sábado, 17 de octubre de 2026

Coherencia y responabilidad en el Amor

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios".
Jesús les está hablando a los discípulos de las consecuencias y/o responsabilidades de nuestro ser cristiano, de nuestro obrar cotidiano.
¿Nos declaramos cristianos ante los hombres? Seguramente que sí, que nos declaramos cristianos, pero ¿vivimos como cristianos? ¿Defendemos nuestra fe y vida cristiana ante el mundo y los demás? ¿O simplemente decimos que somos y después nos escondemos detrás de vivencias tan mundanas que nos identificamos con el mundo y no con Cristo?
Hay veces que nuestra vida no dice lo que dicen nuestras palabras, y, otras veces, dicen totalmente lo contrario. Pero ante esas situaciones, si las reconocemos y nos damos cuenta que estamos equivocados y queremos volver al verdadero camino y la coherencia de vida y fe, es ahí cuando el Señor viene en nuestra ayuda y perdonándonos nos da la Gracia para volver, para comenzar a caminar con Él, por Él y para Él.
Pero, si en lugar de reconocer que nos equivocamos y tomamos otro camino totalmente diferente, y por esas cosas al pedirnos el Padre que demos testimonio, nos seguimos renegando y negamos el Espíritu Santo y hablamos en contra de Él, entonces, nos dice Jesús:
"Todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre podrá ser perdonado, pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará".
¿Por qué no se nos perdonará? Porque es el Espíritu el que nos ayuda a encontrar el camino, el que nos da la fuerza para seguir, es el que nos abre al Amor verdadero para poder amar a Dios sobre todas las cosas, es el Espíritu el que anima nuestra vida cristiana. Si renunciamos a Él ya no tenemos perdón, porque no podemos Amar para ser perdonados. Blasfemar contra el Amor es no aceptar el camino de la salvación, es no aceptar el amor de Dios, es no aceptar el amor de Jesús, y sabemos que el Padre "nos amó tanto que nos envió a su Hijo para salvarnos", por eso si renegamos del Amor de Dios, Él no podrá perdonarnos y perderemos la Gracia de vivir en Él.

viernes, 16 de octubre de 2026

A ver en qué redes caigo

«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse".
Hoy en día al mirar y escuchar los telediarios y noticias políticas podemos llegar a entender esto de la hipocresía, algo que no se da sólo en esas esferas sino que se da también en la vida cotidiana, del ciudadano de a pie, como se dice. Estamos viviendo en una sociedad que ve la hipocresía como algo común y que se va adhiriendo a la vida concreta de todos, como tantos otros pecados del hombre de hoy que se están haciendo tan de todos los días que no nos parecen ni pecados, y como vivimos con la famosa frase del "todos los hace", caemos en la trampa de ver que el mal está bien y que el bien está mal. Algo que tendremos que comenzar a erradicar de nuestras vidas si queremos alcanzar el Reino tan esperado.
Y, al final del evangelio de hoy, el Señor nos invita a la confianza en la Providencia. Sí, porque, muchas veces, no decimos la verdad por miedo al qué dirán, por miedo a esto o a aquello, y por eso caigo en la red de la mentira, de la hipocresía, del pecado al fin y al cabo. Pero también la Providencia me ayuda a vivir en paz, pues no tengo que pre-ocuparme de lo que puede o no puede pasar, sino que tengo que ocuparme de lo que Dios quiere que haga para que esté siempre asistido por su Gracia y no por mi autosuficiencia.
Cuando dejo de confiar y creer en la Providencia me vuelvo un cristiano que anda corriendo de un lado para otro para poder hacer todo lo que quiero, y poder así conseguir todo lo que anhelo, y en ese trajín no me doy cuenta que voy perdiendo el gusto de disfrutar de lo que Dios me está regalando, y, sobre todo, pierdo en todo ese recorrido la calma, la paz, dejo a los demás sin mi presencia y no disfruto de la presencia de los otros.
Por eso, el Señor, nos pide ocuparnos de las cosas del Reino y lo demás vendrá por añadidura y así, también, podré cuidarme de la levadura de los fariseos, pues voy, siempre, discerniendo lo que debo hacer y lo que Dios quiere que haga, sin dejarme atrapar por otras redes que no sean las de Él.

jueves, 15 de octubre de 2026

Acordémonos del amor de Cristo

Santa Teresa de Ávila, virgen y doctora de la Iglesia
Del Libro de su vida (Cap. 22,6-7.12.14)

Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita.
Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado.
¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena.
Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana.
Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón de este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.

miércoles, 14 de octubre de 2026

Nuestras obras y frutos

Hoy san Pablo nos ayuda a hacer un doble examen de conciencia, y este examen parte de los frutos de nuestro día a día para saber a quién estamos haciendo caso, si al espíritu de Dios o si a nuestros instintos (a la carne):
"Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo.
En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí".
Saber cómo estamos viviendo es importante para saber hacia dónde vamos: las obras de la carne nos alejan del Reino de los Cielos, en cambio las del Espíritu nos acercan a él.
Si descubrimos que estamos siendo obedientes a nuestra carne y queremos llegar al Reino de los Cielos tendremos que comenzar un camino de conversión, es decir, por medio del Sacramento de la Reconciliación pedir perdón y encaminar nuestra vida por medio de la obediencia al Espíritu que habita en nosotros. Lo cual implica un camino de renuncia a nosotros mismos para hacer lo debido, lo que el Padre nos va indicando por medio de Su Palabra para poder vivir en Gracia y por, cada día, estar más cerca del Reino de Dios.
El camino para la conversión es el que, también, nos lo dice san Pablo con su propia vida: es una lucha constante entre el espíritu y la carne, entre la carne y el espíritu, por eso necesitamos estar fortalecidos en el espíritu para que no nos ganen los deseos carnales que, como vemos en las obras, no sólo son deseos sexuales sino que hay muchos más que, a veces, no tenemos en cuenta. Esa lucha constante si la hacemos unidos a la oración y la Eucaristía, tendremos más posibilidades de ganarla y alcanzando la fortaleza del espíritu llegar a la meta sin perder la fe.

martes, 13 de octubre de 2026

No más leyes

"Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo:
«Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.
¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro?
Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo».
Esta exhortación de Jesús me hace pensar mucho en cómo miramos a los demás, cómo miramos y juzgamos las acciones de nuestros hermanos, en nuestra familia, en nuestra comunidad.
Esto me hace acordar a aquellos que critican a los que comulgan con la boca o a los que comulgan con las manos, y yo pregunto ¿qué parte de nuestro cuerpo tiene más pecado: la boca o las manos? En realidad todo nuestro cuerpo está en pecado, todo está sucio si no estamos en Gracia. Por eso, no miremos si comulgan con la boca o con las manos, de rodillas o de pie ¿qué sabes tú cómo vive tu hermano ese momento de encuentro con Jesús? ¿Será acaso que tú no lo vives tan interiormente que te estás fijando en qué es lo que hacen los demás? Y ahí tienes tu actitud frente al Señor, no buscas al Señor, sino que miras a tu hermano.
Hemos caído, muchos y muchas veces, en el fariseismo de criticar por criticar, de poner más normas y leyes que las necesarias y nos olvidamos de vivir el amor, como dice san Pablo:
"Los que pretendéis ser justificados en el ámbito de la ley, habéis roto con Cristo, habéis salido del ámbito de la gracia.
Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe, porque en Cristo nada valen la circuncisión o incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor".
Por eso, no pongas más leyes o normas de las que tenemos, pues ya con la nueva ley de amor tenemos de sobra y es la que nos purifica el camino hacia el Reino de Dios.

lunes, 12 de octubre de 2026

Sobre la piedad mariana

San Pablo VI, papa
De la exhortación apostólica Marialis cultus

La piedad de la Iglesia hacia la santísima Virgen María es un elemento intrínseco del culto cristiano. La veneración que la Iglesia ha dado a la Madre del Señor en todo tiempo y lugar -desde el saludo y la bendición de Dios hasta las expresiones de alabanza y súplica de nuestro tiempo- constituye un sólido testimonio de que la lex orandi de la Iglesia es una invitación a reavivar en las conciencias su lex credendi. Y viceversa: la lex credendi de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana su lex orandi en relación con la Madre de Cristo. Culto a la Virgen de raíces profundas en la palabra revelada de sólidos fundamentos dogmáticos.
La misión maternal de la Virgen empuja al pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acoger sus peticiones con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso los cristianos la invocan desde antiguo como «Consoladora de los afligidos», «Salud de los enfermos», «Refugio de los pecadores», para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora de la esclavitud del pecado; porque ella, libre de toda mancha de pecado, conduce a sus hijos a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo una y otra vez, esta liberación del mal y de la esclavitud del pecado es la condición previa y necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.
La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar los ojos hacia María, «que brilla ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de virtudes». Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la palabra de Dios; la obediencia generosa; la humildad sincera; la caridad solícita; la sabiduría reflexiva; la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos, agradecida por los bienes recibidos, que ofrece en el templo, que ora en la comunidad apostólica; la fortaleza en el destierro, en el sufrimiento; la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor; el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz; la delicadeza previsora; la castidad virginal; el fuerte y casto amor conyugal. De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella eficacia pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.

domingo, 11 de octubre de 2026

La invitación al Banquete

Muchas veces encontramos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la figura del Banquete de Bodas para hacernos pensar en el amor de Dios hacia su Pueblo, hacia el hombre, pues es un amor de alianza, un amor esponsalicio. Por eso, cuando en esta parábola de Jesús nos habla de que ya está preparado el banquete de la boda de su Hijo, nos está hablando, por un lado, de que todo está preparado para la consumación de la Nueva Alianza, una Alianza que será sellada con la Sangre del Hijo, y en la que todos estamos llamados a participar.
Ese Banquete de la Alianza es el que celebramos y vivimos todos los días en la Santa Misa. Sí, todos los días el Padre nos llama a participar del Banquete Celestial de la Boda de Su Unigénito, un Banquete en el que nos alimenta con Su Palabra y con Su Propia Vida (la Eucaristía)
Él sigue llamando a todos, pero no todos responden, y, finalmente no todos son elegidos para participar.
Llama a todos porque la Salvación que el Padre nos dio por medio de Su Hijo, es para todos los hombres de todos los tiempos, desde Adán hasta el último del final de los tiempos. Pero, como vemos habitualmente, y más en los tiempos que vivimos, muchos tienen excusas para no aceptar la invitación. Excusas porque siempre hay tiempo para todo pero nunca para las cosas del espíritu y vamos perdiendo la relación con Dios y con nosotros mismos. Y otros ya no ponen excusas sino que "matan" a Dios en el espíritu y se quedan tan airosos proclamando su no-existencia.
Y, finalmente, está esa imagen que nos sorprende que nos da Jesús, la del invitado que fue expulsado por no tenía el traje de boda. ¿Qué significa? A veces nos encontramos con quienes se creen dueños de todo y por eso creen que pueden participar sin prepararse, simplemente porque tienen el derecho de hacerlo, y, por eso mismo quieren participar del Banquete sin tener en cuenta las formas y las obligaciones que eso genera en la persona. El vestido de bodas no es la ropa que nos ponemos para ir a algún lado, sino la preparación interior que nos reviste de un buen estado de Gracia para encontrarnos y comulgar con el Esposo de la Boda.