De los Sermones de san Agustín, obispo
La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza
en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de
la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de
Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje
humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?
Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha
hecho ya por nosotros.
¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores?
¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les
dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los
hombres vivirán con Dios en el futuro?
Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado:que Dios ha
muerto por los hombres.
¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de
las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios
se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de
nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era
inmortal pudo morir, de este modo quiso damos la vida a nosotros, los mortales;
y ello para hacemos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe
del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no
había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta
recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.
Por tanto, no sólo no debemos avergonzamos de la muerte del Señor, nuestro Dios,
sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra
gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros,
nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener
por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el
castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora
a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha
merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus
santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?
Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo
fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con
vergüenza sino con orgullo.
El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer.
Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se
gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el
Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros,
manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios
de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
lunes, 11 de abril de 2022
Gloriémonos en la Cruz
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.