sábado, 14 de marzo de 2026

Fariseo o publicano?

"El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador"
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Aunque las comparaciones sean odiosas y no tendríamos que hacerlas, esta parábola de Jesús sobre la oración del fariseo y el publicano nos viene muy bien.
Primero saber que no debemos compararnos con los demás ni pretender ser más que nadie, ni tan siquiera en las virtudes, ni en el pecado, ni en la inteligencia, ni en las cruces o dolores, ni en nada. A cada uno Dios nos ha dado dones y nos ha dotado de inteligencia y voluntad para poder vivir de acuerdo a su Voluntad, con libertad. Y por eso querer compararnos es una falta de caridad hacia nosotros mismos porque muchas veces nos infravaloramos, o hacia los demás porque nos damos más valor que los demás.
Por otro lado, no es que Jesús quiera que nos deprimamos por hacernos ver nuestros pecados, sino que al reconocerlos podamos reconciliarnos con el Padre, con los demás y con nosotros mismos, pues el pecado nos quita la Gracia, la alegría, la esperanza. En cambio cuando damos el paso, sincero, de reconocer nuestro pecado y pedir perdón recibimos el abrazo de la Gracia del Señor para poder seguir recorriendo el camino que Él mismo nos ha mostrado, y con con su Gracia poder tener la fuerza para levantarnos de las caídas. Y, sobre todo, cuando reconocemos nuestro pecado crecemos y maduramos en humildad, sabiendo que así como yo peco y soy perdonado, también tengo que hacer lo mismo con mis hermanos, porque sólo puede ser perdonado aquél que sabe perdonar.
La alegría de recibir el abrazo del perdón es lo que tengo que aprender a compartir con mis hermanos, pues es lo que pido diariamente: perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden.

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