"Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como lana".
Una hermosa exhortación de parte de Dios y una aliento para nuestra conciencia y vida: saber que el Señor puede perdonarnos y que su misericordia es infinita.
A veces dudamos de que el Señor pueda perdonar nuestros pecados porque siempre caemos en el mismo pecado, siempre tropezamos con la misma piedra y, por eso, nos da vergüenza, muchas veces, confesarnos porque tenemos que decir lo mismo una y otra vez.
Por eso, el mismo Jesús nos dijo: el justo peca 7 veces por día, por que Él sabe de nuestra debilidad, de nuestro pecado, pero necesita que lo reconozcamos, que analicemos nuestra conducta y recurramos a su Gracia para poder fortalecernos y buscar, siempre, un apoyo en Su Palabra para no caer, pero si caemos lo tenemos a Él que es nuestro abogado Celestial.
Pero claro, todo tiene que tener su vuelta: como el conoce nuestro corazón y sabe de nuestro pensamientos, también sabe si hay un sincero arrepentimiento de corazón para intentar no caer más, y, sobre todo, si el pecado ha sido contra mi prójimo, contra mi hermano, me pide que haga algo para restaurar el daño realizado, pues no basta con pedir perdón a Dios si no le pido perdón a mi hermano: "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden", y, en ese sentido también nos toca a nosotros pedir perdón si hemos ofendido.
Cuando, verdaderamente nos duele el pecado cometido entonces el arrepentimiento puede llegar a ser más sincero y el remedio a ello hasta puede ser gratificante. Pero si no me duele el hecho de pecar, de ofender, de hacer daño con mis palabras, obras y acciones, entonces no habrá sinceridad en mi arrepentimiento y aunque pida perdón en el confesionario, quizás el Señor no purifique mi corazón pues sigo con las mismas intenciones que tenía antes de confesarme.
No utilicemos, por lo tanto, el sacramento de la confesión en vano si en realidad no hay sinceridad en mi arrepentimiento, o si, en definitiva, no estoy dispuesto ni a arrepentirme ni a solucionar lo que he realizado. Antes bien pidamos al Espíritu Santo que nos ayude y nos de el Don del Temor de Dios para que sabiendo que puedo perder su Amor pueda comenzar a sentir dolor por mi pecado y buscar la fortaleza para poder arrepentirme de corazón y reconciliarme conmigo mismo, con mis hermanos y luego con el Padre Celestial, para que así aquello que ennegreció mi alma queda limpia y purificada por la absolución de mis pecados por medio del sacramento de la Reconciliación.
martes, 3 de marzo de 2026
Aunque tu pecado sea rojo como la grana...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.