Discurso de San Gregorio de Nisa, obispo y confesor
Mirad, el buen dispensador de todas las cosas, que renueva los años y gobierna los tiempos, ha hecho nacer el día santo en que solemos invitar a los huéspedes a la adopción de hijos, a los necesitados a la participación de la gracia, y a la purificación de los pecados a quienes se hallan manchados por la sordidez de los pecados. Ésta es aquella antigua predicación que tuvo lugar poco antes de que el Salvador hiciera su aparición: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Y aunque yo no soy ni Juan ni David, sin embargo la bajeza del siervo no desvirtúa la ley del Señor. Pues si nosotros obedecemos las disposiciones emanadas de los que promulgan las leyes, no lo hacemos por reverencia hacia ellos sino que nos sometemos a lo establecido por temor al poder del legislador.
Viene la amnistía real condonando la pena a dos tipos de penados: la liberación a los encarcelados y la cancelación de la deuda a los deudores. Por eso, también yo puedo ofrecer una adecuada medicina a estas dos categorías de personas, y confiadamente prometo que, si se empeñan, recibirán la ayuda.
Y para que nadie piense que la medicina es demasiado cara, voy a señalar la medicación que ha de aplicarse a los enfermos. Pues a unos les prometo la salud por el agua y el baño, y mediante unas pocas lágrimas, hago desaparecer de los otros la enfermedad. Basta esta simple medicación y el don de Dios para que se produzca un resultado tan maravilloso: ser liberado de las llagas rebeldes, infligidas por la mordedura de la serpiente, sin necesidad de cauterios ni de bisturí. Venid, pues, a curaros los que os sentís enfermos: no descuidéis de hacerlo. Pues cuando una enfermedad es rebelde y crónica, nada puede contra ella ni el arte de curar. Pobres y necesitados, apresuraos: venid a recibir los dones del Rey; ovejas, acudid a ser marcadas con la señal de la cruz, que es salud y remedio contra los males.
Dadme vuestros nombres, para que yo los imprima en libros sensibles y los escriba con tinta, y Dios los grabará en losas imperecederas, escribiéndolos -como antiguamente la ley hebrea- con su propio dedo.
Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Lavaos, apartad de mí vuestros pecados. Estas palabras hace ya mucho tiempo que fueron escritas, pero su valor no se ha desvirtuado, sino que sigue en vigor y crece de día en día. Salid de la cárcel, os lo ruego. Aborreced los tenebrosos antros del vicio. Huid del diablo, guardián cruel de quienes están encadenados, que se alimenta de la desgracia de los pecadores y especula con ella.
Porque, del mismo modo que Dios se alegra con nuestras obras justas, así el autor del pecado se goza con nuestros delitos. Despójate del hombre viejo como de un vestido sucio, signo de infamia y deshonor, confeccionado con la muchedumbre de los pecados y entretejido con el miserable paño de la iniquidad. Recibe a cambio el vestido de la incorrupción, que Cristo te ofrece desempaquetado y extendido; no rechaces el don, para que el donante no se dé por ofendido. Durante mucho tiempo te has revolcado en el fango; corre a mi Jordán: Juan es el que llama, pero es Cristo quien te exhorta. El río de la gracia fluye por doquier: no tiene sus fuentes en Palestina ni desemboca en el vecino mar, sino que, bordeando la redondez de la tierra, entra en el paraíso y, a través de un recorrido inverso al de los cuatro ríos que allí nacen, introduce en el paraíso aguas mucho más preciosas que las que de allí se exportan. Pues tiene como riquísima fuente a Cristo, y, partiendo de él, inunda el mundo entero. Este río es dulce y potable, sin índice alguno de desagradable salobridad. Se convierte en dulce con la venida del Espíritu, como la fuente de Mará por el contacto con el madero.
El Sermón en la montaña
domingo, 2 de agosto de 2026
Sobre el bautismo
sábado, 1 de agosto de 2026
Ante la verdad
Tanto en la lectura del profeta Jeremías como en el evangelio hay dos profetas a los que la gente, especialmente algunos, querían darle muerte y no porque dijeran mentiras o falsedades, sino porque hablaban de parte del Señor y decían verdades, pero verdades que a algunos les incomodan y quieren deshacerse de los profetas, y a otros, aunque les incomodan pero igual aceptan la Palabra del Señor.
En el caso de Jeremías encontró quien aceptara las Palabras del Señor por boca del profeta y logró defenderlo de la muerte, pues pudo, seguramente por la Gracia del Señor, abrir su corazón a la verdad y aunque lo que Dios decía al Pueblo era fuerte y doloroso, pero había que obedecerle a Dios antes que a los hombres.
En cambio, en el caso de Juan Bautista, aunque Herodes lo escuchaba con atención y temor, obedecía más a los hombres y no a Dios y por eso lo mandó matar para no quedar mal ante los convidados.
¿Cuál es nuestra actitud ante las verdades que nos dicen de parte de Dios? Muchos decimos que nos gusta decir la verdad, pero cuando nos dicen algo que nos duele ¿lo aceptamos o mandamos callar a quien nos quiere ayudar? Es más fácil decirle al otro lo que está haciendo mal que aceptar de igual modo cuando alguien viene a mí a decirme, quizás, lo mismo que yo le he dicho a alguien.
Por eso nuestro corazón siempre tiene que buscar la fuerza en la humildad, tanto para poder aceptar como para corregir, porque en la humildad se demuestra el amor que tengo hacia el otro, y, sobre todo, sabiendo que todo me puede ayudar en función de mi conversión.
viernes, 31 de julio de 2026
Sobre San Ignacio
Luis Gonçalves de Cámara
De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.
jueves, 30 de julio de 2026
Elegir al Alfarero
«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo trataros como este alfarero, casa de Israel? - oráculo del Señor -.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel».
Esta Palabra del Señor a Jeremías es el cimiento de la canción (que tanto gusta) del Alfarero, pero no siempre sabemos de dónde vienen las inspiraciones, pero tampoco sabemos si lo que estamos cantando o diciendo o compartiendo será bueno para mi vida o si lo aceptaré en mi vida.
El Señor le hace comprender a Jeremías, y por él a su Pueblo, que todos somos hechura de su Mano, que, aunque nos queramos construir a nosotros mismos es Él quien tiene las riendas de nuestra vida en sus Manos, y es imposible querer escaparnos de Él, aunque lo intentemos una y mil veces, y, por supuesto, aunque neguemos su Presencia y Existencia Dios nunca va a dejar de estar en nuestras vidas.
Por eso, el Señor le hablaba así a Israel, y nos lo dice a nosotros, que es mejor dejarnos modelar por sus Manos pues es Él quien tiene la sabiduría y la eternidad, porque cuando nos dejamos modelar por el mundo éste no tiene ni la sabiduría ni la eternidad, ni la capacidad de darnos o devolvernos la vida que nos va quitando. Y así nos lo hace ver o pensar el Salmo:
No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él.
Es cierto que así parece que no tenemos libertad para elegir o para vivir, pues es lo que el hombre de hoy quiere: ser libre, pero sí tenemos la libertad de vivir en Dios o sin Él, y cada una de esas elecciones tiene sus propias consecuencias. Vivir en Dios nos dará vida y Vida en plenitud, aunque el Camino, como nos lo enseñó Jesús no será el más fácil, pero será el que nos lleve a la plenitud de nuestro ser y a la eternidad en Dios.
Cada uno elige qué camino recorrer.
miércoles, 29 de julio de 2026
Los amigos de Jesús
En la vida de Jesús hay muchas personas y cada una de ellas con un rol, podríamos decir, fundamental y diferentes. A Jesús lo seguían sus apóstoles, la gente que lo escuchaba y venía por milagros, los que después fueron discípulos (pero no apóstoles), familiares como María su Madre, algunos parientes, y los santos de hoy: Marta, María y Lázaro, los amigos de Jesús. Y por eso creo que hoy es un buen día para hablar de la amistad sincera.
Marta, María y Lázaro seguramente lo seguirían a Jesús por sus enseñanzas pero ellos eran más que esos, eran amigos, aquellos en los que uno puede recostarse sin tener que decir palabra, los que pueden recibir los secretos del corazón sin tener que dar opinión ni cuestionar, pero que, a la vez, pueden cuestionarte sin dañarte ni hacerte mal, sino que buscan, sobre todas las cosas, tu bien porque te aman, te quieren tal cual eres, sin más.
Los amigos verdaderos son los que pueden pasar tiempo sin verse pero saben que siempre están en el momento y lugar (aunque sea virtual) justo, porque tienen su corazón unido al tuyo y saben, aunque no haya palabras, qué es lo que está pasando dentro de tu corazón.
Como dice por ahí la Sagrada Escritura “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”, y es así, es lo más valioso (después de la familia) la amistad sincera, pues en la familia si puedes tener amigos, pero hay de primera un lazo de sangre, un lazo que a pesar de ser inviolable muchas veces se rompe. Claro es que las amistades se rompen, pero se rompen porque nunca fueron fuertes, no fueron de las que han guardado en lo secreto de sus corazones tus propios secretos, pues esos secretos hacen que sus cimientos sean fuertes.
Por eso, hoy, debemos buscar, también, una sincera amistad con Jesús, no porque sea uno más entre nosotros, sino porque es el Amigo Perfecto, el que guarda todas esas virtudes de modo extraordinario y, además, es el que te ha dado la vida sin conocerte, murió por ti sin saber nada de ti, y, cuando tienes el corazón necesitado de un abrazo te abraza con todo su ser y entra en tu vida no sólo espiritualmente sino físicamente por medio de la Eucaristía. Y es, sobre todo, un amigo que nunca va a decirte “¿por qué hoy no me has llamado?” porque sabe que siempre Él estará a pesar de que no hables con él todos los días, pero si lo haces verás los frutos de un diálogo sincero y lleno de vida que fortalecerá tu vida con Su Amor.
Por todo esto y por más hoy es un día para dar gracias por Su Amistad, por Su Entrega y por entregarnos, en el camino de la vida, a muchos amigos que guardan en sus corazones parte de nuestras vidas y con quienes estaremos siempre unidos.
martes, 28 de julio de 2026
Sembradores de cizaña
«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles".
Está claro que no me toca a mí explicar más la parábola de la cizaña, pero sí que siempre nos queda algo más para poder reflexionar. Cuando leemos una parábola o escuchamos alguna palabra de Jesús que nos compromete o que nos puede llegar a tocar por algún lado porque sabemos que hemos actuado mal, entonces, nos ponemos un espejo y dejamos que la palabra rebote y le pegue a otro a no a mí.
Entonces es cuando tenemos que hacer un gran trabajo de sinceramiento con nosotros mismos frente a Dios y preguntarnos: ¿he sido sembrador de cizaña? ¿He hablado mal de mis hermanos, de mi prójimo, de alguien de mi familia, comunidad, amistades, etc.? Seguramente que sí pues si no hemos hablado directamente nos hemos hecho eco de la palabra de alguien, y, seguramente, también, hemos dejado que se hablara mal de otra persona.
¿Y si lo que dijeran fuera acerca de mí? Quizás nadie hable mal de mí estando en el mismo círculo de personas, quizás nadie se atreva a decirme tal o cual cosa por miedo a mis reacciones. Es ahí cuando debo pensar cómo estoy siendo, como estoy actuando con los demás. ¿Le permito a los demás que me diga, sinceramente, lo que ven mal en mí? ¿Me rebelo contra ellos cuando hablan mal de mí? ¿Soy vengativo? ¿Soy rencoroso?
Hay muchas manera de sembrar cizaña en el mundo, y no hablemos del mundo en general, sino de mi propio mundo: familia, amigos, comunidad parroquial, de trabajo, etc.
Porque no sólo es hablar mal de los demás, sino no dejar que los demás puedan ayudarme a cambiar, cerrarme a los otros porque han querido ayudarme a modificar mis defectos o me han hecho ver que he hablado mal o que he sembrado cizaña. En definitiva la corrección fraterna es algo que nos gusta hacer hacia los demás, pero nos cuesta que los demás quieran tener un diálogo fraterno conmigo y me ayuden a modificar mi conducta o mi modo de hablar o relacionarme.
Y, sobre todo tengamos en cuenta que la cizaña no es simplemente una hierva, sino que es un pecado contra la caridad, contra el amor fraterno, y, por eso, no le hace mal a la otra persona, sino que me hace mal a mí, pues cuando siembro cizaña la cizaña no habla de la otra persona sino del sembrador. Y, por supuesto, como pecado contra el amor y la caridad, me va quitando Gracia, me va a alejando del Verdadero Amor.
lunes, 27 de julio de 2026
Dejarnos sembrar
En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Las parábolas son el género literario que Jesús usaba para hablarles y para hablarnos de modo que podamos entender, en algún sentido, una verdad que trasciende lo intelectual y que no hay palabras humanas para describir. Quedarnos con el texto literal es un error pues tenemos que ir, siempre, a lo profundo de lo que Jesús ha intentado decirnos, y, a cada uno, puede parecerle otra cosa, pero siempre dentro del mismo tema.
¿Qué es el reino de Dios? Es el Reino donde habita Dios y que está gobernado por Dios. Es el Reino que podemos llegar a entender cuando leemos el Antiguo Testamento y vemos cómo el Señor quería crear un Pueblo en el que Él fuera quien lo gobernase pues sabía y conocía perfectamente a quienes había elegido para vivir en él.
"Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel - oráculo del Señor -, para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, y mi honor. Pero no me escucharon".
Así tenemos que entender que el Señor nos eligió a nosotros para formar un Nuevo Pueblo que pueda escuchar y vivir la Voluntad del Padre, así como la vivió Él, Jesús.
Nos eligió como semillas pequeñas, que parecen nada a la luz del mundo, pero que si se dejan fertilizar por la Palabra de Dios y pueden germinar en la tierra fértil de la Gracia del Espíritu Santo, se convierten en un árbol frondoso que da sombra a cuántos necesitan acercarse al Señor.
Pero si esta semilla, que somos nosotros, nos ocultamos de la vista de los demás y no dejamos que el Señor nos siembre donde quiera, entonces no produciremos el fruto adecuado. La semilla no le pone obstáculos al sembrador, por eso tenemos que hacer el esfuerzo de no poner obstáculos a la Palabra de Dios para hacer su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo.