Del Comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los salmos
Nuestro sumo sacerdote es Cristo Jesús y nuestro sacrificio
es su cuerpo precioso, que él inmoló en el ara de la cruz por la salvación de
todos los hombres.
La sangre derramada por nuestra redención no era de terneros o de machos cabríos
(como en la ley antigua), sino la del Cordero inmaculado, Cristo Jesús, nuestro
salvador. El templo en que ofició nuestro sumo sacerdote no era hecho por mano
de hombre, sino edificado únicamente por el poder de Dios. Y así, él derramó su
sangre a la vista de todo el mundo; y el mundo es el templo construido por la
sola mano de Dios.
Este templo tiene dos partes: una es esta tierra que nosotros habitamos al
presente, la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.
Primero, cuando sufrió la muerte dolorosísima, ofreció el sacrificio aquí en la
tierra. Después, cuando revestido de la nueva inmortalidad penetró por su propia
sangre en el santuario, esto es, en el cielo, presentó ante el trono del Padre
aquella sangre de un valor inmenso, que había derramado abundantemente por todos
los hombres, sujetos al pecado.
Este sacrificio es tan acepto y agradable a Dios que, en el mismo instante en
que lo mira, compadecido de nosotros, se ve forzado a otorgar su clemencia a
todos los que se arrepienten de verdad.
Es, además, un sacrificio eterno, ya que se ofrece no sólo cada año (como
sucedía entre los judíos), sino cada día, más aún, cada hora y a cada momento,
para que en él hallemos consuelo y alivio.
Respecto de él, dice el Apóstol: Obteniendo una redención eterna, pues de este
sagrado y eterno sacrificio se benefician todos aquellos que están
verdaderamente contritos y arrepentidos de los pecados cometidos, los que tienen
un decidido propósito de no reincidir en sus malas costumbres y perseverar con
constancia en el camino de las virtudes que han emprendido.
Lo cual expresa san Juan con estas palabras: Hijos míos, os escribo esto para
que no pequéis. Si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el
justo. Él es propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino
por los del mundo entero.
lunes, 4 de abril de 2022
Si alguno peca...
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