lunes, 23 de marzo de 2026

Con la vara que juzgues...

«El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.
Y quedó solo Jesús, con la mujer, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?»
Ella contestó: «Ninguno, Señor».
Muchas veces nos erigimos en jueces y verdugos de nuestros hermanos creyendo que tenemos la razón, que la verdad está en nuestro corazón. Pero es el Señor quien nos hace ver nuestro propio pecado y nos ayuda a no seguir juzgando y condenando a nuestros hermanos pues el juicio y la condena son parte de la Justicia divina.
Pero, sobre todo, nos ayuda a descubrir en nuestro corazón que no hay tanta inocencia como creemos, ni tampoco tanta verdad en lo que aseguramos o afirmamos del otro. Por eso Él mismo nos advierte: "con la vara con que juzguéis seréis juzgados", por eso Él le dijo a los ancianos: "quien esté sin pecado que tire la primera piedra", y ahí nadie pudo hacer nada, porque el pecado es parte de nuestra vida.
Claro es que no es que no quiera que ayudemos a nuestros hermanos a salir de su pecado porque sino no nos hubiera enseñado lo que significa la corrección fraterna: "si tu hermano peca corrígelo en privado...", pero eso es corrección fraterna no juicio y condena pública que es a lo que estamos acostumbrados a hacer.
Los programas de prensa rosa y amarilla nos han ido convenciendo que lo importante es sacar a la luz los pecados de los demás, anunciar públicamente que tal o que cual han hecho tal cosa o tal otra. Pero nadie se asegura, después, de anunciar que hubo un error, que no era tan así, ni siquiera se puede devolver la buena fama a las personas después de haber publicado sus errores o falsos pecados.
Ni tan solo en la familia o las comunidades (que se dicen cristianas) somos capaces de ayudar con la corrección fraterna, ni tan siquiera de reconocer que nos hemos equivocado, y, mucho menos de pedir perdón por nuestros errores.
Así el Señor, en estos últimos días de la Cuaresma nos pone un espejo en el que está Él mismo para que descubramos si estamos viviendo el amor fraterno como Él lo vive, si estamos siendo justos y misericordiosos como lo es Él, o solamente nos estamos convirtiendo en verdugos de nuestros hermanos sin siquiera ayudarlos a encontrar el camino de la conversión, un camino que nosotros mismos tenemos que encontrar por medio del arrepentimiento y el pedido de perdón.

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