"Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras".
Ante el miedo y la duda Jesús les ayuda, a los apóstoles, a recordar lo que Él mismo les había anunciado, y, sobre todo, lo que ya estaba escrito y había sido anunciado por parte de los Profetas, pero que, en el momento más difícil, se nos olvidan las cosas que hemos aprendido o que nos han dicho o advertido.
Por esa razón tiene que tener varias conversaciones con los apóstoles después de resucitado, para que ellos viendo puedan llegar a dar un verdadero testimonio de lo que sucedió para poder no sólo contarlo, sino transmitir una vivencia.
Así lo demuestra Pedro como obra el milagro de la curación del paralítico:
"Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello".
No sólo habla de un concimiento teórico de lo que ocurrió, sino que habla de un conocimiento vivido, algo que él mismo vivió y de lo que no puede dejar de hablar y de dar testimonio.
¿Qué nos eseñan estas palabras?
Por un lado que, para ser testigos veraces, tenemos que tener siempre un encuentro vivencial con Jesús. Está claro que no podremos tocar sus manos y ver sus pies, pero sí podremos sentir su presencia cuando abrimos nuestro corazón a Su Palabra, cuando nos sentamos frente a Él en el Sagrario o en la Adoración al Santísimo Sacramento, y, fundamental, el encuentro real y verdadero en la Comunión Eucarística. Pues así como Él se presentó ante los discípulos después de resucitado, también se hace presente ante nosotros en cada eucaristía, en cada adoración, y, se queda silencioso y oculto en el Sagrario.
Otra cosilla es que tenemos, siempre, que pedirle Su Espíritu para poder comprender las Escrituras, no sólo para leerlas como quien lee un libro de cuentos, sino para conversar con el Padre y con Él cuando leemos las Sagradas Escrituras. Porque cuando conversamos con Alguien que realmente sabemos que nos Ama y que nos habla al corazón, entonces podremos guardar celosamente sus Palabras, pero si sólo leemos para cumplir será como escuchar el viento y no nos quedará nada en el corazón que nos ayude a vivir y a encontrar Su Voluntad en las cosas de cada día.
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