viernes, 25 de septiembre de 2026

Todo tiene su tiempo

"Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo..."
Esto es lo que, muchas veces, nos produce ansiedades: que Dios tenga sus tiempos y que nosotros no sepamos cuándo es el tiempo de Dios, aunque en realidad sí lo sabemos: cuando Él quiera. No, en serio, el tiempo de Dios es el presente, es el hoy por eso tenemos que estar siempre atentos al hoy de Dios pues en ese hoy Él nos está diciendo algo, nos está mostrando algo y quiere que tomemos una decisión sobre algo.
Cuando la ansiedad o el no pensar en lo que Dios quiere, o cuando nos dejamos avasallar por la carrera contra el tiempo, es cuando no estamos haciendo la Voluntad de Dios, pues no tenemos tiempo de ponernos a discernir sobre lo que estamos viviendo y haciendo, ni tan siquiera nos hemos detenido a ver si lo que estamos haciendo o viviendo es Voluntad de Dios.
Jesús así nos lo enseñó cuando, en muchos momentos, hablaba de "no ha llegado mi Hora". Él sabía cuándo y cómo sería Su Hora y por eso buscaba en todo momento el encuentro con el Padre. Leemos en muchas partes del Evangelio que se iba solo a orar pues necesitaba estar en ese diálogo permanente para no dejar pasar el tiempo sin saber qué es lo que el Padre quería.
¿Cuándo es el nuestro mejor tiempo? ¿Cuánto tiempo necesitamos estar con Dios? Sólo cada uno lo sabe, pero seguramente tenemos que ir aprendiendo a estar no con Dios, sino en Dios, pues cuando aprendemos a entregar cada momento y cada situación al Padre es cuando todo está en Dios, en esos momentos, seguramente, el Padre nos dará su Gracia porque todo lo hacemos por Él, con Él y para Él. Porque no es que Dios necesite que nosotros hagamos cosas para Él, sino que haciéndolo así todo resulta más productivo para nuestra vida espiritual, para fortalecer nuestro espíritu, para poder alcanzar la gracia de saber que todo lo que hacemos si lo ponemos en Sus Manos no queda sin recompensa, y así le consagramos cada acto, cada momento, y, en definitiva toda nuestra vida.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Vanidad de vanidades

Decía Herodes sobre Jesús:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de verlo".
Esta frase me hizo pensar en las cosas que hace la gente por ver a algún famoso, por seguir sus vidas, y las cosas raras que hacen los más seguidores: se tatúan sus rostros en la piel, se cortan el cabello como ellos, gastan fortunas por verlos en conciertos, estadios, etc. A veces el canto de sirena que produce la fama desquicia a las personas, quizás porque quieren ser como ellos, quizás porque compartir sus locuras los saca del ritmo triste de la vida, o vaya a saber qué cosas suenan en sus cabezas.
Herodes solamente tenía ganas de verlo por la fama que se había hecho sobre Jesús, sus milagros, sus palabras, sus seguidores. Pero todo brotaba de la vanidad que había en él, no había mayor deseo que saber quién era o qué era Jesús, porque tanto se hablaba y tantas teorías se manejaban sobre su vida que había que conocerlo.
Y es lo que trae la vanidad consigo: la superficialidad de la vida, conocer por conocer, creer que por peinarnos como tal podemos llegar a ser tal o cual, vivir sin pensar que lo que estoy viviendo es una falsa vida, y quedar por dentro tan vacío como siempre cuando caigo en la verdad de lo que estoy viviendo.
Todas esas cosas nos llevan a vivir un descontrol que no nos deja pensar en lo que estamos haciendo, en cómo estamos viviendo. La rapidez de los días hacen que queramos vivir todo de golpe, y por eso no interesa cómo lo vivamos sino las sensaciones que deja en nuestro interior, aunque más no sea una sensación de ese momento porque se que dos días más tarde volveré a tener otra sensación que me lleve a la euforia nuevamente.
Y todo pasa. Y todo se acaba. Y la vida continúa. Hasta que de pronto la vida nos golpea y vemos que no hay mucho de donde "rascar" para hacer frente al dolor, a la cruz. Por eso la lectura del Eclesiastés nos invita a descubrir la vanidad del tiempo que vivimos, que si no somos capaces de vivir desde el interior y desde Dios, todo será vacío y nada.
Jesús no sólo quiere que lo descubramos, sino que quiere que aprendamos a vivir desde una realidad profunda y llena de valores que tornan nuestra vida con un sentido de eternidad, haciendo que cada cosa y situación que vivamos nos permita crecer, madurar y alcanzar la perfección que nuestro ser anhela, una perfección personal, propia y no alquilada o imitada.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Piedras del edificio eterno

De los escritos de San Pío de Pietrelcina, presbítero

Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.
Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno.
El alma, si quiere reinar con Cristo en la gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.
Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de las almas y, llenos de confianza, entregaros a sus santísimos brazos: como a los elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.
No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el contrario, ha sido honrado más y más.
Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir, aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En efecto, dice la Escritura: «Siete veces cae el justo» (Pr 24, 16).
Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas... Expulsad, como tentaciones, las dudas que os asaltan... Expulsad también las dudas que afectan a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia ella. ¡No abatáis el ánimo!
Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con Jesús en la cruz: «Todo está cumplido» (Jn 19, 30).

martes, 22 de septiembre de 2026

Ser Fieles

"Entonces le avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Hoy en día, humanamente hablando, los títulos académicos, los de nobleza (donde los haya), los nombramientos políticos, etc., son los que "abren" puertas y "pareciera" que hacen más dignos a las personas. Y usando la misma medida creemos que el título de cristiano nos abre las puertas del Cielo, y, parece que no es así.
No por tener el título de cristiano que me dio el bautismo. O por tener un lugar particular en la comunidad cristiana voy a ser mejor que otros o voy a conseguir más favores de parte de Dios. Si pienso eso, estoy muy equivocado.
A veces la gente nos dice a los sacerdotes, y, seguramente, a los religiosos también: "usted que está más cerca de Dios pídale..." Puede ser que esté más cerca pero no por ser sacerdote o religioso, sino porque vive en fidelidad a la voluntad de Dios, que es lo que Jesús nos dice en este Evangelio: "mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen", y eso lo tiene que hacer todo cristiano, y, por eso, cualquier puede estar más en Dios que uno que tiene un título.
Así la liturgia nos pone para que tomemos nota, frente a esta exigencia de Jesús, el Libro de los Proverbios donde, ya en el Antiguo Testamento, Dios iba dando consejos y sentencias acerca del accionar del hombre. Por eso os lo recomiendo para seguir leyendo la primera lectura e ir revisando nuestra vida para ver cómo vamos actuando, y, principalmente, hemos de tener en cuenta que no bastan los títulos o cargos para alcanzar el Cielo, sino ser Fieles a la Voluntad de Dios en amor.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Lo vió, lo amó y lo eligió

Homilía de San Beda el Venerable, presbítero

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. Sígueme, que quiere decir: «Imítame». Le dijo: Sígueme, más que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que permanece en Cristo debe vivir como vivió él.
El -continúa el texto sagrado- se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.
Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Estoy a la puerta llamando: si alguien oye y me abre, entraré y comeremos juntos.
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestro asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para comer con nosotros, y nosotros con él, porque, por el don de su amor, habita en el corazón de los elegidos, para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Complicado de ver

"Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña..."
Si hay una parábola complicada para entenderla o para aceptarla es esta la del viñador que paga a todos lo mismo, y, sobre todo, esto de que los últimos serán primeros y los primeros últimos... No terminamos de aceptar estas cuestiones que nos plantea Jesús, y, por supuesto, tampoco podré resolverlas del todo, sino que intentaré hacer una reflexión de lo que a mí, hoy, me parece luego de leer y leer con la Gracia del Espíritu, pues, seguramente a cada uno, como siempre, la Palabra nos dirá otras cosas.
Pero pensando en los primeros y los últimos lo asocié con la soberbia y la humildad, y al hacerlo apareció en la memoria el Magníficat, el cántico de María, cuando Ella dice: "Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes..."
Es que los vanidosos y soberbios siempre se creen los mejores, los primeros en todo y por eso creen que no necesitan de nadie, incluso, hasta los que se creen más religiosos pero "descartan" a Dios de sus vidas, quizás inconscientemente, pues ellos lo pueden todo. Más aún, muchas veces, no recurren al sacramento de la reconciliación porque no se creen pecadores, sino que son los mejores de la tierra, o no valoran tanto ese sacramento.
Y, por otro lado, están los que intentan vivir una sincera humildad. Digo sincera, porque también están los que la viven falsamente terminando en vanidad. Pero los que sinceramente viven la humildad (son los que no la predican con palabras) lo hacen desde esa condición de hijos pequeños que confían en el Padre, que necesitan al Padre y que, por esa razón, viven la disponibilidad a su Voluntad, y se dejan guiar por su mano. Por esa razón saben que todo lo que el Padre quiera o permita en sus vidas es por Amor y para su bien, por eso, siempre estarán fijos en los ojos del Padre y recibirán mucho más pues tienen el corazón más vacío de sí mismos, y así pueden ser llenos del Amor del Padre.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Semilla que alimenta

Sermón de San Juan María Vianney “Cura de Ars” (s. XIX)

Si me preguntáis qué es lo que quiere decir Jesucristo al hablar de ese sembrador que salió de madrugada a esparcir la semilla en su campo, hermanos, os digo que ese sembrador es el mismo buen Dios que comienza a trabajar para nuestra salvación desde el comienzo del mundo enviándonos profetas antes de la venida del Mesías para enseñarnos que debíamos ser salvados. No se contentó enviándonos a sus servidores, sino que vino él mismo y nos señaló el camino que debíamos tomar, y nos anunció la palabra santa.
¿Sabéis lo que es una persona que no se alimenta de esta palabra santa? Se parece a un enfermo sin médico, a un viajero extraviado sin guía, a un pobre sin recursos. Es del todo imposible, hermanos, amar a Dios y contentarle sin alimentarse de esta palabra divina. ¿Qué es lo que puede llevar a ligarnos a él sino el conocerlo? ¿Y quién nos le hace conocer con todas sus perfecciones, sus bellezas y su amor por nosotros, si no es la Palabra de Dios que nos enseña todo lo que él ha hecho por nosotros y los bienes que nos prepara en la otra vida?