viernes, 10 de abril de 2026

La pesca milagrosa

 

Gianfranco Zevini – Pietro Cabra (s. XX)
 
La «pesca milagrosa» presenta la tercera aparición del Resucitado a los discípulos-pescadores, reunidos junto a la orilla del lago Tiberíades. El encuentro de Jesús con los suyos, que habían vuelto a su trabajo, describe de manera simbólica la misión de la Iglesia primitiva y el retrato de cada comunidad. Éstas permanecen estériles cuando se quedan privadas de Cristo, pero se vuelven fecundas cuando obedecen a su Palabra y viven de su presencia. El texto se compone de dos fragmentos en el ámbito de la redacción: a) ambientación de la aparición en Galilea (vv. 1-5); b) la pesca milagrosa y el reconocimiento de Jesús (vv. 6-14).
El reducido grupo de los discípulos, con Pedro a la cabeza, representa a toda la Iglesia en misión. Pero sin Jesús en la barca, el fracaso de la «pesca» 😊 misión) es total y anda a tientas en la «noche» (v 3). Frente a la conciencia de no triunfar por sí solos en la empresa, interviene Jesús -«al clarear el día» (v 4)- con el don de su Palabra, premiando a la comunidad que ha perseverado unida en el trabajo apostólico: «Echad la red al lado derecho de la barca y pescaréis» (v 6). La obediencia a la Palabra produce el resultado de una pesca abundante. Los discípulos se fiaron de Jesús y experimentaron con el Señor la desconcertante novedad de su vida de fe. Jesús les invita después al banquete que él mismo ha preparado: «Venid a comer» (v 12).
En el banquete, figura de la eucaristía, es el mismo Jesús quien da de comer, haciéndose presente de una manera misteriosa. Los discípulos son ahora presa del escalofrío que les produce el misterio divino. La conclusión del evangelista es una invitación a la comunidad eclesial de todos los tiempos para que vuelva a encontrar el sentido de su propia vocación y ponga a Jesús como Señor de la vida, de suerte que, a través de la escucha de la Palabra y de la eucaristía 😊 las dos mesas), la Iglesia haga fructuosos todos sus compromisos entre los hombres.

jueves, 9 de abril de 2026

Nos alimentamos con Su Cuerpo y Sangre

Del Tratado sobre la Pascua de Eusebio de Cesarea, obispo

Los seguidores de Moisés inmolaban el cordero pascual una vez al año, el día catorce del primer mes, al atardecer. En cambio, nosotros, los hombres de la nueva Alianza, que todos los domingos celebramos nuestra Pascua, constantemente somos saciados con el cuerpo del Salvador, constantemente participamos de la sangre del Cordero; constantemente llevamos ceñida la cintura de nuestra alma con la castidad y la modestia, constantemente están nuestros pies dispuestos a caminar según el evangelio, constantemente tenemos el bastón en la mano y descansamos apoyados en la vara que brota de la raíz de Jesé, constantemente nos vamos alejando de Egipto, constantemente vamos en busca de la soledad de la vida humana, constantemente caminamos al encuentro con Dios, constantemente celebramos la fiesta del «paso» (Pascua).
Y la palabra evangélica quiere que hagamos todo esto no sólo una vez al año, sino siempre, todos los días. Por eso, todas las semanas, el domingo, que es el día del Salvador, festejamos nuestra Pascua, celebramos los misterios del verdadero Cordero, por el cual fuimos liberados. No circuncidamos con cuchillo nuestro cuerpo, pero amputamos la malicia del alma con el agudo filo de la palabra evangélica. No tomamos ázimos materiales, sino únicamente los ázimos de la sinceridad y de la verdad. Pues la gracia que nos ha exonerado de los viejos usos, nos ha hecho entrega del hombre nuevo creado según Dios, de una ley nueva, de una nueva circuncisión, de una nueva Pascua, y de aquel judío que se es por dentro. De esta manera nos liberó del yugo de los tiempos antiguos.
Cristo, exactamente el quinto día de la semana, se sentó a la mesa con sus discípulos, y mientras cenaba, dijo: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer. En realidad, aquellas Pascuas antiguas o, mejor, anticuadas, que había comido con los judíos, no eran deseables; en cambio, el nuevo misterio de la nueva Alianza, de que hacía entrega a sus propios discípulos, con razón era deseable para él, ya que muchos antiguos profetas y justos anhelaron ver los misterios de la nueva Alianza. Más aún, el mismo Verbo, ansiando ardientemente la salvación universal, les entregaba el misterio Y, que todos los hombres iban a celebrar en lo sucesivo, y declaraba haberlo él mismo deseado.
La pascua mosaica no era realmente apta para todos los pueblos, desde el momento en que estaba mandado celebrarla en lugar único, es decir, en Jerusalén, razón por la cual no era deseable. Por el contrario, el misterio del Salvador, que en la nueva Alianza era apto para todos los hombres, con toda razón era deseable.
En consecuencia, también nosotros debemos comer con Cristo la Pascua, purificando nuestras mentes de todo fermento de malicia, saciándonos con los panes ázimos de la verdad y la simplicidad, incubando en el alma aquel judío que se es por dentro, y la verdadera circuncisión, rociando las jambas de nuestra alma con la sangre del Cordero inmolado por nosotros, con miras a ahuyentar a nuestro exterminador. Y esto no una sola vez al año, sino todas las semanas.
Nosotros celebramos a lo largo del año unos mismos misterios, conmemorando con el ayuno la pasión del Salvador el Sábado precedente, como primero lo hicieron los apóstoles cuando se les llevaron el Esposo. Cada domingo somos vivificados con el santo Cuerpo de su Pascua de salvación, y recibimos en el alma el sello de su preciosa sangre.

miércoles, 8 de abril de 2026

En el camino de Emaús

Comentario de San Beda el Venerable, doctor de la iglesia.

«A un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén» Esta es Nicópolis, ciudad distinguida de la Palestina que después de la guerra de la Judea fue restaurada por el príncipe Marco Aurelio Antonino, habiéndole cambiado la forma y el nombre. Un estadio -como dicen los griegos-, es un espacio de camino determinado [1], como había dispuesto Hércules, y es la octava parte de una milla, por lo tanto, sesenta estadios representan un espacio de siete mil cincuenta pasos, esto es siete millas y media. Este fue el espacio de camino que recorrieron aquellos que, estando seguros de la muerte y sepultura del Salvador, aún dudaban acerca de su resurrección. Porque nadie dudará que la resurrección -que se verificó después del séptimo día llamado sábado- está representada en el número ocho. Los discípulos que marchaban hablando del Señor habían completado seis millas del camino emprendido, porque se dolían de que El, habiendo vivido sin ofensa, hubiera llegado a la muerte que sufrió en el sexto día de la semana. Habían completado también la séptima milla porque no dudaban que hubiese descansado en el sepulcro. Pero no habían recorrido más que la mitad de la octava milla, porque no creían de un modo perfecto en la gloria de la resurrección que ya se había verificado.
«Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;» Cuando hablaban de Él, Jesús se aproximó y los acompañaba, para inculcar en ellos la fe de la resurrección y para cumplir lo que había ofrecido, de que «cuando estén congregados en mi nombre dos o tres, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).
«Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?”» Dice esto porque lo creían un peregrino, cuya cara no conocían. Y en verdad que para ellos era un peregrino, porque una vez realizada la gloria de la resurrección estaba muy distante de ellos, por lo que aparecía como peregrino para ellos, puesto que no creían aún en su resurrección. Pero el Señor pregunta: «Él les dijo: “¿Qué cosas?”». Y se pone a continuación la respuesta, cuando dicen: «Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta”» Le confiesan profeta y se callan que sea Hijo de Dios porque como aún no creían con verdadera fe, y andaban con recelos de caer en manos de los judíos que los perseguían, como no sabían quién era, ocultaban lo que en realidad creían. A cuya recomendación añadieron: «poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”».
«Nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.» Con razón, pues, andaban tristes, y se reprendían a sí mismos por haber llegado a esperar que los redimiría Aquel que ya estaba muerto y en cuya resurrección no creían. Pero lo que más sentían era que había sido muerto sin motivo alguno, cuando lo creían inocente.
«Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.» Si Moisés y los profetas han hablado de Jesucristo y han predicho que entraría en la gloria por medio de la pasión, ¿cómo puede gloriarse de llevar el nombre de cristiano quien no se ocupa de investigar de qué modo las Escrituras se refieren a Cristo? En este concepto no aspira a la gloria que desea tener con Cristo por medio de la pasión.
«Decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”» Parece muy natural que el primero de los hombres a quien Jesús debía aparecerse era a Pedro, como atestiguan los cuatro evangelistas y San Pablo.

martes, 7 de abril de 2026

Un encuentro que ilumina

San Juan Pablo II, papa (s. XX)

También el episodio de la aparición a María de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrá que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de fe, de oración y de apostolado.
Algunas características de estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en la relación del hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado o «visitado» por Él.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante Él. Se le ama, se le busca, pero, en el momento en el que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación.
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20, 16), como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos (cf. Lc 24, 25-48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.
Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección, sino también la identidad de Aquel que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo «transformado». No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de Él mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: «¿No estaba ardiendo nuestro Corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32). «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). «He visto al Señor» (Jn 20, 18). ¡Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio de dolor y de muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.

lunes, 6 de abril de 2026

Anunciarlo a todos

 Sermón de San Pedro Crisólogo, obispo (s. V) 


El ángel dijo a las mujeres: «Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”» (Mt 28, 7). Al decir esto, el ángel no se dirigía a María Magdalena ni a la otra María, sino que a estas dos mujeres, él encomendaba la misión para la Iglesia, él estaba enviando a la Esposa en busca del Esposo.


Mientras ellas se marchaban, el Señor salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: «Os saludo, alegraos» (griego). Él le había dicho a sus discípulos: «No saludéis a nadie en el camino» (Lc 10, 4); ¿cómo es que en el camino Él acudió al encuentro de estas mujeres y las saludó con tanta alegría? Él no espera ser reconocido, no busca ser identificado, no se deja cuestionar, sino que se adelanta con gran ímpetu hacia este encuentro.


Esto es lo que provoca la fuerza del amor; ésta fuerza es más fuerte que todo, la que todo sobrepasa. Al saludar a la Iglesia, es al mismo Cristo al que saluda, porque Él la ha hecho suya, ésta es su carne, su cuerpo, como lo atestigua el apóstol Pablo: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1, 18). Sí, es a la Iglesia en su plenitud a la que personifican estas dos mujeres. Él dispone que estas mujeres ya han alcanzado la madurez de la fe: ellas dominaron sus debilidades y se apresuraron hacia el misterio, ellas buscan al Señor con todo el fervor de su fe. Este es el motivo por el que merecen que Él se entregue a ellas al ir a buscarlas y decirles: «Os saludo, alegraos». Él les deja no solo tocarle, sino también aferrarse a Él en la misma medida de su amor. Estas mujeres son en el seno de la Iglesia, un ejemplo de predicación de la Buena Noticia.

domingo, 5 de abril de 2026

Id a decir a los discípulos

 De los comentarios de San Pedro Crisólogo, obispo


El ángel dijo a las mujeres: «Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”» (Mt 28, 7). Al decir esto, el ángel no se dirigía a María Magdalena ni a la otra María, sino que a estas dos mujeres, él encomendaba la misión para la Iglesia, él estaba enviando a la Esposa en busca del Esposo.


Mientras ellas se marchaban, el Señor salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: «Os saludo, alegraos» (griego). Él le había dicho a sus discípulos: «No saludéis a nadie en el camino» (Lc 10, 4); ¿cómo es que en el camino Él acudió al encuentro de estas mujeres y las saludó con tanta alegría? Él no espera ser reconocido, no busca ser identificado, no se deja cuestionar, sino que se adelanta con gran ímpetu hacia este encuentro.


Esto es lo que provoca la fuerza del amor; ésta fuerza es más fuerte que todo, la que todo sobrepasa. Al saludar a la Iglesia, es al mismo Cristo al que saluda, porque Él la ha hecho suya, ésta es su carne, su cuerpo, como lo atestigua el apóstol Pablo: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1, 18). Sí, es a la Iglesia en su plenitud a la que personifican estas dos mujeres. Él dispone que estas mujeres ya han alcanzado la madurez de la fe: ellas dominaron sus debilidades y se apresuraron hacia el misterio, ellas buscan al Señor con todo el fervor de su fe. Este es el motivo por el que merecen que Él se entregue a ellas al ir a buscarlas y decirles: «Os saludo, alegraos». Él les deja no solo tocarle, sino también aferrarse a Él en la misma medida de su amor. Estas mujeres son en el seno de la Iglesia, un ejemplo de predicación de la Buena Noticia.

sábado, 4 de abril de 2026

El sepulcro vacío

 San Juan Pablo II, papa (s. XX) • extracto de la catequesis


Cuando considero los acontecimientos pascuales, el primer elemento ante el que me encuentro es el «sepulcro vacío». Sé que no es por sí mismo una prueba directa, porque la ausencia del cuerpo «podría explicarse de otra forma», como pensó María Magdalena al suponer que alguien habría sustraído el cuerpo de Jesús. También recuerdo que el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había sido robado por los discípulos. Y, sin embargo, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo impresionante, y para las personas de buena voluntad fue el primer paso hacia el reconocimiento del hecho de la resurrección.


Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana se habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Ellas fueron las primeras en acoger el anuncio: «Ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro». Aunque estaban sorprendidas y asustadas, «recordaron sus palabras» y, en su sensibilidad y finura intuitiva, se aferraron a la realidad y corrieron a dar la alegre noticia. Sé por Mateo que Jesús mismo les salió al encuentro, las saludó y les renovó el mandato. De esta forma, las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección, hecho elocuente sobre la importancia de la mujer en los días del acontecimiento pascual.


Entre los que recibieron el anuncio estaban Pedro y Juan. Ellos se acercaron al sepulcro «no sin titubeos», porque habían oído hablar de una sustracción del cuerpo. Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío y «terminaron creyendo», porque «hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar». El hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. Incluso la dificultad de las tradiciones para dar una relación plenamente coherente confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los testigos.


Pero debo considerar otro dato: aunque el sepulcro vacío podía generar sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección. Las mujeres y los Apóstoles se encontraron ante un «signo» particular: el signo de la victoria sobre la muerte. El sepulcro cerrado testimoniaba la muerte; el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte. Recuerdo el estado de ánimo de las mujeres que se decían: «¿Quién nos retirará la piedra?», y que después constataron con maravilla que «la piedra estaba corrida aunque era muy grande». Aunque «un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas», llevaron el anuncio, porque el sepulcro vacío con la piedra corrida fue el primer signo.


Para las mujeres y para los Apóstoles, el camino abierto por el signo se concluye mediante el encuentro con el Resucitado. Entonces la percepción tímida e incierta se convierte en convicción y fe en Aquel que «ha resucitado verdaderamente». Las mujeres «se arrojaron a sus pies y lo adoraron». María Magdalena, al escuchar su nombre, dijo «Rabbuní» y corrió radiante a anunciar: «¡He visto al Señor!». Los discípulos, al verlo en el Cenáculo, «se alegraron al ver al Señor».


Y puedo afirmar: «El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe».