sábado, 9 de mayo de 2026

Si el mundo os odia

Lectio Divina. Basílica Nuestra Señora del Carmen Coronada.

El odio del mundo.» Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros”. El cristiano que sigue a Jesús está llamado a vivir al revés de la sociedad. En un mundo organizado desde intereses egoístas de personas y grupos, quien procura vivir e irradiar el amor será crucificado. Este fue el destino de Jesús. Por esto, cuando un cristiano o una cristiana es muy elogiado/a por los poderes de este mundo y es exaltado/a como modelo para todos por los medios de comunicación, conviene desconfiar siempre un poco. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo”. Fue la elección de Jesús lo que nos separó. Y basándonos en esta elección o vocación gratuita de Jesús tenemos la fuerza para aguantar la persecución y la calumnia y podremos tener la alegría en medio de las dificultades.
El siervo no es más que su señor. “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también la vuestra guardarán”. Jesús había insistido en este punto en el lavatorio de los pies (Jn 13, 16) y en el discurso de la Misión (Mt 10, 24-25). Y esta identificación con Jesús, a lo largo de los siglos, dio mucha fuerza a las personas para seguir su camino y fue fuente de experiencia mística para muchos santos y santas mártires.
Persecución por causa de Jesús. “Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.” La insistencia repetida de los evangelios en recordar las palabras de Jesús que pueden ayudar a las comunidades a entender el porqué de las crisis y de las persecuciones, es una señal evidente de que nuestros hermanos y hermanas de las primeras comunidades no tuvieron una vida fácil. Desde la persecución de Nerón en el 64 después de Cristo hasta el final del siglo primero, vivieron en el temor de ser perseguidos, acusados, encarcelados y de morir en cualquier momento. La fuerza que los sostenía era la certeza de que Jesús estaba en medio de ellos.

viernes, 8 de mayo de 2026

Unidos en el mismo Espíritu

Finalizado el primer concilio de Jerusalén realizado por los apóstoles por el tema de la circuncisión (controversia que aconteció ya en los primeros años de la Iglesia) envían una carta a las comunidades nacidas entre los gentiles. En esta carta me ha gustado, entre otros, este texto:
"Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertando vuestros ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo".
"Algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras..."
Lo repito porque, en realidad, son estas palabras las que me han resonado en los oídos. Y es, actualmente, una realidad que se sigue sumando en nuestra Iglesia: no son pocos los que usan de "su sabiduría" para sembrar la discordia, para hacer una nueva teología, un nuevo magisterio, queriendo tener siempre la verdad acerca de lo revelado y dejan de lado lo que, en verdad, ya ha sido revelado. Todo eso sin darse cuenta que la sabiduría del hombre no es nada frene a la sabiduría de Dios, quien a pesar de los desvíos de los hombres nos ayuda siempre a encontrar el camino de la Verdad que nos conduce a la Vida.
Por eso, los apóstoles siguieron diciendo:
"Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables..."
Cuando dejamos, verdaderamente, al Espíritu Santo que nos oriente descubriremos que la sabiduría humana no es la que debemos escuchar, sino que debemos dejarnos influenciar por los soplos del Espíritu que es quien guía y dirige a Su Iglesia por medio de sus mejores instrumentos.
Está claro que, para muchos, la autoridad no es un valor en nuestra Iglesia y por eso actúan fuera de lo que la autoridad legítimamente constituida nos va diciendo, y, sin quererlo por no aceptar sus palabras van aportando otros caminos que no nos llevan a la Gracia de la Vida de Cristo. Y, en realidad, es la obediencia la que nos ayudará a conseguir esa Gracia que necesitamos para transitar este Camino que Jesús nos ha dejado marcado, pues así como Él lo vivió nos llama a vivirlo a nosotros.
«Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando".

jueves, 7 de mayo de 2026

El Camino de la alegría

"Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud".
¿Cuál es la alegría de Jesús? Según sus palabras su alegría está en vivir en el Padre y haciendo lo que ha visto hacer al Padre, es decir su vida no pasa por sus propios gustos sino por lo que el Padre le ha enseñado vivir, por eso no esconde cuál es su camino: mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre. Y esa es su alegría permanente que se encuentra en la coherencia de su vida, sabiendo que su vida no es suya sino que le ha sido dada y, por eso mismo, nos enseña a nosotros que nuestra vida también nos ha sido dada, y, por supuesto, Él la ha dignificado devolviéndonos la filiación divina con su obediencia hasta la muerte y muerte en cruz.
Cuando Jesús nos habla de cómo Él ha vivido y cuál ha sido el ideal de su vida nos va dando la pista para saber cómo alcanzar, también, nosotros esa misma alegría. Y, tomando sus propias palabras, saber que la alegría que Él nos presenta no es la alegría que nos da el mundo, sino que es una alegría más profunda y plena que surge de la configuración de nuestra propia vida con su vida.
Por eso, antes de hablarnos de la alegría nos dice, y nos invita a vivir de una manera plena y diferente a la del mundo, diciéndonos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor".
El amor del Padre ha sido tan inmenso y confiado que le pidió al Hijo el mayor de los sacrificios, un sacrificio que el Hijo aceptó y por eso "se anonadó a sí mismo y tomó la condición de hombre, haciéndose igual a nosotros en todo menos en el pecado", y así nos fue mostrando el camino que no sólo es conocerlo, sino que es un camino de vida y plenitud:
"Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor".
Este es el Camino que nos conduce a la vida en el Amor del Padre, el Camino que nos conduce a la Vida en el Amor del Hijo, y que, como Él nos dice, el Camino que nos conduce a la alegría plena de nuestra vida en Él.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Permanecer en la Vid

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros".
Es Su Palabra la que, si la dejamos, nos purifica y nos transforma y nos une a Él para poder comenzar una Vida Nueva. Una Vida Nueva que no está alimentada por otra savia que no sea la Gracia Divina que, poco a poco va transformando nuestra vida y nos va haciendo a su imagen y configurando nuestro estilo de vida según la Voluntad del Padre.
Por eso es indispensable mantenernos fieles a esa Vida que se nos ha dado porque no podemos crecer y madurar si no estamos en una permanente "conexión" con el Señor.
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí".
Claro es que el permanecer en el Señor, es vivir en Fidelidad no significa estar siempre en el mismo lugar, hacer siempre las mismas cosas, porque ha medida que el sarmiento va recibiendo la savia de la Vid, ese sarmiento crece, cambia, mejora, y finalmente produce fruto, luego es podado para que tenga más fuerza y siga produciendo más fruto.
Es cierto que el sarmiento no tiene libertad para crecer y madurar, lo cual sí tenemos nosotros, por eso Jesús nos pide, repetidas veces, que permanezcamos en Él, así que es una decisión constante, diaria el buscar el permanecer en Cristo.
¿Cómo permanecemos en Él?
Por medio de la oración sabiendo que el diálogo con el Señor nos mantendrá con el oído atento a Su Voluntad, que Él nos enseñará cómo ser Fiel como lo fue Él a la Voluntad del Padre.
La meditación y reflexión de la Palabra de Dios es, también, un medio seguro para escuchar al Padre y saber cómo vivir como el Hijo, pues en ese Hijo hemos sido convertidos en hijo, y así sabremos como Jesús pudo permanecer en el Padre, pues, como dice el escritor "siendo hijo aprendió, por medio del sufrimiento, a obedecer" y así nos alcanzó con su obediencia hasta la muerte en Cruz la gracia de la filiación divina.
Y, por supuesto, los sacramentos de la reconciliación y la Eucaristía nos mantienen unidos a Cristo, a la Vida Verdadera, para que siempre estemos alimentados por la Gracia y por la Vida del Hijo.
Así, permanecer en Cristo no es quedarnos sentados en un sofá viendo pasar la vida, sino buscar constantemente el estar unidos a Él para vivir como Él, para ser parte de Él y así producir en nuestra vida los frutos que el Padre quiere y que el mundo necesita de los hijos de Dios.

martes, 5 de mayo de 2026

La Paz de Jesús

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde...".
No es la paz del mundo la que nos da Jesús, sino su propia paz que es la búsqueda constante de la Voluntad del Padre, vivir en su Voluntad es lo que le da a nuestra vida la paz verdadera. La paz del mundo es la que muchas veces queremos experimentar, y muchos viven, que es la quietud, el estar tranquilos y no tener nada por lo que preocuparse, vivir con salud y sin ningún problema.
Aunque la paz del cristiano tiene algo parecido porque todo lo dejamos en manos del Padre y nos ocupamos de lo que Él nos pida, por eso también deberíamos vivir sin pre-ocuparnos de las cosas pues sólo nos toca ocuparnos de lo que sea Su Voluntad. Podemos estar tranquilos mientras nos ocupamos de seguir Su Camino que es la entrega cotidiana de nuestra vida ya sea en la oración, la acción, o el sacrificio, pues nuestra misión es consagrar nuestro día a Él para que todo sea para Él, por Él y con Él.
Y todo sabiendo que nunca estaremos quietos sino que nuestra vida será un actuar en nombre de Dios, y por eso no habrá quietud en nuestra alma porque siempre estará buscando escuchar al Padre para saber qué debe hacer, sabiendo que todo lo que haga no quedará sin recompensa y todo lo que acepte sea cruz o gozo será para gloria de Dios.
Así lo enseñaba también san Pablo a las nuevas comunidades:
"Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios".
De este modo no debemos preocuparnos ni dejar que se turbe nuestro corazón por lo que nos pueda suceder o por lo que el Padre nos pueda pedir porque sabemos que todo será para nuestro bien y el de su Cuerpo que es la Iglesia, así el Camino de la Vida será en la paz que su Gracia nos de por haber aprendido a vivir en Él.

lunes, 4 de mayo de 2026

Nos enviará su Espíritu

Homilía de San Gregorio Magno, papa y doctor e la Iglesia (s. VI)

«Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada». Pensad en ello, hermanos muy amados, ¡Qué fiesta recibir a Dios en la morada de nuestro corazón! Si un amigo rico y poderoso quisiera entrar en tu casa, obviamente, limpiarías toda la casa, para que nada le molestara al entrar. Lo mismo quien prepara para Dios la morada de su alma, limpia la suciedad de sus malas acciones.
Fíjate bien lo que dice la Verdad: «vendremos y haremos en su casa nuestra morada». Porque Dios puede pasar por el corazón de algunos sin hacer su casa.
Cuando tienen remordimientos, ven bien la mirada de Dios; pero cuando viene la tentación, olvidan el propósito de su anterior arrepentimiento y caen en sus pecados, como si nunca los hubieran llorado. Por el contrario, en el corazón de quien verdaderamente ama a Dios, que observa sus mandamientos, el Señor viene y hace su casa, porque el amor de Dios le llena tanto que no se aparta de este amor en el momento de la tentación. Por lo tanto aquel cuya alma no acepta ser dominada por un mal placer, ama verdaderamente a Dios de aquí esta precisión: «Aquellos que no me aman, no guardan mis palabras». Examinaros cuidadosamente, queridos hermanos; Preguntaros si realmente amais a Dios. Pero no os fiéis de la respuesta de vuestro corazón sin compararlo con vuestras acciones.
«El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado.» (cf Jn 14, 26)
El Espíritu os enseñará todo. Porque si el Espíritu no toca el corazón de los que escuchan, la palabra de los que enseñan sería vana. Que nadie atribuya a un maestro humano la inteligencia que proviene de sus enseñanzas. Si no fuera por el Maestro interior, el maestro exterior se cansaría en vano hablando.
Vosotros todos que estáis aquí, oís mi voz de la misma manera; y no obstante, no todos comprendéis de la misma manera lo que oís. La palabra del predicador es inútil si no es capaz de encender el fuego del amor en los corazones. Aquellos que dijeron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32) habían recibido este fuego de boca de la misma verdad. Cuando uno escucha una homilía, el corazón se enardece y el espíritu se enciende en el deseo de los bienes del reino de Dios. El auténtico amor que le colma, le provoca lágrimas y al mismo tiempo le llena de gozo. El que escucha así se siente feliz de oír estas enseñanzas que le vienen de arriba y se convierten dentro de nosotros en una antorcha luminosa, nos inspiran palabras enardecidas. El Espíritu Santo es el gran artífice de estas transformaciones en nosotros.

domingo, 3 de mayo de 2026

Un linaje elegido

"Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?
Muchas veces nos encontramos, o nos pasa, que no terminamos de entender, aceptar o creer en las cosas de nuestra vida cristiana. Necesitamos como más explicaciones, más teorías, más datos o libros para leer para poder entregarnos por completo. Y, realmente, es como la pregunta de Felipe al Señor: Señor, todavía no entendemos, puedes hablarnos mas? Es que hace tanto tiempo que eres cristiano y todavía no has entendido nada? Puede ser una respuesta del Señor a nosotros.
Y es posible que después de tantos años no hayamos entendido nada del cristianismo y nos quedemos sólo en preceptos y mandamientos, y cosas por cumplir, sin haber llegado a vivir lo que el Señor nos ha mostrado con su propia vida.
Por eso, san Pedro, nos ayuda a mirar nuestra vida desde la vocación que hemos recibido por parte del Señor (y digo vocación no en el sentido de ser sacerdote, religioso o religiosa):
"Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa".
Todos los creyentes en Cristo y que hemos recibido el Espíritu Santo por el bautismo somos un linaje elegido, un sacerdocio real. Y ¿qué significa esto? Tenemos un espíritu que nos llena la vida y es el Espíritu Santo quien nos confiere los Dones necesarios para poder atravesar las ideas del mundo y llegar a las cosas de Dios, capaces de aceptar y vivir el Reino aquí en la tierrra porque hacemos Su Voluntad como la hacen en el cielo, y por eso mismo somos un reino de sacerdotes que interceden por la salvación del mundo y llevan con su vida la Luz de Dios para disipar las tinieblas del pecado y mostrar el camino de la salvación.

sábado, 2 de mayo de 2026

Llevar Vida

"La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio".
No es de ahora, sino que es desde siempre, que cuando algo no nos gusta o disgusta hacemos lo posible para que nadie "caiga ne la trampa", o para que todos piensen igual que yo. Es lo que se llama sembrar cizaña unos contra otros, intentar que lo que no ha sido bueno o que no quiero hacer o creer tampoco lo sea para otros.
Los judíos se enfadaron porque al no creer en la Palabra Pablo y Bernabé, inspirados por el Espíritu Santo, comenzaron a predicar a los gentiles, por eso comenzó contra ellos una persecución.
Y ¿cuál fue la actitud de Pablo y Bernabé? Algo que ya le había dicho el Señor a los 12: "Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies. En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad".
"Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo".
Ante la adversidad, ante las amenazas y las persecuciones no tenemos que tomar partido sino que sólo debemos actuar como Jesús nos dice y confiar en que el Espíritu Santo nos dará fuerzas para seguir con nuestra misión sea cual sea. Pero no hay que amedrentarse por las amenazas del mundo sino encontrar la fortaleza en las Palabras del Señor.
Esto porque Jesús sabe que no todos los corazones de los hombres estarán dispuestos a creer y al creer a cambiar de vida, sino que siempre habrá corazones cerrados y duros, y habrá otros que ante tal dureza eleven la voz para atacar no sólo la Palabra de Dios, sino a sus instrumentos y mensajeros. Y, así, a lo largo de la historia la vida de la Iglesia ha sido fortalecido con la sangre y la vida de tantos santos mártires y con la palabra de los santos que dieron su vida por el Evangelio.
Pidamos siempre tener la misma fortaleza y disposición para ser Fieles Servidores de la Vida que el Señor nos ha regalado y nos ha pedido llevar al mundo.

viernes, 1 de mayo de 2026

Os prepararé un lugar

Homilía de San Ambrosio, obispo (s. IV)

El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo.
Caminemos intrépidamente hacia nuestro Redentor, Jesús; caminemos intrépidamente hacia aquella asamblea de los santos, hacia aquella reunión de los justos. Pues nos encaminaremos al encuentro con nuestros padres, al encuentro con los preceptores de nuestra fe: y si tal vez no podemos exhibir obras, que la fe venga en ayuda nuestra y la heredad nos defienda. Porque el Señor será la luz de todos; y aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Nos encaminaremos allí donde el Señor Jesús preparó estancias para sus humildes siervos, para que donde él esté estemos también nosotros. Tal fue su voluntad.
Cuáles sean esas estancias, óyeselo decir a él mismo: En casa de mi Padre hay muchas estancias. Y ¿cuál es su voluntad? Volveré —dice— y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
Pero me objetarás que hablaba únicamente a los discípulos, que sólo a ellos les prometió las muchas estancias. Entonces, ¿es que sólo las preparaba para los Once? Y ¿cómo se cumplirá aquello de que vendrán de todas partes y se sentarán en el reino de Dios? ¿Es que podemos dudar de la eficacia de la voluntad divina? Pero, en Cristo, querer y hacer son una misma cosa. Seguidamente les señaló el camino, les indicó el sitio, diciendo: Y donde yo voy, ya sabéis el camino.
El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo, como él mismo dijo: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.Adentrémonos por este camino, mantengamos la verdad, vayamos tras la vida. Es camino que conduce, verdad que confirma, vida que se entrega.
Y para que conozcamos sus verdaderos planes, al final del discurso añade: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria. Padre: esta repetición es confirmatoria, lo mismo que aquello: ¡Abrahán, Abrahán!
Y en otro lugar: Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes. Bellamente pide aquí lo que antes había prometido. Y este primero prometer y luego pedir, y no a la inversa, primero pedir y luego prometer, es un prometer como árbitro del don, consciente de su propio poder; pide al Padre como intérprete de la piedad. Prometió primero, para que conozcas su poder; luego pidió, para que caigas en la cuenta de su piedad. No pidió primero y luego prometió, para que no pareciera que prometía lo que previamente había impetrado, más bien que otorgaba lo que antes había prometido. Ni consideres superfluo que pidiera, pues de esta manera te expresa su comunión con la voluntad del Padre, lo cual es una prueba de unidad, no un aumento de poder.
Te seguimos, Señor Jesús; pero llámanos para que podamos seguirte, ya que sin ti nadie puede subir. Porque tú eres el camino, la verdad, la vida, la posibilidad, la fe, el premio. Recibe a los tuyos como el camino, confírmalos como la verdad, vivifícalos como la vida.

jueves, 30 de abril de 2026

No olvidar lo esencial

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”.
Si bien sabemos que esto lo decía Jesús por Judas Iscariote, pero, como toda Su Palabra, la tenemos que llevar a nuestro terreno y a nuestra vida.
Todos hemos sido llamados y elegidos por el Señor, y a cada uno se le ha dado una misión en la vida para poder llevar a cabo la Misión de Jesús: devolver al hombre su belleza original y enseñarle el Camino a la Vida, por eso todos hemos sido enviados el día de nuestro bautismo.
Pero, siempre hay un pero en nuestras vidas, y es el pero de no olvidarnos que llevamos en nuestra alma la espina del pecado que no siempre nos ayuda a ser discípulos sino que, más de una vez, nos hace pensar que somos los Maestros, que somos los dioses de estos tiempos y, por esa misma razón, nos olvidamos que sólo tenemos un Maestro y un Señor, Jesucristo Señor y Salvador, y que nosotros sólo somos discípulos y misioneros.
Cuando se nos olvida que somos discípulos nos creemos los dueños de la Verdad y vamos declamando nuestras propias palabras y verdades que hacen, seguramente, que muchos sigan nuestras palabras pero no que se hagan conscientes de las Palabras de Jesús que sólo esas son Palabras de Dios, y, sobre todo, que sólo la Palabra de Dios es la que nos conduce a la salvación.
Al olvidarnos de Quién es el Maestro y Señor creemos, como lo hizo Judas, que nuestro pensar y nuestra lógica es la mejor, que Él y sus tiempos no son los adecuados sino que lo que yo pienso y creo es el mejor camino. Y ya sabemos cómo terminó Judas Iscariote, por eso debemos centrarnos siempre en aprender a escuchar al Maestro, en intentar, cada día, morir a nosotros mismos para que, como decía san Pablo: ya no viva yo en mí, sino que sea Cristo quien viva en Mí, para que sea su Palabra y su Vida las que guíen mi vida y me permitan ser un fiel discípulo de Cristo y no de mi mismo.

miércoles, 29 de abril de 2026

Si alguno peca...

 "Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, sí confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros".
San Juan es muy claro en su carta al escribirle a las comunidades, y, por supuesto, a nosotros, más en estos tiempos en que parece ser que ninguno de nosotros ha pecado y sin embargo, sabemos que no todos hemos alcanzado tal plenitud en nuestra vida que no tenemos pecado. Lo que nos ha sucedido es que hemos deteriorado o borrado la conciencia de pecado y damos por válido todo, o casi todo lo que hacemos.
Reconocer nuestro pecado (sabiendo que pecado es toda acción libre y voluntaria en contra de los mandamientos, los consejos evangélicos y la Voluntad de Dios) no es un acto de humillación en el sentido de que Dios nos quiere hacer ver, siempre, que no somos perfectos, sino que es un acto de humildad para poder seguir creciendo en el camino de la perfección, en el camino de la santidad.
Si no fuera así Jesús no hubiera dejado el sacramento de la Reconciliación (la confesión sacramental personal) si no tuviera un sentido gratificante, no por haber pecado, sino para conseguir la Gracia suficiente y necesaria para levantarnos de nuestra postración y volver a seguir caminando en la Voluntad del Padre hacia el Cielo.
Por eso, el mismo san Juan nos dice:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Saber que tenemos para nuestra ayuda espiritual el sacramento de la Reconciliación tiene que ser un motivo de gozo para nuestra vida y alma, porque es ahí donde dejo todo aquello que me pesa y me va alejando de la Gracia de Dios y vuelvo, después del arrepentimiento y el deseo de conversión, a estar libre de todo y a poder vivir en la Gracia de Dios.

martes, 28 de abril de 2026

Fe sin desviaciones

Homilía atribuida a a San Atanasio.

He aquí la fe católica: veneramos a un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad, sin confundir a las personas, sin dividir la sustancia: una es, en efecto, la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen una misma divinidad, una gloria igual, una misma majestuosidad eterna. Así como es el Padre, es el Hijo y el Espíritu Santo: increado es el Padre, increado el Hijo e increado el Espíritu Santo. De este modo el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y sin embargo ellos no son tres dioses, sino un mismo Dios.
Esta es la fe sin desviaciones: nosotros creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre: Él es Dios, de la sustancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y Él es hombre, de la sustancia de su madre, nacido en el tiempo: Dios perfecto, hombre perfecto, compuesto de un alma razonable y un cuerpo humano, igual al Padre según la divinidad, inferior al Padre según la humanidad.
Aunque Él sea Dios y hombre, no existen dos cristos sino un solo Cristo: uno, no porque la divinidad haya pasado a la carne, sino porque la humanidad fue asumida por Dios; una unión no por mezcla de sustancias, sino por la unidad de la persona. Porque, al igual que el alma razonable y el cuerpo forman un hombre, Dios y el hombre forman un Cristo. Él sufrió por nuestra salvación, descendió a los infiernos, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre; desde allí vendrá a juzgar a vivos y muertos.

lunes, 27 de abril de 2026

El Buen Pastor

Homilía de San Gregorio Magno, papa (s. VI)

Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas, es decir, que las amo, y las mías me conocen. Habla, pues, como si quisiera dar a entender a las claras: «Los que me aman vienen tras de mí». Pues el que no ama la verdad es que no la ha conocido todavía.Acabáis de escuchar, queridos hermanos, el riesgo que corren los pastores; calibrad también, en las palabras del Señor, el que corréis también vosotros.
Mirad si sois, en verdad, sus ovejas, si le conocéis, si habéis alcanzado la luz de su verdad. Si le conocéis, digo, no sólo por la fe, sino también por el amor; no sólo por la credulidad, sino también por las obras. Porque el mismo Juan Evangelista, que nos dice lo que acabamos de oír, añade también: Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso.
Por ello dice también el Señor en el texto que comentamos: Igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre, yo doy mi vida por las ovejas. Como si dijera claramente: «La prueba de que conozco al Padre y el Padre me conoce a mí está en que entrego mi vida por mis ovejas; es decir: en la caridad con que muero por mis ovejas, pongo de manifiesto mi amor por el Padre».Y de nuevo vuelve a referirse a sus ovejas, diciendo: Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. Y un poco antes había dicho: Quien entre por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. O sea, tendrá acceso a la fe, y pasará luego de la fe a la visión, de la credulidad a la contemplación, y encontrará pastos en el eterno descanso.
Sus ovejas encuentran pastos, porque quienquiera que siga al Señor con corazón sencillo se nutrirá con un alimento de eterno verdor. ¿Cuáles son, en efecto, los pastos de estas ovejas, sino los gozos eternos de un paraíso inmarchitable? Los pastos de los elegidos son la visión del rostro de Dios, con cuya plena contemplación la mente se sacia eternamente.Busquemos, por tanto, hermanos queridísimos, estos pastos, en los que podremos disfrutar en compañía de tan gran asamblea de santos. El mismo aire festivo de los que ya se alegran allí nos invita. Levantemos, por tanto, nuestros ánimos, hermanos; vuelva a enfervorizarse nuestra fe, ardan nuestros anhelos por las cosas del cielo, porque amar de esta forma ya es ponerse en camino.
Que ninguna adversidad pueda alejarnos del júbilo de la solemnidad interior, puesto que, cuando alguien desea de verdad ir a un lugar, las asperezas del camino, cualesquiera que sean, no pueden impedírselo.Que tampoco ninguna prosperidad, por sugestiva que sea, nos seduzca, pues no deja de ser estúpido el caminante que, ante el espectáculo de una campiña atractiva en medio de su viaje, se olvida de la meta a la que se dirigía.

domingo, 26 de abril de 2026

Él es la Puerta y el Pastor

 "El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose de pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Como aquél día el Espíritu Santo nos sigue hablando y nosotros, como aquellos que escuchaban la voz del Espíritu por medio de Pedro, tendríamos que preguntarnos y preguntarle ¿qué tenemos que hacer?
Hoy hay muchas más razones para que, cada día, nos preguntemos y le preguntemos al Espíritu qué tenemos que hacer, porque nos hemos acostumbrado a hacer la nuestra y a no preguntarle a Dios lo que lo debemos hacer, nos hemos acostumbrado a ser cristianos pero no a vivir como cristianos, y, por eso, la pregunta fundamental que debemos hacer al despertar ya no la hacemos porque creemos que ya sabemos lo que tenemos que hacer, y así nos vamos engañando y vamos dejando de ser lo que debemos ser.
"Que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto habéis sido llamados, porque también Cristo padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca".
No es que debamos buscar el sufrimiento para ser mejores cristianos, sino que el sufrimiento es parte del ser cristianos porque nuestra carne sufre contra nuestro espíritu una tremenda guerra interior, y ese es el sufrimiento que debemos padecer constantemente, el saber que la búsqueda de la Voluntad de Dios no es sólo un día por semana o una vez al año, sino que es todos los días de nuestra vida, pues así lo hizo el Hijo que nos mostró el Camino para la Vida.
Ese Camino es el que debemos recorrer y que si no lo hacemos como lo hizo Jesús de nada vale para la salvación del mundo, pues Él asumió nuestro pecado para que nosotros viviendo en la Gracia de Dios podamos seguir contribuyendo a la salvación del mundo.
Por eso debemos, cada día, abrir nuestros oídos a la Voz del Pastor, del verdadero Pastor que es Quien mejor nos guía por el sendero de la Vida y nos lleva a los mejores lugares para que alcancemos la verdadera plenitud de nuestro ser hijos en el Hijo.
"Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos".

sábado, 25 de abril de 2026

No necesitamos signos

Homilía de San Bruno, cartujo (s. XI)

El Señor le dijo a los Once: «Estas señales acompañarán a los que crean: en mi Nombre, echarán demonios; hablarán un nuevo lenguaje; tomarán a las serpientes con las manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño; le impondrán sus manos a los enfermos, y los enfermos recuperarán la salud». En la Iglesia primitiva, todos estos signos que el Señor enumera, no solo los apóstoles, sino también muchos otros santos los cumplieron al pie de la letra. Los paganos no habrían abandonado el culto a los ídolos si la predicación evangélica no hubiera sido confirmada por tantos signos y milagros. De hecho, ¿no eran los discípulos de Cristo los que predicaban a «un Mesías crucificado, escándalo para los judíos y locura de los paganos», según la expresión de san Pablo? (1Co 1, 23).Pero en cuanto a nosotros, ya no necesitamos signos y prodigios: nos basta leer o escuchar la historia de los que estuvieron allí. Porque nosotros creemos en el Evangelio, creemos en lo que cuentan las Escrituras.
No obstante, aún se producen señales todos los días; y si realmente queremos prestar atención, reconoceremos que tal vez éstas tienen más valor que los milagros materiales de otros tiempos.Cada día los sacerdotes dan el bautismo y hacen llamadas a la conversión: ¿no es eso cazar a los demonios? Cada día hablan un lenguaje nuevo cuando explican las santas Escrituras y reemplazan los antiguos escritos con la novedad del sentido espiritual. Hace huir a las serpientes, cuando quitan lo que une a los corazones de los pecadores con el vicio, por una dulce persuasión; curan a los enfermos cuando reconcilian a Dios con sus almas inválidas por medio de sus plegarias. Tales eran los signos que el Señor había prometido para sus santos: tales son los que se realizan aún hoy en día.

viernes, 24 de abril de 2026

Ser instrumentos del Señor

Ananías contestó:
«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo:
«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».
Este diálogo entre Jesús y Ananías me parece que es para reflexionar mucho, sobre todo por la situación que están viviendo en ese momento. Jesús ya ha ascendido a los Cielos y la comunidad cristiana es perseguida por Saulo, quien ha pedido cartas a los Sumos Sacerdotes para defender la fe judía y combatir a esta nueva secta de los cristianos. Por eso, cuando Jesús le pide a Ananías que vaya a ungir a Saulo responde de ese modo: había que protegerse de Saulo porque venía para llevarlos preso, y, sin embargo Jesús es a quien elige como apóstol.
Muchas veces nuestros juicios sobre ciertas personas son válidos porque sus obras demuestran que no son de fiar, pero para Dios que ve el fondo del corazón humano, y, sobre todo, confía en su gran poder, no todo está perdido sino que siempre hay un modo de llegar a ese corazón endurecido y poder llevarlo a la verdadera conversión. Y eso fue lo que hizo el Señor y lo quiso hacer por manos de Ananías.
Para Ananías fue, también, un salto en fe creer que Saulo estaba dispuesto a convertirse al Señor, por eso no dudó en hacer lo que el Señor le pedía y así un Saulo perseguidor de cristianos se convierte en un San Pablo.
Por otro lado el Señor le da a Ananías y nos hace ver lo que significa ser discípulo de Cristo, lo que significa ser instrumento en manos del Señor y lo que esto conlleva de entrega y de sufrimiento, pues la entrega en el discipulado de Cristo implica la renuncia a nosotros mismos, cargar nuestra cruz de cada día y seguirlo, pues ese es el único camino para poder ser verdadero mensajero de la Palabra del Señor, sólo cuando nos despojamos de nosotros mismos y del mundo que llevamos dentro podemos hablar de las cosas de Dios, transmitir solo y exclusivamente la Verdad del Evangelio que es la única Verdad que nos da Vida Verdadera.

jueves, 23 de abril de 2026

El Pan que les daré...

Homilía de San Ruperto de Deutz, abad benedictino (s. XII)

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Puesto que los convidados de mi Padre fueron dispersados por la muerte a causa del manjar prohibido que había comido su progenitor, bajando sus almas a los infiernos y siendo sus cuerpos depositados en el sepulcro, también yo, que soy el pan de los ángeles, seré dispersado, descendiendo a los infiernos donde las almas pasan hambre, según aquella sustancia de que se alimentan los ángeles, y, según el cuerpo, seré enterrado en el vientre de la tierra, donde reposan sus cuerpos: allí permaneceré tres días y tres noches, como estuvo Jonás tres días y tres noches en el vientre del pez, de forma que las almas, recreadas con la visión de Dios, revivirán, y los cuerpos, muchos resucitarán ahora, y todos los demás en el futuro. Y más tarde, al resto, es decir, a todos aquellos que todavía viven corporalmente en este mundo, se les dará aquí ese mismo pan adaptado a su módulo vital, esto es, en el verdadero sacrificio del pan y del vino según el rito de Melquisedec.
Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Este es el mayor consuelo para los pobres, a los que el Espíritu del Señor que vino sobre mí me envió a anunciarles la buena noticia; sea ésta, repito, la mayor, la incomparable congratulación para todas las naciones esparcidas por la tierra, que pediré y recibiré del Padre en herencia o posesión. Pues la participación en este pan de vida de aquellos a quienes el Padre que me ha enviado, selló y dio este pan, no será inferior a la de los antiguos padres. Porque al descender a ellos para saciarlos de mí, cuando el infierno me hubiere mordido y yo me hubiere convertido en su aguijón, en muerte de la muerte para los encerrados en sus entrañas, entregado a los santos y justos hambrientos, para que todos recobren la vida, entonces yo daré el pan a este resto. En este pan no está ausente la realidad de mi misma carne o cuerpo que, sacado del vientre del cetáceo sano y salvo, volverá a sentarse a la derecha del Padre por toda la eternidad. El hombre vivo comerá, de un modo adecuado a él, el mismo pan de los ángeles que yo le daré; este pan se lo da el Padre a los que murieron, para que lo coman y resuciten: ahora las almas, el último día los cuerpos.
Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Realmente, aquel a quien el Padre nos dio como pan de los ángeles, para que asumiera la carne y muriera a fin de poder dar vida a los muertos, él que es el pan celestial nos da el pan terreno, pan que él transforma en su propia carne para poder dar la vida eterna a los vivientes que son capaces de comerlo. De esta forma, el Verbo, que es el pan de los ángeles, se hizo carne, no convirtiéndose en carne, sino asumiendo la carne; de esta forma el mismo Verbo, ya hecho carne, se hace pan visible, no convertido en pan, sino asumiendo el pan e incorporándolo a la unidad de su persona.
Por consiguiente, como de nuestra carne —asumida en la Virgen María—, confesamos que es verdadero Dios a causa de la unidad de persona, así también de este pan visible —que la divinidad invisible del mismo Verbo asumió y convirtió en su propia carne—, confesamos con plena y católica fe que es el cuerpo de Cristo. Dice, en efecto: Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo, o sea, para que el mundo redimido coma y beba, después de haber previamente lavado, mediante el bautismo, la mancha producida por el antiguo manjar que la serpiente ofreció e indujo a que comiera.

miércoles, 22 de abril de 2026

Ya no soy yo

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis".
Para muchos de los que estaban cerca de Jesús les resultaba difícil creer en sus Palabras, creer en lo que decía, creer en que Él era el Pan de la Vida porque Él estaba ahí, presente, vivo delante de ellos, y, aunque quisieran hacer un salto de fe no podían aceptar, intelectualmente o misteriosamente, que Él fuera el Pan que tenían que comer, o el agua que tenían que beber.
Aunque, también, para muchos fueron los signos y milagros que hizo lo que les permitieron creer en su poder y, por eso, lo seguían y lo buscaban, para poder recibir de Él el poder de sus palabras, el consuelo de su predicación, la esperanza de una nueva vida, pues lo que buscaban no eran los grandes milagros sino esas semillas que los ayudaran a seguir caminando, buscando nuevos horizontes para sus vidas.
Nosotros aunque no lo hayamos visto creemos en Él, a veces buscamos o necesitamos sus milagros, pero eso no define nuestra fe en Él, nuestro amor por Sus Palabras, y nuestro deseo de permanecer en su Camino. Pero no siempre nos mantenemos en ese Camino, no siempre estamos con el corazón ardiendo como los discípulos de Emaús, no siempre creemos que nuestra fe es tan fuerte como para mover montañas, sino que nos damos cuenta que somos débiles, que nos falta aún mucho para alcanzar el grado de fidelidad de los apóstoles y que no podremos vivir la santidad como Jesús nos lo pide.
Por todo eso Jesús, sabiendo quiénes somos y de qué estamos hechos, nos dejó como alimento verdadero su propia Vida. En el Pan de la Vida, en la Eucaristía nos alimentamos sacramentalmente con su propia vida, con su propio amor, con su propio espíritu, porque así como el Pan y el Vino se transubstancian en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así nosotros al recibirlo nos unimos espiritualmente a Él y somos parte de su Cuerpo, de Su Vida. Y esto es lo que necesitamos creer: que nuestra vida es Su Vida, y que Su Vida es nuestra vida, para poder alcanzar desde la fe la seguridad que tenía san Pablo cuando decía "ya no soy yo quien vive en mi, sino que es Cristo quien vive en mí". Porque esa seguridad que nos da la fe es la que nos ayuda a poder decir que Sí a todo lo que Él nos pida, a todo lo que el Padre quiera de nosotros, porque ya no somos débiles sino que Cristo es nuestra fortaleza, y por eso no podremos hacer lo que el Padre nos pide porque tengamos fuerza y capacidad, sino porque en mí reside Cristo y es Él quien siendo obediente al Padre obra en mí, para gloria de Su Nombre.

martes, 21 de abril de 2026

El dolor de la Verdad

En aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la Ley por mediación de ángeles, y no la habéis observado».
No siempre nos gusta escuchar la verdad, y, sobre todo cuando viene a desenmascarar una situación que sabemos que es verdad. Esas verdades que nos dice el Señor nos duele y nos causa enfado porque la conocemos pero la ocultamos, no queremos darnos cuenta que nos estamos mintiendo a nosotros mismos para no cambiar, para no modificar nuestra conducta y así poder seguir engañándonos y haciéndonos caer en que estamos bien siendo que sabemos que vamos por mal camino.
Claro es que nos gusta decir la verdad a otros, señalar con nuestras palabras las actitudes de los demás, las mentiras de los demás, pero no que nos señalen a nosotros. Es parte de nuestro ser y de nuestro actuar, y por eso tenemos que ser conscientes que tenemos que cambiar, que tenemos que abrir el corazón a la Verdad y sobre todo a la misericordia, no dejarnos vencer por el ser justicieros sino aprender a mirar con misericordia a los demás.
Pero yendo a nosotros mismos tenemos que dejar que la Palabra de Dios nos cuestione, que siempre nos cuestione, porque ese es el Camino que nos conduce a la plenitud de nuestra vida, pues el Padre que nos conoce en profundidad sabe lo que nos ayudará a cambiar, pero necesita de nuestra confianza en Su Palabra, necesita de nuestra disponibilidad para convertirnos, porque si no hay ninguna de las dos actitudes nada podrá hacer Él. Podemos llegar a pedirle el milagro de nuestra conversión, pero ese milagro parte de nuestra actitud, si no hay disponibilidad para la conversión no habrá milagro y finalmente terminaremos destruyendo la obra que Él comenzó en nosotros porque no hemos creído en Su Palabra, ni hemos dispuesto el corazón para la conversión.

lunes, 20 de abril de 2026

Por qué lo buscamos?

«Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó:
«En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios».
No son o somos pocos los que buscan a Jesús por sus milagros, para que haga esto o aquello, que sane a este o a aquél, olvidándonos de lo que es esencial en nuestra vida de fe, y lo que es esencial en la misión de Jesús. Muchos han creído que es un supermercado en el cual voy a buscar lo que necesito y si no lo encuentro me voy a otro lugar para ver qué es lo que hay, o si encuentro lo mismo pero más barato. Por esta razón muchos se escandalizan y se alejan de Jesús porque no da lo que queremos y, por otro lado, seguirlo es algo costoso pues nos pide entregarle toda la vida.
Cuando sólo nos hemos quedado con el Señor de los milagros es que no hemos llegado a la esencia del mensaje de Jesús, y por eso lo tenemos como Aquél que nos tiene que dar lo que le pedimos, porque Él mismo lo dijo: "pedid y recibiréis". Y no nos hemos dado cuenta que eso fue sólo una parte del mensaje de Jesús y nos cuesta ver más allá.
Por lo mismo nos pasa que transformamos nuestra vida cristiana en una idolatría cristiana porque sólo estamos para la veneración de las imágenes de Jesús, de María y de los santos, sin llegar a la contemplación de la Eucaristía y, muchas veces, ni siquiera acercarnos a la Misa al encuentro con Jesús Vivo en la Eucaristía. Y, ni qué hablar de vivir de acuerdo a los mandamientos y las exigencias del Evangelio.
Por no profundizar en el Evangelio y en el Camino que Jesús nos invita a vivir hemos creado un cristianismo a nuestra medida, y, por eso, como tantas cosas que hemos creado así como lo creamos lo destruimos, o pretendemos destruirlo, pero no lo lograremos ni lo lograrán pues la vida en Cristo es eterna, la Iglesia es eterna y está impulsada por el Espíritu Santo, y es a Él a quien tenemos que pedirle que nos ayude a entender el verdadero mensaje del Evangelio.
"Ellos le preguntaron:
«Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús:
- «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado».

domingo, 19 de abril de 2026

Nuestros enrededos

"Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo".
Esta situación de los discípulos de Emaús me trae a la memoria la parábola del sembrador cuando Jesús decía que había semilla que caía entre piedras y espinos, que germinaba pronto pero las piedras y los espinos hacían que no creciera.
Hay momentos o situaciones en nuestras vidas que nos hacen olvidar de lo que creemos, de lo que sentimos, incluso de lo que habíamos aprendido, porque nos ponemos a discutir con las cosas que nos suceden y nos encerramos en nuestros propios criterios, en nuestras propias dudas, y todo eso nos hace olvidar de lo esencial de nuestra fe, y, aunque, se nos apareciera Jesús en ese instante no podríamos verlo o sentirlo porque estamos muy agobiados por encontrar, nosotros mismos, la salida que queremos.
La catequesis que Jesús hace con los discípulos de Emaús nos invita a volver, también a nosotros, a recordar las Escrituras, a meditar sobre ellas para "meternos" dentro de la realidad de Dios, salir de nosotros mismos y mirar la vida desde Dios para descubrir y discernir cuáles son los pasos que debemos dar, o, mejor dicho, cuáles son los pasos que el Padre quiere que demos para poder seguir el camino que nos conduce hacia Él.
Salir de nosotros mismos es, muchas veces, una difícil tarea porque nos hemos enredado tanto con nuestras pensamientos y nuestros pareceres que, a veces, no encontramos la salida en tanta oscuridad. Por eso, antes que se haga tan de noche que necesitamos sentarnos con Jesús, escuchar Su Palabra y dejarnos alimentarnos con Su Vida, para que ese alimento que es duradero nos de fuerzas para retomar el camino de la confianza en la Providencia y volver a vivir la alegría de la Vida del Resucitado que es nuestra propia vida.

sábado, 18 de abril de 2026

Caminar sobre el agua

Homilía de Monseñor José Ignacio Munilla, obispo Orihuela-Alicante (s. XXI)

El Evangelio de este sábado recoge el episodio de Jesús caminando sobre las aguas. El contexto es que los discípulos se habían montado en la barca para ir al otro lado del lago y se encuentran en una situación apurada, porque era de noche, soplaba un viento fuerte y el lago estaba encrespado. En esa situación, en la que les invade el sentimiento de impotencia, Jesús se aparece andando sobre las aguas y les dice: Soy yo, no temáis.
¿Qué quiere decir Jesús, qué quiere transmitirles con este signo? Fijémonos en que, en esta oportunidad —estamos en el capítulo VI de San Juan— Jesús no hace el milagro que realiza en otros pasajes: no calma el viento ni hace que amaine la tempestad. El viento continuó, la tempestad continuó, pero Jesús les dice: Soy yo, no temáis.
Se está subrayando, por lo tanto, que lo que Jesús quiere transmitir con ese signo es que, al igual que Él está caminando sobre las aguas, todos aquellos que creen en Él están llamados a confiar plenamente en el poder de Dios. Dios tiene poder sobre los elementos, Dios tiene poder sobre todas las circunstancias. Cuando Él dice: Soy yo, no temáis, nos está diciendo: Dios existe, Dios está contigo, en Él vives. Por lo tanto, si tienes fe en Él, el mejor signo de que la fe es verdadera, de que es viva, es que se traduce en confianza: en que tenemos confianza, en que estamos en manos de Dios. Y si estamos en manos de Dios, no tenemos a qué temer.
Este es el gran mensaje que transmite Jesús en el Evangelio de este sábado: la fe que vence los miedos, la fe que se traduce en la confianza de saber que Dios no sólo existe, sino que está presente en todas las circunstancias de nuestra vida.

viernes, 17 de abril de 2026

Milagros con nuestra pobreza

"Felipe le contestó:
«Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
«Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero, ¿qué es eso para tantos?».
Si bien el milagro de la multiplicación de los panes y los peces nos lleva a pensar y meditar sobre el alimento que no perece que es la Eucaristía, también nos tiene que ayudar a pensar sobre nuestra actitud frente a las necesidades de los demás.
Jesús mira a la multitud y ve lo que ellos necesitan, sabe lo que va a hacer pero no quiere hacerlo solo sino que necesita de nuestra ayuda, de nuestra disponibilidad para ser instrumentos de su poder, de su Gracia. En ese momento en que Jesús nos pide algo no piensa en que nosotros tenemos el poder o la Gracia, sino en lo que Él puede llegar a hacer con nuestra pobreza, con lo poco que tenemos que es nuestra disponibilidad a ser sus instrumentos.
Cuando miramos nuestra pequeñez sólo podremos ver que nada o poco podremos hacer con lo que el mundo necesita, con lo que los demás necesitan, pero si ponemos nuestras manos al servicio del Señor y dejamos que sea Él quien obre el milagro, entonces sí que Él podrá hacer mucho. Así fue Felipe miró lo que tenía de dinero y con eso no podía paliar el hambre de tanta gente y podría haberse quedado, por eso mismo, sin hacer nada y dejar que todos pasaran hambre. Andrés encontró a un joven que ofreció lo poco que tenía cinco panes y dos peces, y se los ofreció para poder hacer algo. Y con ese algo en manos de Dios se saciaron miles de personas y aún sobro.
En realidad el milagro no es la multiplicación de los panes y los peces (aunque sí fue un gran milagro) sino el saber darle a Jesús lo poco que tenemos, lo poco que somos, reconocer nuestra pobreza para que Él disponga de nosotros para lo que Él vea que el mundo necesita. Nuestra mirada y nuestra pequeñez poco pueden hacer frente a tanta necesidad, pero Él puede ver más allá de nuestras narices y hacer grandes cosas, como lo hizo el Padre con María.
Por eso no confiemos tanto en nosotros mismos, no confiemos en lo que sabemos o en lo que tenemos, sino confiemos en que Él sabe lo que puede hacer con nosotros y dejémonos transformar y "utilizar" por Su Amor y Su Gracia.

jueves, 16 de abril de 2026

Hacernos responsables

En aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
- «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
Hoy me llamó la atención esta frase que el sumo sacerdote dirige a los apóstoles, no sólo porque los está acusando y castigando por predicar en el nombre de Jesús, sino por lo siguiente: "queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre", dice el sumo sacerdote.
Y en verdad él fue el responsable de dar muerte a Jesús, no hubo otro de donde saliera la acusación, el juicio y la condena, pues hizo, y junto a él mucho del Sanedrín, que lo condenaran a muerte.
Lo que pasa, en verdad, es que no siempre nos damos cuenta o no queremos hacernos responsables de nuestros actos, pues los consideramos tan buenos actos que los malos son los demás y no nosotros con lo que hacemos, decimos o mandamos a hacer o decir, porque no siempre somos los que tiramos la piedra sino que se la damos a otro para que la tire por nosotros para no sentirnos culpables.
Hay una falta tremenda de responsabilidad sobre nuestros actos o, también, es el caso, muchas veces, que no reconocemos que alguien a quien queremos o a quien apreciamos se está equivocando o se ha equivocado, y, muchas veces nos ponemos a defender lo indefendible, y así acusamos al inocente y defendemos al culpable, sobre todo para no asumir nuestro error y pecado.
Así, como nos dice Jesús, tenemos que tener en cuenta quienes somos: somos hijos de Dios y debemos intentar estar siempre en la Luz, en la Verdad, en el Amor, en la Justicia, pero todo ello debe venir de lo alto, de Dios y no de los hombres, porque lo de los hombres es muy deficiente, por eso Jesús nos habla de lo que ha visto y conoce y quiere que, también nosotros, podamos intentar estar junto a Él para vivir como Él:
"El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz".

miércoles, 15 de abril de 2026

Todo por su Gracia

"Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".
Cuanto más nos acercamos a la Luz, cuanto más nos acercamos a Jesús y vamos haciendo que nuestra vida, gracias a su Gracia, se vaya identificando con su Vida, entonces es cuando comenzamos a descubrir todos nuestros errores y pecados, porque su Vida es un espejo en el que nos miramos y descubrimos cuánto nos falta y cuánto nos sobra. Cuánto nos falta para poder vivir el amor y la obediencia al Padre tal como lo vivió Él, y cuánto nos sobra de nuestro propio pecado, de nuestro egoísmo, de nuestra vanidad, etc.
Ese es el dolor que han vivido todos aquellos que, siguiendo las huellas de Jesús, se fueron acercando a la Luz del Espíritu: sabernos tan pequeños que nos resulte doloroso querer crecer tanto como Jesús nos pide. Pero así como vamos descubriendo nuestro pecado y nuestras faltas cada vez que nos acercamos a la Luz, también descubrimos que Su Amor es cada vez más intenso y nos ayuda a buscar el remedio ante tanto pecado y nos brinda la luz necesaria para saber que a pesar de nosotros mismos es Él quien actúa en nosotros, que las obras que hacemos no son producto de nuestra fuerza o perfección, sino que son producto de su Gracia que hay en nosotros.
Ver nuestro pecado e imperfección es un detalle que nos permite no caer en la soberbia del fariseo que se cree que todo lo puede por su propia fuera, sino en la humildad del pecado que siempre sabe que nada puede hacer sin la Gracia, y que todo lo que pueda llegar a hacer de bueno y santo es porque el Espíritu del Señor habita en Él.
Así, las obras que realicemos, a pesar de nuestra debilidad y pecado, no serán producto de nuestro propio esfuerzo sino que debemos dar las Gracias al Señor que ha dejado su Espíritu en nosotros para que en nuestra debilidad se manifieste su poder y fuerza, y así serán las obras las que hablen de nuestra pertenencia al Señor.

martes, 14 de abril de 2026

Escudarnos en nuestras mentiras

"Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, sí confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros".
Hoy en día solemos caer en la gran mentira de que somos o muy buenos y no tenemos pecado, o somos muy malos y no merecemos el perdón, y por eso no vamos a poder convertirnos nunca. Hemos caído en la gran trampa de la vanidad espiritual que muchas veces nos hace ver como los mejores porque rezamos, vamos a misa y somos "tan buenitos" que no hacemos mal a nadie... Y otros, en cambio, se escudan en que son tan pecadores que nunca van a poder cambiar, y, por esa misma razón siguen en el pecado, aunque siguen viviendo hipócritamente en un triste cristianismo.
En esta carta, San Juan, nos pide que seamos capaces de vivir en la Verdad, pero no cualquier verdad sino en Cristo que es la Verdad, y aunque nos cueste aceptarlo es Él quien mejor nos muestra nuestra propia verdad, y esa verdad es que no somos ni tan buenos ni tan malos, sino que descubriendo nuestra propia realidad nos invita a la conversión de la vida, a encontrar el Camino que nos la verdadera Vida que Él nos ha traído con su resurrección.
Por eso, el mismo san Juan nos dice:
"Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Lo cual nos invita a la esperanza de saber que aunque seamos malos podemos encontrar el camino, si es que lo queremos encontrar para poder alcanzar la santidad que Él nos pide y nos brinda, sabiendo que no recorreremos el Camino solos sino de Su Mano, lo cual nos da una esperanza cierta de alcanzar la meta. Pero si nos seguimos escudando en nuestras propias mentiras nunca alcanzaremos la meta ni lograremos la paz que Él quiere que tengamos.

lunes, 13 de abril de 2026

Nacer cada día

Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: "Tenéis que nacer de nuevo"; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu».
Nacer de nuevo en el Espíritu, una hermosa y difícil frase que Jesús le regaló a Nicodemo para que nos la entregara a nosotros. Una frase que se hizo realidad el día de nuestro bautismo cuando en la Pila bautismal morimos al pecado y renacimos como hijo de Dios en la Gracia, algo que se ha ido renovando en la vida de Gracia que vamos conquistando día a día con nuestra entrega y con el Sacramento de la Reconciliación.
Así, pues, "nacer de nuevo en el Espíritu", no es nacer un día y ya está, como en la carne, sino que debemos nacer de nuevo cada día que el Señor nos regala, cuando al amanecer de cada día abrimos nuestros ojos la vida es ahí cuando debemos renunciar a nosotros mismos y dejar que el Espíritu nos guíe hacia la Voluntad de Dios.
Nacer de nuevo, es nacer cada día en Dios, dar Gracia al Señor por el Don de la Vida en el Espíritu y pedir que nuestro yo humano se deje vencer por la Gracia de Dios y podamos seguir siendo fieles testigos del Amor del Padre y de la Vida que el Hijo nos ha, no sólo, regalado sino que nos ha enseñado a vivir.
En la carne nacemos un día para siempre, pero en el Espíritu hemos de nacer cada día, pues cada día hemos de morir a nosotros mismos para aceptar la Voluntad de Dios, para dejarnos renovar y santificar, para que la Luz del Espíritu que ha de brillar en nosotros ilumine nuestra vida y la de aquellos que Dios va poniendo en nuestro camino para que se encuentren con Él y reciban el Don de la Fe.
No perdamos, cada día, la oportunidad de agradecer por este Don maravilloso y extraordinario que se nos ha dado y renazcamos con la fuerza del Espíritu para llevar la alegría del Evangelio a todo el mundo.

domingo, 12 de abril de 2026

Creer sin ver

Homilía de San Basilio de Seleucia, obispo (s. V)

Escondidos en una casa, los apóstoles ven a Cristo; entra, con todas las puertas cerradas. Pero Tomás, ausente entonces, cierra sus oídos y quiere abrir sus ojos. Deja estallar su incredulidad, confiando así en que su deseo será concedido. «Mis dudas desaparecerán en cuanto lo vea», dice. «Pondré mi dedo en las marcas de los clavos, y estrecharé al Señor al que tanto deseo. Que censure mi falta de fe, pero que me colme con su vista. Ahora soy descreído, pero después de verlo, creeré. Creeré cuando lo abrace y lo contemple. Quiero ver sus manos agujeradas, que han curado las manos maléficas de Adán. Quiero ver su costado, que cazó a la muerte del costado del hombre. Quiero ser testigo del Señor y el testimonio de otro no me basta. Lo que contáis exaspera mi impaciencia. La buena noticia que me dais, sólo aumenta mi turbación. No curaré este dolor, si no le toco con mis manos.»
El Señor se vuelve a aparecer y disipa al mismo tiempo la tristeza y la duda de su discípulo. ¿Qué digo? No disipa su duda, colma su espera. Entra, con todas las puertas cerradas.
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos con la señal de los clavos». Me buscabas cuando no estaba aquí; aprovéchate ahora. Conozco tu deseo a pesar de tu silencio. Antes que me lo digas, sé lo que piensas. Te he oído hablar y, aunque invisible, estaba junto a ti, junto a tus dudas, sin dejarme ver; te he hecho esperar para percibir mejor tu impaciencia. «Mete tu dedo en la señal de mis clavos. Mete tu mano en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente».
Tomás le toca y cae toda su desconfianza; lleno de una fe sincera y de todo el amor que debe a Dios, exclama: «¡Señor mío y Dios mío!» Y el Señor le dice: «¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Tomás, lleva la nueva de mi resurrección a los que no me han visto. Arrastra a toda la tierra a creer no lo que ven, sino a tu palabra. Recorre pueblos y ciudades lejanas. Enséñales a llevar sobre sus hombros, no las armas, sino la cruz. No ceses de anunciarme: creerán y me adorarán. No exigirán otras pruebas. Diles que son llamados por la gracia, y tú, contempla su fe: ¡Dichosos, en verdad, los que crean sin haber visto!
Este es el ejército seducido por el Señor; estos son los hijos de la piscina bautismal, las obras de la gracia, la cosecha del Espíritu. Han seguido a Cristo sin haberle visto, le han buscado y han creído. Le han reconocido con los ojos de la fe, no con los del cuerpo. No han puesto su dedo en las marcas de los clavos, sino que se han unido a su cruz y han abrazado sus sufrimientos. No han visto el costado abierto del Señor, pero por la gracia han llegado a ser miembros de su cuerpo y han hecho suya su palabra: «¡Dichosos los que crean sin haber visto!»

sábado, 11 de abril de 2026

No creyeron a sus hermanos

Homilía de San Beda Beda el venerable (s. XIII)

«Después de la gloriosa resurrección del Señor, el evangelista refiere que Cristo se apareció primero a María Magdalena. Y esto no es sin misterio: porque es justo que aquella que había ardido con mayor amor fuese la primera en gozar de la luz del Resucitado. Ella, de quien habían sido expulsados siete demonios, representa a la Iglesia que, purificada de todos sus vicios, se adelanta con deseo ferviente a buscar al Señor.
Mas los discípulos no creyeron su anuncio. Y esta incredulidad, aunque parezca reprochable, ha sido para nosotros provechosa: pues demuestra que no aceptaron la noticia de la resurrección con ligereza, sino que fueron llevados a la fe por la verdad misma que se les manifestó. Así, la firmeza de su testimonio se apoya no en rumores humanos, sino en la visión del Señor vivo.
Luego se apareció a dos de ellos en camino, en figura distinta. Con ello nos enseña que el Señor se manifiesta de diversos modos según la capacidad de quienes lo contemplan: a unos se muestra en la claridad de la gloria, a otros en la humildad de la carne, y a otros en la inteligencia de las Escrituras. Pero tampoco a éstos creyeron los demás, para que la verdad de la resurrección fuese confirmada no por el testimonio de hombres, sino por la presencia del mismo Cristo.
Finalmente, se apareció a los Once y les reprochó su incredulidad. No para confundirlos, sino para fortalecerlos: porque quienes habían sido corregidos por el Maestro serían después columnas firmes de la fe. Y así, tras sanar su corazón, les confió la misión más alta: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura”. Con estas palabras declara que ninguna nación queda excluida de la salvación, pues todos han sido llamados a la vida eterna.
La fe y el bautismo son presentados como el camino de la salvación: creer en Cristo y ser sumergido en su muerte y resurrección es entrar en la vida nueva. Y los signos que acompañan a los creyentes —expulsar demonios, hablar lenguas nuevas, vencer serpientes y venenos, sanar enfermos— muestran que la gracia del Espíritu transforma al hombre interior: expulsa los vicios, renueva el corazón, vence las tentaciones y fortalece la caridad.
Así, el Señor, que se apareció a los suyos para confirmar su fe, los envía ahora para que, con su palabra y sus obras, confirmen la fe de todos los pueblos. Y Él mismo coopera con ellos, porque la predicación es eficaz no por mérito humano, sino por la fuerza del que vive y reina por los siglos de los siglos.»

viernes, 10 de abril de 2026

La pesca milagrosa

 

Gianfranco Zevini – Pietro Cabra (s. XX)
 
La «pesca milagrosa» presenta la tercera aparición del Resucitado a los discípulos-pescadores, reunidos junto a la orilla del lago Tiberíades. El encuentro de Jesús con los suyos, que habían vuelto a su trabajo, describe de manera simbólica la misión de la Iglesia primitiva y el retrato de cada comunidad. Éstas permanecen estériles cuando se quedan privadas de Cristo, pero se vuelven fecundas cuando obedecen a su Palabra y viven de su presencia. El texto se compone de dos fragmentos en el ámbito de la redacción: a) ambientación de la aparición en Galilea (vv. 1-5); b) la pesca milagrosa y el reconocimiento de Jesús (vv. 6-14).
El reducido grupo de los discípulos, con Pedro a la cabeza, representa a toda la Iglesia en misión. Pero sin Jesús en la barca, el fracaso de la «pesca» 😊 misión) es total y anda a tientas en la «noche» (v 3). Frente a la conciencia de no triunfar por sí solos en la empresa, interviene Jesús -«al clarear el día» (v 4)- con el don de su Palabra, premiando a la comunidad que ha perseverado unida en el trabajo apostólico: «Echad la red al lado derecho de la barca y pescaréis» (v 6). La obediencia a la Palabra produce el resultado de una pesca abundante. Los discípulos se fiaron de Jesús y experimentaron con el Señor la desconcertante novedad de su vida de fe. Jesús les invita después al banquete que él mismo ha preparado: «Venid a comer» (v 12).
En el banquete, figura de la eucaristía, es el mismo Jesús quien da de comer, haciéndose presente de una manera misteriosa. Los discípulos son ahora presa del escalofrío que les produce el misterio divino. La conclusión del evangelista es una invitación a la comunidad eclesial de todos los tiempos para que vuelva a encontrar el sentido de su propia vocación y ponga a Jesús como Señor de la vida, de suerte que, a través de la escucha de la Palabra y de la eucaristía 😊 las dos mesas), la Iglesia haga fructuosos todos sus compromisos entre los hombres.

jueves, 9 de abril de 2026

Nos alimentamos con Su Cuerpo y Sangre

Del Tratado sobre la Pascua de Eusebio de Cesarea, obispo

Los seguidores de Moisés inmolaban el cordero pascual una vez al año, el día catorce del primer mes, al atardecer. En cambio, nosotros, los hombres de la nueva Alianza, que todos los domingos celebramos nuestra Pascua, constantemente somos saciados con el cuerpo del Salvador, constantemente participamos de la sangre del Cordero; constantemente llevamos ceñida la cintura de nuestra alma con la castidad y la modestia, constantemente están nuestros pies dispuestos a caminar según el evangelio, constantemente tenemos el bastón en la mano y descansamos apoyados en la vara que brota de la raíz de Jesé, constantemente nos vamos alejando de Egipto, constantemente vamos en busca de la soledad de la vida humana, constantemente caminamos al encuentro con Dios, constantemente celebramos la fiesta del «paso» (Pascua).
Y la palabra evangélica quiere que hagamos todo esto no sólo una vez al año, sino siempre, todos los días. Por eso, todas las semanas, el domingo, que es el día del Salvador, festejamos nuestra Pascua, celebramos los misterios del verdadero Cordero, por el cual fuimos liberados. No circuncidamos con cuchillo nuestro cuerpo, pero amputamos la malicia del alma con el agudo filo de la palabra evangélica. No tomamos ázimos materiales, sino únicamente los ázimos de la sinceridad y de la verdad. Pues la gracia que nos ha exonerado de los viejos usos, nos ha hecho entrega del hombre nuevo creado según Dios, de una ley nueva, de una nueva circuncisión, de una nueva Pascua, y de aquel judío que se es por dentro. De esta manera nos liberó del yugo de los tiempos antiguos.
Cristo, exactamente el quinto día de la semana, se sentó a la mesa con sus discípulos, y mientras cenaba, dijo: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer. En realidad, aquellas Pascuas antiguas o, mejor, anticuadas, que había comido con los judíos, no eran deseables; en cambio, el nuevo misterio de la nueva Alianza, de que hacía entrega a sus propios discípulos, con razón era deseable para él, ya que muchos antiguos profetas y justos anhelaron ver los misterios de la nueva Alianza. Más aún, el mismo Verbo, ansiando ardientemente la salvación universal, les entregaba el misterio Y, que todos los hombres iban a celebrar en lo sucesivo, y declaraba haberlo él mismo deseado.
La pascua mosaica no era realmente apta para todos los pueblos, desde el momento en que estaba mandado celebrarla en lugar único, es decir, en Jerusalén, razón por la cual no era deseable. Por el contrario, el misterio del Salvador, que en la nueva Alianza era apto para todos los hombres, con toda razón era deseable.
En consecuencia, también nosotros debemos comer con Cristo la Pascua, purificando nuestras mentes de todo fermento de malicia, saciándonos con los panes ázimos de la verdad y la simplicidad, incubando en el alma aquel judío que se es por dentro, y la verdadera circuncisión, rociando las jambas de nuestra alma con la sangre del Cordero inmolado por nosotros, con miras a ahuyentar a nuestro exterminador. Y esto no una sola vez al año, sino todas las semanas.
Nosotros celebramos a lo largo del año unos mismos misterios, conmemorando con el ayuno la pasión del Salvador el Sábado precedente, como primero lo hicieron los apóstoles cuando se les llevaron el Esposo. Cada domingo somos vivificados con el santo Cuerpo de su Pascua de salvación, y recibimos en el alma el sello de su preciosa sangre.

miércoles, 8 de abril de 2026

En el camino de Emaús

Comentario de San Beda el Venerable, doctor de la iglesia.

«A un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén» Esta es Nicópolis, ciudad distinguida de la Palestina que después de la guerra de la Judea fue restaurada por el príncipe Marco Aurelio Antonino, habiéndole cambiado la forma y el nombre. Un estadio -como dicen los griegos-, es un espacio de camino determinado [1], como había dispuesto Hércules, y es la octava parte de una milla, por lo tanto, sesenta estadios representan un espacio de siete mil cincuenta pasos, esto es siete millas y media. Este fue el espacio de camino que recorrieron aquellos que, estando seguros de la muerte y sepultura del Salvador, aún dudaban acerca de su resurrección. Porque nadie dudará que la resurrección -que se verificó después del séptimo día llamado sábado- está representada en el número ocho. Los discípulos que marchaban hablando del Señor habían completado seis millas del camino emprendido, porque se dolían de que El, habiendo vivido sin ofensa, hubiera llegado a la muerte que sufrió en el sexto día de la semana. Habían completado también la séptima milla porque no dudaban que hubiese descansado en el sepulcro. Pero no habían recorrido más que la mitad de la octava milla, porque no creían de un modo perfecto en la gloria de la resurrección que ya se había verificado.
«Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos;» Cuando hablaban de Él, Jesús se aproximó y los acompañaba, para inculcar en ellos la fe de la resurrección y para cumplir lo que había ofrecido, de que «cuando estén congregados en mi nombre dos o tres, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20).
«Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: “¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?”» Dice esto porque lo creían un peregrino, cuya cara no conocían. Y en verdad que para ellos era un peregrino, porque una vez realizada la gloria de la resurrección estaba muy distante de ellos, por lo que aparecía como peregrino para ellos, puesto que no creían aún en su resurrección. Pero el Señor pregunta: «Él les dijo: “¿Qué cosas?”». Y se pone a continuación la respuesta, cuando dicen: «Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta”» Le confiesan profeta y se callan que sea Hijo de Dios porque como aún no creían con verdadera fe, y andaban con recelos de caer en manos de los judíos que los perseguían, como no sabían quién era, ocultaban lo que en realidad creían. A cuya recomendación añadieron: «poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”».
«Nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.» Con razón, pues, andaban tristes, y se reprendían a sí mismos por haber llegado a esperar que los redimiría Aquel que ya estaba muerto y en cuya resurrección no creían. Pero lo que más sentían era que había sido muerto sin motivo alguno, cuando lo creían inocente.
«Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.» Si Moisés y los profetas han hablado de Jesucristo y han predicho que entraría en la gloria por medio de la pasión, ¿cómo puede gloriarse de llevar el nombre de cristiano quien no se ocupa de investigar de qué modo las Escrituras se refieren a Cristo? En este concepto no aspira a la gloria que desea tener con Cristo por medio de la pasión.
«Decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”» Parece muy natural que el primero de los hombres a quien Jesús debía aparecerse era a Pedro, como atestiguan los cuatro evangelistas y San Pablo.

martes, 7 de abril de 2026

Un encuentro que ilumina

San Juan Pablo II, papa (s. XX)

También el episodio de la aparición a María de Magdala (Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por parte de la mujer, que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al seguimiento de Jesús, ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrá que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar enormemente con ellas para su vida de fe, de oración y de apostolado.
Algunas características de estos encuentros postpascuales los hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a las situaciones espirituales, que tan a menudo se crean en la relación del hombre con Cristo, cuando uno se siente llamado o «visitado» por Él.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante Él. Se le ama, se le busca, pero, en el momento en el que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación.
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20, 16), como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos (cf. Lc 24, 25-48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.
Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección, sino también la identidad de Aquel que está ante ellos, y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo «transformado». No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que Él ya no se encuentra en la condición anterior, y ante Él están llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de Él mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: «¿No estaba ardiendo nuestro Corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32). «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). «He visto al Señor» (Jn 20, 18). ¡Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio de dolor y de muerte, que se concluye en la gloria de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.

lunes, 6 de abril de 2026

Anunciarlo a todos

 Sermón de San Pedro Crisólogo, obispo (s. V) 


El ángel dijo a las mujeres: «Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”» (Mt 28, 7). Al decir esto, el ángel no se dirigía a María Magdalena ni a la otra María, sino que a estas dos mujeres, él encomendaba la misión para la Iglesia, él estaba enviando a la Esposa en busca del Esposo.


Mientras ellas se marchaban, el Señor salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: «Os saludo, alegraos» (griego). Él le había dicho a sus discípulos: «No saludéis a nadie en el camino» (Lc 10, 4); ¿cómo es que en el camino Él acudió al encuentro de estas mujeres y las saludó con tanta alegría? Él no espera ser reconocido, no busca ser identificado, no se deja cuestionar, sino que se adelanta con gran ímpetu hacia este encuentro.


Esto es lo que provoca la fuerza del amor; ésta fuerza es más fuerte que todo, la que todo sobrepasa. Al saludar a la Iglesia, es al mismo Cristo al que saluda, porque Él la ha hecho suya, ésta es su carne, su cuerpo, como lo atestigua el apóstol Pablo: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1, 18). Sí, es a la Iglesia en su plenitud a la que personifican estas dos mujeres. Él dispone que estas mujeres ya han alcanzado la madurez de la fe: ellas dominaron sus debilidades y se apresuraron hacia el misterio, ellas buscan al Señor con todo el fervor de su fe. Este es el motivo por el que merecen que Él se entregue a ellas al ir a buscarlas y decirles: «Os saludo, alegraos». Él les deja no solo tocarle, sino también aferrarse a Él en la misma medida de su amor. Estas mujeres son en el seno de la Iglesia, un ejemplo de predicación de la Buena Noticia.

domingo, 5 de abril de 2026

Id a decir a los discípulos

 De los comentarios de San Pedro Crisólogo, obispo


El ángel dijo a las mujeres: «Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”» (Mt 28, 7). Al decir esto, el ángel no se dirigía a María Magdalena ni a la otra María, sino que a estas dos mujeres, él encomendaba la misión para la Iglesia, él estaba enviando a la Esposa en busca del Esposo.


Mientras ellas se marchaban, el Señor salió a su encuentro y las saludó diciéndoles: «Os saludo, alegraos» (griego). Él le había dicho a sus discípulos: «No saludéis a nadie en el camino» (Lc 10, 4); ¿cómo es que en el camino Él acudió al encuentro de estas mujeres y las saludó con tanta alegría? Él no espera ser reconocido, no busca ser identificado, no se deja cuestionar, sino que se adelanta con gran ímpetu hacia este encuentro.


Esto es lo que provoca la fuerza del amor; ésta fuerza es más fuerte que todo, la que todo sobrepasa. Al saludar a la Iglesia, es al mismo Cristo al que saluda, porque Él la ha hecho suya, ésta es su carne, su cuerpo, como lo atestigua el apóstol Pablo: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» (Col 1, 18). Sí, es a la Iglesia en su plenitud a la que personifican estas dos mujeres. Él dispone que estas mujeres ya han alcanzado la madurez de la fe: ellas dominaron sus debilidades y se apresuraron hacia el misterio, ellas buscan al Señor con todo el fervor de su fe. Este es el motivo por el que merecen que Él se entregue a ellas al ir a buscarlas y decirles: «Os saludo, alegraos». Él les deja no solo tocarle, sino también aferrarse a Él en la misma medida de su amor. Estas mujeres son en el seno de la Iglesia, un ejemplo de predicación de la Buena Noticia.

sábado, 4 de abril de 2026

El sepulcro vacío

 San Juan Pablo II, papa (s. XX) • extracto de la catequesis


Cuando considero los acontecimientos pascuales, el primer elemento ante el que me encuentro es el «sepulcro vacío». Sé que no es por sí mismo una prueba directa, porque la ausencia del cuerpo «podría explicarse de otra forma», como pensó María Magdalena al suponer que alguien habría sustraído el cuerpo de Jesús. También recuerdo que el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había sido robado por los discípulos. Y, sin embargo, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo impresionante, y para las personas de buena voluntad fue el primer paso hacia el reconocimiento del hecho de la resurrección.


Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana se habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Ellas fueron las primeras en acoger el anuncio: «Ha resucitado, no está aquí. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro». Aunque estaban sorprendidas y asustadas, «recordaron sus palabras» y, en su sensibilidad y finura intuitiva, se aferraron a la realidad y corrieron a dar la alegre noticia. Sé por Mateo que Jesús mismo les salió al encuentro, las saludó y les renovó el mandato. De esta forma, las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección, hecho elocuente sobre la importancia de la mujer en los días del acontecimiento pascual.


Entre los que recibieron el anuncio estaban Pedro y Juan. Ellos se acercaron al sepulcro «no sin titubeos», porque habían oído hablar de una sustracción del cuerpo. Llegados al sepulcro, también ellos lo encontraron vacío y «terminaron creyendo», porque «hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar». El hecho era asombroso para aquellos hombres que se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. Incluso la dificultad de las tradiciones para dar una relación plenamente coherente confirma su carácter extraordinario y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los testigos.


Pero debo considerar otro dato: aunque el sepulcro vacío podía generar sospecha, el gradual conocimiento de este hecho inicial terminó llevando al descubrimiento de la verdad de la resurrección. Las mujeres y los Apóstoles se encontraron ante un «signo» particular: el signo de la victoria sobre la muerte. El sepulcro cerrado testimoniaba la muerte; el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte. Recuerdo el estado de ánimo de las mujeres que se decían: «¿Quién nos retirará la piedra?», y que después constataron con maravilla que «la piedra estaba corrida aunque era muy grande». Aunque «un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas», llevaron el anuncio, porque el sepulcro vacío con la piedra corrida fue el primer signo.


Para las mujeres y para los Apóstoles, el camino abierto por el signo se concluye mediante el encuentro con el Resucitado. Entonces la percepción tímida e incierta se convierte en convicción y fe en Aquel que «ha resucitado verdaderamente». Las mujeres «se arrojaron a sus pies y lo adoraron». María Magdalena, al escuchar su nombre, dijo «Rabbuní» y corrió radiante a anunciar: «¡He visto al Señor!». Los discípulos, al verlo en el Cenáculo, «se alegraron al ver al Señor».


Y puedo afirmar: «El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe».