sábado, 12 de septiembre de 2026

Llenar el corazón

«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca".
¿Cuáles son los frutos de mi vida? ¿Qué cosas salen de mi boca? ¿Cómo es mi relación con los demás? Son preguntas que nos tenemos que hacer cuando hacemos el examen de conciencia para ir al Encuentro con el Señor, y, sobre todo, al encuentro con mis hermanos. Porque así como trato a mis hermanos el Señor me tratará a mí ¿lo has pensado? ¿Por qué? Porque así lo dijo Él: "lo que hacéis con uno de estos mis hermanos a Mí me lo hacéis?" Y tú te preguntarás ¿quiénes son los pequeños hermanos del Señor? Todos somos los pequeños hermanos del Señor, porque en cada uno de nosotros está el Señor, por eso, así como tratamos a nuestros hermanos el Señor está viendo.
Pero, sobre todas las cosas, tenemos que ir viendo cómo o con qué llenamos nuestro corazón, porque de la abundancia de lo que hay en él hablarán nuestros labios.
Muchas veces nos llenamos de rencores, de cosas que nos han dicho o que hemos escuchado, de pensamiento que hemos tenido y que nos ha hecho daño, y vamos dejando que se acumulen en el corazón restos de malos deseos, de envidias, de rencores, de sensaciones hacia los demás, y, por eso "descargamos" nuestros maldades con los demás. Y, muchas veces, nos encarnizamos con alguien y vamos una y otra vez contra la misma persona. ¿Cómo habla eso de nosotros? Porque, como dice por ahí: las palabras hablan más de quien las dice de quién la recibe.
Busca siempre descansar en el Señor, que todos esos malos sentimientos los purifiques con el sacramento de la penitencia y reconciliación para que tu corazón esté siempre lleno del Amor del Señor y puedas sembrar paz, amor, justicia, fraternidad, alegría, esperanza que son los frutos del Espíritu en nosotros.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Corrige a tu hermano

Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. V)

«¿Cómo dices a tu hermano: “Deja que te saque la mota del ojo, si tienes una viga en el tuyo”? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano.» (Mt 7,3ss). Es decir: sacúdete de encima el odio. Entonces podrás corregir a aquel que amas. El evangelio dice con razón «hipócrita». Reprender los vicios es propio de los hombres justos y buenos. Cuando lo hacen los malvados usurpan el papel de los buenos. Hacen pensar en los comediantes que esconden su identidad detrás de una máscara…
Cuando estamos obligados a corregir o a reprender, prestemos atención escrupulosa a la siguiente pregunta: ¿No hemos caído nunca en esta falta? ¿Nos hemos curado de ella? Aun si nunca la hubiésemos cometido, acordémonos de que somos humanos y de que hubiéramos podido caer en ella. Si, por el contrario, la hemos cometido en el pasado, acordémonos de nuestra fragilidad para que la benevolencia nos guíe en la corrección o la reprensión y no el odio. Independientemente de que el culpable se enmiende o no —el resultado siempre es incierto—, por lo menos podremos estar seguros de que nuestra mirada sobre él se ha mantenido pura. Pero, si en nuestra introspección descubrimos el mismo defecto que pretendemos reprender en el otro, en lugar de corregirlo, lloremos con el culpable. No le pidamos que nos obedezca, sino invitémosle a que nos acompañe en nuestro esfuerzo de corregirnos.
El Señor, en este pasaje, nos pone en estado de alerta contra el juicio temerario e injusto. Él quiere que actuemos con un corazón sencillo y que sólo a Dios dirijamos nuestra mirada. Puesto que el verdadero móvil de muchas acciones se nos escapa, sería temerario hacer juicios sobre ellas. Los que más prontamente y de manera temeraria juzgan y censuran a los demás son los que prefieren condenar antes que corregir y conducir al bien, y esto denota orgullo y mezquindad… Un hombre, por ejemplo, peca por cólera; tú le reprendes con odio. La misma distancia hay entre la cólera y el odio que entre la mota y la viga. El odio es una cólera inveterada que, con el tiempo, ha tomado esta gran dimensión y que, justamente, merece el nombre de viga. Puede ocurrirte que te encolerices deseando corregir, pero el odio no corrige jamás. Primeramente echa lejos de ti el odio; después podrás corregir al que ama.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Amor a los enemigos

De Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia (s. XIX)

El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 43-44). La verdad es que en el Carmelo una no encuentra enemigos, pero sí que hay simpatías. Se siente atracción por una hermana, mientras que ante otra darías un gran rodeo para evitar encontrarte con ella, y así, sin darse cuenta, se convierte en motivo de persecución. Pues bien, Jesús me dice que a esa hermana hay que amarla, que hay que rezar por ella, aun cuando su conducta me indujese a pensar que ella no me ama: “Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman”(Lucas, 6).
Y no basta con amar, hay que demostrarlo. Es natural que nos guste hacer un regalo a un amigo, y sobre todo que nos guste dar sorpresas. Pero eso no es caridad, pues también los pecadores lo hacen. Y Jesús nos dice también: “A todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Dar a todas las que pidan gusta menos que ofrecer algo una misma por propia iniciativa.
Si es difícil dar a todo el que nos pide, lo es todavía mucho más dejar que nos cojan lo que nos pertenece, sin reclamarlo. Digo, Madre, que es difícil, pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es suave y ligero (Mt 11, 30). Cuando lo aceptamos, sentimos enseguida su suavidad y exclamamos con el salmista: “Corrí por el camino de tus mandatos cuando me ensanchaste el corazón” (Ps 118, 32). Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. Y desde que esta dulce llama lo consume, Jesús, corro alegre por el camino de tu mandato nuevo (Jn. 13, 34)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Bienaventurados!

Meditación de San Carlos de Foucauld (s. XIX)

Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.
Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloramos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.
Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor por estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!
Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén.

martes, 8 de septiembre de 2026

Sobre su nacimiento

 Homilía de Ruperto de Deutz, monje benedictino (s. XII)

Se nos lee la genealogía de Cristo en san Mateo. Esta costumbre, tradicional en la santa Iglesia, tiene un bello y misterioso motivo. Porque en verdad esta lectura nos presenta la escalera que Jacob vio de noche durante un sueño (Gn 28, 11s). En lo alto de esta escalera, que por la parte alta tocaba al cielo, el Señor, apoyado en ella, se apareció a Jacob y le prometió darle en herencia la tierra. Ahora bien, sabemos que «estas cosas sucedieron en figura para nosotros» (1Co 10, 11), ¿Qué prefiguraba, pues, esta escalera sino la casta de la que Jesucristo debía nacer, casta que el santo evangelista, con boca divina, ha hecho subir de manera tal que acaba en Cristo pasando por José? Es en este José a quien Jesús, niño pequeño, se apoyó. A través de la «puerta del cielo» (Gn 28, 17), es decir, por la Bienaventurada Virgen María, hecho niño por nosotros, salió gimiendo. Durante el sueño, Jacob oyó que el Señor le decía: «Todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya» y ahora por el nacimiento de Cristo, se cumple esta realidad.
Es esto mismo lo que el evangelista veía cuando puso en su genealogía a Rahab la prostituta y a Ruth la moabita; porque veía muy claro que Cristo no vino en la carne solamente para los judíos, sino también para los paganos, él que se digno recibir antepasadas salidas de entre los paganos. Venidos, pues, de los dos pueblos, judíos y paganos, como los dos lados de la escalera, los padres antiguos, situados a diferentes grados, sostienen a Cristo Señor que sale de lo alto de los cielos. Y todos los santos ángeles bajan y suben a lo largo de esta escalera, y todos los elegidos entran, primero, en el movimiento de descenso de esta escalera para recibir, humildemente, la fe en la encarnación del Señor, y seguidamente son elevados a fin de contemplar la gloria de su divinidad.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Sin descuidar lo importante

 San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV)


La mano que Adán había alargado para coger el fruto del árbol prohibido, el Señor la impregnó de la savia saludable de las buenas obras, a fin de que, secada por la falta, fuera curada por las buenas obras. En esta ocasión Jesús acusa a sus adversarios que, con su falsas interpretaciones, violaban los preceptos de la Ley; ellos defendían que en día de sábado era preciso no hacer ni tan sólo buenas obras, siendo así que la Ley, que prefiguraba en el presente lo que debía ser en el futuro, dice, ciertamente, que es el mal el que no debe trabajar, pero no el bien.


Has oído las palabras del Señor: «Extiende el brazo». Este es el remedio para todos. Y tú que crees tener sana la mano, vigila la avaricia, vigila que el sacrilegio no la paralice. Extiéndela a menudo: extiéndela hacia el pobre que te suplica, extiéndela para ayudar al prójimo, para socorrer a la viuda, para arrancar de la injusticia al que ves sometido a una vejación inmerecida; extiéndela hacia Dios por tus pecados. Es de esta manera que se extiende la mano; es de esta manera que sana

domingo, 6 de septiembre de 2026

Corrección con amor

"Hermanos:
A nadie le debáis nada, más que amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor".
Se podría decir que la exhortación que hace Dios por el Profeta Ezequiel y lo que nos pide Jesús en el Evangelio se sintetizan, o encuentran su respuesta en esta recomendación de san Pablo.
Cuando se ama de verdad se está atento al hermano, sea quien sea, y se intenta ayudarlo para que encuentre el Camino de la conversión, el camino de la Vida, pues cuando se ama al otro intentamos cuidarlo de sus caídas, ayudarlo a levantarse, acompañarlo en el camino de retorno al Padre.
Claro está que el amor tiene que ser verdadero hacia el otro, porque cuando uno se ama a sí mismo, fruto del egoísmo y del egocentrismo, entonces lo que voy a hacer será reprenderlo porque lo que está haciendo no me gusta a mí, o yo creo que tendría que ser de otro modo, y eso jamás ayudará a mi hermano a ser lo que Dios quiere que sea.
La corrección fraterna al hermano que se refiere Jesús es cuando veo que su vida está yendo fuera de la Voluntad de Dios, que no está viviendo conforme a los mandamientos o a los consejos evangélicos y quiero, en verdad y por amor, ayudarlo a salvar su alma.
Por eso, cuando voy a confesarme con el sacerdote, él tiene que guardar sigilo sacramental de los pecados del penitente, porque eso también entra dentro de la corrección fraterna. Debo velar para que sus errores y pecados no sean conocidos más que por el Padre del Cielo que conoce los secretos del corazón. Y esa confesión es la que sana y salva, sana porque nos da la Gracia para sanar el dolor que el pecado produce en el alma, y nos ayuda a seguir caminando hacia nuestra santidad y salvación.
Así, en la corrección fraterna entre hermanos tengo que comenzar hablando en privado para no dar a conocer los errores de mi hermano para ayudarlo a cambiar, y no comenzar por el final haciendo un chusmerío a todo el mundo de lo que yo considero sus pecados.