"Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Domingo de la Divina Misericordia, una hermosa fiesta que, después del Domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a celebrar, pues la Resurrección de Jesucristo fue un regalo de la Divina Misericordia que el Padre tiene para con nosotros. Si no fuera porque Él es misericordioso el Hijo no hubiese venido a nosotros, vivido con nosotros, y entregado su Vida por nosotros, para que nosotros, aún en pecado, tengamos una Vida Nueva que nace, con Él, por Amor del Padre.
Una Misericordia que el Hijo nos la ha mostrado infinidad de veces en sus predicaciones. Nos ha hablado por medio de parábolas haciéndonos ver que el Padre siempre estará esperando nuestro regreso, estará, como al hijo pródigo esperando cada día que recurramos a Él para que nos abrace, nos perdone y nos llene de regalos para que podamos, siempre, vivir junto a Él.
Y, teniendo en cuenta ese Amor Misericordioso no le bastó a Jesús entregarnos su Vida, sino que abre para nosotros uno de los sacramentos más valiosos: la reconciliación, el perdón de los pecados. Deja en manos de los apóstoles, y por los apóstoles llega a nosotros, el poder de perdonar los pecados. Un sacramento al que no recurrimos frecuentemente, sino que, muchas veces, lo tenemos en el olvido y, otras tantas, lo miramos con recelo porque ¿qué me tiene que perdonar un hombre a mí? Sin darnos cuenta que no es un hombre quien me perdona, sino que por medio de ese hombre es Dios mismo quien perdona.
Santa Teresita de Lisieux, a quien también le costaba confesarse cuando niña, decía una vez que cada vez que iba al confesionario intentaba ver el rostro de Jesús en el sacerdote que esta frente a ella, porque sabía que no tenía que contarle las cosas a una persona, sino que se las contaba al mismo Jesús, y así podía entender, y nos hace comprender que no es al cura a quien le contamos nuestras cosas, sino que es el mismo Dios.
Muchos se jactan en decir: yo me confieso solo, le pido perdón a Dios y ¡listo! que tengo que andar yo por ahí diciendo mis cosas. Sin embargo, algo que no tenemos en cuenta es que, por los labios del sacerdote salen las más hermosas palabras que Jesús quiso dejar para mostrar su misericordia: yo te absuelvo de todos tus pecados ¡vete en paz! Son palabras de amor que liberan el corazón y lo dejan con la paz que sólo Dios puede dar.
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