domingo, 16 de agosto de 2026

Todo es vanidad sin la caridad

De los tratados de San Máximo Confesor sobre la caridad

La caridad es aquella buena disposición del ánimo que nada antepone al conocimiento de Dios. Nadie que esté subyugado por las cosas terrenas podrá nunca alcanzar esta virtud del amor a Dios.
El que ama a Dios antepone su conocimiento a todas las cosas por él creadas, y todo su deseo y amor tienden continuamente hacia él.
Como sea que todo lo que existe ha sido creado por Dios y para Dios, y Dios es inmensamente superior a sus criaturas, el que dejando de lado a Dios, incomparablemente mejor, se adhiere a las cosas inferiores demuestra con ello que tiene en menos a Dios que a las cosas por él creadas.
El que me ama - dice el Señor- guardará mis mandamientos. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros. Por tanto, el que no ama al prójimo no guarda su mandamiento. Y el que no guarda su mandamiento no puede amar a Dios.
Dichoso el hombre que es capaz de amar a todos los hombres por igual.
El que ama a Dios ama también inevitablemente al prójimo; y el que tiene este amor verdadero no puede guardar para sí su dinero, sino que lo reparte según Dios a todos los necesitados.
El que da limosna no hace, a imitación de Dios, discriminación alguna, en lo que atañe a las necesidades corporales, entre buenos y malos, justos e injustos, sino que reparte a todos por igual, a proporción de las necesidades de cada uno, aunque su buena voluntad le inclina a preferir a los que se esfuerzan en practicar la virtud, más bien que a los malos.
La caridad no se demuestra solamente con la limosna, sino, sobre todo, con el hecho de comunicar a los demás las enseñanzas divinas y prodigarles cuidados corporales.
El que, renunciando sinceramente y de corazón a las cosas de este mundo, se entrega sin fingimiento a la práctica de la caridad con el prójimo pronto se ve liberado de toda pasión y vicio, y se hace partícipe del amor y del conocimiento divinos.
El que ha llegado a alcanzar en sí la caridad divina no se cansa ni decae en el seguimiento del Señor, su Dios, según dice el profeta Jeremías, sino que soporta con fortaleza de ánimo todas las fatigas, oprobios e injusticias, sin desear mal a nadie.
No digáis - advierte el profeta Jeremías-: «Somos templo del Señor». Tú no digas tampoco: «La sola y escueta fe en nuestro Señor Jesucristo puede darme la salvación». Ello no es posible si no te esfuerzas en adquirir también la caridad para con Cristo, por medio de tus obras. Por lo que respecta a la fe sola, dice la Escritura: También los demonios creen y tiemblan.
El fruto de la caridad consiste en la beneficencia sincera y de corazón para con el prójimo, en la liberalidad y la paciencia; y también en el recto uso de las cosas.

sábado, 15 de agosto de 2026

Sobre la Asunción de la Virgen María

De la constitución apostólica Munificentíssimus Deus del Papa Pío XII

Los santos Padres y grandes doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su glorificación en el cielo, a imitación de su Hijo único Jesucristo.
Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios».
Según el punto de vista de san Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
«Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta».

viernes, 14 de agosto de 2026

El mejor camino

De las cartas de San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir

Me llena de gozo, querido hermano, el celo que te anima en la propagación de la gloria de Dios. En la actualidad se da una gravísima epidemia de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no solo a los laicos, sino también a los religiosos. Con todo, Dios es digno de una gloria infinita. Siendo nosotros pobres criaturas limitadas y, por tanto, incapaces de rendirle la gloria que él merece, esforcémonos, al menos, por contribuir, en cuanto podamos, a rendirle la mayor gloria posible.
La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas, que Cristo ha redimido con el alto precio de su muerte en la cruz. La salvación y la santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más sublime de nuestra vida apostólica.
Cuál sea el mejor camino para rendir a Dios la mayor gloria posible y llevar a la santidad más perfecta el mayor número de almas, Dios mismo lo conoce mejor que nosotros, porque él es omnisciente e infinitamente sabio. Él, y solo él, Dios omnisciente, sabe lo que debemos hacer en cada momento para rendirle la mayor gloria posible. Y ¿cómo nos manifiesta Dios su propia voluntad? Por medio de sus representantes en la tierra.
La obediencia, y solo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos equivocamos nunca. Se da una excepción: cuando el superior manda algo que, con toda claridad y sin ninguna duda, es pecado, aunque este sea insignificante; porque, en este caso, el superior no sería el representante de Dios.
Dios, y solamente Dios infinito, infalible, santísimo y clemente, es nuestro Señor, nuestro Creador y Padre, principio y fin, sabiduría, poder y amor: todo. Todo lo que no sea él vale en tanto en cuanto se refiere a él, creador de todo, redentor de todos los hombres y fin último de toda la creación. Es él quien, por medio de sus representantes aquí en la tierra, nos revela su admirable voluntad, nos atrae hacia sí, y quiere, por medio nuestro, atraer el mayor número posible de almas y unirlas a sí del modo más íntimo y personal.

jueves, 13 de agosto de 2026

Lo difícil del Evangelio

“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
"Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas".
"No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros".
¿Por qué he repetido tantas frases de Jesús? Porque, muchas veces, nos olvidamos de cómo debemos vivir, de cómo debemos intentar vivir nuestro ser cristianos. Es decir, cómo debemos vivir nuestra relación fraternal con los demás, porque no siempre actuamos con amor fraternal, sino que, muchas veces, somos jueces y verdugos de nuestros hermanos, y no siempre lo hacemos con verdad. Y, muchas menos veces pedimos perdón por lo que hemos dicho o hecho, y, otras tantas, no somos capaces de perdonar a los que nos ofenden.
"Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
Y ¿cómo vivir y por qué vivir de ese modo? ¿Por qué hay que perdonar hasta 70 veces 7? ¿Por qué he de pedir perdón por lo que he dicho o hecho? Por un nuevo mandamiento que nos dio el Señor:
"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros".
Y, en este mandamiento fallamos muchos cristianos y nunca nos lo ponemos en nuestro examen de conciencia ¿he amado como el Señor me amó? ¿He perdonado tanto como el Señor me perdonó? ¿Si el Señor me juzgara como yo juzgo qué pasaría conmigo?

miércoles, 12 de agosto de 2026

Alegrarse en el Señor.

De los sermones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

El justo se alegra con el Señor, espera en él, y se felicitan los rectos de corazón. Esto es lo que hemos cantado con la boca y el corazón. Tales son las palabras que dirige a Dios la mente y la lengua del cristiano: El justo se alegra, no con el mundo, sino con el Señor. Amanece la luz para el justo - dice otro salmo-, y la alegría para los rectos de corazón. Te preguntarás el porqué de esta alegría. En un salmo oyes: El justo se alegra con el Señor, y en otro: Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón.
¿Qué se nos quiere inculcar? ¿Qué se nos da? ¿Qué se nos manda? ¿Qué se nos otorga? Que nos alegremos con el Señor. ¿Quién puede alegrarse con algo que no ve? ¿O es que acaso vemos al Señor? Esto es aún sólo una promesa. Porque, mientras sea el cuerpo nuestro domicilio, estamos desterrados lejos del Señor. Caminamos sin verlo, guiados por la fe. Guiados por la fe, no por la clara visión. ¿Cuándo llegaremos a la clara visión? Cuando se cumpla lo que dice Juan: Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.
Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión. Con todo, también ahora, antes de que esta posesión llegue a nosotros, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza, que ha de convertirse luego en posesión.
Ahora amamos en esperanza. Por esto, dice el salmo que el justo se alegra con el Señor. Y añade, en seguida, porque no posee aún la clara visión : y espera en él.
Sin embargo, poseemos ya desde ahora las primicias del Espíritu, que son como un acercamiento a aquel a quien amamos, como una previa gustación, aunque tenue, de lo que más tarde hemos de comer y beber ávidamente.
¿Cuál es la explicación de que nos alegremos con el Señor, si él está lejos? Pero en realidad no está lejos. Tú eres el que hace que esté lejos. Ámalo, y se te acercará; ámalo, y habitará en ti. El Señor está cerca. Nada os preocupe. ¿Quieres saber en qué medida está en ti, si amas? Dios es amor.
Me dirás: «¿Qué es el amor?» El amor es el hecho mismo de amar. Ahora bien, ¿qué es lo que amamos? El bien inefable, el bien benéfico, el bien creador de todo bien. Sea él tu delicia, ya que de él has recibido todo lo que te deleita. Al decir esto, excluyo el pecado, ya que el pecado es lo único que no has recibido de él. Fuera de pecado, todo lo demás que tienes lo has recibido de él.

martes, 11 de agosto de 2026

Dejarnos llevar a la meta

«En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos".
La infancia espiritual que nos propone Jesús es el camino más difícil y duro en la vida espiritual, pero es el que nos lleva a la mejor comprensión de lo que es ser hijo de Dios, y, así vivir en la completa y dulce confianza en la Providencia.
Dejarse conducir por la Mano del Señor es la forma más fácil de alcanzar la santidad, porque sabemos que no sabemos cómo llegar, pero sabemos que Él sabe cómo conducirnos y cuál es la meta que el Padre ha pensado para nuestra vida. Por eso, el que alcanza la infancia espiritual, es decir vivir en total confianza y abandono y disponibilidad a la Voluntad del Padre, es quien ha descubierto y comenzado a vivir el mejor de los tesoros de la vida cristiana.
Pero, claro, como decía al principio es el camino más arduo y difícil, y para ello se necesita haber madurado en el espíritu y tener, por ello mismo, fortaleza espiritual para aceptar que, a pesar de cumplir años, no sabemos vivir como hijos. Sí, a medida que cumplimos años, desde que dejamos de ser niños, lo que buscamos es nuestra independencia de los padres, el poder vivir libres sin tener a nadie que nos diga qué hacer o qué no hacer, pues los límites limitan nuestra libertad y eso, a ojos del mundo, nos quita personalidad.
Sin embargo el Señor nos muestra la infancia espiritual como el camino que nos da la mayor plenitud de nuestro ser pues cuando nos dejamos conducir, como lo hizo María, alcanzamos la meta de nuestra vida porque quien nos lleva de la mano es Aquél que nos tejió en el seno de nuestras madres y nos pensó desde antes de la fundación del mundo. Y por eso, cuando aceptamos esa realidad hemos de "luchar" constantemente contra nuestro ser humano para que el Espíritu nos ayuda a vaciarnos de nosotros mismos y, con su ayuda, estar siempre disponibles a "hacer lo que Él nos pida", y así, llenos de Gracias, vivir en plenitud la Vida que Jesús nos ha regalado con su muerte y resurrección.

lunes, 10 de agosto de 2026

Con alegría

"Hermanos:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
A veces creemos que el Evangelio nos obliga a vivir de determinada manera, que es todo un obligación ¡haz esto! ¡no hagas aquello! Y en realidad siempre es una invitación, una sugerencia, pues la palabra que sale de los labios de Jesús o de la mano de los escritores sagrados es una inspiración de Dios que quiere indicarnos el camino correcto. Pero, como ya en el Antiguo Testamento nos lo decía: "Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia".
Y lo mismo lo decía Jesús: "quien quiera venir detrás de mí..." No hay obligación de ser cristiano o ser de tal o cual religión, es una opción que cada uno hace. El tema está en que para hacer dicha elección tienes que saber a qué te comprometes, o qué consecuencias tiene ser de tal o cual religión. Así, conscientemente podrás decir a mí nadie me obliga a vivir de tal manera, yo he elegido este camino. Y por eso mismo Jesús nunca dejó de decirnos las consecuencias o responsabilidades que tenía el elegir Su Camino:
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
Y todo esto, como dice san Pablo, no hacerlo por obligación o a disgusto, sino que, como es opción personal y de vida, hacerlo con alegría porque sé que es el Camino que he elegido para tener vida y Vida en abundancia.