El evangelio de hoy nos recuerda el deseo que tenía santa Teresita de poder ser como los apóstoles y salir por el mundo para comunicar a todos los hombres el mensaje de amor del Evangelio, de Jesús. Su deseo de ser apóstol, misionera, mártir y todos los demás rubros de un cristiano lo pudo vivir de un modo especial y extraordinario.
Su Caminito de la vida espiritual que nos ofreció con su vida es lo más hermoso que podemos llegar a vivir en nuestra vida espiritual, porque, en realidad, como ella lo llamó es una caminito, no es un Camino porque Jesús es el Camino, y ella siempre se sintió demasiado pequeña como para poder trabas al deseo de Jesús.
Y, entonces cuál es la enseñanza de Teresita: aceptar nuestra pequeñez para que el Señor pueda llevarnos por donde Él necesite y quiera, como diría Teresa de Ávila: si quiere que trabaje, trabajar, si quiere que esté de ocio, hacerlo. Lo que Él quiera es lo que yo quiero aunque eso me cueste hacerlo y aceptarlo.
Ese Caminito de la infancia espiritual de Teresita de Lisieux es así como el más bello para nuestra vida, es el más difícil de llevar a la práctica, porque ninguno de nosotros, seamos jóvenes o adultos o muy maduros, no somos dóciles para dejar que sea otro quien maneje nuestras vidas. Pero eso nos sucede porque todavía no hemos conocido verdaderamente al Amor de los amores, no hemos entablado tal relación con el Señor de nuestras vidas.
Santa Teresita tuvo la gracia de poder vivir esa pequeñez espiritual que le permitió cumplir todos esos deseos que el Señor había puesto en su corazón, y sin salir de su celda del Convento Carmelita fue declarada patrona universal de las misiones y doctora De la Iglesia, haciendo que su vida, simple y extraordinaria, sea una modelo de vida espiritual para todos aquellos que, desde la pequeñez del día a día, quieran alcanzar la santidad a la que Dios nos ha llamado.