"En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos de aquél entonces no comprendieron lo que les decía, pues veían a la gente morir, y todos los anteriores habían muerto, por eso no podían creer en la palabra de Jesús. No podían creer en la palabra de un hombre que, como ellos, un día tendría que morir. Sin embargo Jesús no les hablaba de la muerte del cuerpo, sino la del alma, que es lo que nos hace a nosotros ser quienes somos.
Ahora sabemos que su palabra que es la Palabra del Padre es la que nos muestra el Camino a la Vida, una Vida que Jesús vivió primero por nosotros, para que, nosotros, viviendo como Él podemos encontrar el Camino a la Vida Verdadera.
No es que la Palabra por sí sola nos diera vida, sino que la Palabra quiere hacerse vida en nosotros para que, llegado el día en que el Padre nos llame, podamos econtrar la Vida eterna, pero, mientras tanto, el Camino que nos muestra la Palabra es el que nos permite darle sentido a la vida que el Padre quiere que vivamos en este mundo.
La Palabra así es el Camino para alcanzar la gloria, pero también es el Camino para edificar el Reino de los Cielos en la tierra, por eso, Jesús nos enseñó a decir y a pedir: venga a nosotros tu reino, hágase Tu Voluntad en la tierra como en el cielo.
Miuchas veces cuestionamos la verdad y el sentido de la Palabra de Dios, y lo cuestionamos porque Ella nos cuestiona y nos pone frente a una realidad que no nos gusta ver, pues la Palabra es Verdad y ese espejo nos muestra la mentira del mundo, y, también, nuestras propias mentiras, nuestro propios pecados.
Es un espejo en el que no queremos mirarnos porque el mundo nos ha seducido y nos ha cautivado, pues, al parecer, sus frutos son más sabrosos, pero no son duraderos y por eso el mundo debe buscar siempre nuevos frutos.
En cambio, la Palabra que es viva y eficaz y, sobre todo, eterna, es la que nos ayuda a encontrar frutos duraderos y dar sentido a lo que no entendemos o nos cuesta vivir. No rechacemos la Palabra porque sin Ella nuestro caminar es sinsentido, e incoherente para quienes no sólo nos llamamos sino que somos hijos de Dios.
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