martes, 23 de junio de 2026

Exgencias evangélicas

¡Que duras que son, a veces, las palabras de Jesús! y qué poco caso que le hacemos, muchas veces a esas palabras porque no nos gusta lo que nos dice, sobre todo porque siempre le acierta a algo que hemos dicho o hecho.
«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros".
Hay dos pasajes que me vienen a la mente para aclarar esta frase de Jesús: primero cuando le dice a los apóstoles "si en esa ciudad no os quieres al salir sacudid el polvo de esas ciudades" y por otro lado, san Pablo, cuando los judíos se revelaron contra él dijo "he querido darles el mensaje a vosotros, pero como lo han rechazado ahora me dirijo a los gentiles". Cuando alguien no quiere recibirnos o nos da vuelta la cara o no quiere recibir a Jesús, no nos quedemos ahí, dejemos que sigan con su vida y nosotros con el Señor, Él se encargará del resto.
"Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas".
Con esta frase tenemos que tener más conciencia y me gustaría, para ello, que nos hagamos esta pregunta: ¿he tratado a los demás como me gusta que me traten a mí? o ¿o hablado de los demás como me gusta que hablen de mí? ¿Mis palabras han hecho daño a los demás, he sembrado cizaña sobre la vida de los demás, me gustaría que hagan lo mismo conmigo?
Muchas veces nos vamos de la lengua y no tenemos en cuenta que así como hago con los demás, los demás lo pueden hacer conmigo y ¿me va a gustar o me sentiré ofendido?
Por eso Jesús nos dice que no es fácil ser cristiano, vivir el Evangelio del Amor, no es sólo hacia Dios, sino sobre todo hacia el hermano, pues eso me va a hablar de mi amor a Dios. Y sí, por eso Él mismo nos dice:
"Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».
Hay que tenerlo muy en cuenta...

lunes, 22 de junio de 2026

Vivir la fe

Tomás Moro participaba diariamente en la santa Misa. En los domingos formaba parte del coro de su parroquia. A pesar de su posición social, no ocupaba un puesto de honor. Cuando algunos nobles le hicieron notar que tal vez disgustara al rey que su Lord Canciller no buscase ser tratado con mayor deferencia, respondió con fino ingenio: «No es posible que yo disguste al rey mi señor mientras rindo público homenaje al señor de mi rey». Amaba de todo corazón a su patria y a su rey. Pero amaba por encima de todo a Dios. Por eso, cuando llegó el momento trágico de tener que elegir entre la fidelidad a Cristo o el sometimiento a una ley que iba contra su conciencia, santo Tomás Moro se dispuso a abrazar la voluntad divina sin reservas, aun sabiendo que se jugaba su posición, su fortuna e incluso su vida.
Esta respuesta heroica en una situación extraordinaria se había fraguado, en realidad, durante muchos años de heroísmo en la vida ordinaria. Por ejemplo, santo Tomás nunca decidía algo importante sin haber recibido antes, aquel día, al Señor en la Sagrada Comunión; recurría a la oración con fe e insistencia en todas sus necesidades personales y familiares; era generoso y solícito con sus amigos y se ocupaba de los pobres que había en su barrio. En lo que a él se refería, era sobrio y austero. Todo esto le dio «la confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo».
También nosotros estamos llamados por Dios a vivir nuestra condición de cristianos en medio de las situaciones más corrientes. A veces encontraremos dificultades en el ambiente, o incluso con leyes que ofenden a la dignidad humana. Será el momento entonces de ser fieles a la voz de Dios que resuena en lo más íntimo de nuestra conciencia: «Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral –escribió san Juan Pablo II –. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración».

domingo, 21 de junio de 2026

Nuestra confianza está en el Señor

Dijo Jeremías:
«Oía la acusación de la gente: “Pavor-en-torno, delatadlo, vamos a delatarlo”.
Mis amigos acechaban mí traspié:
“A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él”.
Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes.
Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará".
Hoy en día es más fácil y común hablar mal de la gente que hablar bien, buscar la paja en el ojo ajeno que ayudarlo a quitarla. El acusar a alguien, el levantar falso testimonio, el denigrar al otro, el destruir la dignidad de la persona es algo tan normal hoy en día que ya nada nos sorprende, y, lo que es peor, muchas veces, nos hacemos eco de las maldades que van y vienen por el aire de nuestras calles.
Y, como leemos en el Antiguo Testamento no es que seamos originales, sino que hemos dejado que el pecado siga reinando en nuestras vidas y no nos damos cuenta que nos hacemos eco de las insidias del maligno para ir destruyendo las familias, las amistades, la sociedad porque al desunir a las gentes él puede ganar terrenos para sembrar discordia, maldad, enemistad, etc.
Por eso, tenemos que saber que nada de lo que los demás digan puede dañar al hijo de Dios, pues el Señor es testigo de nuestra vida y Él conoce el interior de nuestro corazón, tanto si actuamos bien como si actuamos mal, y cada uno será juzgado según su actuar.
Y lo mismo nos lo dice Jesús:
"No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la “gehenna”. ¿No se venden un par de gorriones por uno céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; valéis más vosotros que muchos gorriones".
Cuando las palabras de los hombres quieran cuestionar nuestras vidas, cuando esas palabras nos quieran quitar la libertad, la alegría, la esperanza y, sobre todo, la confianza en el Señor sepamos que es el mismo Señor quien viene en nuestra ayuda para fortalecernos, para decirnos "no te preocupes, Yo estoy contigo, soy tu fortaleza, tu esperanza, tu escudo, tu baluarte", y es ahí donde todo se vuelve paz para seguir recorriendo el Camino que Él pensó para mí, y aunque sigan con las mismas intenciones el hijo de Dios seguirá fuerte y confiado en Su Palabra y no en la palabra de los hombres.

sábado, 20 de junio de 2026

Buscad el Reino

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero".
Hay frases del Evangelio que las tenemos muy carca en la memoria y con sólo escuchar las primeras palabras ya sabemos por dónde va Jesús. Y es eso lo que hace que le restemos, muchas veces, importancia a lo que nos dice el Señor, o, en todo caso, que creamos que como ya sabemos lo que nos dice no le hagamos el suficiente caso o reflexión.
"Nadie puede servir a dos señores... No podéis servir a Dios y al dinero", y por eso intentamos vivir en la pobreza, o si no tenemos dinero suficiente ya estamos listos, y entonces no nos tenemos que preocupar porque como no tenemos ya estamos viviendo el evangelio. Pero no es así. La pobreza material no implica la pobreza espiritual, se puede ser muy pobre y muy mendicante pero no tener el corazón humilde y desprendido de sí mismo dejando la vida en manos del Señor. Y es a eso a lo que se refiere el Señor: que no haya nada que nos separe de Dios, de su Voluntad.
El dinero representa todo lo que nos ata al mundo, y lo que más nos ata al mundo es nuestro yo humano, nuestra humanidad pues estamos en el mundo, vivimos en el mundo, conocemos al mundo, etc. Y Jesús nos ha dicho que estamos en el mundo pero no somos del mundo, y no es sólo una frase para los sacerdotes y religiosos, sino para todos los que hemos sido rescatados del príncipe del mundo por el bautismo, porque al recibir el agua bautismal hemos sido sumergidos en la muerte y resucitados a una nueva vida, la vida del espíritu.
Por eso no es sólo no servir al dinero, sino no dejarnos atar por las cosas del mundo, por nuestros instintos, por nuestros deseos, por las ideologías del mundo, por el devenir de las ideas mundanas, sino que, muriendo a nosotros mismos (cada día) podamos dejarnos conducir por el Espíritu hacia la Voluntad de Dios que es lo que nos va a llevar a la meta de nuestra Vida.
"Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia".

viernes, 19 de junio de 2026

Dónde está tu tesoro?

«No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón".
Jesús no habla sólo de los bienes materiales, no habla del dinero, de las posesiones, de los campos o de las industrias. No sólo de eso, porque también hay otros tesoros que nos atan al mundo y no nos dejan mirar hacia adentro, hacia donde está el reino de Dios que es en nuestro interior.
Cuando sólo nos dedicamos al exterior a las cosas del mundo, e, incluso, sólo a nuestro cuerpo nos olvidamos de madurar en el espíritu, de buscar crecer en los dones que Dios nos ha regalado para que los pongamos al servicio de los demás.
Hoy en día no son pocos los que viven pendiente de la medida de su cintura, del color de su piel, de las arrugas de su rostro, pero también, hay otros que están pendiente de tener títulos, másters, de alcanzar altos cargos, de ir acumulando logros en sus vidas, y se olvidan de tejer lazos de amistad, de familia, y, sobre todo, de llenar el corazón de todo aquello que nos hace cada día más hijos de Dios.
Y, ¿por qué pasa eso?
Porque "La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».
Nos hemos acostumbrado a mirar en la tiniebla del mundo y no a buscar la luz del Espíritu, y así, nuestra mirada se fue enfermando de tanto esforzarnos por descubrir en la tiniebla el brillo del mundo y creer que eso era lo que iluminaba nuestras vidas. Pero cuando nos dimos cuenta ya no podíamos ver nada bueno, sino que sólo estábamos inmerso en la misma tiniebla, tanto es así que, para muchos, la mediocridad es el mejor camino, y para otros vivir en hipocresía del mundo es el mejor estilo.
Y así, muchos van y vienen sin poder llegar a disfrutar de la belleza interior que da no sólo el saber mirar con la Luz del Espíritu, sino esforzarse por alcanzar los bienes más valiosos y eternos que hay en el Corazón del Padre.

jueves, 18 de junio de 2026

Crecer con el Padre nuestro

"Vosotros orad así:
"Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal".
Hoy en día buscamos fórmulas mágicas para mejorar, para estar mejor, para esto, para aquello, y, sin embargo tenemos en el Padre nuestro la mejor oración con la que poder no sólo estar mejor, sino sabernos mejor pues nos ayuda a descubrir en nosotros algo que no pensamos todos los días: somos hijos de Dios.
Siendo algo tan extraordinario para una persona lo hemos hecho tan rutinario que se nos olvida quienes somos, y no para crecer en soberbia, sino para crecer en responsabilidad y en acción de Gracias.
Crecer en responsabilidad porque Jesús no terminó ahí su enseñanza de la oración del Padre nuestro, sino que le puso una condición sin la cual esa oración no sirve para nada: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas". Y esa es una gran responsabilidad los que no sólo nos llamamos sino que somos hijos de Dios: amar de tal modo a los demás que seamos capaces de perdonar a nuestros enemigos, así como Jesús nos perdonó en la Cruz. Y ahí está el centro de nuestra oración: que nos ayude a ser como Jesús, a vivir como Jesús.
Y a crecer en acción de Gracias porque ha sido un regalo, una Gracia, de Dios que nos hizo hijos de Él por medio de su Hijo, de su Unigénito, pues si Jesús no hubiese entregado su vida en la Cruz y no hubiese resucitado de entre los muertos y ascendido al Cielo, no tendríamos el Espíritu que nos transformó el día de nuestro bautismo en hijos de Dios. Eso si que es una Gracia extraordinaria y no merecida. Y debemos seguir creciendo en esa Gracia, es decir, debemos seguir creciendo en esa hermosa relación con el Padre que Jesús nos enseñó, que no es sólo una relación sentimental sino que es una relación sentimental y activa, porque si decimos que Él es Padre todopoderoso, entonces, como Jesús, debemos escucharlo y al escucharlo obedecerle hasta el punto de entregar nuestra vida por amor, como lo hizo Jesús.

miércoles, 17 de junio de 2026

Desterrar la hipocresía

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial..."
Si hay algo que rechaza completamente el Señor es la hipocresía, y sobre todo la hipocresía moral y religiosa, que es la que señala en el evangelio de hoy. Por que sí hay muchas manera de ser hipócritas y, cada día que pasa vamos descubriendo muchas más gracias a las redes sociales.
Las redes sociales nos han hecho creer que podemos ser lo que queramos y eso se practica mucho, claro que en las redes sociales lo que expresamos y mostramos es lo mejor que queremos ser, no mostramos nuestros defectos y pecados, sino que nos vanagloriamos de virtudes y conquistas personales que no hemos logrado y que no tenemos para que la gente nos admire. Y eso redunda en los que tienen un espíritu débil y se encuentran en la disyuntiva de no querer mostrarse porque no han logrado nada y alcanzan la depresión de ser reales y verdaderos.
La hipocresía religiosa es creer que por mostrarme rezando o haciendo cosas religiosas ya soy una buena persona y un gran santo, y eso me da puntos para poder juzgar a aquellos que no lo hacen: "es que soy tan bueno y por eso siempre juzgo con verdad" salvo a mi mismo. Pero también está la hipocresía falsa que es en la que siempre digo todo lo contrario: soy tan malo, soy tan pecador, no sirvo para nada, no quiero tener ningún cargo... pero en el fondo sí busco cargos, sí quiero que me llamen, que me tengan en cuenta... pero después no hago nada de lo que me piden.
En definitiva lo que no tengo en cuenta es que el Padre que ve en lo secreto ve también el fondo de mi corazón y sabe si lo que estoy dando o mostrando de mí es verdad o no, y ahí está el tema, tengo que espejarme en Cristo para ser verdad, para vivir en la verdad y así alcanzar la Gracia de una sincera conversión, y no dejarme arrastrar por le mal de la hipocresía que no me deja ser lo que Dios quiere, y, a veces, no dejo a los demás alcanzar la Gracia de Dios y servir como Dios quiere.

martes, 16 de junio de 2026

Sed santos y perfectos

"Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».
¿Queda alguna duda de cómo quiere Jesús que vivamos el Camino al que nos ha invitado a recorrer? No ha dejado dudas de cómo quiere que vivamos nuestra vida en Él, en Cristo, y por eso nos llamamos cristianos porque vivimos en Cristo, por Cristo y para Cristo. Así alcanzaremos la meta de nuestra vida.
Claro que, como siempre surge, no la podemos vivir solos: el ideal de vida que nos pone Jesús es un Ideal súper alto y que es imposible para nosotros alcanzarlo, pero no es imposible para Dios. Por eso no tenemos que intentar alcanzar el nivel de perfección de nuestras propias fuerzas, o desde el ideal de perfección que pide el mundo de hoy, sino con la Gracia del Espíritu Santo sabiendo que la perfección no es la del mundo, sino la de Dios, la perfección en el Amor.
¿Qué quiere decir esto? Que no somos perfectos porque nunca nos equivocamos, sino porque sabemos reconocer nuestros errores, y, con la Gracia rectificarnos y pedir perdón. No es que nunca vayamos a pecar, pero si pecamos sabemos que tenemos un Abogado que intercede por nosotros, y es Él mismo quien, arrepintiéndonos, nos perdona y nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y seguir Su Camino.
Pero, sobre todo, sabemos que en el amor o hay matemáticas (creo que lo dijo santa Teresita) porque las matemáticas son para los que no aman como Jesús nos amó, y si Él hubiese usado las matemáticas para amarnos ¡pobre de nosotros! pues ya estaríamos condenados. Sin embargo nos ama sin medida, pues su medida ha sido su entrega en la Cruz por nosotros, para que por su resurrección tuviéramos vida y Vida en abundancia en el Amor.
Así nuestra perfección es como nos dice san Pablo: "Él nos eligió desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor".

lunes, 15 de junio de 2026

No devuelvas mal por mal

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra..."
Nos hemos olvidado de las exigencias el Evangelio, y cuando nos las olvidamos comenzamos a actuar según el mundo, según nuestros instintos. Es por eso que, Jesús, nos presenta unas exigencias que van más allá del mundo y de los instintos, pero que, también, tienen un precio muy alto en nuestras vidas, pues, a veces, no podes escapar de nuestro temperamento y la venganza se apodera de nosotros.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos va a aclarar más este mandamiento del Señor:
"A nadie devolváis mal por mal. Procurad lo bueno ante toda la gente. En la medida de lo posible y en lo que dependa de vosotros, manteneos en paz con todo el mundo. No os toméis la venganza por vuestra cuenta, queridos; dejad más bien lugar a la justicia, pues está escrito: Mía es la venganza, yo daré lo merecido, dice el Señor. Por el contrario, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: actuando así amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien".
En definitiva sabemos que el mundo actúa motivado por el príncipe de este mundo que nunca va a buscar el bien para el hombre sino que buscará el camino del mal, de la violencia. Y, si pensamos un poco en lo que nos dicen los refranes y el mundo podemos ver, también, un poco de razón: las cosas siempre vuelven, como un boomerang.
Por eso, no devolvamos mal por mal, a lo sumo, no devolvamos nada porque nada pueden hacernos los hombres pues hemos puesto nuestra confianza en nuestro Dios y Señor, y Él todo lo que nos ocurra lo usará para nuestro bien, y cuanto más nos acerquemos a vivir el Evangelio más Gracias tendremos para superar cualquier obstáculo que nos quiera alejar del Bien, de la paz y del amor.

domingo, 14 de junio de 2026

Somos un reino sacerdotal y santo

"Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».
Esta es la promesa que Dios le hizo al Pueblo de Israel por medio de Moisés, de la cual, también nosotros, somos herederos, y más aún, por que Jesús nos lo recordó y le dio mayor energía: "sed santos porque vuestro Padre celestial es santo, sed perfectos porque vuestro Padre celestial es perfecto", y por eso, cuando recibimos el agua bautismal, y, sobre todo, cuando tomamos conciencia y decidimos seguir a Cristo, es cuando tenemos la misión de hacer realidad esta promesa y esta exigencia del Evangelio: la santidad para nuestra vida.
Claro que no es sólo una obligación evangélica sino que es también una misión, porque nuestra vida, siendo un "reino de sacerdotes" es de llevar el Evangelio a todas las gentes:
"A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel.
Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
Esos doce comenzaron la misión que llegó hasta nosotros y somos nosotros, ahora y en todo tiempo, quienes debemos continuar con esa misión. Para algunos será la excusa "pero eso lo dijo para los apóstoles, los sacerdotes, los religiosos", pues no, se lo dijo a los apóstoles porque tenía esos doce como los elegidos y a los que había instruido, pero después, por la Gracia del Espíritu, el día de nuestro bautismo, nos ungió a todos con un sacerdocio real que nos invita a seguir cumpliendo la misma misión.
No tendremos el poder de hacer milagros como ellos, no podremos ser todos sacerdotes en el orden ministerial, pero todos somos parte de un pueblo misionero que lleva la Palabra de Dios en el corazón y la transmite con alegría porque sabe que esa Palabra es el Camino Verdadero a la Vida.

sábado, 13 de junio de 2026

Conservaba las cosas en el corazón

"Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que le dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón".
Tanto san José como María nos enseñan varias cosas a partir de esta escena. Primero que no siempre se comprenderán las actitudes o manera de actuar de Dios, algo que siempre queremos saber y comprender y suenan en nuestras cabezas y corazones las famosas preguntas del ¿por qué esto? ¿por qué aquello? Y casi nunca obtenemos respuestas. Seguramente ellos sabían quién era Jesús y qué podría significar la respuesta "debo estar en las cosas de mi Padre", pero hay momentos en que estamos tan metidos en una situación, ellos en este caso estaban preocupados porque Él se había perdido y eso oscurecía su corazón.
Nosotros, muchas veces, estamos tan preocupados o angustiados por tal o cual asunto que nos olvidamos de lo aprendido hasta, incluso, que nos olvidamos de rezar porque no nos sale nada del corazón, ni de la mente. Y, aunque no comprendieron, igualmente, volvieron al camino y siguieron rumbo a su casa, a seguir viviendo juntos y unidos al Señor.
Y ahí está lo hermoso que nos enseña María (y seguramente también lo haya vivido José) de guardar esos momentos en el corazón, de tener paciencia y confianza en Dios porque no todo puede ser comprendido o entendido en el momento que sucede, sino que hay que llevarlo al corazón, y en el silencio y la calma ponerlo en oración para que el Espíritu ayude a comprender, y, sobre todo a hacer que aquello que en un momento nos preocupaba se transforme, por la Gracia del Espíritu, en sabiduría de vida, pues todo lo que sucede es por y para algo aunque en el momento no lo entendamos o no queramos vivirlo, pero sabemos que el Padre, en el momento oportuno nos lo hará comprender y sacaremos de todo lo sucedido fortaleza para seguir adelante, confiando en el Amor del Padre.

viernes, 12 de junio de 2026

Sagrado Corazón

San Juan Pablo II, papa (s. XX)

Con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón y del recuerdo de la consagración del género humano realizada hace cien años por el Papa León XIII, me uno mediante la oración al itinerario espiritual de todos los peregrinos y de cuantos hacen hoy un acto de consagración al Sagrado Corazón.
Siguiendo el ejemplo de San Juan Eudes, que nos enseñó a contemplar a Jesús, el Corazón de los corazones, en el corazón de María, el culto al Sagrado Corazón se difundió especialmente gracias a Santa Margarita María de Alacoque. León XIII pidió al Señor que fuera Rey no solo de los fieles, sino también de quienes lo han abandonado o aún no lo conocen, suplicándole que los conduzca a la verdad y a Aquel que es la vida. En la encíclica Annum sacrum expresó su compasión por los hombres alejados de Dios y su deseo de encomendarlos a Cristo redentor.
La Iglesia contempla sin cesar el amor de Dios, manifestado de forma sublime en el Calvario y hecho sacramentalmente presente en cada Eucaristía. Como escribió San Alfonso María de Ligorio: «Del Corazón amorosísimo de Jesús proceden todos los sacramentos, y especialmente el mayor de todos, el sacramento del amor». Cristo es una hoguera ardiente de amor que invita y tranquiliza: «Venid a mí (...) que soy manso y humilde de corazón».
El Corazón del Verbo encarnado es el signo del amor por excelencia. Por eso he destacado personalmente la importancia de penetrar el misterio de este Corazón rebosante de amor a los hombres, que contiene un mensaje extraordinariamente actual. Como escribió San Claudio de La Colombière: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, que no ha escatimado nada con tal de agotarse y consumirse para testimoniar su amor».

jueves, 11 de junio de 2026

Si no eres mejor...

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "necio", merece la condena de la “gehenna” del fuego".
Puede ser que cuando escuchamos o leemos estas palabras de Jesús pensemos: esto lo dice por fulanito o por menganita, pues nunca nos pensamos tan malos como para ofender a nadie o de llamar a alguien imbécil o necio, y, por eso, creemos que, siempre, los malos son los otros, sí, esos que merecen que yo les diga imbécil o necio, pero lo digo con argumento, y no como los demás que me lo dicen a mí y no saben quien soy...
Siempre tenemos argumentos para pensar que la Palabra de Dios sólo es para mí cuando me alaba y me ayuda a ser mejor, pero cuando me advierte de mi pecado ya no vale para mí sino que es para los demás que no son tan bueno como yo.
No es que eso sea algo raro, es parte de nosotros mismos, porque estamos enfermos por el pecado y no sabemos aceptar las cosas, sobre todo aquellas que me hacen reconocer o que quieren hacerme reconocer el mal que hay en mí.
Cuando hacemos examen de conciencia para confesarnos (si es que todavía lo utilizamos, y es bueno que lo utilicemos, porque no es un sacramento que ha sido quitado de la Iglesia) debemos analizarnos con estas palabras de Jesús porque, muchas veces, dejamos muchos pecados sin confesar porque creemos que lo hemos hecho con fundamento, porque los demás son malos y por eso he tenido que insultarlos, hablar mal de ellos, difundir falsedades, etc., etc. Y es ahí cuando Jesús nos dice: "si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos" porque ellos "atan pesadas cargas sobre los hombros de los demás y no son capaces ni de ayudarles con el dedo".
No te escondas detrás de argumentos que no sirven, abre el corazón a la misericordia de Dios y verás que es Él quien te ayudará a mejorar, a pedir perdón, y a perdonar pues ese es el camino del Amor que Jesús quiere que vivamos, no sólo es de la justicia falsa que muchas veces predicamos.

miércoles, 10 de junio de 2026

He venido a darle plenitud

«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».
¿Quién puede modificar el Evangelio si Jesús no quiso modificar la Ley y los Profetas? ¿Quiénes somos nosotros para decirle a Dios lo que tiene que hacer o no hacer? Nos gana tantas veces nuestra soberbia que nos olvidamos quienes somos y Quién nos ha dado la vida y Quién nos ha regalado la Vida. No estamos aquí para hacer de dios ni tan siquiera para hacer un golpe de estado a la divinidad y ponernos en su lugar, sino para descubrir quienes somos y cuál es nuestra misión en esta historia, en este mundo.
Dios nos ha llamado en este momento histórico para seguir construyendo el mundo que Él soñó y que quiso, por Amor, hacernos partícipes de Él, pero, gracias al pecado, no somos capaces, algunas veces, de descubrirnos o sabernos hijos, criaturas, instrumentos en sus Manos y así poder llevar a cabo la misión encomendada.
Nos es más fácil criticar su Obra, criticar Su Palabra, desacreditar sus Mandamientos, porque así podemos hacernos nosotros con su divinidad, hacer nuestras propias leyes y exigencias, crear nuestros propios mandamientos, y no nos damos cuenta que así vamos cada día perdiendo dignidad, perdiendo el brillo original de aquello que hemos recibido desde una Cruz.
En realidad nos creemos tan maravillosos que hemos dejado de creer en la maravilla del Evangelio y por eso buscamos maravillarnos con las ideas que salen de la boca del príncipe de este mundo, quien nos da a saborear estímulos y vicios que nos hacen, cada día, más consumidores del pecado que de la Gracia.
Volvamos a pedir al Espíritu Santo que no nos dejemos llevar por los cantos de sirena que están sonando en contra de la Palabra de Dios, sino que tengamos la fuerza para poder escuchar Su Voz para aceptar y vivir la Vida que el Hijo con su muerte y resurrección nos regalado y nos ha mostrado cómo vivirla.

martes, 9 de junio de 2026

Confianza en la Providencia

"Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo lo harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia".
Cuando leemos la Palabra de Dios, muchas veces, nos damos cuenta lo hermosos que son ciertos relatos y cómo Dios va obrando por medio de los Profetas, y, sobre todo, por medio de aquellos que creen en la palabra de los profetas, que, en realidad están creyendo en la Promesa de Dios.
Es esa confianza en la Palabra de Dios lo que hace que Dios obre los milagros necesarios, que las profecías y las promesas se puedan llegar a cumplir. San Agustín decía: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Es decir, para alcanzar la salvación, para alcanzar nuestra salvación Dios necesita que creamos en Su Palabra, necesita de nuestro Sí incondicional para que Él pueda transformarnos, salvarnos.
Por supuesto que no es una obligación creer, ni responder afirmativamente, pero los que hemos conocido su Amor sabemos a qué podemos atenernos, y sabemos que, cuando lo dejamos actuar, realmente Él hace maravillas con nosotros.
La viuda de Sarepta de la que habla el pasaje escuchó la palabra del Profeta, es decir la promesa de Dios, y aceptó cumplirla y por eso la promesa se cumplió, porque no dudó en que esa Palabra era Verdad. Y esa confianza nos falta, muchas veces, a nosotros: no queremos renunciar a nosotros mismos porque no sabemos si Dios va a hacer lo que ha prometido, y esa desconfianza en la Promesa del Señor es la que nos impide alcanzar los Bienes que Él nos prometió, porque seguimos aferrados a lo que conocemos y no hacemos el salto en la fe para poder entregarnos por entero a Su Obra Salvadora.
"Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías".

lunes, 8 de junio de 2026

Bienaventurados los pobres de espíritu

Benedicto XVI, Papa (s.XXI). Ángelus (30-01-2011)

El Evangelio presenta el primer gran discurso que el Señor dirige a la gente, en lo alto de las suaves colinas que rodean el lago de Galilea. «Al ver Jesús la multitud —escribe san Mateo—, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos; y, tomando la palabra, les enseñaba» (Mt 5, 1-2). Jesús, nuevo Moisés, «se sienta en la «cátedra» del monte» (Jesús de Nazaret, Madrid 2007, p. 92) y proclama «bienaventurados» a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos (cf. Mt 5, 3-10).
No se trata de una nueva ideología, sino de una enseñanza que viene de lo alto y toca la condición humana, precisamente la que el Señor, al encarnarse, quiso asumir, para salvarla. Por eso, «el Sermón de la montaña está dirigido a todo el mundo, en el presente y en el futuro y sólo se puede entender y vivir siguiendo a Jesús, caminando con él» (Jesús de Nazaret, p. 96).
Las Bienaventuranzas son un nuevo programa de vida, para liberarse de los falsos valores del mundo y abrirse a los verdaderos bienes, presentes y futuros. En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran, significa que, además de recompensar a cada uno de modo sensible, abre el reino de los cielos. «Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo» (ib., p. 101). Reflejan la vida del Hijo de Dios que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.
Un antiguo eremita afirma: «Las Bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios... una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra» (Pedro de Damasco, en Filocalia, vol. 3, Turín 1985, p. 79). El Evangelio de las Bienaventuranzas se comenta con la historia misma de la Iglesia, la historia de la santidad cristiana, porque —como escribe san Pablo— «Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta» (1 Co 1, 27-28). Por esto la Iglesia no teme la pobreza, el desprecio, la persecución en una sociedad a menudo atraída por el bienestar material y por el poder mundano. San Agustín nos recuerda que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).

domingo, 7 de junio de 2026

No es cualquier pan

 

Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.
No siempre se entienden los misterios de nuestra fe, y menos aún, el hermoso y extraordinario misterio de la Eucaristía, un misterio que habla de un cambio extraordinario en la sustancia de unos alimentos que siempre estarán en la mesa de todos: el pan y el vino.
Ese misterio se llama transubstanciación porque no cambia el aspecto físico del pan y del vino, sino que se transforma la substancia, es decir, por la Gracia del Espíritu Santo y las palabras pronunciadas por el sacerdote (quien actúa en Persona de Cristo) el pan será el Cuerpo y el vino la Sangre de Cristo, el alimento de nuestra vida de fe, de nuestra esperanza en la vida eterna, y, sobre todo, de la salvación de nuestra alma.
Por eso, no es, para los que hemos tenido la Gracia de aceptar los misterios de la Fe, cualquier cosa acercarnos a la Eucaristía, ni tampoco es un premio por habernos portado bien, sino que es el alimento necesario para seguir siendo Fieles a la Vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección, una Vida que recibimos en el bautismo y que nos cuesta conservar y madurar todos los días.
Así, los que, por medio del Don del Espíritu, hemos conocido el Amor de Dios sabemos que en ese Pan Blanco recibimos a nuestro Dios y Señor, Él es la Vida que nos renueva, que nos fortalece, que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y a encendernos, cada día, con los Dones de Su Espíritu para que, como san Pablo, sigamos combatiendo el buen combate hasta llegar a la meta sin perder la fe.
No, no es cualquier pan. No, no es cualquier cosa. No es nuestro premio por ser buenos, es nuestro alimento para ser santos e irreprochables en el amor. Lo necesitamos y Él se hace presente y se nos entrega para que siempre permanezcamos unidos a Él para, un día, alcanzar la vida en su Reino.

sábado, 6 de junio de 2026

Vive la sana doctrina

Hace unos dos mil años que san Pablo le escribía la segunda carta a Timoteo y pareciera que nos la está escribiendo a nosotros en estos días:
"Querido hermano:
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina.
Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas".
Hoy es ese tiempo en que los cristianos no soportan la sana doctrina, y no digo que no la soportan los que no son cristianos, sino que los que nos decimos cristianos y creyentes, muchas veces, no soportamos la sana doctrina y nos vamos haciendo una doctrina a nuestro gusto y parecer.
Queremos ser de Cristo pero a nuestra manera, a nuestro gusto, recibiendo todos los derechos y todas las Gracias pero viviendo como se nos ocurra, y, más que nada, de acuerdo a lo que el mundo nos está diciendo que vivamos: según nuestros instintos y deseos carnales.
Eso de entregarnos al Señor en cuerpo y alma, de vivir de acuerdo a los mandamientos, aceptar las exigencias del Evangelio ¡todo eso es muy antiguo! Ahora hay que aceptar que todo debe cambiar y que la moda de hoy es un vivir en libertad total sin nada que nos ponga límites o que nos exija morir a nosotros mismos para aceptar la Voluntad de Dios.
Nadie mejor que san Pablo podría haber concluido extraordinariamente la carta:
"Pero tú sé sobrio en todo, soporta los padecimientos, cumple tu tarea de evangelizador, desempeña tu ministerio. Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente".
Nuestra tarea de evangelizadores la hemos de cumplir íntegramente, sabiendo sí que habrá faltas y caídas, pero que nada de eso sea para abandonar la sana doctrina, sino que sea para levantarnos y seguir, con paso firme, defendiendo y viviendo el Evangelio, la Voluntad de Dios como la vivió Jesús, hasta entregar su vida en la Cruz.
"He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación".

viernes, 5 de junio de 2026

Persevera en las Sagradas Escrituras

"Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús.
Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena".
Hermoso mensaje y consejo de san Pablo a Timoteo, y, también, a nosotros. Aunque algunos lo hayamos aprendido de grandes y no de niños, pero lo importante es que en un momento de nuestra vida hemos aceptado el camino de ser cristianos, y por eso, quizás no lo suficiente, hemos conocido las Sagradas Escrituras, pues la fe en Jesucristo se basa en lo que nos han predicado basándose en las Sagradas Escrituras, pues ahí está el fundamento de nuestra fe.
Es cierto que seguimos a Jesús, pero son las Sagradas Escrituras las que nos hablan de la Voluntad de Dios, las que nos dan a conocer la vida de Jesús, por eso debemos seguir encontrándonos con La Palabra para sostener nuestra fe, para seguir conociendo al Padre, al Hijo y por medio del Espíritu seguir creciendo y madurando nuestra relación con Ellos.
A veces, y les pasa a muchos, que se dejan instruir más por las ideologías del mundo que por las Sagradas Escrituras y quieren, por eso mismo, que sea el espíritu del mundo quien diseñe la vida de los cristianos. Y es ahí donde comienza la lucha interior pues nuestro corazón sabe lo que necesita y tiende siempre a lo mejor, pero, como dijo el Señor: "el espíritu está pronto pero la carne es débil", y, por esa razón, vamos dejando de lado las Sagradas Escrituras por hacerle caso al mundo.
Le decía al comienzo san Pablo a Timoteo:
"Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia, las persecuciones y los padecimientos, como aquellos que me sobrevinieron en Antioquia, Iconio y Listra.
¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.
Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos".
No es que suframos persecuciones, sino que sufrimos en nuestro interior porque queremos que sea el mundo quien domine y no el espíritu, y vamos a ir intentando siempre que la Voluntad de Dios manifestada en las Sagradas Escrituras sea reemplazada por los mandamientos del mundo, sin darnos cuenta que el espíritu del mundo no nos salva, ni nos otorga la vida eterna, lo que sí recibimos por medio de la Gracia del Espíritu que nos ayuda a perseverar en la Voluntad de Dios para alcanzar la Salvación.

jueves, 4 de junio de 2026

Solo palabras

Cada vez que leo este evangelio siempre me va a asombrar la respuesta de Jesús:
"Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Me asombra porque es una respuesta preocupante y que, para muchos, no significa nada pero es una muy dura respuesta. ¿Por qué? Porque lo que buscamos con nuestra vida de fe es estar en el Reino de Dios, pues como Jesús mismo lo dijo el reino de Dios está en nuestro corazón, pero si no estamos lejos quiere decir que el reino no está en nosotros sino que aún nos falta mucho por alcanzarlo. Y ¿por qué aún no está en nosotros? Porque todavía nos hemos quedado en palabras y no en obras, nos hemos quedado en aprender y no en vivir, nos hemos quedado en saber pero no en conocer.
Por eso mismo san Pablo le advertía a Timoteo:
"Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes".
Nos quedamos discutiendo en palabras, porque hay muchos intelectuales pero pocos santos, hay muchos sabios según el mundo pero pocos sabios del Espíritu, hay muchos libros pero pocos orantes. Y las palabras sólo son palabras que dicen mucho pero que no hacen nada, en cambio la vida, las obras y la conducta de cada uno es la que tiene fuerza para conquistar corazones, es el "olor a santidad" el que inquieta el corazón lo lleva a buscar una respuesta válida a su vida, y así alcanza la verdad en la Palabra.
Por eso mismo sigue diciendo san Pablo:
"Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad".
"Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi Evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, y la gloria eterna en Cristo Jesús".

miércoles, 3 de junio de 2026

Apóstol de la promesa de Vida

Me ha parecido muy explícita esta definición que hace de sí mismo san Pablo al escribirle a Timoteo:
"Pablo apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús...".
Apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, eso es lo que somos, también, cada uno de nosotros con nuestros carismas particulares y nuestras vocaciones particulares. "No sois vosotros quienes me han elegido, sino que yo os elegí del mundo", así le decía el Señor a los apóstoles, y también nos lo dice a nosotros. Y nos lo repite constantemente para que nos lo creamos porque, muchas veces, no pensamos que todos los bautizados somos apóstoles de Cristo, sino que creemos que sólo los consagrados, religiosos, sacerdotes, etc., son apóstoles, sin embargo todos los que hemos recibido el Espíritu Santo somos apóstoles: elegidos para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús.
¡Eso es lo que anunciamos! Y lo hacemos, primeramente, con nuestra propia vida. Es nuestra vida, nuestras palabras, nuestras acciones, nuestro modo de vivir el que anuncia cómo vivimos, pues no podemos hablar de la alegría del Evangelio, de la fuerza de la Resurrección si no estamos viviendo esa alegría, si nuestro rostro, nuestras palabras no expresan esa alegría de la Vida Nueva en Cristo Jesús.
"Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza".
Es cierto que las palabras de san Pablo pueden parecer ilógicas u utópicas, pero así es la vida en Dios, es una locura para el mundo y una utopía para muchos, pero para los que han llegado a sentirla y llevarla en el corazón es lo más cierto y reconfortante que nos ha pasado, es el sentido y la fortaleza de nuestra vida, para nuestros días de sol y los de tormenta, para las caídas y los tropiezos, para saber que siempre Él estará con nosotros si nos mantenemos fieles a Su Palabra.
"De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día".

martes, 2 de junio de 2026

El sacrificio de Abrahán

De una homilía de Orígenes, presbítero

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. El hecho de que llevara Isaac la leña de su propio sacrificio era figura de Cristo, que cargó también con la cruz; además, llevar la leña del sacrificio es función propia del sacerdote. Así, pues, Cristo es, a la vez, víctima y sacerdote. Esto mismo significan las palabras que vienen a continuación: Los dos caminaban juntos. En efecto, Abrahán, que era el que había de sacrificar, llevaba el fuego y el cuchillo, pero Isaac no iba detrás de él, sino junto a él, lo que demuestra que él cumplía también una función sacerdotal.
¿Qué es lo que sigue? Isaac - continúa la Escritura- dijo a Abrahán, su padre: «Padre». Esta es la voz que el hijo pronuncia en el momento de la prueba. ¡Cuán fuerte tuvo que ser la conmoción que produjo en el padre esta voz del hijo, a punto de ser inmolado! Y, aunque su fe lo obligaba a ser inflexible, Abrahán, con todo, le responde con palabras de igual afecto: «Aquí estoy, hijo mío». El muchacho dijo: «Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?» Abrahán contestó: «Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío».
Resulta conmovedora la cuidadosa y cauta respuesta de Abrahán. Algo debía prever en espíritu, ya que dice, no en presente, sino en futuro: Dios proveerá el cordero; al hijo que le pregunta acerca del presente le responde con palabras que miran al futuro. Es que el Señor debía proveerse de cordero en la persona de Cristo.
Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: «¡Abrahán, Abrahán!» Él contestó: «Aquí me tienes». El ángel le ordenó: «No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios». Comparemos estas palabras con aquellas otras del Apóstol, cuando dice que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. Ved cómo Dios rivaliza con los hombres en magnanimidad y generosidad. Abrahán ofreció a Dios un hijo mortal, sin que de hecho llegara a morir; Dios entregó a la muerte por todos al Hijo inmortal.
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Creo que ya hemos dicho antes que Isaac era figura de Cristo, mas también parece serlo este carnero. Vale la pena saber en qué se parecen a Cristo uno y otro: Isaac, que no fue degollado, y el carnero, que sí fue degollado. Cristo es la Palabra de Dios, pero la Palabra se hizo carne.
Cristo padeció, pero en la carne; sufrió la muerte, pero quien la sufrió fue su carne, de la que era figura este carnero, de acuerdo con lo que decía Juan: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La Palabra permaneció en la incorrupción, por lo que Isaac es figura de Cristo según el espíritu. Por esto, Cristo es, a la vez, víctima y pontífice según el espíritu. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que se ofrece en su propio cuerpo como víctima.

lunes, 1 de junio de 2026

Nuestra Piedra Angular

San Pedro nos da una fórmula para poder alcanzar la plenitud de nuestra vida cristiana, de nuestra vida como hijos de Dios, pues hemos heredado la Promesa que Dios había hecho a nuestros padres, y por eso, para poder llevar a cabo la plenitud de la promesa nos dice:
"poned todo empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, a la piedad el cariño fraterno, y al cariño fraterno el amor".
Como tantas otras veces podríamos decir: sí, son palabras muy bonitas pero muy difíciles de llevar a cabo, sobre todo en algunos temperamentos hay virtudes que no son fáciles de alcanzar, y, también, en algunos momentos de la vida tampoco se pueden alcanzar. Y, seguramente, el Señor nos respondería: no te digo que lo hagas desde tus propias fuerzas porque sé que no lo podrás conseguir, sino que lo hagas junto a Mí, o mejor, dicho, deja que YO sea quien te ayude a alcanzar la meta que te he propuesto.
Y, ahí está lo que Él siempre nos dice: niégate a ti mismo. Es decir, si siempre pensamos que todo lo tenemos que hacer desde nuestras capacidades nos vamos a encontrar con la misma pared: no podremos hacerlo. Las metas humanas que nos ponemos, generalmente, son alcanzables desde nosotros mismos, pero las metas que nos propone el Señor no son alcanzables por nuestros propios medios porque son metas sobrenaturales, y esos dones sobrenaturales no los tendremos si no nos unimos profunda y constantemente a Aquél que tiene esos Dones.
Por eso, no pienses que puedes alcanzar las metas que Dios ha puesto en tu corazón no te repite por medio del Evangelio con tus propias fuerzas, sino que debes pensar que todo lo puedes alcanzar si confías en Aquél que ha puesto esos ideales en tu corazón, pues Él es la Piedra Angular donde se apoya nuestra vida y desde donde recibimos todas las Gracias necesarias y suficientes para alcanzar la meta.

domingo, 31 de mayo de 2026

Vivir en la Trinidad

"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros".
Un hermoso saludo que escribe san Pablo y que lo escuchamos, muchas veces, al comenzar la Misa, pues no es sólo un saludo sino que es una realidad en nuestra vida y que nos lleva a identificarnos con la Santísima Trinidad y cómo actúa en nosotros.
Dios Padre nos ha creado por amor y por amor le ha pedido a su Unigénito que viniera a salvarnos, su entrega obediente hasta la muerte y muerte en Cruz, nos ha alcanzado, por su Resurrección, la Gracia de ser hijos de Dios, dándonos desde el seno del Padre el Espíritu Santo que nos une en comunión con Ellos y con nuestros hermanos.
Así, de este modo el Hijo nos ha pedido que esta comunión no sea sólo una idea que flota en el aire sino que sea una realidad entre todos los que formamos su Cuerpo Místico: sean uno como el Padre yo somos uno para que el mundo crea.
Por eso mismo san Pablo nos vuelve a repetir:
"Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros".
Pues esta vida que hemos recibido gratuitamente es la que tenemos que seguir manteniendo y viviendo con la Gracia y los Dones del Espíritu Santo, pues una vez recibida ya nos toca a nosotros seguir construyendo lo que Dios ha pensado desde toda la eternidad para cada uno: "ser santos e irreprochables en su presencia por el Amor". Es un trabajo que nos tiene que llevar, diariamente, al diálogo con el Padre y con el Hijo, para que con la fuerza del Espíritu podamos estar siempre dispuestos a discernir la Voluntad del Padre y como el Hijo poder llevarla a plenitud.
Así nuestra vida, como nos lo dijo Jesús, será sal, luz y fermento en el mundo para mostrar, no sólo con palabras, sino con obras el Camino que nos conduce a la Vida, para que iluminados por el Espíritu podamos iluminar las tinieblas del mundo que vive en pecado para que puedan encontrar, ellos también, la alegría de vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él", y somos nosotros quienes, con la ayuda del Espíritu, debemos mostrar con nuestra vida los frutos de la Salvación y la alegría de vivir en Dios.

sábado, 30 de mayo de 2026

Verdadera astucia

"En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Hay momentos en que no hacemos las preguntas para saber, sino que las hacemos para poder condenar, para poder acusar, y, finalmente, para no hacer caso a lo que dicen. Y eso es lo que querían los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos con Jesús. No querían saber, porque si hubieran escuchado la verdadera respuesta, también, lo hubiesen condenado.
Y ahí estuvo la astucia de Jesús de hacerles una contrapregunta para saber sus intenciones.
"Jesús les respondió:
«Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
Y no es que Jesús no quisiera responder con la verdad, sino que sabía que ellos no estaban buscando la verdad, sino que buscaban un argumento para condenarlo directamente. Porque si le respondía con la verdad o si les mentía, igualmente no iban a creer en sus palabras, porque lo que buscaban era desacreditarlo ante la gente para que ellos no creyeran, tampoco, en sus palabras.
Y así pillados en sus maldad tuvieron que responder que no sabían responder a la pregunta de Jesús, sobre todo para no quedar en evidencia ante la gente, porque, en realidad, no querían arriesgarse a que la gente dejara de creer directamente en la autoridad del sumo sacerdote.
Cuando somos pillados en nuestra maldad no nos gusta que nos delaten y por eso nos seguimos ocultando en nuestros propios argumentos para poder tapar nuestras malas intenciones. Pero siempre la Verdad sale a la luz y se manifiesta de una manera que no podemos ocultarla.
Y así quienes quedaron mal frente a los demás fueron los que malas intenciones tenían, y así la astucia de Jesús hizo descubrir las malas intenciones de sus acusadores. Algo que nos ensaña a poner en práctica y a no dejarnos llevar por el qué dirán los demás, sino saber que muchos nunca querrán saber la verdad, sino que lo que querrán será condenar al que vive en la verdad.

viernes, 29 de mayo de 2026

Mover el monte al mar

Jesús contestó:
«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: "Quítate y arrójate al mar", y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
Hay afirmaciones de Jesús que nos parecen un poco exageradas como esta de poder arrojar un monte al mar, pero es que la fe es la que mueve montañas, decimos muchas veces, pero en la realidad no es tan así, aunque sí puede ser que sea así. Vale, estoy haciendo un trabalenguas con negaciones y afirmaciones. Entonces tendríamos que preguntarnos ¿cuál es el monte al que se refiere Jesús? Creo que el monte somos cada uno de nosotros, un monte que sólo la fe puede movernos hacia la Voluntad de Dios, hacia la meta que Dios ha pensado y nos propone alcanzar.
Para ello hace falta la fe, para poder encontrarnos con el Padre y, por un lado, aprender a escucharlo y por otro tener el valor de aceptar y vivir lo que Él nos propone. De este modo creyendo que lo que me está pidiendo, aunque sea lo más irracional humanamente, lo podré alcanzar, podré comenzar a moverme de mi lugar, de mi zona de confort, y salir hacia donde Él me pida.
Por eso necesito una vida de oración que me permita entrar en ese diálogo personal con el Padre para que, por medio de su Espíritu, me ayude a discernir, a aceptar y a realizar la obra que Él me encomienda. Así, en este diálogo con Él podré pedir todo lo necesario para poder abrir el corazón, para poder ver, para tener la fortaleza para hacer Su Voluntad y no la mía, y así dejando de lado mi yo terrenal alcanzar la meta soñada por Él para mí.
De este modo no sólo podré conseguir lo que pido sino que obtendré todo lo que necesito para ser Fiel a esa Vida que Él me está mostrando y que sabe que es el Camino para mi perfección, para alcanzar la Bienaventuranza que me prometió. Porque no es sólo pedir lo que el mundo me está indicando pedir, sino pedir lo que realmente necesito y que el Espíritu que habita en mí me está susurrando pedir para que mi vida sea la que El Padre soñó y que ha dejado sellada en mi corazón.

jueves, 28 de mayo de 2026

Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote

De la carta encíclica Mediator Dei de Pío XII

Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.

miércoles, 27 de mayo de 2026

No sabemos lo que pedimos

- «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
- «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron:
- «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
- «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
- «Podemos».
Muchas veces le exigimos a Dios que haga lo que queremos, como le sucedió a los apóstoles, y eso no es que esté mal, lo podemos hacer, pero, como dice Jesús, muchas veces no sabemos lo que pedimos. Es decir, sí sabemos lo que pedimos pero no hemos pensado bien lo que pedimos porque lo que pedimos nace de una necesidad humana, de algo que nos está sucediendo y no sabemos cómo solucionarlo, o queremos algo que está muy lejos de nuestras posibilidades y necesitamos que Él nos lo consiga.
En este caso ellos pensaron que lo que estaban pidiendo era un lugar al lado de un emperador terrenal, y, por eso, no sabían lo que estaban pidiendo porque no habían comprendido, todavía, a qué Reino se refería Jesús en sus predicaciones. Así han mostrado, y nos muestran, que los poderes terrenales no son parte del Reino de los Cielos, y que, muchas veces, nos dejamos llevar por los instintos más básicos sin saber a qué estamos llamados realmente.
Pero, además, hay algo que es muy importante: lo que implica pedir cosas y lo que implica, como responsabilidad, el recibir lo que se pide, pues todo tiene su precio real. En este caso Jesús les propone una exigencia: un cáliz y un bautismo, pero tampoco saben qué es lo que eso significa, pero ya no se pueden echar atrás, sino que aceptan el desafío de tener que aceptar hacer algo por lo que han exigido.
Por eso ¿estamos dispuestos a vivir como Jesús nos pide cuando le pedimos a Él algo que nosotros necesitamos? ¿O sólo lo pedimos porque sabemos de su misericordia pero no estamos dispuestos a beber de su cáliz ni a recibir su bautismo? Más de una vez exigimos cosas que nosotros no somos capaces de vivir, por eso, hay que saber qué pedir porque lo que hemos recibido ha sido mucho más grande de lo que jamás podríamos pedir:
"Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios".

martes, 26 de mayo de 2026

Ceñid los lomos

Hablando de la revelación, san Pedro nos dice:
"Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: «Seréis santos, porque yo soy santo".
Aquello que ellos vivieron (los apóstoles) y nosotros hemos recibido y aceptado como revelación y Don de Fe, es lo que los ángeles desearon contemplar. Pero esa revelación no es un camino para vivirlo individual o egoístamente, sino que es para vivir en comunidad y para los demás.
Se vive en comunidad para poder llevar a cabo el mandamiento de Jesús: sed uno como el Padre y yo somos uno, y ese mandamiento sólo se puede vivir desde el amor, el Amor que Dios nos ha dado y el amor que debemos vivir como hermanos. Y ese es un camino que tenemos que recorrer unidos y acompañados, dejándonos guiar y fortalecer por el Espíritu que se nos ha dado.
Y, sobre todo, como dice el mismo Pedro: como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, es decir, dejar de lado las aspiraciones mundanas que nos llevan por un camino que no es el de Dios, y renunciando a nosotros mismos, como nos lo pidió Jesús, aceptemos la Voluntad del Padre para "ser santos, porque está escrito: seréis santos, porque yo soy santo".
Está claro que la santidad no es lo primero que deseamos o a lo primero que aspiramos, pero es lo primero que nos pide el Señor, por eso nos ha pedido que renunciemos a nosotros mismos y que aceptemos Su Voluntad, para poder alcanzar la meta de la santidad y transmitir con nuestra vida el poder de su Palabra y la alegría de la salvación, para que otros puedan, también, encontrar el camino que los conduce a la Vida en el espíritu y a la salvación del alma.

lunes, 25 de mayo de 2026

María, Madre de la Iglesia

Alocución de San Pablo VI, papa.

Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.
Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquel, que desde el primer instante de la encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores, es decir, de la Iglesia.
Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación.
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza maravillosa en prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico «Bienaventurada porque has creído». En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Nuestro Pentecostés

"Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, que llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse".
¿Habéis pensado en nuestro propio Pentecostés? Sí, el día de nuestro bautismo aunque no sopló un gran viento ni cayeron lenguas de fuego, pero el Espíritu Santo descendió en nosotros y nos transformó de simples hombres en hijos de Dios gracias al Hijo de Dios. Y, desde ese día, el mismo Espíritu Santo inhabita en nosotros así como lo hizo con los apóstoles, así como lo hizo con María, para que, llenos de sus Dones podamos transformar el mundo, la historia, nuestra historia y la historia de la humanidad, así como lo hicieron ellos.
¿No es ésta la gran noticia de Pentecostés?
No es sólo que ese día nació la Iglesia que conocemos: santa y apostólica, sino que gracias a ese día también nosotros, por la sucesión apostólica, recibimos el mismo Espíritu que transformó la vida de los apóstoles haciéndolos heraldos del Evangelio y dándoles la fortaleza y la sabiduría necesaria para llevar a cabo la misión que Jesús les encomendó:
"Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos".
Y, también, es nuestra misión. No sólo porque nos ha sido otorgada la misión de evangelizar, de misionar, sino porque no podemos guardar para nosotros mismos semejante alegría de sabernos ungidos por el Espíritu Santo, de saber que ese mismo Espíritu mora en nosotros, nos sostienes, nos fortalece, nos anima, nos ilumina, nos enciende en el fuego del Amor verdadero para que, unidos en el mismo Espíritu, podamos llevar a todo el mundo la alegría del Evangelio que se nos ha transmitido y, sobre todo, la alegría de sabernos salvados por el Amor de un Dios que hecho hombre se entregó y resucitó por nosotros para devolvernos la dignidad que el pecado original nos había quitado.
¡Feliz día de Pentecostés! ¡Ven Espíritu Santo y renueva nuestras vidas!

sábado, 23 de mayo de 2026

Tú sígueme

"En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, ¿y éste qué?».
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
La envidia, los celos, el orgullo, la vanidad son los pecados que nos hacen caminar mirando hacia el que está a mi lado o el que va delante o el que va detrás, no para ayudarlo a caminar si necesita sino para que no me gane en la carrera, y, si es posible, en todo caso, hacerlo caer para que no me gane.
Hoy en día vemos mucho de esto, todos estamos compitiendo contra los demás para ser los mejores, para poder colgarnos las medallas de oro y que se hable de nosotros porque nos gusta la fama, el prestigio, el tener más likes o más amigos en las redes, etc.
Es lo que intentaba preguntar Pedro a Jesús, y no porque quisiera ser como Juan, sino porque veía que Juan era, como dice el evangelio: el discípulo a quien Jesús amaba. ¿Había alguna preferencia? ¿Hacía Jesús diferencia entre Juan y los demás? Seguro que no, y lo vemos cuando lo llama a Pedro piedra de la Iglesia.
Y la respuesta de Jesús es clara y discreta ¿a ti qué? Tú sígueme. Lo que importa no es lo que hagan los otros o la misión que los demás tengan que hacer, lo que importa es cuál es la Voluntad de Dios para mí, y la carrera que tengo que correr es la de la santidad, es la búsqueda de esa Voluntad en mi vida, y así llegar a la meta que el Padre pensó para mí. Y si miro hacia mi hermano es para tenderle una mano, para ayudarlo en el camino, para ayudarlo en su conversión.
Pero, lamentablemente, el mundo se nos está "metiendo" demasiado dentro de nuestra espiritualidad y nos vamos manejando, muchas veces, por el espíritu competitivo del mundo y no vamos buscando, como dice san Pablo, combatir el buen combate, alcanzar la meta y no perder la fe.

viernes, 22 de mayo de 2026

Me amas más que éstos?

"Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
Él le contestó: «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».
Para algunos ser cristiano es aprender normas, leyes, obligaciones, límites, etc., olvidándose que ser cristiano es, primeramente, conocer a Cristo para poder amarlo y así poder seguirlo. Es así como los discípulos pudieron entregar su vida a predicar el Evangelio y defender su fe con su propia vida.
Jesús los fue llamando para que convivieran con Él durante unos años, que lo conocieran, que lo escucharan, que comprendieran casi todo lo que les decía, y finalmente amarlo y descubrir en Él al Dios hecho hombre, al hombre-Dios que vino a entregar su vida para que nosotros tuviéramos vida y Vida en abundancia.
Por eso, al final, antes de ascender a los Cielos para, no sólo dejar a Pedro como cabeza de la Iglesia, sino para enseñarnos a nosotros cuál es lo esencial de nuestra fe, le preguntó sobre el amor, porque sólo amando a Jesús, sólo amando al Padre, podremos aceptar su Palabra.
Es el amor a Dios lo que mueve los corazones para ser Fieles a la Vida que Él mismo nos ha dado, como decía Santa Teresita de Lisieux:
"Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno".
Así, ya no veremos que nuestra vida cristiana es cumplir con preceptos, mandatos y leyes, sino que es amar a Quien nos ha llamado y elegido para llevar Su Palabra, con nuestra vida, por todo el mundo.

jueves, 21 de mayo de 2026

Que sean Uno

"En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró, Jesús diciendo":
A veces, cuando estamos cansados, agobiados o vemos que nos enfrentamos a algo complicado o difícil, levantamos los ojos al cielo para buscar ayuda en algo más allá de nosotros mismos. Jesús sabía que para poder pedirnos lo que nos iba a decir tenía que pedirle al Padre la fuerza para que nosotros pudiéramos, no sólo aceptar el desafío, sino llevarlo a cabo. Y junto con el mandamiento del amor (que va implícito en este mensaje y existencia) el llegara a la unidad como Iglesia, como comunidad, como hermanos, es lo más difícil que nos ha pedido vivir Jesús.
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".
Cuando escuchamos este camino que nos presenta Jesús: la unidad entre nosotros para que el mundo crea, siempre, o casi siempre, pensamos que la culpa no la tengo yo sino los otros que no saben aceptarme a mí. O cuando hablamos de vivir el amor fraterno también pensamos lo mismo: la culpa la tiene fulanito porque no me hace la vida fácil. Lo mismo del perdón o de saber perdonar, etc. Nunca vemos nuestros errores ni nos sometemos al mismo juicio al que sometemos a los demás, sino que siempre salimos liberados de la culpa e, incluso, nos permitimos tener derecho de juzgar, condenar y sentenciar a los demás por esto o por aquello.
Y así, día a día, vamos destruyendo lo más valioso que tenemos o que Jesús quiere que vivamos: la unidad en el amor, pero la verdadera unidad en el amor fraterno, y, por eso, Él levantaba los ojos al Cielo porque sólo el Padre puede darnos la fortaleza para convertir nuestros corazones, aunque, la llave para abrir el corazón a la Gracia de la conversión la tenemos nosotros, y del lado de adentro del corazón. Aunque el Padre quiera con todas sus fuerzas convertir nuestro corazón a Su Amor y al amor de los hermanos, si no nos disponemos a vivirlo será imposible.
Así, cada uno, apoyados en nuestras propias convicciones y creyéndonos mejores unos que otros vamos endureciendo nuestros corazones a la conversión, y nos vamos dividiendo cada día más a costa de provocar el escándalo para aquellos que buscan un testimonio claro del amor en la comunidades cristianas.
¿Quién tiene que convertir su corazón y pedir perdón? Primero yo para que pueda ver el esfuerzo que implica, y que si lo deseo y me abro a la Gracia podré descubrir en el otro un hermano a quien amar y a quien pedirle perdón por todo lo que he cometido: "perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden", pero a veces sólo son palabras al aire que no calan en nuestro corazón.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Santificados por la Palabra

 "Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad».
La Palabra de Dios, si la dejamos penetrar en nuestro corazón, no sólo en nuestra cabeza, es la que nos va santificando y configurando con la Vida que el Padre quiere que vivamos para alcanzar la salvación. Es la Palabra la que nos va indicando el Camino que hemos de recorrer y la que nos enseña cómo vivir en el mundo sin ser del mundo, pues así como la Palabra nos santifica en la Verdad a nosotros, así nuestro testimonio ilumina las oscuridades del mundo para que los hombres puedan alcanzar la salvación.
Por eso, Jesús, rogaba al Padre para que nos saque del mundo sino que nos preserve del maligno para que la Luz que Él dejó en nosotros no se apague con las tentaciones ni con las caídas, sino que esa Luz que procede de la Palabra y del Espíritu sea la que muestra el Camino de la Vida. Porque algo que no tenemos que olvidarnos es que no somos la Luz, ni la Verdad, ni la Vida, sino que somos testigos de la Luz, de la Verdad y de la Vida, y por eso nuestro testimonio tiene que ser verdadero, de lo contrario indicaremos un camino que no conduce a la vida sino a la muerte.
Así lo pedía Jesús al Padre y nos lo comunicaba a nosotros:
"Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad".

martes, 19 de mayo de 2026

Glorifica tu Nombre

Discurso de Benedicto XVI, papa (s. XXI)

La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad, es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (cf. Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (cf. Jn 20, 17). Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).
La glorificación que Jesús pide para sí mismo, en calidad de Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). Esta disponibilidad y esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.
El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que han estado con él. Son aquellos de los cuales Jesús puede decir al Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). «Manifestar el nombre de Dios a los hombres» es la realización de una presencia nueva del Padre en medio del pueblo, de la humanidad. Este «manifestar» no es sólo una palabra, sino que es una realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre —su presencia con nosotros, el hecho de ser uno de nosotros— se ha hecho una «realidad». Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús Dios entra en la carne humana, se hace cercano de modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús realiza en su Pascua de muerte y resurrección.

lunes, 18 de mayo de 2026

Alegría del Amor

San Pablo VI, papa (s. XX) • Gaudete in Domino. Alegría del amor -Extracto-


Jesús revela en el evangelio de hoy el secreto de su paz y de su fortaleza: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16, 32). Esta certeza es inseparable de su conciencia. Es una presencia que nunca lo abandona. Por eso irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, que brotan del amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Desde el bautismo en el Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Jesús vive de este conocimiento íntimo: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre». Entre ambos se da una inhabitación recíproca: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Todo lo que es del Padre es del Hijo, y todo lo que es del Hijo es del Padre. En correspondencia, el Hijo tiene para con el Padre un amor sin medida: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre». Su disponibilidad llega hasta la donación de su vida humana, y su confianza hasta la certeza de recobrarla: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, para recobrarla de nuevo».

Por eso, cuando anuncia a los discípulos que serán dispersados y lo dejarán solo, puede afirmar con serenidad: «No estoy solo». Esta unión con el Padre constituye el fundamento de su victoria: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). No se trata de una toma de conciencia efímera, sino de la resonancia, en su conciencia humana, del amor que Él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno del Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo».

De esta relación brota la alegría insondable que Jesús lleva dentro de sí y que quiere comunicar a los suyos. Los discípulos están llamados a participar de esta alegría, porque Él desea que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos».

domingo, 17 de mayo de 2026

Enviados de lo alto

 “Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

Siempre me ha llamado la atención este pasaje de la Ascensión del Señor, pues ante la sorpresa y, supongo, alegría y tristeza, de los discípulos viendo al Señor ascender a los Cielos, los ángeles les llaman la atención y los invita a dejar de mirar al cielo. Y, en realidad, es lo que nos muestra cómo ha de ser nuestra vida contemplativa en la vida cotidiana: nos ponemos en oración para que nuestro espíritu se una al Espíritu Santo y nos transmita o nos haga comprender la Voluntad de Dios para que la vivamos en el día a día, en nuestra propia realidad, pero con el corazón lleno de Cielo, para que ese Cielo que anhelamos lo podamos traer a la tierra: “venga a nosotros tu Reino”.

Así aquello que rezamos cada día lo vamos haciendo realidad, porque nos alimentamos de los frutos del Espíritu para poder construir el Cielo en la Tierra, pues esa es la misión que nos encomendó el Señor antes de partir:

“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.

Miramos al Cielo para conocer la Voluntad de Dios. Recibimos del Cielo los Dones del Espíritu para poder vivir la Voluntad de Dios. Caminamos en el mundo de todos los días para hacer realidad lo que hemos recibido del Cielo. Recorremos el Camino de la santidad para poder enseñar con nuestra vida lo que significa haber recibido de lo Alto la dignidad y la alegría de ser hijos de Dios por el Hijo, quien con su muerte y resurrección nos ha dado una Vida Nueva para poder llevar al mundo e iluminar las tinieblas del pecado y mostrar el Camino de la Salvación, el Camino de la Vida.