Comentario de San Beda el Venerable, doctor de la iglesia.
«A un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén» Esta es Nicópolis, ciudad distinguida de la Palestina que después de la guerra de la Judea fue restaurada por el príncipe Marco Aurelio Antonino, habiéndole cambiado la forma y el nombre. Un estadio -como dicen los griegos-, es un espacio de camino determinado [1], como había dispuesto Hércules, y es la octava parte de una milla, por lo tanto, sesenta estadios representan un espacio de siete mil cincuenta pasos, esto es siete millas y media. Este fue el espacio de camino que recorrieron aquellos que, estando seguros de la muerte y sepultura del Salvador, aún dudaban acerca de su resurrección. Porque nadie dudará que la resurrección -que se verificó después del séptimo día llamado sábado- está representada en el número ocho. Los discípulos que marchaban hablando del Señor habían completado seis millas del camino emprendido, porque se dolían de que El, habiendo vivido sin ofensa, hubiera llegado a la muerte que sufrió en el sexto día de la semana. Habían completado también la séptima milla porque no dudaban que hubiese descansado en el sepulcro. Pero no habían recorrido más que la mitad de la octava milla, porque no creían de un modo perfecto en la gloria de la resurrección que ya se había verificado.
«Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;» Cuando hablaban de Él, Jesús se aproximó y los acompañaba, para inculcar en ellos la fe de la resurrección y para cumplir lo que había ofrecido, de que «cuando estén congregados en mi nombre dos o tres, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).
«Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?”» Dice esto porque lo creían un peregrino, cuya cara no conocían. Y en verdad que para ellos era un peregrino, porque una vez realizada la gloria de la resurrección estaba muy distante de ellos, por lo que aparecía como peregrino para ellos, puesto que no creían aún en su resurrección. Pero el Señor pregunta: «Él les dijo: “¿Qué cosas?”». Y se pone a continuación la respuesta, cuando dicen: «Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta”» Le confiesan profeta y se callan que sea Hijo de Dios porque como aún no creían con verdadera fe, y andaban con recelos de caer en manos de los judíos que los perseguían, como no sabían quién era, ocultaban lo que en realidad creían. A cuya recomendación añadieron: «poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”».
«Nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.» Con razón, pues, andaban tristes, y se reprendían a sí mismos por haber llegado a esperar que los redimiría Aquel que ya estaba muerto y en cuya resurrección no creían. Pero lo que más sentían era que había sido muerto sin motivo alguno, cuando lo creían inocente.
«Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.» Si Moisés y los profetas han hablado de Jesucristo y han predicho que entraría en la gloria por medio de la pasión, ¿cómo puede gloriarse de llevar el nombre de cristiano quien no se ocupa de investigar de qué modo las Escrituras se refieren a Cristo? En este concepto no aspira a la gloria que desea tener con Cristo por medio de la pasión.
«Decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”» Parece muy natural que el primero de los hombres a quien Jesús debía aparecerse era a Pedro, como atestiguan los cuatro evangelistas y San Pablo.
El Sermón en la montaña
miércoles, 8 de abril de 2026
En el camino de Emaús
martes, 7 de abril de 2026
Un encuentro que ilumina
San Juan Pablo II, papa (s. XX)
También el episodio de la aparición a María de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrá que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de fe, de oración y de apostolado.
Algunas características de estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en la relación del hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado o «visitado» por Él.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante Él. Se le ama, se le busca, pero, en el momento en el que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación.
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20, 16), como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos (cf. Lc 24, 25-48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.
Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección, sino también la identidad de Aquel que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo «transformado». No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de Él mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: «¿No estaba ardiendo nuestro Corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32). «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). «He visto al Señor» (Jn 20, 18). ¡Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio de dolor y de muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.
lunes, 6 de abril de 2026
Anunciarlo a todos
Sermón de San Pedro Crisólogo, obispo (s. V)
El ángel dijo a las mujeres: «Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”» (Mt 28, 7). Al decir esto, el ángel no se dirigía a María Magdalena ni a la otra María, sino que a estas dos mujeres, él encomendaba la misión para la Iglesia, él estaba enviando a la Esposa en busca del Esposo.
Mientras ellas se marchaban, el Señor salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: «Os saludo, alegraos» (griego). Él le había dicho a sus discípulos: «No saludéis a nadie en el camino» (Lc 10, 4); ¿cómo es que en el camino Él acudió al encuentro de estas mujeres y las saludó con tanta alegría? Él no espera ser reconocido, no busca ser identificado, no se deja cuestionar, sino que se adelanta con gran ímpetu hacia este encuentro.
Esto es lo que provoca la fuerza del amor; ésta fuerza es más fuerte que todo, la que todo sobrepasa. Al saludar a la Iglesia, es al mismo Cristo al que saluda, porque Él la ha hecho suya, ésta es su carne, su cuerpo, como lo atestigua el apóstol Pablo: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1, 18). Sí, es a la Iglesia en su plenitud a la que personifican estas dos mujeres. Él dispone que estas mujeres ya han alcanzado la madurez de la fe: ellas dominaron sus debilidades y se apresuraron hacia el misterio, ellas buscan al Señor con todo el fervor de su fe. Este es el motivo por el que merecen que Él se entregue a ellas al ir a buscarlas y decirles: «Os saludo, alegraos». Él les deja no solo tocarle, sino también aferrarse a Él en la misma medida de su amor. Estas mujeres son en el seno de la Iglesia, un ejemplo de predicación de la Buena Noticia.
domingo, 5 de abril de 2026
Id a decir a los discípulos
De los comentarios de San Pedro Crisólogo, obispo
El ángel dijo a las mujeres: «Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”» (Mt 28, 7). Al decir esto, el ángel no se dirigía a María Magdalena ni a la otra María, sino que a estas dos mujeres, él encomendaba la misión para la Iglesia, él estaba enviando a la Esposa en busca del Esposo.
Mientras ellas se marchaban, el Señor salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: «Os saludo, alegraos» (griego). Él le había dicho a sus discípulos: «No saludéis a nadie en el camino» (Lc 10, 4); ¿cómo es que en el camino Él acudió al encuentro de estas mujeres y las saludó con tanta alegría? Él no espera ser reconocido, no busca ser identificado, no se deja cuestionar, sino que se adelanta con gran ímpetu hacia este encuentro.
Esto es lo que provoca la fuerza del amor; ésta fuerza es más fuerte que todo, la que todo sobrepasa. Al saludar a la Iglesia, es al mismo Cristo al que saluda, porque Él la ha hecho suya, ésta es su carne, su cuerpo, como lo atestigua el apóstol Pablo: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1, 18). Sí, es a la Iglesia en su plenitud a la que personifican estas dos mujeres. Él dispone que estas mujeres ya han alcanzado la madurez de la fe: ellas dominaron sus debilidades y se apresuraron hacia el misterio, ellas buscan al Señor con todo el fervor de su fe. Este es el motivo por el que merecen que Él se entregue a ellas al ir a buscarlas y decirles: «Os saludo, alegraos». Él les deja no solo tocarle, sino también aferrarse a Él en la misma medida de su amor. Estas mujeres son en el seno de la Iglesia, un ejemplo de predicación de la Buena Noticia.
sábado, 4 de abril de 2026
El sepulcro vacío
San Juan Pablo II, papa (s. XX) • extracto de la catequesis
Cuando considero los acontecimientos pascuales, el primer elemento ante el que me encuentro es el «sepulcro vacío». Sé que no es por sí mismo una prueba directa, porque la ausencia del cuerpo «podría explicarse de otra forma», como pensó María Magdalena al suponer que alguien habría sustraído el cuerpo de Jesús. También recuerdo que el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había sido robado por los discípulos. Y, sin embargo, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo impresionante, y para las personas de buena voluntad fue el primer paso hacia el reconocimiento del hecho de la resurrección.
Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana se habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Ellas fueron las primeras en acoger el anuncio: «Ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro». Aunque estaban sorprendidas y asustadas, «recordaron sus palabras» y, en su sensibilidad y finura intuitiva, se aferraron a la realidad y corrieron a dar la alegre noticia. Sé por Mateo que Jesús mismo les salió al encuentro, las saludó y les renovó el mandato. De esta forma, las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección, hecho elocuente sobre la importancia de la mujer en los días del acontecimiento pascual.
Entre los que recibieron el anuncio estaban Pedro y Juan. Ellos se acercaron al sepulcro «no sin titubeos», porque habían oído hablar de una sustracción del cuerpo. Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío y «terminaron creyendo», porque «hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar». El hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. Incluso la dificultad de las tradiciones para dar una relación plenamente coherente confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los testigos.
Pero debo considerar otro dato: aunque el sepulcro vacío podía generar sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección. Las mujeres y los Apóstoles se encontraron ante un «signo» particular: el signo de la victoria sobre la muerte. El sepulcro cerrado testimoniaba la muerte; el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte. Recuerdo el estado de ánimo de las mujeres que se decían: «¿Quién nos retirará la piedra?», y que después constataron con maravilla que «la piedra estaba corrida aunque era muy grande». Aunque «un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas», llevaron el anuncio, porque el sepulcro vacío con la piedra corrida fue el primer signo.
Para las mujeres y para los Apóstoles, el camino abierto por el signo se concluye mediante el encuentro con el Resucitado. Entonces la percepción tímida e incierta se convierte en convicción y fe en Aquel que «ha resucitado verdaderamente». Las mujeres «se arrojaron a sus pies y lo adoraron». María Magdalena, al escuchar su nombre, dijo «Rabbuní» y corrió radiante a anunciar: «¡He visto al Señor!». Los discípulos, al verlo en el Cenáculo, «se alegraron al ver al Señor».
Y puedo afirmar: «El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe».
El descenso del Señor
De una homilía antigua sobre el grande y santo Sábado
¿Qué es lo que hoy sucede? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo.
Va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida (cf. Lc 15,3-7). Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte(Lc 1,79). Él, que es al mismo tiempo Dios e Hijo de Dios, va a librar de sus prisiones y de sus dolores a Adán y a Eva.
El Señor, teniendo en sus manos las armas vencedoras de la cruz, se acerca a ellos. Al verlo, nuestro primer padre Adán, asombrado por tan gran acontecimiento, exclama y dice a todos: «Mi Señor esté con todos.» Y Cristo, respondiendo, dice a Adán: «Y con tu espíritu.» Y, tomándolo por la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz» (Ef 5,14).
Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo; y ahora te digo que tengo el poder de anunciar a los que están encadenados: «Salid», y a los que se encuentran en las tinieblas: «Iluminaos», y a los que duermen: «Levantaos».
A ti te mando: «Despierta, tú que duermes, pues no te creé para que permanezcas cautivo en el abismo; levántate de entre los muertos, pues yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, imagen mía, creado a mi semejanza. Levántate, salgamos de aquí, porque tú en mí, y yo en ti, formamos una sola e indivisible persona».
Por ti, yo, tu Dios, me he hecho tu hijo; por ti, yo, tu Señor, he revestido tu condición servil; por ti, yo, que estoy sobre los cielos, he venido a la tierra y he bajado al abismo; por ti, me he hecho hombre, semejante a un inválido que tiene su cama entre los muertos (Sal 88[87],5-6); por ti, que fuiste expulsado del huerto, he sido entregado a los judíos en el huerto, y en el huerto he sido crucificado.
Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues los he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.
Dormí en la cruz, y la lanza atravesó mi costado, por ti, que en el paraíso dormiste, y de tu costado diste origen a Eva (cf. Gn 2,21-22). Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te saca del sueño del abismo. Mi lanza eliminó aquella espada que te amenazaba en el paraíso (cf. Gn 3,24).
Levántate, salgamos de aquí. El enemigo te sacó del paraíso (cf. Gn 3); yo te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celeste. Te prohibí que comieras del árbol de la vida (cf. Gn 2,16), que no era sino imagen del verdadero árbol; yo soy el verdadero árbol, yo, que soy la vida y que estoy unido a ti. Coloqué un querubín que fielmente te vigilara (cf. Gn 3,24); ahora te concedo que el querubín, reconociendo tu dignidad, te sirva.
El trono de los querubines está a punto, los portadores atentos y preparados, el tálamo construido, los alimentos prestos; se han embellecido los eternos tabernáculos y moradas, han sido abiertos los tesoros de todos los bienes, y el reino de los cielos está preparado desde toda la eternidad.»
viernes, 3 de abril de 2026
El valor de la sangre de Cristo
De las catequesis de San Juan Crisóstomo, obispo
¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras.
Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. ¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón? «Sin duda, responde Moisés: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor».
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero y yo recibo el fruto del sacrificio.
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón afirma San Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues de la misma forma que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquél a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.