Como el tiempo cuaresmal es tiempo de reflexión y penitencia las lecturas nos invitan y nos llevan a mirarnos, cada día, más interiormente, se podría decir que a "rebuscar" interiormente para poder sanar todo aquello que hemos dejado pasar o que, consciente o inconscientemente, no hemos querido reconocer en nuestra relación con los demás.
En este sentido si bien las lecturas nos ayudan a reconocer nuestros pecados y nuestros defectos, también nos ayudan a descubrir la misericordia de Dios para con nosotros, pero que es una misericordia que se realiza en un corazón arrepentido y humillado, no sólo ante Dios, sino también ante los hermanos, por aquello que dice san Juan: "quien dice que ama a Dios a quien no ve pero no ama a su hermano a quien ve es un mentiroso".
Y así hoy nos recuerda el Señor en la parábola lo siguiente:
"¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?".
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Hay muchas situaciones que no hemos perdonado, hay muchas situaciones que no hemos pedido perdón, y las vamos dejando pasar uno y otro día, un año y otro año, y todo eso se va haciendo herida en el corazón porque el pecado, la falta de perdón de uno y otro lado, nos van quitando la Gracia o no van renovando la Gracia de la Reconciliación, y eso se va haciendo rencor y daña nuestra relación con el Señor y con los hermanos, y, por lo tanto, con el Cuerpo Místico de Cristo.
No temamos a reconocer nuestros pecados y errores, sino tengamos miedo a perder la Gracia de la santificación que es lo que nos sigue uniendo a nuestro Dios y Padre.
El Sermón en la montaña
martes, 10 de marzo de 2026
Sin miedo a pedir perdón
lunes, 9 de marzo de 2026
Enn lo facil está lo difícil
«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio!”».
Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio".
Hay veces que las cosas fáciles las volvemos difíciles porque no queremos hacerlas, porque han tocado nuestro orgullo y nos impiden ver que en lo fácil y lo pequeño está la Voluntad de Dios.
Dejamos pasar, muchas veces, muchas ocasiones para expresar nuestra fe, para dar razones de por qué creemos en lo que creemos, y, sobre todo, en ocasiones dejamos de aceptar la Voluntad de Dios porque no nos muestra signos extraordinarios, sin embargo, en lo cotidiano y en lo ordinario de cada día hay mucho que nos habla de Dios, pero no sabemos ni escucharlo ni leerlo porque vamos apurados queriendo hacer grandes cosas o las cosas que nos parecen más urgentes, dejando de lado las pequeñas cosas que nos hablan de amor, de esperanza, de fe.
Naamán esperaba que el profeta saliera y le hablara directamente, en cambio envió un mensajero para que hiciera lo que había venido a buscar: ser sanado de su lepra. Pero esa acción no le gustó a Naamán, sin embargo sus sirvientes lo convencieron y resultó que lo que él quería rechazar era lo que le dio una nueva vida.
Dios no nos habla directamente, siempre nos envía un instrumento o un mensaje para hacernos ver cuál es Su Voluntad para nuestra vida, pero no siempre estamos atentos a estos instrumentos incluso, muchas veces, dejamos de lado los mensajeros de Dios porque no los apreciamos por esto o por aquello, y así dejamos de lado la Voluntad de Dios por rechazar a sus mensajeros, y seguimos sin alcanzar la plenitud de nuestra vida.
Cuando nos demos cuenta que Dios nos está hablando constantemente y nosotros no lo escuchamos y por eso no alcanzamos nuestras metas, tendremos que comenzar a "perder" el tiempo para acostumbrarnos a mirar y escuchar para poder discernir y aceptar el Camino que nos conduce a la Vida.
domingo, 8 de marzo de 2026
La alegría del encuentro
Es hermoso el relato del encuentro de Jesús con la Samaritana por varias cosas y varios sentidos, pues en ese diálogo hay mucho para meditar y reflexionar sobre nuestro diálogo con el Señor, sobre nuestra oración.
Por un lado nos sucede que, muchas veces, no sabemos cómo hablar con el Señor, como rezar, porque tenemos miedo o vergüenza por lo que hemos vivido o por los pecados que aún anidan en nuestro corazón. Jesús comienza a hablar con una samaritana y eso era algo impensable (lo cual asombró a los apóstoles) porque un judío no podía hablar con una samaritana ni estar solo en un lugar con una mujer. Pero Jesús rompe con esas tradiciones y va al encuentro del otro sea quien sea, sin importarle su rango, situación o pecado porque sabe que siempre hay deseos en el corazón del hombre.
Y en ese encuentro casual Él ayuda a que se abra el corazón, pero también depende de uno abrirlo del todo para que el Señor lo sane con Su Palabra, aunque la Verdad que Él nos haga ver sea dolorosa y parezca demasiado oscura, Su Palabra y Su Gracia sanarán nuestras heridas y limpiarán nuestros pecados, para poder ver la grandeza de con Quién estamos hablando.
Así, aunque la samaritana no quería decir la verdad, la verdad salió a la luz y sanó el corazón de ella para que pudiera ver al Mesías que esperaban. Esa alegría hizo que comenzara a ser misionera del Salvador y contar a todos lo que había sucedido, aunque para eso tuviera que decir de qué la había sanado.
Y comienza, ahí, en ese encuentro casual (aunque no improvisado por el Señor) una nueva relación, un diálogo sincero de corazón que nos ayuda a profundizar en nuestra fe, en nuestro conocimiento del Señor y nuestro, para poder recibir esa agua pura que purifica, sana, renueva y fortalece nuestra vida de fe, haciendo que la alegría del encuentro y del conocimiento del Señor y Salvador se manifieste en nuestra vida, se muestre en nuestro actos y palabras y podamos, de ese modo, ser instrumentos del Señor para dar a conocer la alegría de la salvación.
sábado, 7 de marzo de 2026
Escribas y fariseos
Como tantas otras parábolas la Parábola del Hijo Pródigo es de aquellas que al comenzar a leerlas ya nos imaginamos todo lo que ocurre y por eso no le damos tiempo al Espíritu para que nos diga lo que el Padre quiere de nosotros, o que nos enseñe lo que Jesús quiere que entendamos. Si bien hay muchos personajes en los que podamos espejarnos: el padre, los hijos, los sirvientes, pero también están los publicanos, los pecadores y los fariseos y los escribas. Aunque se los menciona sólo al principio pero siempre están en todos los mensajes que Jesús nos, y, creo que, gracias a ellos Jesús nos ha dejado muchos mensajes que nos ayudan a vivir y a pensar nuestras actitudes.
Esta parábola Jesús la dice pensando en lo que ellos, los escribas y fariseos, estaban pensando acerca de Jesús y de aquellos con quienes Él se reunía: publicanos y pecadores. Los escribas y fariseos no debían juntarse con publicanos y pecadores por miedo al contagio, porque si se juntaban con gente impura ellos mismos quedaban impurificados y no podían seguir con sus ritos y costumbres religiosas.
Y así nos pasa o les pasa a muchos en nuestra Iglesia: se creen mejores unos que otros y se permiten juzgar y condenar a los que ellos creen pecadores o que no están de acuerdo con lo que ellos viven, creyendo que son los únicos que viven una fe intachable, haciéndose así pecadores por faltar al amor, a la caridad, a la misericordia y teniendo como pecado la vanidad o soberbia espiritual, la cual les da el derecho de juzgar y condenar a otros.
Por eso, aunque no seamos conscientes de nuestras faltas de caridad hacia nuestros hermanos, todos debemos mirarnos en el espejo de los fariseos y escribas porque, aunque no lo veamos, tenemos el aguijón de la soberbia espiritual muy clavado en nuestro corazones, y es un aguijón que no sale fácilmente de nuestras vidas.
Así, cuando lo reconozcamos podremos abrazar como lo hace Jesús a todos, todos y todos (una frase que a muchos les gusta pero que no la viven) los hermanos, pues el abrazo del Padre no es sólo al que se fue, sino que también quiere abrazar diariamente a quien está a su lado para que pueda comprobar que en ese abrazo quiere comunicarle el amor que es indistinto para uno que para otro.
viernes, 6 de marzo de 2026
Los celos semilla de discordia
"Israel amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas.
Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo".
Los celos son la semilla que sembrada en un corazón sin Dios hace crecer el odio que nos lleva a la perdición. Es la semilla que nos hace caer en los pecados más graves porque de ella surgen las discordias, las discusiones, las divisiones y la destrucción de todo lo que se nos cruce por delante porque nos va quitando, poco a poco, la fuente del amor.
Cuando los celos se unen a la envidia perdemos la Gracia santificante y nos vamos perdiendo en la oscuridad de nuestro propio pecado haciendo que todo comience a ser malo, y sobre todo, las personas que Dios pone a mi lado para ayudarme a crecer y cambiar son las que más comienzo a detestar y, por eso mismo, comienzo a sembrar cizaña para que otros piensen o sientan lo mismo que yo transformándome en sembrador de cizaña, de envidia, de discordia, todo lo contrario a lo que Dios quiere que seamos.
"Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
"La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?".
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos".
Y Jesús nos habla a nosotros así como les habló a los judíos para que descubramos y tomemos conciencia de lo que estamos perdiendo, pues no sólo perdemos amistades, familia y personas que nos ayudan a crecer, sino que vamos perdiendo el Amor de Dios que sana nuestros corazones, vamos perdiendo Su Gracia porque no reconocemos nuestro pecado y nos vamos haciendo cada día más rebeldes a la vivencia del amor por nuestros hermanos, y, así, perdiendo la Gracia de la Conversión.
jueves, 5 de marzo de 2026
A quién escuchamos?
"Abrahán le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen".
Pero él le dijo: "No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán."
Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto."»
A veces pedimos demasiados signos y milagros para poder entender o aceptar la Voluntad de Dios, queremos que Dios sea explícito en sus palabras o que haga un signo extraordinario para que sepa que lo que estoy oyendo viene de Él. Cuando pedimos esos signos es porque no queremos hacer lo que Dios nos pide o nos permite, sino que estamos buscando a alguien que nos diga lo que realmente queremos hacer que es nuestra propia voluntad y no la de Dios.
Cuando aprendemos a escuchar la Voz de Dios en Su Palabra, en los signos de los tiempos y en los acontecimientos de la vida cotidiana, no nos hacen falta los signos extraordinarios ni que Dios nos envíe un whatsapp para saber cuál es su Voluntad.
Pero, como dice el refrán: no hay peor sordo que el que no quiere oír. Y así nos pasa a los que decimos que somos cristianos pero que no vivimos como discípulos de Cristo porque nos dejamos llevar por la voz del mundo y no por la Voz de Dios.
Porque:
"Esto dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa, que nunca recibe la lluvia; habitará en un árido desierto, tierra salobre e inhóspita".
Cuando sólo escuchamos lo que queremos oír y no abrimos nuestro corazón a la Voz del Señor, entonces no recibimos la Gracia necesaria y suficiente para alcanzar lo anhelamos desde el corazón, sino que nos contentamos con lo superficial, lo banal, lo que, en realidad, nos está pidiendo el mundo que vivamos porque no aceptamos, en definitiva, las exigencias del Evangelio y así, tampoco alcanzamos los beneficios de Su Amor.
En cambio, nos dice el Señor:
"Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua, que alarga a la corriente sus raíces; no teme la llegada del estío, su follaje siempre está verde; en año de sequía no se inquieta, ni dejará por eso de dar fruto".
miércoles, 4 de marzo de 2026
Podéis beber el cáliz?
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?»
¿Sabemos lo que pedimos en nuestra oración? ¿Sabemos qué es lo que necesitamos cuando pedimos algo en la oración? ¿Qué es lo que pedimos?
Claro que todas estas preguntas tienen un lado complicado porque lo primero que nos surge pensar es en nuestra oración de peticiones, o en nuestras peticiones en la oración. Pedimos por la salud, por la familia, por algún amigo, por algún enfermo, pero no es sólo eso lo que pedimos, esas son, realmente, intenciones personales que salen del corazón y de las necesidades urgentes de todos los días.
Lo que realmente pedimos es lo que el Señor nos enseñó a pedir en la oración del Padre nuestro, y ese el pedido más completo que hacemos todos los días. Y ¿te has puesto a pensar qué es lo que pides cuando le hablas al Padre en la oración que te enseñó el Hijo? Seguramente muchas veces has escuchado las reflexiones sobre el Padre nuestro y otras tantas lo hemos leído en el Evangelio, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué es lo que estamos pidiendo cuando abrimos nuestros labios para hablar con el Padre en el Padre nuestro.
Y es ahí, en esa oración cotidiana donde estamos pidiendo algo que no sabemos si estamos dispuestos a vivirlo, o, por lo menos no nos hemos puesto a pensar qué significa para mi vida decirle al Padre que estoy dispuesto a hacer Su Voluntad en la tierra como en el Cielo. Y ahí está el cáliz que bebió Jesús por nosotros y que nos invita a beberlo cada día.
¿Estás dispuesto a beber el cáliz de la obediencia a la Voluntad de Dios todos los días de tu vida? Así sería la pregunta que nos deberíamos hacer antes de rezar el Padre nuestro, porque es lo que le estamos diciendo al Padre de los Cielos, porque eso fue lo que Jesús nos enseñó, no sólo la oración, no sólo a pedir, sino a abrir el corazón para que, como Él vivió, también nosotros vivamos en la Voluntad del Padre, pues ese es el Camino que Él recorrió y nos enseñó a caminarlo a nosotros.
Y, como Él sabía que, seguramente, se nos olvidaría lo que tenemos que vivir, entonces nos dejó la intención de vivirlo grabada en la mejor de nuestras oraciones, y, sobre todo, en una oración que repetimos cada día y, en algunos casos, varias veces por día.