sábado, 30 de abril de 2022

Por María nos llega la Bendición

De las Disertaciones de san Sofronio, obispo

    Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Y qué puede haber más sublime que esta alegría, oh Virgen Madre? ¿O qué puede haber más excelente que esta gracia, que tú sola has alcanzado de Dios? ¿ O qué puede imaginarse más amable o espléndido que esta gracia? Nada puede equipararse a las maravillas que en ti vemos realizadas, nada hay que iguale la gracia que tú posees; todo lo demás, por excelente que sea, ocupa un lugar secundario y goza de una excelencia claramente inferior.
    El Señor es contigo; ¿quién, pues, se atreverá a competir contigo? De ti nacerá Dios; ¿quién, por tanto, no se reconocerá al momento inferior a ti y no admitirá de buen grado tu primacía y superioridad? Es por esto que, al contemplar tus eminentes prerrogativas, que superan las de cualquier otra creatura, te aclamo lleno de entusiasmo: Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. Por ti ha venido la alegría, no sólo a los hombres, sino también a los mismos coros celestiales.
    Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya que has cambiado en bendición la maldición de Eva y has hecho que Adán, que yacía postrado bajo el peso de la maldición, alcanzara, por ti, la bendición.
    Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya que, por ti, la bendición del Padre ha brillado sobre los hombres, librándolos de la antigua maldición.
    Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya que, por ti, alcanzan la salvación tus progenitores; pues has de dar a luz a aquel que les obtendrá la salvación divina.
    Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya que, sin concurso de semilla, has producido aquel fruto que esparce la bendición sobre el orbe de la tierra, redimiéndola de la maldición que le hacía producir espinas y abrojos.
    Verdaderamente, bendita tú eres entre todas las mujeres, ya que, siendo por condición natural una mujer como las demás, llegarás a ser en verdad Madre de Dios. Efectivamente, si el que ha de nacer de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre, con toda razón eres llamada Madre de Dios, ya que realmente das a luz a Dios.
    Llevas en la intimidad de tu seno al mismo Dios, el cual mora en ti según la carne, y sale de ti como un esposo, trayendo a todos la alegría y comunicando a todos la luz divina.
    Pues en ti, oh Virgen, como en un cielo nítido y purísimo, ha puesto Dios su tienda; y saldrá de ti como el esposo de su alcoba; y, cual gigante que emprende su carrera, recorrerá el camino de su vida, provechosa en todo para todos, alcanzando con su giro del término del cielo hasta el opuesto confín, llenándolo todo de su calor divino y de su resplandor vivificante.

 

viernes, 29 de abril de 2022

Por los frutos...

Escribe san Juan en su carta (y decimos que es Palabra de Dios):
"Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad".
¿Cuáles son las tinieblas de las habla san Juan? Las tinieblas del mundo, pues el mundo, la gente que está en el mundo o, mejor dicho, la gente que vive el espíritu del mundo es aquella que le da lo mismo el pecado y la gracia, la mentira o la verdad, el defecto o la virtud, el derecho o la obligación (aunque la obligación está eliminada del vocabulario moderno) Y tiene una sola forma de pensar sus actos: si me siento bien, está bien. Y ése no es la forma de vivir y pensar que nos enseñó Jesús, sino: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre". Y ¿cuál es la Voluntad del Padre? Primero está formulada en los 10 mandamientos, y, después, Jesús mismo se hizo Camino para que descubramos en sus pasos cómo vivir.
Por eso, el andar del mundo y el andar de los hijos de Dios tiene que ser diferente, o, por lo menos nuestro andar tiene que ser diferente, pues buscamos siempre la Luz y no las tinieblas, donde, como dice el refrán, todos los gatos son pardos. No es lo mismo el error que la verdad, ni la mentira que la verdad, ni el pecado y la gracia...
"Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado".
Y aquí podríamos hacer una reflexión al revés: ¿estamos en comunión unos con otros? Hay quienes están en comunión, es decir hay armonía, unión, amor, encuentro, pero... en otros casos no hay unidad, no hay respeto, no hay amor, no hay fraternidad, sino todo lo contrario: desunión, rivalidad, envidias, egoismo... ¿hace falta nombrar todo? Por lo tanto no se está caminando en la Luz del Espíritu de Dios, sino que se han dejado de vivir los valores evangélicos y se está viviendo de los puros instintos humanos que nos llevan a los frutos que no son del Espíritu Santo sino del espíritu del mundo:
"Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatrías, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo", nos lo dice san Pablo en la carta a los Gálatas.
Para darnos un repasito... y "por los frutos los conoceréis".

 

jueves, 28 de abril de 2022

El don que nos dejó como herencia

De los Tratados de san Gaudencio de Brescia, obispo

    El sacrificio celestial instituido por Cristo es verdaderamente el don de su nueva alianza que nos dejó en herencia, como prenda de su presencia entre nosotros, la misma noche en que iba a ser entregado para ser crucificado. Éste es el viático de nuestro camino, con el cual nos alimentamos y nutrimos durante el peregrinar de nuestra vida presente, hasta que salgamos de este mundo y lleguemos al Señor; por esto decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.
    Quiso, en efecto, que sus beneficios permanecieran en nosotros, quiso que las almas redimidas con su sangre preciosa fueran continuamente santificadas por el sacramento de su pasión; por esto mandó a sus fieles discípulos, a los que instituyó también como primeros sacerdotes de su Iglesia, que celebraran incesantemente estos misterios de vida eterna, que todos los sacerdotes deben continuar celebrando en las Iglesias de todo el mundo, hasta que Cristo vuelva desde el cielo, de modo que, tanto los mismos sacerdotes como los fieles todos, teniendo cada día ante nuestros ojos y en nuestras manos el memorial de la pasión de Cristo, recibiéndolo en nuestros labios y en nuestro pecho, conservemos el recuerdo indeleble de nuestra redención.
    Además, puesto que el pan, compuesto de muchos granos de trigo reducidos a harina, necesita, para llegar a serlo, de la acción del agua y del fuego, nuestra mente descubre en él una figura del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo compuesto por la muchedumbre de todo el género humano y unido por el fuego del Espíritu Santo.
    Jesús, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, porque así convenía para cumplir la voluntad salvífica de Dios, penetró en las aguas bautismales para consagrarlas, y volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como atestigua el evangelista san Lucas: Jesús regresó de las orillas del Jordán, lleno del Espíritu Santo.
    Asimismo, también el vino que es su sangre, resultante de la unión de muchos granos de uva de la viña por él plantada, fue exprimido en el lagar de la cruz, y fermenta, por su propia virtud, en el espacioso recipiente de los que lo beben con espíritu de fe.
    Todos nosotros, los que hemos escapado de la tiranía de Egipto y del diabólico Faraón, debemos recibir, con toda la avidez de que es capaz nuestro religioso corazón, este sacrificio de la Pascua salvadora, para que nuestro Señor Jesucristo, al que creemos presente en sus sacramentos, santifique nuestro interior; él, cuya inestimable eficacia perdura a través de los siglos.

miércoles, 27 de abril de 2022

El sacramento de la unidad y la caridad

De los Libros de san Fulgencio de Ruspe, obispo, a Mónimo

    La edificación espiritual del cuerpo de Cristo, que se realiza mediante la caridad (ya que, como dice san Pedro, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu. formando un sacerdocio sagrado. para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo), esta edificación espiritual, digo, nunca es pedida con más oportunidad que cuando el mismo cuerpo de Cristo. que es la Iglesia, ofrece el cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento del pan y del cáliz, pues el cáliz bendito que consagramos es la comunión de la sangre de Cristo, y el pan que partimos es la comunión del cuerpo del Señor. Y, puesto que es un solo pan, somos todos un solo cuerpo; ya que todos participamos de ese único pan.
    Y por esto pedimos que la misma gracia que ha hecho que la Iglesia fuera el cuerpo de Cristo haga también que todos los miembros, vinculados por la caridad, perseveren en la unidad del cuerpo; porque la santa unidad, igualdad y caridad que posee por naturaleza propia la Trinidad, que es un solo Dios verdadero, santifica a los hijos de adopción con el don de la unanimidad.
    Por esto afirma la Escritura: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
    El Espíritu Santo, en efecto, que es el Espíritu único del Padre y del Hijo, realiza en aquellos a los que ha otorgado la gracia de la adopción divina lo mismo que realizó, según el libro de los Hechos de los apóstoles, en aquellos que habían recibido este mismo Espíritu. Acerca de los cuales encontramos escrito: La multitud de los creyentes no era sino un solo corazón y una sola alma; la causa de esta unanimidad de los creyentes era, en efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, que es con ellos un solo Dios.
    De ahí que el Apóstol enseña que ha de ser conservada con toda solicitud esta unidad espiritual con el vínculo de la paz, como dice en su carta a los Efesios: Así, pues, yo, el prisionero por Cristo, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos: sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu.
    Dios, al conservar en la Iglesia la caridad que ha sido derramada en ella por el Espíritu Santo, convierte a esta misma Iglesia en un sacrificio agradable a sus ojos y la hace capaz de recibir siempre la gracia de esa caridad espiritual, para que pueda ofrecerse continuamente a él como una ofrenda viva, santa y agradable.

martes, 26 de abril de 2022

Somos o no somos?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra.
"Vosotros sois", dice Jesús. No nos lo da como una alternativa a nuestra vida, sino que lo da como algo que es, y no como algo que puede llegar a ser. Él cree y sabe, porque nos lo dice, que somos sal y luz, porque Él es nuestra Sal y nuestra Luz. Es Él quien nos ha transformado, quien ha cambiado nuestra vida y nos la ha, no sólo mejorado, sino que la ha hecho nueva, pues ya no es una vida, simplemente, humana, sino que ahora somos hijos de Dios, y como el Hijo también somos sal y luz para el mundo.
"Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?"
Pero, claro está, que para que esta sal se mantenga viva y sabrosa, hay que seguir alimentándola, sino va perdiendo, poco a poco su sabor y ¿para qué sirve?
"No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente".
Así, nosotros los cristianos, cuando no nos alimentamos de la Palabra y del Pan de la Vida (ya sea físico o espiritual) no maduramos en nuestra fe, no seguimos teniendo el sabor único que puede tener aquel que está unido a la Fuente Verdadera.
"Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte".
Somos luz, no porque sea nuestra, sino porque nos la da Jesús, y por eso debemos estar siempre conectados a Él, pues las lámparas sólo iluminan cuando están conectadas a la red eléctrica, así nosotros, si no estamos conecctados a Cristo poco vamos a iluminar, o mejor dicho iluminaremos con nuestra propia luz que es pobre, defectuosa, imperfecta y en lugar de guiar, confundiremos a los demás, pues nos los llevaremos hacia la Verdad sino que, como el mundo, los conduciremos a la mentira, a la mediocridad.
"Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa".
Cuando estamos verdaderamente conectados a la Luz Verdadera, y alimentados y nutridos con la Verdad Sal, entonces nuestras vidas iluminan el camino de los extraviados y le dan sabor a la vida de los que han perdido el gusto de vivir. El Señor nos quiere para que nuestras vidas sean los faros que guían al perdido y dan esperanza a los desesperanzados. La Luz y la Sal no son sólo para nosotros mismos, sino que son para entregarla como Él se entregó para nosotros.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

 

lunes, 25 de abril de 2022

La predicación de la Verdad

Del Tratado de san Ireneo, obispo; Contra las herejías.

    La Iglesia, esparcida por el orbe hasta los confines de la tierra, ha recibido de los apóstoles y de los discípulos de los mismos aquella fe cuyo objeto es: un solo Dios, Padre todopoderoso, que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en él; y un solo Hijo de Dios, Jesucristo, que por nuestra salvación se hizo hombre; y el Espíritu Santo, que, por boca de los profetas, anunció de antemano los designios de Dios; y la venida al mundo, la encarnación en el seno de María, la pasión y resurrección de entre los muertos, la ascensión corporal del amado Jesucristo, Señor nuestro, así como su futura venido desde el cielo, en la gloria del Padre, para recapitular todas las cosas y resucitar corporalmente a todo el género humano, para que, según ha dispuesto el Padre invisible, ante Cristo Jesús, nuestro Señor y Dios, salvador y rey, toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo y toda lengua lo proclame, y él juzgue a todos con justicia.
    La Iglesia, habiendo recibido, como hemos dicho, esta predicación y esta fe, aunque esparcida por todo el mundo, la guarda con diligencia, como si todos sus hijos habitaran en una misma casa; y toda ella cree estas mismas verdades, como quien tiene una sola alma y un solo corazón, y, en consecuencia, las predica, las enseña y las transmite, como quien tiene una sola boca. Porque, si bien en el mundo hay diversidad de lenguajes, el contenido de la tradición es uno e idéntico para todos.
    Y lo mismo creen y transmiten las Iglesias fundadas en Germania, así como las de los iberos, las de los celtas, las del Oriente, las de Egipto, las de Libia y las que se hallan en el centro del mundo; pues, del mismo modo que el sol, creatura de Dios, es uno e idéntico en todo el mundo, así también la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los hombres que quieren llegar al conocimiento de la verdad.
    Y ni el que posee dotes oratorias, entre los que presiden las Iglesias, enseñará algo diverso a lo que hemos dicho (ya que nadie está por encima de su maestro), ni el que está privado de estas dotes aminorará por ello el contenido de la tradición. En efecto, siendo la fe única e idéntica para todos, ni la amplía el que es capaz de hablar mucho sobre ella, ni la aminora el que no es capaz de tanto.
 

domingo, 24 de abril de 2022

Divina misericordia

"Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Domingo de la Divina Misericordia, una hermosa fiesta que, después del Domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a celebrar, pues la Resurrección de Jesucristo fue un regalo de la Divina Misericordia que el Padre tiene para con nosotros. Si no fuera porque Él es misericordioso el Hijo no hubiese venido a nosotros, vivido con nosotros, y entregado su Vida por nosotros, para que nosotros, aún en pecado, tengamos una Vida Nueva que nace, con Él, por Amor del Padre.
Una Misericordia que el Hijo nos la ha mostrado infinidad de veces en sus predicaciones. Nos ha hablado por medio de parábolas haciéndonos ver que el Padre siempre estará esperando nuestro regreso, estará, como al hijo pródigo esperando cada día que recurramos a Él para que nos abrace, nos perdone y nos llene de regalos para que podamos, siempre, vivir junto a Él.
Y, teniendo en cuenta ese Amor Misericordioso no le bastó a Jesús entregarnos su Vida, sino que abre para nosotros uno de los sacramentos más valiosos: la reconciliación, el perdón de los pecados. Deja en manos de los apóstoles, y por los apóstoles llega a nosotros, el poder de perdonar los pecados. Un sacramento al que no recurrimos frecuentemente, sino que, muchas veces, lo tenemos en el olvido y, otras tantas, lo miramos con recelo porque ¿qué me tiene que perdonar un hombre a mí? Sin darnos cuenta que no es un hombre quien me perdona, sino que por medio de ese hombre es Dios mismo quien perdona.
Santa Teresita de Lisieux, a quien también le costaba confesarse cuando niña, decía una vez que cada vez que iba al confesionario intentaba ver el rostro de Jesús en el sacerdote que esta frente a ella, porque sabía que no tenía que contarle las cosas a una persona, sino que se las contaba al mismo Jesús, y así podía entender, y nos hace comprender que no es al cura a quien le contamos nuestras cosas, sino que es el mismo Dios.
Muchos se jactan en decir: yo me confieso solo, le pido perdón a Dios y ¡listo! que tengo que andar yo por ahí diciendo mis cosas. Sin embargo, algo que no tenemos en cuenta es que, por los labios del sacerdote salen las más hermosas palabras que Jesús quiso dejar para mostrar su misericordia: yo te absuelvo de todos tus pecados ¡vete en paz! Son palabras de amor que liberan el corazón y lo dejan con la paz que sólo Dios puede dar.


 

sábado, 23 de abril de 2022

A quien obedezco?

"Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:
«¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».
¿A quien obedecemos en nuestra vida diaria? ¿Al mundo, al hombre, a Dios? Decimos, sí, que somos cristianos, que somos hijos de Dios, pero ¿escuchamos a Dios y le obedecemos? o, ¿escuchamos y no obedecemos? ¿escuchamos?
Son preguntas que nos tenemos que hacer a diario ¿por qué? para saber a quién le estamos obedeciendo ¿cómo lo sabemos? "por vuestras obras los conoceréis".
Si en nuestra conducata diaria hay más actitudes, pensamientos, palabras y deseos del mundo, entonces somos mundanos. Nos hemos adecuado al mundo, a su forma de pensar, de vestir, de vivir, aceptando el pecado como gracia, la mentira como verdad, el error como victoria, aunque vayamos todos los días a misa, o llevemos 20 cruces colgadas del cuello, o recemos rosario todos los días, pero si en nuestra vida diaria no vivimos de acuerdo al evangelio, entonces no somos de Dios.
Si al levantarme y al comenzar mi día sólo planifico lo que me gusta hacer, y hago lo que tengo ganas, aunque vaya a trabajar sin que me guste, pero después no me pregunto cuál es la Voluntad de Dios, o, mejor dicho, no comienzo mi día poniéndome en manos de Dios y tratando de vivir según su Voluntad, entonces le hago caso al hombre interior y no a Dios. Por lo tanto, no obedezco a Dios.
Pero si al despertar doy gracias a Dios, si después de tomar el cafe (porque algunos si no toman café no son personas) me regalo 5 minutos para leer la Palabra y reflexionar sobre cómo vivir ese día desde Dios. Si al salir de casa para el trabajo, la uni o el cole, me pongo en manos del Padre para que me acompañe y le pido el Espíritu para ser Fiel a su Voluntad... entonces estoy intentando vivir en fidelidad al evangelio, en fidelidad a su Voluntad. Vivo según Dios e intento, con la Gracia del Espíritu Santo, obedecer a Dios.
Sí, no son muchos los que intentamos vivir según Dios, pero también somos muchos los que no nos damos cuenta que estamos desobedeciendo a Dios, y no porque querramos, sino porque omitimos escucharlo, discernir y obedecer. En definitiva, somos fariseos sin darnos cuenta porque decimos que somos hijos de Dios, pero no nos detenemos a preguntarle al Padre qué es lo que quiere de mí, y, por consiguiente decirle: ¡hágase en mí según Tu Voluntad y no la mía!

 

viernes, 22 de abril de 2022

Somos los discípulos amados

"Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua".
Es una escena que me gusta mucho para pensar y reflexionar sobre nosotros mismos, en todos los sentidos.
El discípulo amado: puede referirse a cualquiera de nosotros, pues a todos y a cada uno en particular Dios nos ama, Jesús nos ama y dio su vida por nosotros. El discípulo amado amaba a Jesús (no como lo pintan algunos escritores) con una amor de reverencia, de admiración, de discípulo pues en Él, seguramente, había descubierto el sentido de su vida, le daba razones para creer y, sobre todo, desde que estaba junto a Él y a los demás apóstoles, su vida había cambiado. Pero, también, porque cuando se convive con alguien durante mucho tiempo, se lo escucha hablar, se lo comienza a querer (o a rechazar, depende de la personalidad, lo que en este caso no sucedió) Y cuando se ama de verdad, cuando se lo ha escuchado de corazón al otro, se coconoce su voz, sus pasos, su forma de expresarse.
El discípulo amado escuchó la Voz del Señor y lo dio a conocer. Nosotros ¿conocemos la Voz del Señor? O, mejor ¿amamos al Señor como lo amó el discípulo amado? ¿Podremos alzar la voz para decir ¡ahí está el Señor!?
Lo dijo de tal manera que a Pedro no le quedó otro remedio que tirarse al agua e ir en busca del Señor, pues aunque no lo citen como el discípulo amado, pero Pedro amaba a Jesús, lo respetaba, la admiraba, y, estaba seguro que daría su vida por él ¿no es acaso eso amor?
Y es ahí donde quiero llegar: ¿cómo anunciamos la presencia del Señor? ¿Anunciamos con alegría y gozo que el Señor está ahí, presente en la Eucaristía, como para que los demás quieran ir hacia Él? ¿Nuestras voces convencen a los demás de que Jesús es la razón de nuestra vida, nuestra piedra angular y que toda la vida la construimos sobre Él? ¿Amamos al Señor como lo hizo el discípulo amado o como Pedro? ¿Seremos capaces de renunciar a todo por seguirlo? ¿Podremos decir como Pedro "por tí daría mi vida"?
Sí, es una escena que tiene mucho para darnos y para hacernos pensar, pues nuestra vida como discípulos, como seguidores, de Jesús tiene que tener la fuerza y la valentía para poder anunciarlo con convicción, con palabras y obras, para que los que tengan el corazón abierto a creer puedan ver la luz que brota de nestra vida y palabras, que puedan descubrir que Él es la piedra angular para nuestras vidas.

 

jueves, 21 de abril de 2022

Ante la duda y el miedo

 

"Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras".
Ante el miedo y la duda Jesús les ayuda, a los apóstoles, a recordar lo que Él mismo les había anunciado, y, sobre todo, lo que ya estaba escrito y había sido anunciado por parte de los Profetas, pero que, en el momento más difícil, se nos olvidan las cosas que hemos aprendido o que nos han dicho o advertido.
Por esa razón tiene que tener varias conversaciones con los apóstoles después de resucitado, para que ellos viendo puedan llegar a dar un verdadero testimonio de lo que sucedió para poder no sólo contarlo, sino transmitir una vivencia.
Así lo demuestra Pedro como obra el milagro de la curación del paralítico:
"Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello".
No sólo habla de un concimiento teórico de lo que ocurrió, sino que habla de un conocimiento vivido, algo que él mismo vivió y de lo que no puede dejar de hablar y de dar testimonio.
¿Qué nos eseñan estas palabras?
Por un lado que, para ser testigos veraces, tenemos que tener siempre un encuentro vivencial con Jesús. Está claro que no podremos tocar sus manos y ver sus pies, pero sí podremos sentir su presencia cuando abrimos nuestro corazón a Su Palabra, cuando nos sentamos frente a Él en el Sagrario o en la Adoración al Santísimo Sacramento, y, fundamental, el encuentro real y verdadero en la Comunión Eucarística. Pues así como Él se presentó ante los discípulos después de resucitado, también se hace presente ante nosotros en cada eucaristía, en cada adoración, y, se queda silencioso y oculto en el Sagrario.
Otra cosilla es que tenemos, siempre, que pedirle Su Espíritu para poder comprender las Escrituras, no sólo para leerlas como quien lee un libro de cuentos, sino para conversar con el Padre y con Él cuando leemos las Sagradas Escrituras. Porque cuando conversamos con Alguien que realmente sabemos que nos Ama y que nos habla al corazón, entonces podremos guardar celosamente sus Palabras, pero si sólo leemos para cumplir será como escuchar el viento y no nos quedará nada en el corazón que nos ayude a vivir y a encontrar Su Voluntad en las cosas de cada día.


miércoles, 20 de abril de 2022

La alegría de compartir

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron".
Una bella imagen que nos hace el relato de los peregrinos de Emaús. Un lugar y un momento que nos gustaría estar ahí, viendo cómo Él pronuncia la bendición y parte el pan, y nos lo entrega como lo hizo en la Última Cena con los apóstoles.
Y, en realidad, podemos llegar a vivir ese día una y mil veces en nuestras vidas, porque ese mismo día se realiza cuando se celebra la misa. Quizás nos suceda como a los discípulos que no lo reconocieron mientras iban de camino, pero sí al partir el pan con ellos en la mesa. Nuestros ojos, muy humanos, muchas veces, no llegan a reconocer a Jesús que se sienta con nosotros en la Mesa del Altar y pronunciando la bendición se hace presente en el Pan y el Vino y se nos da como Alimento de Amor y Vida a cada uno de nosotros.
Sí, no es fácil hacer esa relación entre la Última Cena y la Misa pero es así, el sacerdote "in persona Christi", es decir es Cristo en la persona del sacerdote, quien se sienta a la mesa y se nos da como Pan Eucarístico. No es fácil porque no estamos acostumbrados a mirar sobrenaturalmente las cosas que nos suceden día a día, pero si pudiésemos mirar las cosas con ojos más místicos podríamos descubrir muchos milagros que sucedena nuestro alrededor.
"Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Así puede llegar a sucedernos cuando levantamos nuestras miradas del suelo y las elevamos al Cielo para que lo que vemos sea Obra de Dios, y en todo momentos nos encontremos con Su Palabra, sus mensajes, su cercanía. Nuestro corazón comenzará a sentir el gozo del Espíritu y encendido en Él podremos dar mejor y mayor testimonio de su Presencia entre y en nosotros.
"Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan".
Y ahí radica la fuerza de nuestro testimonio: en la alegría de compartir nuestra fe, en la alegría del anunciar lo que sentimos y vivimos en cuanto nos encontramos con Él.

 

martes, 19 de abril de 2022

Tenia que padecer para entrare en la Gloria

De las Disertaciones de san Anastasio de Antioquía, obispo

    Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, hagan burla de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano la muerte que había de padecer en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y lodo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos, a saber, en su pasión y en su impasibilidad; tomó también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu penetra la profundidad de los misterios divinos.
    El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al que nos guiaba a la salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el que nos guía a la salvación, perfeccionado por medio del sufrimiento.
    Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que brotaría como un torrente del seno del que crea en él: Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por esto el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de su pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.
 

lunes, 18 de abril de 2022

Encomio de Cristo

 De la Homilía de Melitón de Sardes, obispo, Sobre la Pascua

    Entendedlo, queridos hermanos: el misterio pascual es algo a la vez nuevo y antiguo, eterno y temporal, corruptible e incorruptible, mortal e inmortal.
    Antiguo según la ley, pero nuevo según la Palabra encarnada; temporal en la figura, eterno en la gracia; corruptible en cuanto a la inmolación del cordero, incorruptible en la vida del Señor; mortal por su sepultura bajo tierra, inmortal por su resurrección de entre los muertos.
    La ley, en efecto, es antigua, pero la Palabra es nueva; la figura es temporal, la gracia es eterna; el cordero es corruptible, pero incorruptible es el Señor, que fue inmolado como un cordero y resucitó como Dios.
    Dice la Escritura: Era como cordero llevado al matadero, y sin embargo no era ningún cordero; era como oveja muda, y sin embargo no era ninguna oveja. La figura ha pasado y ha llegado la realidad: en lugar del cordero está Dios, y en lugar de la oveja está un hombre, y en este hombre está Cristo, que lo abarca todo.
    Por tanto, la inmolación del cordero, la celebración de la Pascua y el texto de la ley tenían como objetivo final a Cristo Jesús, pues todo cuanto acontecía en la antigua ley se realizaba en vistas a él, y mucho más en la nueva ley.
    La ley, en efecto, se ha convertido en Palabra, y de antigua se ha convertido en nueva (y una y otra han salido de Sión y de Jerusalén); el precepto se ha convertido en gracia, la figura en realidad, el cordero en el Hijo, la oveja en un hombre y este hombre en Dios.
    El Señor, siendo Dios, se revistió de naturaleza humana, sufrió por nosotros, que estábamos sujetos al dolor, fue atado por nosotros, que estábamos cautivos, fue condenado por nosotros, que éramos culpables, fue sepultado por nosotros, que estábamos bajo el poder del sepulcro, resucitó de entre los muertos y clamó con voz potente: «¿Quién me condenará? Que se me acerque. Yo he librado a los que estaban condenados, he dado la vida a los que estaban muertos, he resucitado a los que estaban en el sepulcro. ¿Quién pleiteará contra mí? Yo soy Cristo -dice-, el que he destruido la muerte, el que he triunfado del enemigo, el que he pisoteado el infierno, el que he atado al fuerte y he arrebatado al hombre hasta lo más alto de los cielos: yo, que soy el mismo Cristo.
    Venid, pues, los hombres de todas las naciones, que os habéis hecho iguales en el pecado, y recibid el perdón de los pecados. Yo soy vuestro perdón, yo la Pascua de salvación, yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestra purificación, yo vuestra vida, yo vuestra resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Yo soy quien os hago subir hasta lo alto de los cielos, yo soy quien os resucitaré y os mostraré el Padre que está en los cielos, yo soy quien os resucitaré con el poder de mi diestra.»

domingo, 17 de abril de 2022

Alegría pascual

¡Feliz Pascua de Resurrección!
Después de un Tiempo de Cuaresma lleno de Gracias, hemos finalizado con una Gran Semana Santa, que, después de varios años, necesitamos volver a vivirla con todas nuestras tradiciones al completo y algunas más que han salido y que se han vivido con mucha alegría y emoción, desde la fe y la fraternidad.
Hoy es un día para dar Gracias a Dios por habernos amado tanto que nos envió a Su Hijo Único para devolvernos la filiación divina. La Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección nos ayuda vivenciar la alegría que tuvieron los apóstoles y los seguidores de Jesús al verlo resucitar de entre los muertos como Él lo había anunciado.
Una alegría que se tiene que ir viviendo todos los días de nuestra vida, pues esa es la Alegría de la Fe en el Resucitado que hace nuevas todas las cosas, y, sobre todo, que nos libera del pecado y nos regala una Vida Nueva en la Gracia como hijos de Dios.
Una alegría que no nos quita las cruces, los dolores y las angustias que viviremos cada día, sino que le da sentido a todo lo que vivimos para que, lo unamos a la Vida de Jesús, y lo ofrezcamos como sacrificio de oblación junto a su Cruz.
Una alegría que debe iluminar no sólo nuestras vidas, sino también la vida de los que están a nuestro lado y necesitan en sus vidas que le demos sentido, que le ayudemos a encontrar una esperanza que los levante de sus caídas, de sus cruces, que encuentren con esa luz el camino hacia el Señor.
La alegría Pascual ilumina toda la vida litúrgica de la Iglesia, y, cada domingo, nos llama a encontrarnos, alrededor del altar de la eucaristía, para seguir alimentado esa misma alegría, pues en ese Altar el Señor vuelve a entregar su vida para que tengamos vida, y resucita para alimentar nuestra Fe, nuestra Esperanza, y, sobre todo, nuestro amor, que, muchas veces, va perdiendo la fuerza renovadora de la Gracia, y, siempre nos invita y nos ayuda a seguir “amándonos como Él nos ha amado”.
Que la alegría de este Domingo se manifieste en nuestras vidas, y así podamos seguir construyendo una Comunidad de personas que se aman, y, Dios pueda enviar a aquellos que necesiten salvarse.


 

sábado, 16 de abril de 2022

El descenso al lugar de los muertos

De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

    ¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa Y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.
    En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.
    El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: «Mi Señor está con todos vosotros.» Y responde Cristo a Adán: «y con tu espíritu.» Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: «Despierta, tú que duermes, Y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.
    Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: "Salid", y a los que estaban en tinieblas: "Sed iluminados", Y a los que estaban adormilados: "Levantaos."
    Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.
    Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.
    Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorada. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.
    Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.
    Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.
    Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos.»
 

viernes, 15 de abril de 2022

El valor de la Sangre de Cristo

De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo

    ¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto.
    Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»
    Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
    ¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.
    Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: cón el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
    Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.
    Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

jueves, 14 de abril de 2022

No me lavarás los pies

"Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mi?».
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».
Pedro le dice: «No me lavaras los pies jamás».
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».
Simón Pedro le dice: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».
Me parece un diálogo que tenemos, muchas veces, nosotros con el Señor. Sí, cuando el Señor nos pide algo, generalmente, le respondemos que no, que eso que nos está pidiendo no lo queremos, no lo queremos aceptar ¿por qué? No siempre nos ponemos a pensar si podemos o no podemos hacerlo, si es bueno o es malo. Simplemente decicmos que no, porque no estamos acostumbrados a que Él nos pida cosas, porque nos gusta mejor hacer nuestro planes y siempre desconfiamos de lo que desconocemos.
Por eso, el Señor, nos responde: "lo que ahora te pido no lo entiendes, pero lo comprenderás más tarde". Y así son todas las cosas que el Señor nos pide, a medida que las vamos viviendo vamos comprendiendo el por qué, o, simplemente, vamos teniendo paz para poder vivirlas, o fuerzas para poder aceptarlas, porque Él sabe que solos no podemos hacer Su Voluntad, y se pone a nuestro lado para que podamos llevarla a cabo. Pero, el Don de la Fe implica dar un salto al vacío para poder conocer, para poder vivir. Tener Fe no significa que conoceremos todos los secretos y todo el sentido que tiene la Voluntad de Dios, pero si nos lanzamos al vacío vamos a tener la Gracia suficiente y necesaria para poder aceptar y vivir Su Voluntad.
Pero, a veces, como Pedro, no nos basta que el Señor nos diga que más tarde comprenderemos, y seguimos rechazando sus gestos, sus palabras, sus deseos. Hasta que por fin comprendemos que si no aceptamos "no compartiremos la Vida con Jesús", y nos quedaremos con nuestra pequeña y pobre vida, sin saber qué es lo que el Padre había pensado y quería para nosotros.
Así, cuando descubrimos que nos quedaremos con una vida vacía sin poder compartir la Vida de Cristo, entonces: "no sólo lavarme los pies sino la cabeza también". Cuando, finalmente, nos abrimos al Don de la Fe y saltamos al vacío de la Voluntad de Dios, nos damos cuenta que él nos ha colmado con sus Gracias y se llena y fortalece nuestra alma para hacer eso y más aún.
Es en ese momento cuando nace y se fortalece la verdadera confianza en la Providencia del Señor, pues descubrimos que sólo cuando damos ese paso comenzamos a comprender y valorar la vida que tenemos en Cristo y la Vida que el Padre quiere que vivamos en plenitud.

 

miércoles, 13 de abril de 2022

La lógica de Dios

"En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
- «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo".
Alguna vez leí, y me convenció, el hecho de que Judas pensaba que lo que estaba haciendo estaba bien. Y seguramente que lo pensaba, porque él no lo quería entregar a Jesús para que lo mataran sino para que Jesús, "obligado", se manifestara al pueblo como era: como Dios. El pensamiento lógico era que si lo obligaba a revelarse como el Hijo de Dios, como Dios mismo, entonces el mundo creería en Él y ¡ya estaría todo listo! Lo coronarían como Rey y ¡todos felices!
Pero esa no era la lógica de Dios, ni tan siquiera su Plan. Un Plan que Jesús les había anunciado varias vecees a los apóstoles: "Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día".
Y lo lógico era pensar que eso no tenía que ocurrir, como alguna vez le dijo Pedro que lo reprendió por esa afirmación, pero Jesús le dijo: ¡apártate de mi Satanás!. Porque Jesús sabía cuál era el Plan del Padre para la salvación de los hombres. Un Plan que lo llenaba de angustia, pero un Plan que estaba decidido a hacerlo realidad hasta el final, pues por Amor al Padre y a Su Voluntad, Él mismo lo continuó: "si es posible aparte de mi este Caliz pero que no se haga mi voluntad sino la Tuya".
Y así, muchas veces, como Judas Iscariote, también actuamos nosotros: creyendo que lo lógico es hacer tal cosa no nos damos cuenta que estamos obrando mal, haciendo mal a otros y dañando la vida de otras personas. Por eso Jesús nos pide que no creamos en la lógica humana, sino que reflexionemos desde la lógica de Dios, desde el Plan de Dios para nosotros. No siempre tenemos que "obligar" a Dios a que tome una decisión, sino que tenemos que obligarnos a nosotros mismos a saber eseprar el Don de Dios, porque Él sabe cuándo es el tiempo favorable, aunque, muchas veces, tengamos que "sudar gotas de sangre", pero el final del Camino es la Vida Nueva.

 

martes, 12 de abril de 2022

Volver

"Pedro replicó:
«Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti».
Jesús le contestó:
«¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
A veces nuestras intenciones son muy buenas y están llenas de fervor y entusiasmo, pero, con el tiempo o depende las circunstancias se vuelven nada y hacemos todo lo contrario. Las palabras que decimos o los juramentos que hacemos, en estos días, se vuelven aire y dejan de ser la base y el sentido de nuestras vidas.
El fervor de Pedro se disuelve cuando lo quieren acusar de estar junto a Jesús, y así lo niega tres veces. Así como nosotros, en el día a día, ¿cuántas veces lo negamos a Dios? ¿Cuántas veces negamos la Voluntad de Dios? O ¿cuántas veces negamos conocer la Voluntad de Dios y sus mandamientos?
Podemos, en la vida diaria ser muy fervorosos y seguidores de Jesús, pero cuando el mundo nos seduce y nos tienta, la mayor parte de las veces, dejamos de recordar lo que hemos prometido y hacemos lo que más nos gusta. No renunciamos a nuestra fe, eso está claro, pero tampoco hacemos el esfuerzo de ser más radicales a la hora de tomar decisiones que hacen a nuestra vida cristiana, a nuestra moral cristiana, a nuestro estado de vida, ya sea casado o consagrado. Nos dejamos llevar por el gusto o por los instintos sin ponernos a pensar en lo que, realmente, tenemos que ser o hacer.
Por suerte o por Gracia, Dios sabe lo imperfecto y débiles que somos, por eso nos pone las herramientas necesarias para poder volver a vivir lo que Él nos pide, y por la reconciliación nos da la Gracias suficiente para seguir caminando e intentando fortalecernos en el espíritu para vivir de acuerdo a su Voluntad.
Como Pedro siempre tendremos la oportunidad de "llorar amargamente" por nuestro pecado e infidelidad y volver a retomar el camino. Por eso mismo Jesús le dijo a Pedro: "he aquí que Satanás ha pedido zarandearos como a trigo, pero yo he rogado por tí, que tu fe no falte, y tu, una vez vuelto, confirma a tus hermanos".
Siempre tenemos oportunidad de volver, pero sólo yo mismo puedo volver, como el hijo prófigo que cuando tocó fondo se dio cuenta que tenía que volver a la Casa del Padre. Ojalá que siempre nos demos cuenta que el retorno al Camino, a renovar nuestras vidas de acuerdo a la Voluntad de Dios, es el mejor camino a tomar y es el que nos hará más fuerte en las tentaciones, caídas e infidelidades.

 

lunes, 11 de abril de 2022

Gloriémonos en la Cruz

De los Sermones de san Agustín, obispo

    La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?
    Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha hecho ya por nosotros.
¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores? ¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los hombres vivirán con Dios en el futuro?
    Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado:que Dios ha muerto por los hombres.
    ¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era inmortal pudo morir, de este modo quiso damos la vida a nosotros, los mortales; y ello para hacemos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.
    Por tanto, no sólo no debemos avergonzamos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros, nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?
    Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo.
    El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer. Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros, manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

domingo, 10 de abril de 2022

Gritarán las piedras

Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:
«Maestro, reprende a tus discípulos.»
Pero él respondió: «Les aseguro que, si ellos callan, gritarán las piedras.»
Con la Procesión del Viernes de Dolores hemos comenzado la Gran Semana de la Fe mostrando al mundo que queremos seguir siendo discípulos de Cristo, que nuestra Fe, aunque sea imperfecta, necesitamos mostrarla al mundo para que no sólo el mundo vea nuestra fe, sino para que nosotros también tomemos conciencia que debemos gritar nuestra fe a todos los hombres, pues nuestra fe es lo que nos mueve, nos estimula, nos fortalece, nos da esperanzas de un mundo mejor, de un mundo nuevo, un mundo donde brille la Luz del Amor a Dios y a los hermanos.
Somos nosotros los cristianos los que hemos sido llamados y convocados por Dios para llevar la Luz de la Verdad, de la Paz, de la Fraternidad, de la Justicia, de la Gracia a un mundo que quiere vivir en la mentira, en el error, en la discordia, en el egoísmo, en la injusticia de ideologías que no son igualitarias, sino que condenan a quienes piensan diferentes, y buscando el respeto no respetan. Somos nosotros a quienes el Señor nos dijo que seamos Luz, Sal y Fermento, por eso, en esta Semana llevamos nuestra Fe a las calles, salimos orgullosos de lo que creemos y de lo que, a pesar de nuestras dificultades, tropiezos y errores, queremos vivir: Fidelidad a Dios, a Su Voluntad para que Su Reino venga a la Tierra, y podamos construir un Reino de hermanos que se aman.
Así con la Entrada de Jesús en Jerusalén, comenzamos a vivir su Fidelidad a la Voluntad del Padre. Una Fidelidad que marca no sólo su Vida sino que es el Camino que el Padre eligió para que, también, marcara nuestras vidas, no para que suframos con Él sino para que resucitemos con él a una Nueva Vida en la Gracia, y libres del pecado nos orientemos por el Camino de la santidad, sabiendo que, “si eso han hecho con el leño verde, ¡qué no harán con el seco!”. Sí, la vida de fe de los cristianos es un espejo para la vida del mundo, y por eso, hoy más que nunca tenemos que volver a llenar las calles de nuestro pueblo con el aroma de la Fe, con el aroma de la alegría que da sabernos amados por un Dios que nos ha dado una Vida fundada en el Amor, para que sólo nos quedemos en cumplir con un mandato, sino en que nos esforcemos por vivir un vida de Amor.
Junto con aquellos de antaño digamos con alegría: ¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!


 

sábado, 9 de abril de 2022

Participemos plenamente de la Pascua

De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo

    Es verdad que ahora celebraremos la Pascua todavía sacramentalmente; sin embargo, lo haremos ya con un conocimiento más claro que en la antigua ley (ya que la Pascua de la ley antigua era -no tengo reparo en decirlo- una figura más oscura que lo que representaba), y de aquí a poco la celebraremos de un modo más puro y perfecto, a saber: cuando aquel que es la Palabra beba con nosotros el vino nuevo en el reino de su Padre, dándonos la plena y clara inteligencia de lo que aquí nos enseñó de un modo más restringido. Decimos «nuevo», pues siempre resulta nuevo lo que se llega a comprender de una manera diferente.
    Y ¿en qué consiste esa bebida y esa manera nueva de percibir? Eso es lo que toca a él enseñar a sus discípulos, y a nosotros aprenderlo. Y la doctrina de aquel que alimenta es también alimento.
    Celebremos, pues, ahora también nosotros lo mismo que celebraba la ley antigua, pero no en un sentido literal, sino evangélico; de una manera perfecta, no imperfecta; de un modo eterno, no temporal. Sea nuestra capital no la Jerusalén terrena, sino la metrópoli celestial; quiero decir, no ésta que es ahora hollada por los ejércitos, sino la que es ensalzada por las alabanzas y encomios angélicos.
    Inmolemos no ya terneros y machos cabríos, que es cosa ya caducada y sin sentido, sino el sacrificio de alabanza, ofrecido a Dios en el altar del cielo, junto con los coros celestiales. Atravesemos el primer velo, no nos detengamos ante el segundo, contemplemos de lleno el santuario. y diré más todavía: inmolémonos nosotros mismos a Dios, inmolemos cada día nuestra persona y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con nuestros propios padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre, subamos con denuedo a la cruz.
    Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor.
    Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él, reconoce honradamente su divinidad; y así como entonces Cristo fue contado entre los malhechores, por ti y por tus pecados, así tú ahora, por él, serás contado entre los justos. Adora al que por amor a ti pende de la cruz y, crucificándote tú también, procura recibir algún provecho de tu misma culpa; compra la salvación con la muerte; entra con Jesús en el paraíso, para que comprendas de qué bienes te habías privado. Contempla todas aquellas bellezas; deja fuera, muerto, lo que hay en ti de murmurador y blasfemo.
    Si quieres imitar a José de Arimatea, pide el cuerpo a aquel que lo mandó crucificar; haz tuya la víctima expiatoria del mundo.
    Si quieres imitar a Nicodemo, el que fue a Jesús de noche, unge a Jesús con aromas, como lo ungió él para honrado en su sepultura.
    Si quieres imitar a María, a la otra María, a Salomé y a Juana, ve de madrugada a llorar junto al sepulcro, y haz de manera que, quitada la piedra del monumento, puedas ver a los ángeles y aun al mismo Jesús.
 

viernes, 8 de abril de 2022

Se entregó por nosotros

Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Sobre la fe a Pedro

    Los sacrificios de víctimas carnales, que la Santísima Trinidad, el mismo y único Dios del antiguo y del nuevo Testamento, había mandado a nuestros padres que le fueran ofrecidos, significaban la agradabilísima ofrenda de aquel sacrificio en el cual el Hijo de Dios había de ofrecerse misericordiosamente según la carne, él solo, por nosotros. Él, en efecto, como nos enseña el Apóstol, se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia. Él es el verdadero Dios y el verdadero sumo sacerdote, que por nosotros penetró una sola vez en el santuario, no con la sangre de toros o de machos cabríos, sino con su propia sangre. Esto es lo que significaba el sumo sacerdote del antiguo Testamento cuando entraba con la sangre de las víctimas, una vez al año, en el santuario.
    Él es, por tanto, el que manifestó en su sola persona todo lo que sabía que era necesario para nuestra redención; él mismo fue sacerdote y sacrificio, Dios y templo; sacerdote por quien fuimos absueltos, sacrificio con el que fuimos perdonados, templo en el que fuimos purificados, Dios con el que fuimos reconciliados. Pero él fue sacerdote, sacrificio y templo sólo en su condición de Dios unido a la naturaleza de siervo: no en su condición divina sola, porque bajo este aspecto todo es común con el Padre y el Espíritu Santo.
    Debemos, pues, retener firmemente y sin asomo de duda que el mismo Hijo único de Dios, la Palabra hecha carne, se ofreció por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de agradable olor: el mismo al que, junto con el Padre y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes del antiguo Testamento sacrificaban animales; el mismo al que ahora, en el nuevo Testamento, junto con el Padre y el Espíritu Santo, con los que es un solo Dios, la santa Iglesia católica no cesa de ofrecerle, en la fe y la caridad, por todo el orbe de la tierra, el sacrificio de pan y vino. Aquellas víctimas carnales significaban la carne de Cristo, que él, libre de pecado, había de ofrecer por nuestros pecados, y la sangre que para el perdón de ellos había de derramar; pero en este sacrificio se halla la acción de gracias y el memorial de la carne de Cristo, que él ofreció por nosotros, y de la sangre, que el mismo Dios derramó por nosotros. Acerca de lo cual dice san Pablo en los Hechos de los apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo.
    Por tanto, los antiguos sacrificios eran figura y signo de lo que se nos daría en el futuro; pero en este sacrificio se nos muestra de modo evidente lo que ya nos ha sido dado.
    Los sacrificios antiguos anunciaban por anticipado que el Hijo de Dios sería muerto en favor de los impíos; pero en este sacrificio se anuncia ya realizada esta muerte, como lo atestigua el Apóstol, al decir: Cuando estábamos nosotros todavía sumidos en la impotencia del pecado, murió Cristo por los pecadores, en el tiempo prefijado por el Padre; y añade: Siendo enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.

jueves, 7 de abril de 2022

La Palabra nos da Vida

"En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos de aquél entonces no comprendieron lo que les decía, pues veían a la gente morir, y todos los anteriores habían muerto, por eso no podían creer en la palabra de Jesús. No podían creer en la palabra de un hombre que, como ellos, un día tendría que morir. Sin embargo Jesús no les hablaba de la muerte del cuerpo, sino la del alma, que es lo que nos hace a nosotros ser quienes somos.
Ahora sabemos que su palabra que es la Palabra del Padre es la que nos muestra el Camino a la Vida, una Vida que Jesús vivió primero por nosotros, para que, nosotros, viviendo como Él podemos encontrar el Camino a la Vida Verdadera.
No es que la Palabra por sí sola nos diera vida, sino que la Palabra quiere hacerse vida en nosotros para que, llegado el día en que el Padre nos llame, podamos econtrar la Vida eterna, pero, mientras tanto, el Camino que nos muestra la Palabra es el que nos permite darle sentido a la vida que el Padre quiere que vivamos en este mundo.
La Palabra así es el Camino para alcanzar la gloria, pero también es el Camino para edificar el Reino de los Cielos en la tierra, por eso, Jesús nos enseñó a decir y a pedir: venga a nosotros tu reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el cielo.
Miuchas veces cuestionamos la verdad y el sentido de la Palabra de Dios, y lo cuestionamos porque Ella nos cuestiona y nos pone frente a una realidad que no nos gusta ver, pues la Palabra es Verdad y ese espejo nos muestra la mentira del mundo, y, también, nuestras propias mentiras, nuestro propios pecados.
Es un espejo en el que no queremos mirarnos porque el mundo nos ha seducido y nos ha cautivado, pues, al parecer, sus frutos son más sabrosos, pero no son duraderos y por eso el mundo debe buscar siempre nuevos frutos.
En cambio, la Palabra que es viva y eficaz y, sobre todo, eterna, es la que nos ayuda a encontrar frutos duraderos y dar sentido a lo que no entendemos o nos cuesta vivir. No rechacemos la Palabra porque sin Ella nuestro caminar es sinsentido, e incoherente para quienes no sólo nos llamamos sino que somos hijos de Dios.