«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron".
Una bella imagen que nos hace el relato de los peregrinos de Emaús. Un lugar y un momento que nos gustaría estar ahí, viendo cómo Él pronuncia la bendición y parte el pan, y nos lo entrega como lo hizo en la Última Cena con los apóstoles.
Y, en realidad, podemos llegar a vivir ese día una y mil veces en nuestras vidas, porque ese mismo día se realiza cuando se celebra la misa. Quizás nos suceda como a los discípulos que no lo reconocieron mientras iban de camino, pero sí al partir el pan con ellos en la mesa. Nuestros ojos, muy humanos, muchas veces, no llegan a reconocer a Jesús que se sienta con nosotros en la Mesa del Altar y pronunciando la bendición se hace presente en el Pan y el Vino y se nos da como Alimento de Amor y Vida a cada uno de nosotros.
Sí, no es fácil hacer esa relación entre la Última Cena y la Misa pero es así, el sacerdote "in persona Christi", es decir es Cristo en la persona del sacerdote, quien se sienta a la mesa y se nos da como Pan Eucarístico. No es fácil porque no estamos acostumbrados a mirar sobrenaturalmente las cosas que nos suceden día a día, pero si pudiésemos mirar las cosas con ojos más místicos podríamos descubrir muchos milagros que sucedena nuestro alrededor.
"Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Así puede llegar a sucedernos cuando levantamos nuestras miradas del suelo y las elevamos al Cielo para que lo que vemos sea Obra de Dios, y en todo momentos nos encontremos con Su Palabra, sus mensajes, su cercanía. Nuestro corazón comenzará a sentir el gozo del Espíritu y encendido en Él podremos dar mejor y mayor testimonio de su Presencia entre y en nosotros.
"Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan".
Y ahí radica la fuerza de nuestro testimonio: en la alegría de compartir nuestra fe, en la alegría del anunciar lo que sentimos y vivimos en cuanto nos encontramos con Él.
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