domingo, 17 de mayo de 2026

Enviados de lo alto

 “Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Siempre me ha llamado la atención este pasaje de la Ascensión del Señor, pues ante la sorpresa y, supongo, alegría y tristeza, de los discípulos viendo al Señor ascender a los Cielos, los ángeles les llaman la atención y los invita a dejar de mirar al cielo. Y, en realidad, es lo que nos muestra cómo ha de ser nuestra vida contemplativa en la vida cotidiana: nos ponemos en oración para que nuestro espíritu se una al Espíritu Santo y nos transmita o nos haga comprender la Voluntad de Dios para que la vivamos en el día a día, en nuestra propia realidad, pero con el corazón lleno de Cielo, para que ese Cielo que anhelamos lo podamos traer a la tierra: “venga a nosotros tu Reino”.

Así aquello que rezamos cada día lo vamos haciendo realidad, porque nos alimentamos de los frutos del Espíritu para poder construir el Cielo en la Tierra, pues esa es la misión que nos encomendó el Señor antes de partir:

“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

Miramos al Cielo para conocer la Voluntad de Dios. Recibimos del Cielo los Dones del Espíritu para poder vivir la Voluntad de Dios. Caminamos en el mundo de todos los días para hacer realidad lo que hemos recibido del Cielo. Recorremos el Camino de la santidad para poder enseñar con nuestra vida lo que significa haber recibido de lo Alto la dignidad y la alegría de ser hijos de Dios por el Hijo, quien con su muerte y resurrección nos ha dado una Vida Nueva para poder llevar al mundo e iluminar las tinieblas del pecado y mostrar el Camino de la Salvación, el Camino de la Vida.

sábado, 16 de mayo de 2026

Dejarnos iluminar

 “Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías”.

¡Qué interesante que es este pasaje del libro de los Hechos!

Al ver que Apolo tenía ciertas lagunas en la fe, sus hermanos, Aquila y Priscila, se lo explicaron mejor. Y aquí hay dos cosas a tener en cuenta:

1. Que se hayan dado cuenta de las lagunas en el conocimiento de Dios y, con amor fraterno y en privado, le ayudaron a comprender mejor lo que estaba viviendo  y predicando. La cercanía de los hermanos hace que estemos pendiente al otro para ayudarlo desde la confianza y el amor fraterno, no sintiéndonos los mejores sabios sino dando aquello que, también a nosotros, nos han regalado y ofrecerlo para que el otro pueda vivir mejor su fe.

2. La humildad de Apolo de dejarse ayudar por Priscila y Aquila. Porque no siempre nos dejamos acompañar, y, sobre todo, cuando alguien nos quiere ayudar a comprender mejor o a decirnos que hemos cometido algún error. El pecado de la vanidad o el orgullo nos impide, muchas veces, aceptar lo que el otro me está diciendo, indicando o corrigiendo. Sin embargo cuando abrimos nuestro corazón a la corrección fraterna ganamos en sabiduría y en amor.

Así, pues, Apolo pudo abrir su corazón no sólo a lo que sabían y conocían Priscila y Aquila, sino que pudo, por medio de ellos, recibir un mejor conocimiento de aquello que él había aprendido y que había querido darlo a conocer, así, por medio de los hermanos pudo profundizar en su fe y dar un mejor y mayor testimonio de lo que creía y vivía.

viernes, 15 de mayo de 2026

Nuestras obras

 Sermón de San Agustín de Hipona.


Sed ricos en buenas obras, dice el Señor. Éstas son las riquezas que debéis ostentar, que debéis sembrar. Éstas son las obras a las que se refiere el Apóstol, cuando dice que no debemos cansarnos de hacer el bien, pues a su debido tiempo recogeremos. Sembrad, aunque no veáis todavía lo que habéis de recoger. Tened fe y seguid sembrando. ¿Acaso el labrador, cuando siembra, contempla ya la cosecha? El trigo de tantos sudores, guardado en el granero, lo saca y lo siembra. Confía sus granos a la tierra. Y vosotros, ¿no confiáis vuestras obras al que hizo el cielo y la tierra?

Fijaos en los que tienen hambre, en los que están desnudos, en los necesitados de todo, en los peregrinos, en los que están presos. Todos éstos serán los que os ayudarán a sembrar vuestras obras en el cielo... La cabeza, Cristo, está en el cielo, pero tiene en la tierra sus miembros. Que el miembro de Cristo dé al miembro de Cristo; que el que tiene dé al que necesita. Miembro eres tú de Cristo y tienes que dar, miembro es él de Cristo y tiene que recibir. Los dos vais por el mismo camino, ambos sois compañeros de ruta. El pobre camina agobiado; tú, rico, vas cargado. Dale parte de tu carga. Dale, al que necesita, parte de lo que a ti te pesa. Tú te alivias y a tu compañero le ayudas.

jueves, 14 de mayo de 2026

Alcanzar la plenitud

 “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

A veces no entendemos el por qué tenemos que cumplir los mandamientos y buscar el vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. No comprendemos o no queremos comprender por qué tenemos que unir nuestra vida a estas enseñanzas.

Por un lado sólo es una exigencia para aquellos que, libre y conscientemente, han asumido ser cristianos, pues si no quieres ser cristiano no debes vivir las exigencias del Evangelio, eso está claro. Pero si quieres recibir los beneficios de la Gracia de estar unido a Cristo es una condición vivir como Cristo.

Pero, en realidad, lo que quiero es que sepamos cuál es la consecuencia de todo lo que Jesús nos ha mandado vivir: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Que nuestra alegría llegue a plenitud, ese es el resultado de aprender a vivir como Jesús, una alegría que no es de este mundo, una paz que no es de este mundo porque la alegría y la paz nos la da Él cuando nos unimos plenamente a Él.

Por eso, para alcanzar esa plenitud debemos entrar en una comunión intensa y constante con el Señor, con el Padre y recibir por eso y para eso los Dones del Espíritu que nos enseñan, nos animan y nos fortalecen para mantenernos fieles al Camino que nos conduce a la plenitud de la vida.

Es Él mismo quien nos da la fórmula para alcanzar esta plenitud pues unidos a Él con verdadera amistad podremos vivir lo que Él mismo vivió:

“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.

Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.

Así, a medida que vamos profundizando en esta amistad vamos entrando en comunión con Él y Él con nosotros, haciendo que nuestra vida ya no sea pertenencia nuestra sino que sea pertenencia de Él, para que un día podamos, como san Pablo, decir: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”, y ese día será cuando nuestra alegría y vida llegue a su plenitud.

miércoles, 13 de mayo de 2026

La llave del conocimiento

Simeón el Nuevo Teólogo, monje místico griego (s. X)


La «llave del conocimiento» (Lc 11, 52) no es otra cosa que la gracia del Espíritu Santo. Se da por la fe. Por la iluminación, produce realmente el conocimiento y hasta el conocimiento pleno. Despierta nuestro espíritu encerrado y oscurecido, a menudo con parábolas y símbolos, pero también con afirmaciones más claras hechas atenciones en el sentido espiritual de la palabra. Si la llave no es buena, la puerta no se abre. Porque, dice el Buen Pastor,» es a él a quien el portero abre » (Jn 10, 3). Pero si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, porque Cristo dijo: «Nadie va al Padre sin pasar por mí» (Jn 14, 6).

Por tanto, es el Espíritu Santo, el primero, que despierta nuestro espíritu y nos enseña lo que concierne al Padre y el Hijo. Cristo nos dice esto también: «Cuando venga, él, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, dará testimonio en mi favor, y os guiará hacia la verdad plena» (Jn 15, 26; 16, 13). Ved cómo, por el Espíritu o más bien en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer, inseparablemente.

Si se llama llave al Espíritu Santo, es porque, por él y en él primero, tenemos el espíritu iluminado. Una vez purificados, somos iluminados por la luz del conocimiento. Somos bautizados desde lo alto, recibimos un nuevo nacimiento y llegamos a ser hijos de Dios, como dice san Pablo: «El Espíritu Santo clama por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). Y todavía más: «Dios derramó su Espíritu en nuestros corazones que grita: ‘Abba, Padre'» (Ga 4, 6). Es pues él quien nos muestra la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que, aquel que habita en la casa, es él también luz inaccesible.

martes, 12 de mayo de 2026

El Espíritu nos fortalece

San Juan Pablo II, papa (s. XX) • Catequesis, audiencia general, 26-06-1991.

Los hombres de hoy, particularmente expuestos a los asaltos, insidias y seducciones del mundo, tienen especial necesidad del don de la fortaleza; es decir, del don del valor y la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que asedia a quien vive en la tierra, para desviarlo del camino del cielo. Especialmente en los momentos de tentación y de sufrimiento, muchos corren el riesgo de vacilar o de ceder. También los cristianos corren siempre el riesgo de caer desde la altura de su vocación y de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que les ha sido concedida como un germen de vida eterna. Precisamente por esto, Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (cf. Jn 16, 5-15). Por medio de él se nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación en nosotros de la misma potencia y firmeza del Ser divino (cf. Summa Theologica, I-II, q. 61, a. 5; q. 68, a. 4).
En Pentecostés, el Espíritu Santo, que manifiesta su poder con el signo simbólico del viento impetuoso (cf. Hch 2, 2), comunica a los Apóstoles y a cuantos se encuentran con ellos “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1) la nueva fortaleza prometida por Jesús en su discurso de despedida (cf. Jn 16, 8-11), y poco antes de la Ascensión: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros.” (Hch 1, 8; cf. Lc 24, 49).
Se trata de una fuerza interior, arraigada en el amor (cf. Ef 3, 17), como escribe san Pablo a los Efesios: el Padre “os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3, 16). Pablo pide al Padre que dé a los destinatarios de su carta esta fuerza superior, que la tradición cristiana incluye entre los “dones del Espíritu Santo”, tomándolos del texto de Isaías, quien los enumera como propiedades del Mesías (cf. Is 11, 2 ss.). El Espíritu Santo comunica también a los seguidores de Cristo, entre los dones que colman su alma santísima, la fortaleza, de la que él fue modelo en su vida y en su muerte. Se puede decir que al cristiano empeñado en la “batalla espiritual” se le comunica la fortaleza de la cruz.
El Espíritu interviene con una acción profunda y continua en todos los momentos y bajo todos los aspectos de la vida cristiana, con el fin de orientar los deseos humanos en la dirección justa, que es la del amor generoso a Dios y al prójimo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Con este fin, el Espíritu Santo robustece la voluntad, haciendo que el hombre sea capaz de resistir a las tentaciones, vencer en las luchas interiores y exteriores, derrotar el poder del mal y, en particular, a Satanás, como Jesús, a quien el Espíritu llevo al desierto (cf. Lc 4, 1), y realizar la empresa de una vida de acuerdo con el Evangelio.

lunes, 11 de mayo de 2026

Nos enviará un Defensor

San Ireneo de Lyon, obispo y Padre de la Iglesia (s. II) • Tratado contra las Herejías.

El Señor dijo a los discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Con este mandato, les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios. Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos, y que éstos profetizarían.
Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: «Confírmame en el Espíritu generoso» (Sal 51[50], 14).
Gedeón había profetizado que se extendería el rocío sobre toda la tierra, que es el Espíritu de Dios. Es precisamente este Espíritu el que descendió sobre el Señor: «Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 2-3).
Así el Señor prometió a la Samaritana «un agua viva», «para que nunca más tuviera sed» y no se viera obligada a sacar agua con dificultad ya que ella misma poseía un agua «que brotaba hasta la vida eterna» (Jn 4, 10-14). Se trata de poder beber lo que el Señor ha recibido de su Padre, y que a su regreso da a los que esperan en él, enviando el Espíritu Santo sobre toda la tierra.
El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre (Mt 3, 16), para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de hombre viejo a nuevo en Cristo.
El Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo (Lc 10, 18); por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y ya que tenemos quien nos acusa (Ap 12, 10), tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones (Lc 10, 30), del cual se compadeció, y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu «la imagen y la inscripción» (Lc 20, 23) del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses (cf Mt 25, 14s).