De Santa Teresita del Niño Jesús, doctora de la Iglesia (s. XIX)
El Señor explica en el Evangelio en qué consiste su mandamiento nuevo. Dice en san Mateo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen” (Mt 5, 43-44). La verdad es que en el Carmelo una no encuentra enemigos, pero sí que hay simpatías. Se siente atracción por una hermana, mientras que ante otra darías un gran rodeo para evitar encontrarte con ella, y así, sin darse cuenta, se convierte en motivo de persecución. Pues bien, Jesús me dice que a esa hermana hay que amarla, que hay que rezar por ella, aun cuando su conducta me indujese a pensar que ella no me ama: “Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman”(Lucas, 6).
Y no basta con amar, hay que demostrarlo. Es natural que nos guste hacer un regalo a un amigo, y sobre todo que nos guste dar sorpresas. Pero eso no es caridad, pues también los pecadores lo hacen. Y Jesús nos dice también: “A todo el que te pide, dale, y al que se lleve lo tuyo no se lo reclames”. Dar a todas las que pidan gusta menos que ofrecer algo una misma por propia iniciativa.
Si es difícil dar a todo el que nos pide, lo es todavía mucho más dejar que nos cojan lo que nos pertenece, sin reclamarlo. Digo, Madre, que es difícil, pero debería más bien decir que parece difícil, pues el yugo del Señor es suave y ligero (Mt 11, 30). Cuando lo aceptamos, sentimos enseguida su suavidad y exclamamos con el salmista: “Corrí por el camino de tus mandatos cuando me ensanchaste el corazón” (Ps 118, 32). Sólo la caridad puede ensanchar mi corazón. Y desde que esta dulce llama lo consume, Jesús, corro alegre por el camino de tu mandato nuevo (Jn. 13, 34)
El Sermón en la montaña
jueves, 10 de septiembre de 2026
Amor a los enemigos
miércoles, 9 de septiembre de 2026
Bienaventurados!
Meditación de San Carlos de Foucauld (s. XIX)
Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.
Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas. Confiemos todavía más si lloramos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.
Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor por estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros. ¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!
Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti. Amén.
martes, 8 de septiembre de 2026
Sobre su nacimiento
Homilía de Ruperto de Deutz, monje benedictino (s. XII)
Se nos lee la genealogía de Cristo en san Mateo. Esta costumbre, tradicional en la santa Iglesia, tiene un bello y misterioso motivo. Porque en verdad esta lectura nos presenta la escalera que Jacob vio de noche durante un sueño (Gn 28, 11s). En lo alto de esta escalera, que por la parte alta tocaba al cielo, el Señor, apoyado en ella, se apareció a Jacob y le prometió darle en herencia la tierra. Ahora bien, sabemos que «estas cosas sucedieron en figura para nosotros» (1Co 10, 11), ¿Qué prefiguraba, pues, esta escalera sino la casta de la que Jesucristo debía nacer, casta que el santo evangelista, con boca divina, ha hecho subir de manera tal que acaba en Cristo pasando por José? Es en este José a quien Jesús, niño pequeño, se apoyó. A través de la «puerta del cielo» (Gn 28, 17), es decir, por la Bienaventurada Virgen María, hecho niño por nosotros, salió gimiendo. Durante el sueño, Jacob oyó que el Señor le decía: «Todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya» y ahora por el nacimiento de Cristo, se cumple esta realidad.
Es esto mismo lo que el evangelista veía cuando puso en su genealogía a Rahab la prostituta y a Ruth la moabita; porque veía muy claro que Cristo no vino en la carne solamente para los judíos, sino también para los paganos, él que se digno recibir antepasadas salidas de entre los paganos. Venidos, pues, de los dos pueblos, judíos y paganos, como los dos lados de la escalera, los padres antiguos, situados a diferentes grados, sostienen a Cristo Señor que sale de lo alto de los cielos. Y todos los santos ángeles bajan y suben a lo largo de esta escalera, y todos los elegidos entran, primero, en el movimiento de descenso de esta escalera para recibir, humildemente, la fe en la encarnación del Señor, y seguidamente son elevados a fin de contemplar la gloria de su divinidad.
lunes, 7 de septiembre de 2026
Sin descuidar lo importante
San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV)
La mano que Adán había alargado para coger el fruto del árbol prohibido, el Señor la impregnó de la savia saludable de las buenas obras, a fin de que, secada por la falta, fuera curada por las buenas obras. En esta ocasión Jesús acusa a sus adversarios que, con su falsas interpretaciones, violaban los preceptos de la Ley; ellos defendían que en día de sábado era preciso no hacer ni tan sólo buenas obras, siendo así que la Ley, que prefiguraba en el presente lo que debía ser en el futuro, dice, ciertamente, que es el mal el que no debe trabajar, pero no el bien.
Has oído las palabras del Señor: «Extiende el brazo». Este es el remedio para todos. Y tú que crees tener sana la mano, vigila la avaricia, vigila que el sacrilegio no la paralice. Extiéndela a menudo: extiéndela hacia el pobre que te suplica, extiéndela para ayudar al prójimo, para socorrer a la viuda, para arrancar de la injusticia al que ves sometido a una vejación inmerecida; extiéndela hacia Dios por tus pecados. Es de esta manera que se extiende la mano; es de esta manera que sana
domingo, 6 de septiembre de 2026
Corrección con amor
"Hermanos:
A nadie le debáis nada, más que amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto:
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor".
Se podría decir que la exhortación que hace Dios por el Profeta Ezequiel y lo que nos pide Jesús en el Evangelio se sintetizan, o encuentran su respuesta en esta recomendación de san Pablo.
Cuando se ama de verdad se está atento al hermano, sea quien sea, y se intenta ayudarlo para que encuentre el Camino de la conversión, el camino de la Vida, pues cuando se ama al otro intentamos cuidarlo de sus caídas, ayudarlo a levantarse, acompañarlo en el camino de retorno al Padre.
Claro está que el amor tiene que ser verdadero hacia el otro, porque cuando uno se ama a sí mismo, fruto del egoísmo y del egocentrismo, entonces lo que voy a hacer será reprenderlo porque lo que está haciendo no me gusta a mí, o yo creo que tendría que ser de otro modo, y eso jamás ayudará a mi hermano a ser lo que Dios quiere que sea.
La corrección fraterna al hermano que se refiere Jesús es cuando veo que su vida está yendo fuera de la Voluntad de Dios, que no está viviendo conforme a los mandamientos o a los consejos evangélicos y quiero, en verdad y por amor, ayudarlo a salvar su alma.
Por eso, cuando voy a confesarme con el sacerdote, él tiene que guardar sigilo sacramental de los pecados del penitente, porque eso también entra dentro de la corrección fraterna. Debo velar para que sus errores y pecados no sean conocidos más que por el Padre del Cielo que conoce los secretos del corazón. Y esa confesión es la que sana y salva, sana porque nos da la Gracia para sanar el dolor que el pecado produce en el alma, y nos ayuda a seguir caminando hacia nuestra santidad y salvación.
Así, en la corrección fraterna entre hermanos tengo que comenzar hablando en privado para no dar a conocer los errores de mi hermano para ayudarlo a cambiar, y no comenzar por el final haciendo un chusmerío a todo el mundo de lo que yo considero sus pecados.
sábado, 5 de septiembre de 2026
Amor en acción
Relatos de la Madre Teresa de Calcuta
Hace unas semanas, dos jóvenes vinieron a nuestra casa para ofrecerme mucho dinero para dar de comer a la gente. En Calcuta damos de comer a 9 mil personas al día. Querían que el dinero se destinara para alimentar a esta gente. Les pregunté: «¿De dónde han sacado tanto dinero?». Ellos me respondieron: «Nos acabamos de casar hace dos días. Antes de la boda, decidimos que no compraríamos trajes para la ceremonia ni para la fiesta. Queremos darles a ustedes el dinero». Para un hindú de clase alta esto es un escándalo.
Muchos se quedaron totalmente sorprendidos al ver cómo una familia de ese nivel no había comprado trajes ni había organizado fiestas con motivo de la boda. Después les pregunté: «¿Por qué lo han hecho?».
Esta fue la extraña respuesta que me dieron: «Nos amamos tanto que queríamos dar algo a otros para comenzar nuestra vida en común con un sacrificio». Me impresionó mucho el constatar cómo estas personas estaban hambrientas de Dios. Una manera de manifestarse el amor mutuo era hacer ese sacrificio enorme. Estoy segura de que los occidentales no pueden entender lo que significa esto. En nuestro país, en la India, sabemos lo que significa no tener vestidos y fiestas para la boda. Sin embargo, estos dos jóvenes tuvieron el valor de comportarse así. Esto es verdaderamente un amor en acción. Y, ¿donde comienza este amor? En la propia casa. ¿Cómo comienza? Rezando juntos. Una familia que reza unida permanece unida. Y, si permanece unida, entonces se amarán unos a otros como Dios nos ama.
En una ocasión, por la tarde, un hombre vino a nuestra casa para contarnos el caso de una familia hindú de ocho hijos. No habían comido desde hacía ya varios días. Nos pedía que hiciéramos algo por ellos. De modo que tomé algo de arroz y me fui a verlos. Vi cómo brillaban los ojos de los niños a causa del hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo dividió en dos partes y salió. Cuando regresó le pregunté qué había hecho con una de las dos raciones de arroz. Me respondió: «Ellos también tienen hambre». Sabía que los vecinos de la puerta de al lado, los musulmanes, tenían hambre.Quedé más sorprendida de su preocupación por los demás que por la acción en sí misma. En general, cuando sufrimos y cuando nos encontramos en una grave necesidad no pensamos en los demás. Por el contrario, esta mujer maravillosa, débil, pues no había comido desde hacía varios días, había tenido el valor de amar y de dar a los demás, tenía el valor de compartir.
Frecuentemente me preguntan cuándo terminará el hambre en el mundo. Y yo respondo: «Cuando tú y yo aprendamos a compartir». Cuanto más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos, más podemos dar.
viernes, 4 de septiembre de 2026
Administradores fieles
"Hermanos:
Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fiel".
Cuando descuidamos nuestra relación con Dios, con el Padre, o con el Hijo, y, sobre todo con el Espíritu, nos vamos adueñando de los bienes que Ellos nos han regalado para distribuir y es ahí cuando ya no nos consideramos administradores de los bienes de Dios, sino que nos hacemos dueños de la Gracia. Somos nosotros quienes decidimos a quien sí y a quien no le corresponde tal o cual gracia, nos convertimos en dueños, jueces y verdugos de los demás, siendo que debemos ser hermanos y servidores de nuestros hermanos.
El pecado original nos ha dañado tanto y el príncipe de este mundo está tan ávido de destruir la obra de Dios que cada día nos tienta sin darnos cuenta y nos hace caer en la trampa de siempre: el apetito de poder que se apodera de nosotros y nos impide ser fieles a la Voluntad de Dios y nos hacemos fieles a nuestros propios gustos, instintos, deseos, apetitos, etc. Dejamos de lado la verdad, lo bueno, lo que debemos hacer por lo que queremos hacer y por lo que queremos ser sin tener en cuenta lo que Dios nos está mostrando y pidiendo que vivamos.
Por eso, cuando Jesús nos habla de los remiendos se refiere a esto: no siempre nos convertimos en nuevas personas, sino que vamos poniendo algunos remiendos a nuestra vida sin tener en cuenta que esos remiendo se caen, se rompen, y dejar a la vista lo que verdaderamente somos.
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos".
Y eso es lo difícil en nuestra vida: mantenernos fieles a la Voluntad de Dios que nos exige, día a día, un paso más en la conversión del corazón para que la novedad del Evangelio permanezca viva y eficaz en nuestras vidas, para que lo que el Padre quiere que hagamos y transmitamos sea Su Palabra y no la nuestra, pues su Palabra da Vida y la nuestra no.