"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley".
Si bien estas Palabras las dijo Jesús hace más de 2000 años todavía hoy no las hemos retenido en nuestra memoria de cristianos. No las recordamos porque no queremos que sigan vigentes, no queremos que las exigencias del Evangelio sean las que regulen nuestra vida hoy en día. Y en realidad Jesús no quería regular nuestra vida, no quería exigirnos tal o cual cosa, pues Él sabe lo que el Padre nos ha dado: la libertad de elección, así lo dice el Señor en el Eclesiástico:
"Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad.
Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras.
Ante los hombres está la vida y la muerte, y a cada uno se le dará lo que prefiera".
Y lo mismo lo dice Jesús: "quien quiera seguirme..."
No hay una exigencia a seguirlo. No hay una exigencia de ser cristiano, creyente o católico. Es una elección libre, pero también tiene que ser consciente.
Libre porque Dios nos ha creado libre y ha puesto frente a nosotros los distintos camino a recorrer, y nos ha recordado qué es lo que hay al final de cada camino, y cada uno elige lo que más le guste.
Y debe ser consciente la elección para saber lo que implica recorrer cada camino y lo que me voy a encontrar al final de él, y los obstáculo que, también, tendré en ese recorrido.
Por eso, cuando Jesús nos invita a seguirlo nos dice: quien quiera venir detrás de mí niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y sígame. Y no deja, en su Palabra, de decirnos cómo va a ser el Camino que nos lleve a la Vida, y, sobre todo que no va a modificar la Ley de Dios, sino que la llevará a su plenitud por la Ley del Amor.
El Sermón en la montaña
domingo, 15 de febrero de 2026
Es nuestra elección
sábado, 14 de febrero de 2026
Acrecienta la Ilgesia
viernes, 13 de febrero de 2026
Se realiza un acto ceeador
San Efrén, diácono (s. IV)
La fuerza divina que el hombre no puede tocar, bajó, se envolvió con un cuerpo palpable para que los pobres pudieran tocarle, y tocando la humanidad de Cristo, percibieran su divinidad. A través de unos dedos de carne, el sordomudo sintió que alguien tocaba sus orejas y su lengua. A través de unos dedos palpables percibió a la divinidad intocable una vez rota la atadura de su lengua y cuando las puertas cerradas de sus orejas se abrieron. Porque el arquitecto y artífice del cuerpo vino hasta él y, con una palabra suave, creó sin dolor unos orificios en sus orejas sordas; fue entonces cuando, también su boca cerrada, hasta entonces incapaz de hacer surgir una sola palabra, dio al mundo la alabanza a aquel que de esta manera hizo que su esterilidad diera fruto.También el Señor formó barro con su saliva y lo extendió sobre los ojos del ciego de nacimiento (Jn 9, 6) para hacernos comprender que le faltaba algo, igual que al sordomudo. Una imperfección congénita de nuestra pasta humana fue suprimida gracias a la levadura que viene de su cuerpo perfecto. Para acabar de dar a estos cuerpos humanos lo que les faltaba, dio alguna cosa de sí mismo, igual como él mismo se da en comida [en la eucaristía]. Es por este medio que hace desaparecer los defectos y resucita a los muertos a fin de que podamos reconocer que gracias a su cuerpo «en el que habita la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9), los defectos de nuestra humanidad son suprimidos y la verdadera vida se da a los mortales por este cuerpo en el que habita la verdadera vida.
miércoles, 11 de febrero de 2026
De dónde viene la injusticia?
Benedicto XVI, Papa (s. XXI)
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7, 15. 20-21).
Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51, 7).
Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3, 1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?
Para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
Cristo es la justicia de Dios, puesto que todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (cf. Rm 3, 21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás.
martes, 10 de febrero de 2026
Por que amó más
San Gregorio Magno - De los libros de los Diálogos
lunes, 9 de febrero de 2026
Camino de perfección
Santa Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia (s. XVI) • Camino de Perfección, c. 34.
domingo, 8 de febrero de 2026
Ser sal y luz
No es una metáfora bonita o una simple comparación la que hace Jesús en este Evangelio, sino que Él nos habla de una realidad que hay en nosotros o que tiene que haber en nosotros, y no por que lo seamos de por sí, sino porque Él nos ha transformado con su Espíritu. Por eso al leer o escuchar lo que nos dice nos tenemos que poner en movimiento para poder alcanzar este Ideal, para poder descubrir en en qué no estamos siendo Fieles a lo que Él nos dice que tenemos que ser:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente".
La sal le da sabor a la comida, realza los sabores de las cosas por eso nos pide que seamos sal. Pero sal verdadera no esos sustitutos de sal que no son en realidad la sal del mar, sino que descubramos en la vida la mano del Padre para alegrarnos por lo que Él hace por nosotros, para alegrarnos por la Gracia de Dios en nuestras vidas, para alegrarnos por el maravilloso Don del Amor de Dios y de la entrega de Jesús en la Cruz por nosotros, y, sobre todo, por el Don del Espíritu Santo que se nos dio en el bautismo y que inhabita en nosotros para santificarnos y hacernos gustar de las maravillas de Dios.
Y así, no sólo le daremos a nuestras vidas y a la vida de los demás un saber especial y verdadero, sino que también nos llama a vivir de una determinada manera cuando nos dice:
"Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».
Ser Luz por la Gracia de Dios y por eso mismo no tener miedo de iluminar, no tener miedo de mostrarnos tal cual somos ante Dios y ante los hombres, pues nuestra iluminada y fortalecida y santificada por el Espíritu Santo tiene que ser el método indiscutible de vida en Dios. Sí, y Dios lo sabe, que vamos a tropezar y caer, pero siempre nos levantaremos y seguiremos intentando recorrer el camino de la santidad que es el que nos conduce hacia el Padre y le da el verdadero sentido a nuestra vida, y con la ayuda del Espíritu podremos ser aquello que Jesús nos llama a vivir, confiados en el Amor del Padre y la fuerza del Espíritu que vive en nosotros y, de manera especial, alimentados por el Cuerpo y la Sangre del Hijo que se nos entrega cada día