede todavía remediar el error y modificar su vida y alcanzar la felicidad? Pues así lo veía Jesús, quería que los escribas y fariseos pudieran descubrir el error, que se dieran cuenta que tenían que cambiar el rumbo de sus vidas porque se estaban perdiendo y mostraban una vida equivocada.
Y eso nos enseña que siempre tenemos la oportunidad de convertir nuestras vidas hacia la Voluntad de Dios, que mientras haya alguien que nos diga o nos muestre el error, tenemos tiempo para reconocerlo y modificar el rumbo, sólo necesitamos tener lo ojos abiertos a la Voluntad de Dios, a Su Palabra y Él nos dará la Gracia suficiente y necesaria para volver a ser Fieles a la Vida que nos ha regalado y que quiere que vivamos.