Homilía de San Ambrosio, obispo (s. IV)
El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo.
Caminemos intrépidamente hacia nuestro Redentor, Jesús; caminemos intrépidamente hacia aquella asamblea de los santos, hacia aquella reunión de los justos. Pues nos encaminaremos al encuentro con nuestros padres, al encuentro con los preceptores de nuestra fe: y si tal vez no podemos exhibir obras, que la fe venga en ayuda nuestra y la heredad nos defienda. Porque el Señor será la luz de todos; y aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Nos encaminaremos allí donde el Señor Jesús preparó estancias para sus humildes siervos, para que donde él esté estemos también nosotros. Tal fue su voluntad.
Cuáles sean esas estancias, óyeselo decir a él mismo: En casa de mi Padre hay muchas estancias. Y ¿cuál es su voluntad? Volveré —dice— y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
Pero me objetarás que hablaba únicamente a los discípulos, que sólo a ellos les prometió las muchas estancias. Entonces, ¿es que sólo las preparaba para los Once? Y ¿cómo se cumplirá aquello de que vendrán de todas partes y se sentarán en el reino de Dios? ¿Es que podemos dudar de la eficacia de la voluntad divina? Pero, en Cristo, querer y hacer son una misma cosa. Seguidamente les señaló el camino, les indicó el sitio, diciendo: Y donde yo voy, ya sabéis el camino.
El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo, como él mismo dijo: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.Adentrémonos por este camino, mantengamos la verdad, vayamos tras la vida. Es camino que conduce, verdad que confirma, vida que se entrega.
Y para que conozcamos sus verdaderos planes, al final del discurso añade: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria. Padre: esta repetición es confirmatoria, lo mismo que aquello: ¡Abrahán, Abrahán!
Y en otro lugar: Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes. Bellamente pide aquí lo que antes había prometido. Y este primero prometer y luego pedir, y no a la inversa, primero pedir y luego prometer, es un prometer como árbitro del don, consciente de su propio poder; pide al Padre como intérprete de la piedad. Prometió primero, para que conozcas su poder; luego pidió, para que caigas en la cuenta de su piedad. No pidió primero y luego prometió, para que no pareciera que prometía lo que previamente había impetrado, más bien que otorgaba lo que antes había prometido. Ni consideres superfluo que pidiera, pues de esta manera te expresa su comunión con la voluntad del Padre, lo cual es una prueba de unidad, no un aumento de poder.
Te seguimos, Señor Jesús; pero llámanos para que podamos seguirte, ya que sin ti nadie puede subir. Porque tú eres el camino, la verdad, la vida, la posibilidad, la fe, el premio. Recibe a los tuyos como el camino, confírmalos como la verdad, vivifícalos como la vida.
El Sermón en la montaña
viernes, 1 de mayo de 2026
Os prepararé un lugar
jueves, 30 de abril de 2026
No olvidar lo esencial
Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”.
Si bien sabemos que esto lo decía Jesús por Judas Iscariote, pero, como toda Su Palabra, la tenemos que llevar a nuestro terreno y a nuestra vida.
Todos hemos sido llamados y elegidos por el Señor, y a cada uno se le ha dado una misión en la vida para poder llevar a cabo la Misión de Jesús: devolver al hombre su belleza original y enseñarle el Camino a la Vida, por eso todos hemos sido enviados el día de nuestro bautismo.
Pero, siempre hay un pero en nuestras vidas, y es el pero de no olvidarnos que llevamos en nuestra alma la espina del pecado que no siempre nos ayuda a ser discípulos sino que, más de una vez, nos hace pensar que somos los Maestros, que somos los dioses de estos tiempos y, por esa misma razón, nos olvidamos que sólo tenemos un Maestro y un Señor, Jesucristo Señor y Salvador, y que nosotros sólo somos discípulos y misioneros.
Cuando se nos olvida que somos discípulos nos creemos los dueños de la Verdad y vamos declamando nuestras propias palabras y verdades que hacen, seguramente, que muchos sigan nuestras palabras pero no que se hagan conscientes de las Palabras de Jesús que sólo esas son Palabras de Dios, y, sobre todo, que sólo la Palabra de Dios es la que nos conduce a la salvación.
Al olvidarnos de Quién es el Maestro y Señor creemos, como lo hizo Judas, que nuestro pensar y nuestra lógica es la mejor, que Él y sus tiempos no son los adecuados sino que lo que yo pienso y creo es el mejor camino. Y ya sabemos cómo terminó Judas Iscariote, por eso debemos centrarnos siempre en aprender a escuchar al Maestro, en intentar, cada día, morir a nosotros mismos para que, como decía san Pablo: ya no viva yo en mí, sino que sea Cristo quien viva en Mí, para que sea su Palabra y su Vida las que guíen mi vida y me permitan ser un fiel discípulo de Cristo y no de mi mismo.
miércoles, 29 de abril de 2026
Si alguno peca...
"Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, sí confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros".
San Juan es muy claro en su carta al escribirle a las comunidades, y, por supuesto, a nosotros, más en estos tiempos en que parece ser que ninguno de nosotros ha pecado y sin embargo, sabemos que no todos hemos alcanzado tal plenitud en nuestra vida que no tenemos pecado. Lo que nos ha sucedido es que hemos deteriorado o borrado la conciencia de pecado y damos por válido todo, o casi todo lo que hacemos.
Reconocer nuestro pecado (sabiendo que pecado es toda acción libre y voluntaria en contra de los mandamientos, los consejos evangélicos y la Voluntad de Dios) no es un acto de humillación en el sentido de que Dios nos quiere hacer ver, siempre, que no somos perfectos, sino que es un acto de humildad para poder seguir creciendo en el camino de la perfección, en el camino de la santidad.
Si no fuera así Jesús no hubiera dejado el sacramento de la Reconciliación (la confesión sacramental personal) si no tuviera un sentido gratificante, no por haber pecado, sino para conseguir la Gracia suficiente y necesaria para levantarnos de nuestra postración y volver a seguir caminando en la Voluntad del Padre hacia el Cielo.
Por eso, el mismo san Juan nos dice:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Saber que tenemos para nuestra ayuda espiritual el sacramento de la Reconciliación tiene que ser un motivo de gozo para nuestra vida y alma, porque es ahí donde dejo todo aquello que me pesa y me va alejando de la Gracia de Dios y vuelvo, después del arrepentimiento y el deseo de conversión, a estar libre de todo y a poder vivir en la Gracia de Dios.
martes, 28 de abril de 2026
Fe sin desviaciones
Homilía atribuida a a San Atanasio.
He aquí la fe católica: veneramos a un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad, sin confundir a las personas, sin dividir la sustancia: una es, en efecto, la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma divinidad, una gloria igual, una misma majestuosidad eterna. Así como es el Padre, es el Hijo y el Espíritu Santo: increado es el Padre, increado el Hijo e increado el Espíritu Santo. De este modo el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo ellos no son tres dioses, sino un mismo Dios.
Esta es la fe sin desviaciones: nosotros creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre: Él es Dios, de la sustancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y Él es hombre, de la sustancia de su madre, nacido en el tiempo: Dios perfecto, hombre perfecto, compuesto de un alma razonable y un cuerpo humano, igual al Padre según la divinidad, inferior al Padre según la humanidad.
Aunque Él sea Dios y hombre, no existen dos cristos sino un solo Cristo: uno, no porque la divinidad haya pasado a la carne, sino porque la humanidad fue asumida por Dios; una unión no por mezcla de sustancias, sino por la unidad de la persona. Porque, al igual que el alma razonable y el cuerpo forman un hombre, Dios y el hombre forman un Cristo. Él sufrió por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre; desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos.
lunes, 27 de abril de 2026
El Buen Pastor
Homilía de San Gregorio Magno, papa (s. VI)
Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas, es decir, que las amo, y las mías me conocen. Habla, pues, como si quisiera dar a entender a las claras: «Los que me aman vienen tras de mí». Pues el que no ama la verdad es que no la ha conocido todavía.Acabáis de escuchar, queridos hermanos, el riesgo que corren los pastores; calibrad también, en las palabras del Señor, el que corréis también vosotros.
Mirad si sois, en verdad, sus ovejas, si le conocéis, si habéis alcanzado la luz de su verdad. Si le conocéis, digo, no sólo por la fe, sino también por el amor; no sólo por la credulidad, sino también por las obras. Porque el mismo Juan Evangelista, que nos dice lo que acabamos de oír, añade también: Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.
Por ello dice también el Señor en el texto que comentamos: Igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre, yo doy mi vida por las ovejas. Como si dijera claramente: «La prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a mí está en que entrego mi vida por mis ovejas; es decir: en la caridad con que muero por mis ovejas, pongo de manifiesto mi amor por el Padre».Y de nuevo vuelve a referirse a sus ovejas, diciendo: Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y un poco antes había dicho: Quien entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. O sea, tendrá acceso a la fe, y pasará luego de la fe a la visión, de la credulidad a la contemplación, y encontrará pastos en el eterno descanso.
Sus ovejas encuentran pastos, porque quienquiera que siga al Señor con corazón sencillo se nutrirá con un alimento de eterno verdor. ¿Cuáles son, en efecto, los pastos de estas ovejas, sino los gozos eternos de un paraíso inmarchitable? Los pastos de los elegidos son la visión del rostro de Dios, con cuya plena contemplación la mente se sacia eternamente.Busquemos, por tanto, hermanos queridísimos, estos pastos, en los que podremos disfrutar en compañía de tan gran asamblea de santos. El mismo aire festivo de los que ya se alegran allí nos invita. Levantemos, por tanto, nuestros ánimos, hermanos; vuelva a enfervorizarse nuestra fe, ardan nuestros anhelos por las cosas del cielo, porque amar de esta forma ya es ponerse en camino.
Que ninguna adversidad pueda alejarnos del júbilo de la solemnidad interior, puesto que, cuando alguien desea de verdad ir a un lugar, las asperezas del camino, cualesquiera que sean, no pueden impedírselo.Que tampoco ninguna prosperidad, por sugestiva que sea, nos seduzca, pues no deja de ser estúpido el caminante que, ante el espectáculo de una campiña atractiva en medio de su viaje, se olvida de la meta a la que se dirigía.
domingo, 26 de abril de 2026
Él es la Puerta y el Pastor
"El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose de pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Como aquél día el Espíritu Santo nos sigue hablando y nosotros, como aquellos que escuchaban la voz del Espíritu por medio de Pedro, tendríamos que preguntarnos y preguntarle ¿qué tenemos que hacer?
Hoy hay muchas más razones para que, cada día, nos preguntemos y le preguntemos al Espíritu qué tenemos que hacer, porque nos hemos acostumbrado a hacer la nuestra y a no preguntarle a Dios lo que lo debemos hacer, nos hemos acostumbrado a ser cristianos pero no a vivir como cristianos, y, por eso, la pregunta fundamental que debemos hacer al despertar ya no la hacemos porque creemos que ya sabemos lo que tenemos que hacer, y así nos vamos engañando y vamos dejando de ser lo que debemos ser.
"Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca".
No es que debamos buscar el sufrimiento para ser mejores cristianos, sino que el sufrimiento es parte del ser cristianos porque nuestra carne sufre contra nuestro espíritu una tremenda guerra interior, y ese es el sufrimiento que debemos padecer constantemente, el saber que la búsqueda de la Voluntad de Dios no es sólo un día por semana o una vez al año, sino que es todos los días de nuestra vida, pues así lo hizo el Hijo que nos mostró el Camino para la Vida.
Ese Camino es el que debemos recorrer y que si no lo hacemos como lo hizo Jesús de nada vale para la salvación del mundo, pues Él asumió nuestro pecado para que nosotros viviendo en la Gracia de Dios podamos seguir contribuyendo a la salvación del mundo.
Por eso debemos, cada día, abrir nuestros oídos a la Voz del Pastor, del verdadero Pastor que es Quien mejor nos guía por el sendero de la Vida y nos lleva a los mejores lugares para que alcancemos la verdadera plenitud de nuestro ser hijos en el Hijo.
"Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos".
sábado, 25 de abril de 2026
No necesitamos signos
Homilía de San Bruno, cartujo (s. XI)
El Señor le dijo a los Once: «Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre, echarán demonios; hablarán un nuevo lenguaje; tomarán a las serpientes con las manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño; le impondrán sus manos a los enfermos, y los enfermos recuperarán la salud». En la Iglesia primitiva, todos estos signos que el Señor enumera, no solo los apóstoles, sino también muchos otros santos los cumplieron al pie de la letra. Los paganos no habrían abandonado el culto a los ídolos si la predicación evangélica no hubiera sido confirmada por tantos signos y milagros. De hecho, ¿no eran los discípulos de Cristo los que predicaban a «un Mesías crucificado, escándalo para los judíos y locura de los paganos», según la expresión de san Pablo? (1Co 1, 23).Pero en cuanto a nosotros, ya no necesitamos signos y prodigios: nos basta leer o escuchar la historia de los que estuvieron allí. Porque nosotros creemos en el Evangelio, creemos en lo que cuentan las Escrituras.
No obstante, aún se producen señales todos los días; y si realmente queremos prestar atención, reconoceremos que tal vez éstas tienen más valor que los milagros materiales de otros tiempos.Cada día los sacerdotes dan el bautismo y hacen llamadas a la conversión: ¿no es eso cazar a los demonios? Cada día hablan un lenguaje nuevo cuando explican las santas Escrituras y reemplazan los antiguos escritos con la novedad del sentido espiritual. Hace huir a las serpientes, cuando quitan lo que une a los corazones de los pecadores con el vicio, por una dulce persuasión; curan a los enfermos cuando reconcilian a Dios con sus almas inválidas por medio de sus plegarias. Tales eran los signos que el Señor había prometido para sus santos: tales son los que se realizan aún hoy en día.