martes, 26 de abril de 2022

Somos o no somos?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra.
"Vosotros sois", dice Jesús. No nos lo da como una alternativa a nuestra vida, sino que lo da como algo que es, y no como algo que puede llegar a ser. Él cree y sabe, porque nos lo dice, que somos sal y luz, porque Él es nuestra Sal y nuestra Luz. Es Él quien nos ha transformado, quien ha cambiado nuestra vida y nos la ha, no sólo mejorado, sino que la ha hecho nueva, pues ya no es una vida, simplemente, humana, sino que ahora somos hijos de Dios, y como el Hijo también somos sal y luz para el mundo.
"Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?"
Pero, claro está, que para que esta sal se mantenga viva y sabrosa, hay que seguir alimentándola, sino va perdiendo, poco a poco su sabor y ¿para qué sirve?
"No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente".
Así, nosotros los cristianos, cuando no nos alimentamos de la Palabra y del Pan de la Vida (ya sea físico o espiritual) no maduramos en nuestra fe, no seguimos teniendo el sabor único que puede tener aquel que está unido a la Fuente Verdadera.
"Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte".
Somos luz, no porque sea nuestra, sino porque nos la da Jesús, y por eso debemos estar siempre conectados a Él, pues las lámparas sólo iluminan cuando están conectadas a la red eléctrica, así nosotros, si no estamos conecctados a Cristo poco vamos a iluminar, o mejor dicho iluminaremos con nuestra propia luz que es pobre, defectuosa, imperfecta y en lugar de guiar, confundiremos a los demás, pues nos los llevaremos hacia la Verdad sino que, como el mundo, los conduciremos a la mentira, a la mediocridad.
"Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa".
Cuando estamos verdaderamente conectados a la Luz Verdadera, y alimentados y nutridos con la Verdad Sal, entonces nuestras vidas iluminan el camino de los extraviados y le dan sabor a la vida de los que han perdido el gusto de vivir. El Señor nos quiere para que nuestras vidas sean los faros que guían al perdido y dan esperanza a los desesperanzados. La Luz y la Sal no son sólo para nosotros mismos, sino que son para entregarla como Él se entregó para nosotros.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

 

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