De los Tratados de san Gaudencio de Brescia, obispo
El sacrificio celestial instituido por Cristo es verdaderamente el don de su
nueva alianza que nos dejó en herencia, como prenda de su presencia entre
nosotros, la misma noche en que iba a ser entregado para ser crucificado. Éste
es el viático de nuestro camino, con el cual nos alimentamos y nutrimos durante
el peregrinar de nuestra vida presente, hasta que salgamos de este mundo y
lleguemos al Señor; por esto decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no
bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.
Quiso, en efecto, que sus
beneficios permanecieran en nosotros, quiso que las almas redimidas con su
sangre preciosa fueran continuamente santificadas por el sacramento de su
pasión; por esto mandó a sus fieles discípulos, a los que instituyó también como
primeros sacerdotes de su Iglesia, que celebraran incesantemente estos misterios
de vida eterna, que todos los sacerdotes deben continuar celebrando en las
Iglesias de todo el mundo, hasta que Cristo vuelva desde el cielo, de modo que,
tanto los mismos sacerdotes como los fieles todos, teniendo cada día ante
nuestros ojos y en nuestras manos el memorial de la pasión de Cristo,
recibiéndolo en nuestros labios y en nuestro pecho, conservemos el recuerdo
indeleble de nuestra redención.
Además, puesto que el pan, compuesto de muchos granos de trigo reducidos a
harina, necesita, para llegar a serlo, de la acción del agua y del fuego,
nuestra mente descubre en él una figura del cuerpo de Cristo, el cual, como
sabemos, es un solo cuerpo compuesto por la muchedumbre de todo el género humano
y unido por el fuego del Espíritu Santo.
Jesús, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, porque así convenía para
cumplir la voluntad salvífica de Dios, penetró en las aguas bautismales para
consagrarlas, y volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo, que había descendido
sobre él en forma de paloma, como atestigua el evangelista san Lucas: Jesús
regresó de las orillas del Jordán, lleno del Espíritu Santo.
Asimismo, también el vino que es su sangre, resultante de la unión de muchos
granos de uva de la viña por él plantada, fue exprimido en el lagar de la cruz,
y fermenta, por su propia virtud, en el espacioso recipiente de los que lo beben
con espíritu de fe.
Todos nosotros, los que hemos escapado de la tiranía de Egipto y del diabólico
Faraón, debemos recibir, con toda la avidez de que es capaz nuestro religioso
corazón, este sacrificio de la Pascua salvadora, para que nuestro Señor
Jesucristo, al que creemos presente en sus sacramentos, santifique nuestro
interior; él, cuya inestimable eficacia perdura a través de los siglos.
jueves, 28 de abril de 2022
El don que nos dejó como herencia
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.