sábado, 7 de marzo de 2026

Escribas y fariseos

Como tantas otras parábolas la Parábola del Hijo Pródigo es de aquellas que al comenzar a leerlas ya nos imaginamos todo lo que ocurre y por eso no le damos tiempo al Espíritu para que nos diga lo que el Padre quiere de nosotros, o que nos enseñe lo que Jesús quiere que entendamos. Si bien hay muchos personajes en los que podamos espejarnos: el padre, los hijos, los sirvientes, pero también están los publicanos, los pecadores y los fariseos y los escribas. Aunque se los menciona sólo al principio pero siempre están en todos los mensajes que Jesús nos, y, creo que, gracias a ellos Jesús nos ha dejado muchos mensajes que nos ayudan a vivir y a pensar nuestras actitudes.
Esta parábola Jesús la dice pensando en lo que ellos, los escribas y fariseos, estaban pensando acerca de Jesús y de aquellos con quienes Él se reunía: publicanos y pecadores. Los escribas y fariseos no debían juntarse con publicanos y pecadores por miedo al contagio, porque si se juntaban con gente impura ellos mismos quedaban impurificados y no podían seguir con sus ritos y costumbres religiosas.
Y así nos pasa o les pasa a muchos en nuestra Iglesia: se creen mejores unos que otros y se permiten juzgar y condenar a los que ellos creen pecadores o que no están de acuerdo con lo que ellos viven, creyendo que son los únicos que viven una fe intachable, haciéndose así pecadores por faltar al amor, a la caridad, a la misericordia y teniendo como pecado la vanidad o soberbia espiritual, la cual les da el derecho de juzgar y condenar a otros.
Por eso, aunque no seamos conscientes de nuestras faltas de caridad hacia nuestros hermanos, todos debemos mirarnos en el espejo de los fariseos y escribas porque, aunque no lo veamos, tenemos el aguijón de la soberbia espiritual muy clavado en nuestro corazones, y es un aguijón que no sale fácilmente de nuestras vidas.
Así, cuando lo reconozcamos podremos abrazar como lo hace Jesús a todos, todos y todos (una frase que a muchos les gusta pero que no la viven) los hermanos, pues el abrazo del Padre no es sólo al que se fue, sino que también quiere abrazar diariamente a quien está a su lado para que pueda comprobar que en ese abrazo quiere comunicarle el amor que es indistinto para uno que para otro.

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