lunes, 10 de agosto de 2026

Con alegría

"Hermanos:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
A veces creemos que el Evangelio nos obliga a vivir de determinada manera, que es todo un obligación ¡haz esto! ¡no hagas aquello! Y en realidad siempre es una invitación, una sugerencia, pues la palabra que sale de los labios de Jesús o de la mano de los escritores sagrados es una inspiración de Dios que quiere indicarnos el camino correcto. Pero, como ya en el Antiguo Testamento nos lo decía: "Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia".
Y lo mismo lo decía Jesús: "quien quiera venir detrás de mí..." No hay obligación de ser cristiano o ser de tal o cual religión, es una opción que cada uno hace. El tema está en que para hacer dicha elección tienes que saber a qué te comprometes, o qué consecuencias tiene ser de tal o cual religión. Así, conscientemente podrás decir a mí nadie me obliga a vivir de tal manera, yo he elegido este camino. Y por eso mismo Jesús nunca dejó de decirnos las consecuencias o responsabilidades que tenía el elegir Su Camino:
«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».
Y todo esto, como dice san Pablo, no hacerlo por obligación o a disgusto, sino que, como es opción personal y de vida, hacerlo con alegría porque sé que es el Camino que he elegido para tener vida y Vida en abundancia.

domingo, 9 de agosto de 2026

Encuentro en silencio

Hay tres breves reflexiones para este domingo en las lecturas.
Elías nos muestra cómo identificar a Dios en nuestras vidas: quitarnos el ruido ensordecedor de la rutina diaria y disponernos de corazón a encontrar el silencio necesario para escuchar a Dios. No podemos mantener una relación profunda y constante con el Padre si no logramos el silencio interior, que no es sólo el exterior, sino el que es mas difícil es el interior. Sí, porque siempre hay cosas que vienen a la cabeza cuando intento concentrarme, y, sobre todo, dejar de lado los cuestionamientos internos sobre nuestro hacer y no hacer, sino dejar que el en el silencio el Padre, con el Espíritu, me ayuden a discernir su Voluntad.
Y es en ese encuentro silencioso donde podemos llegar a sentir y percibir, como decían los apóstoles en el monte de la Transfiguración, ¡qué bien que estoy aquí! Porque estoy en la presencia del Señor. Una Presencia que se hace tan real en nuestras vidas que queremos que todos puedan vivirla. Por eso, san Pablo quisiera que todos sus hermanos pudieran encontrarse con Cristo, porque él lo encontró y comenzó a vivir una vida nueva, llena del Amor de Dios, no sin cruces, pero fortalecido por el Amor. Y ese deseo es el que Pablo quiere difundir y comunicar: el hermoso Don de la Fe en Cristo Jesús.
Un Don que, muchas veces, nos lleva a querer vivir lo mismo, porque gustar el amor que hay en Cristo es gustar la Vida en Cristo, y esa Vida es la que, muchas veces, nos hace querer caminar sobre las aguas del mundo, sobre las aguas de nuestra vida, y, a pesar de que algunas veces nos sentimos ahogar en las mismas aguas, sabemos que si tendemos la mano el Señor nos ayuda a sobreponernos, a levantarnos, a volver a ponernos en pie y seguir caminando sobre un mar revuelto como es la rutina del mundo.
Así desde el encuentro silenciosos con el Padre, podremos gustar de la fuerza de su amor, para poder seguir recorriendo, a pesar del mundo, el camino de la santidad al que fuimos llamados.

sábado, 8 de agosto de 2026

Sobre santo Domingo

Sobre la vida de Santo Domingo de Guzmán.

La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido para la gloria divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu.
En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.
Con frecuencia, pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo.
Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.
Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles».

viernes, 7 de agosto de 2026

Que Jesús habite en nuestros corazones

Una carta de San Cayetano, presbítero

Yo soy pecador y me tengo en muy poca cosa, pero me acojo a los que han servido al Señor con perfección, para que rueguen por ti a Cristo bendito y a su Madre; pero no olvides una cosa: todo lo que los santos hagan por ti de poco serviría sin tu cooperación; antes que nada es asunto tuyo, y, si quieres que Cristo te ame y te ayude, ámalo tú a él y procura someter siempre tu voluntad a la suya, y no tengas la menor duda de que, aunque todos los santos y criaturas te abandonasen, él siempre estará atento a tus necesidades.
Ten por cierto que nosotros somos peregrinos y viajeros en este mundo: nuestra patria es el cielo; el que se engríe se desvía del camino y corre hacia la muerte. Mientras vivimos en este mundo, debemos ganarnos la vida eterna, cosa que no podemos hacer por nosotros solos, ya que la perdimos por el pecado, pero Jesucristo nos la recuperó. Por esto, debemos siempre darle gracias, amarlo, obedecerlo y hacer todo cuanto nos sea posible por estar siempre unidos a él.
El se nos ha dado en alimento: desdichado el que ignora un don tan grande; se nos ha concedido el poseer a Cristo, Hijo de la Virgen María, y a veces no nos cuidamos de ello; ¡ay de aquel que no se preocupa por recibirlo! Hija mía, el bien que deseo para mí lo pido también para ti; mas para conseguirlo no hay otro camino que rogar con frecuencia a la Virgen María, para que te visite con su excelso Hijo; más aún, que te atrevas a pedirle que te dé a su Hijo, que es el verdadero alimento del alma en el santísimo sacramento del altar. Ella te lo dará de buena gana, y él vendrá a ti, de más buena gana aún, para fortalecerte, a fin de que puedas caminar segura por esta oscura selva, en la que hay muchos enemigos que nos acechan, pero que se mantienen a distancia si nos ven protegidos con semejante ayuda.
Hija mía, no recibas a Jesucristo con el fin de utilizarlo según tus criterios, sino que quiero que tú te entregues a él, y que él te reciba, y así él, tu Dios salvador, haga de ti y en ti lo que a él le plazca. Éste es mi deseo, y a esto te exhorto y, en cuanto me es dado, a ello te presiono.

jueves, 6 de agosto de 2026

Qué bien estamos aquí!

Una homilía de Anastasio Sinaíta, obispo

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les ha anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria del Padre».
Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!
Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Nos ayuda

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija".
Hoy en día lo tratarían de discriminador a Jesús y lo lapidarían no por blasfemo (pues eso es lo normal hoy en día) sino por haber llamado "perrito" a la cananea, algo que es impensable que alguien pudiera decirlo. Pero dejando de lado ese asunto miremos cuál ha sido la intención del Señor, pues no sólo utiliza ese método con la cananea sino en otros momentos también.
¿Qué método? El de hacer que se manifieste la fe la persona, pues es lo único que cuenta: la grandeza de la fe. También lo dice acerca del centurión romano: en verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe.
Es cierto que la fe no tiene medidas, pero se comprueba en la medida en que lo expresamos, pero sobre todo en lo que vivimos. En estos casos los dos personajes han hecho una profesión de fe que era excepcional y le sirvió al Señor para hacernos ver que la fe es la que nos ayuda a afrontar las situaciones difíciles de la vida, no sólo porque puede hacer obrar milagros a nuestro Dios, sino porque nos ayuda a ver la vida con otros ojos y a llevar con fortaleza lo que nos toque vivir.
Todo esto porque Jesús no obró todos los milagros que podría haber hecho, pues ese no era el sentido de su venida al mundo, sino que por medio de los milagros "cautivó" a muchos para poder escucharlo y brindarles, así, el conocimiento necesario acerca del Padre, del Reino y mostrarnos un Camino para encontrar un sentido a nuestras vidas.
Así la fe es la luz que nos ayuda a encontrar el sentido a lo que vivimos, es la fuerza que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y postraciones, es la esperanza que nos ayuda a seguir caminando sabiendo que Él nos asiste en la oscuridad de la vida.

martes, 4 de agosto de 2026

Ciegos por hablar

«Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Respondiendo Jesús a las críticas de los fariseos por no hacer los actos de purificación de las manos antes de comer, él les dio esa respuesta. Pero es una respuesta que nos sirve para nosotros también, no por los actos de purificación porque eso ya no son actos de purificación sino que son buenos modales de higiene personal. Pero, también, son buenos modales de higiene moral y espiritual.
Es decir ¿tenemos en cuenta todo lo que sale de nuestros labios? ¿Tenemos en cuenta todo lo que hablamos o decimos acerca de otras personas? Esas palabras son las que hablan de nuestra impureza personal y por eso hemos de evitarlas: "si no puedas hablar bien de alguien, mejor no hables". Si no puedes evitar que otros hablen mal, evita a los otros. Claves para mantener limpia nuestra alma y nuestra vida.
Y así con muchas cosas, porque, sabemos, que el pecado está dentro nuestro y el pecado nos lleva, muchas veces, y siempre, a evitar el bien y a desear el mal. Por eso hay que tener ciertas actitudes que nos ayuden a evitar el pecado de palabra.
Porque creyendo que hacemos el bien hablando mal de otros, o comentando lo mal que otros se portan, nos comportamos como ciegos porque no vemos el daño que podemos llegar a causar, no sólo a la otra persona, sino a otras personas que se harán eco de nuestras palabras. Por eso le decía Jesús a los apóstoles:
"Dejadlos, son ciegos guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
Somos ciegos cuando no estamos viendo, o no queremos ver, el daño que le estamos haciendo a ciertas personas con nuestras actitudes, palabras, obras y omisiones, porque nos creemos más listos o más buenos o más santos o con más verdad que los demás, sin embargo por todo eso, también, caemos el hoyo del pecado.

lunes, 3 de agosto de 2026

Sálvanos!

"Pedro le contestó: - «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».
Él le dijo: - «Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: - «Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: - «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
Hermosa escena no sólo de la vida de Pedro sino, también, de nuestra propia vida de fe.
Seguramente, casi todos, hemos tenido esa arrogancia de pedirle a Jesús que hagamos algo que podría ser extraordinario para nuestras vidas porque sólo Él, como Dios, podría hacerlo. Pero, sin darnos cuenta, igualmente le hemos hecho el pedido de algo extraordinario, y, quizás, Él nos dio algo más de lo que habíamos pedido y, a la vez, nos pidió Él algo que no teníamos en cuenta: "toma tu cruz de cada día y sígueme", y fue ahí cuando vimos que no podíamos cumplir con lo que Dios nos estaba pidiendo.
Quizás algunos se hundieron en la desesperanza de no poder hacer o no querer hacer lo que Jesús les pedía y perdieron (o creyeron perder) la fe que tenían sobre todo porque ese no era el Dios en quien confiaban.
Otros aceptaron el desafío de seguir a Jesús, pero, en el camino se sintieron sin fuerzas para llegar al final de la meta y sucumbieron al ruido del mundo, a las tentaciones y al miedo de no poder ser lo que ellos pensaban que tenían que ser. Y dejaron el camino.
Y, como Pedro, muchos decidieron reconocer que solos no podían con el ruido del mundo, con las tentaciones, con todo lo que significaba seguir a Jesús con todas sus consecuencias, y, por eso, sin miedo y con confianza dijeron: ¡Señor, ayúdame! y fue esa confianza en Su Poder lo que hizo que llegaran a la meta, que pudieran llevar la cruz de cada día sobre sus hombres y consiguieran, día a día, recorrer el Camino del Señor.
Por eso, a pesar de nuestra arrogancia de querer ser como Jesús, no podremos llegar a vivirlo si no descubrimos que solos nos hundiremos en el miedo que producen ciertas cosas, pero si nos sabemos débiles y pequeños podremos tender la mano hacia la única Mano que capaz de levantarnos de nuestros pozos y oscuridades.

domingo, 2 de agosto de 2026

Sobre el bautismo

Discurso de San Gregorio de Nisa, obispo y confesor

Mirad, el buen dispensador de todas las cosas, que renueva los años y gobierna los tiempos, ha hecho nacer el día santo en que solemos invitar a los huéspedes a la adopción de hijos, a los necesitados a la participación de la gracia, y a la purificación de los pecados a quienes se hallan manchados por la sordidez de los pecados. Ésta es aquella antigua predicación que tuvo lugar poco antes de que el Salvador hiciera su aparición: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos. Y aunque yo no soy ni Juan ni David, sin embargo la bajeza del siervo no desvirtúa la ley del Señor. Pues si nosotros obedecemos las disposiciones emanadas de los que promulgan las leyes, no lo hacemos por reverencia hacia ellos sino que nos sometemos a lo establecido por temor al poder del legislador.
Viene la amnistía real condonando la pena a dos tipos de penados: la liberación a los encarcelados y la cancelación de la deuda a los deudores. Por eso, también yo puedo ofrecer una adecuada medicina a estas dos categorías de personas, y confiadamente prometo que, si se empeñan, recibirán la ayuda.
Y para que nadie piense que la medicina es demasiado cara, voy a señalar la medicación que ha de aplicarse a los enfermos. Pues a unos les prometo la salud por el agua y el baño, y mediante unas pocas lágrimas, hago desaparecer de los otros la enfermedad. Basta esta simple medicación y el don de Dios para que se produzca un resultado tan maravilloso: ser liberado de las llagas rebeldes, infligidas por la mordedura de la serpiente, sin necesidad de cauterios ni de bisturí. Venid, pues, a curaros los que os sentís enfermos: no descuidéis de hacerlo. Pues cuando una enfermedad es rebelde y crónica, nada puede contra ella ni el arte de curar. Pobres y necesitados, apresuraos: venid a recibir los dones del Rey; ovejas, acudid a ser marcadas con la señal de la cruz, que es salud y remedio contra los males.
Dadme vuestros nombres, para que yo los imprima en libros sensibles y los escriba con tinta, y Dios los grabará en losas imperecederas, escribiéndolos -como antiguamente la ley hebrea- con su propio dedo.
Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Lavaos, apartad de mí vuestros pecados. Estas palabras hace ya mucho tiempo que fueron escritas, pero su valor no se ha desvirtuado, sino que sigue en vigor y crece de día en día. Salid de la cárcel, os lo ruego. Aborreced los tenebrosos antros del vicio. Huid del diablo, guardián cruel de quienes están encadenados, que se alimenta de la desgracia de los pecadores y especula con ella.
Porque, del mismo modo que Dios se alegra con nuestras obras justas, así el autor del pecado se goza con nuestros delitos. Despójate del hombre viejo como de un vestido sucio, signo de infamia y deshonor, confeccionado con la muchedumbre de los pecados y entretejido con el miserable paño de la iniquidad. Recibe a cambio el vestido de la incorrupción, que Cristo te ofrece desempaquetado y extendido; no rechaces el don, para que el donante no se dé por ofendido. Durante mucho tiempo te has revolcado en el fango; corre a mi Jordán: Juan es el que llama, pero es Cristo quien te exhorta. El río de la gracia fluye por doquier: no tiene sus fuentes en Palestina ni desemboca en el vecino mar, sino que, bordeando la redondez de la tierra, entra en el paraíso y, a través de un recorrido inverso al de los cuatro ríos que allí nacen, introduce en el paraíso aguas mucho más preciosas que las que de allí se exportan. Pues tiene como riquísima fuente a Cristo, y, partiendo de él, inunda el mundo entero. Este río es dulce y potable, sin índice alguno de desagradable salobridad. Se convierte en dulce con la venida del Espíritu, como la fuente de Mará por el contacto con el madero.

sábado, 1 de agosto de 2026

Ante la verdad

 Tanto en la lectura del profeta Jeremías como en el evangelio hay dos profetas a los que la gente, especialmente algunos, querían darle muerte y no porque dijeran mentiras o falsedades, sino porque hablaban de parte del Señor y decían verdades, pero verdades que a algunos les incomodan y quieren deshacerse de los profetas, y a otros, aunque les incomodan pero igual aceptan la Palabra del Señor.

En el caso de Jeremías encontró quien aceptara las Palabras del Señor por boca del profeta y logró defenderlo de la muerte, pues pudo, seguramente por la Gracia del Señor, abrir su corazón a la verdad y aunque lo que Dios decía al Pueblo era fuerte y doloroso, pero había que obedecerle a Dios antes que a los hombres.

En cambio, en el caso de Juan Bautista, aunque Herodes lo escuchaba con atención y temor, obedecía más a los hombres y no a Dios y por eso lo mandó matar para no quedar mal ante los convidados.

¿Cuál es nuestra actitud ante las verdades que nos dicen de parte de Dios? Muchos decimos que nos gusta decir la verdad, pero cuando nos dicen algo que nos duele ¿lo aceptamos o mandamos callar a quien nos quiere ayudar? Es más fácil decirle al otro lo que está haciendo mal que aceptar de igual modo cuando alguien viene a mí a decirme, quizás, lo mismo que yo le he dicho a alguien.

Por eso nuestro corazón siempre tiene que buscar la fuerza en la humildad, tanto para poder aceptar como para corregir, porque en la humildad se demuestra el amor que tengo hacia el otro, y, sobre todo, sabiendo que todo me puede ayudar en función de mi conversión.

viernes, 31 de julio de 2026

Sobre San Ignacio

  

Luis Gonçalves de Cámara

De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo

 

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.

Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.

Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:

«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»

Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.

Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.

jueves, 30 de julio de 2026

Elegir al Alfarero

«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo trataros como este alfarero, casa de Israel? - oráculo del Señor -.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano, casa de Israel».
Esta Palabra del Señor a Jeremías es el cimiento de la canción (que tanto gusta) del Alfarero, pero no siempre sabemos de dónde vienen las inspiraciones, pero tampoco sabemos si lo que estamos cantando o diciendo o compartiendo será bueno para mi vida o si lo aceptaré en mi vida.
El Señor le hace comprender a Jeremías, y por él a su Pueblo, que todos somos hechura de su Mano, que, aunque nos queramos construir a nosotros mismos es Él quien tiene las riendas de nuestra vida en sus Manos, y es imposible querer escaparnos de Él, aunque lo intentemos una y mil veces, y, por supuesto, aunque neguemos su Presencia y Existencia Dios nunca va a dejar de estar en nuestras vidas.
Por eso, el Señor le hablaba así a Israel, y nos lo dice a nosotros, que es mejor dejarnos modelar por sus Manos pues es Él quien tiene la sabiduría y la eternidad, porque cuando nos dejamos modelar por el mundo éste no tiene ni la sabiduría ni la eternidad, ni la capacidad de darnos o devolvernos la vida que nos va quitando. Y así nos lo hace ver o pensar el Salmo:
No confiéis en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él.
Es cierto que así parece que no tenemos libertad para elegir o para vivir, pues es lo que el hombre de hoy quiere: ser libre, pero sí tenemos la libertad de vivir en Dios o sin Él, y cada una de esas elecciones tiene sus propias consecuencias. Vivir en Dios nos dará vida y Vida en plenitud, aunque el Camino, como nos lo enseñó Jesús no será el más fácil, pero será el que nos lleve a la plenitud de nuestro ser y a la eternidad en Dios.
Cada uno elige qué camino recorrer.

miércoles, 29 de julio de 2026

Los amigos de Jesús

  

En la vida de Jesús hay muchas personas y cada una de ellas con un rol, podríamos decir, fundamental y diferentes. A Jesús lo seguían sus apóstoles, la gente que lo escuchaba y venía por milagros, los que después fueron discípulos (pero no apóstoles), familiares como María su Madre, algunos parientes, y los santos de hoy: Marta, María y Lázaro, los amigos de Jesús. Y por eso creo que hoy es un buen día para hablar de la amistad sincera.

Marta, María y Lázaro seguramente lo seguirían a Jesús por sus enseñanzas pero ellos eran más que esos, eran amigos, aquellos en los que uno puede recostarse sin tener que decir palabra, los que pueden recibir los secretos del corazón sin tener que dar opinión ni cuestionar, pero que, a la vez, pueden cuestionarte sin dañarte ni hacerte mal, sino que buscan, sobre todas las cosas, tu bien porque te aman, te quieren tal cual eres, sin más.

Los amigos verdaderos son los que pueden pasar tiempo sin verse pero saben que siempre están en el momento y lugar (aunque sea virtual) justo, porque tienen su corazón unido al tuyo y saben, aunque no haya palabras, qué es lo que está pasando dentro de tu corazón.

Como dice por ahí la Sagrada Escritura “quien encuentra un amigo encuentra un tesoro”, y es así, es lo más valioso (después de la familia) la amistad sincera, pues en la familia si puedes tener amigos, pero hay de primera un lazo de sangre, un lazo que a pesar de ser inviolable muchas veces se rompe. Claro es que las amistades se rompen, pero se rompen porque nunca fueron fuertes, no fueron de las que han guardado en lo secreto de sus corazones tus propios secretos, pues esos secretos hacen que sus cimientos sean fuertes.

Por eso, hoy, debemos buscar, también, una sincera amistad con Jesús, no porque sea uno más entre nosotros, sino porque es el Amigo Perfecto, el que guarda todas esas virtudes de modo extraordinario y, además, es el que te ha dado la vida sin conocerte, murió por ti sin saber nada de ti, y, cuando tienes el corazón necesitado de un abrazo te abraza con todo su ser y entra en tu vida no sólo espiritualmente sino físicamente por medio de la Eucaristía. Y es, sobre todo, un amigo que nunca va a decirte “¿por qué hoy no me has llamado?” porque sabe que siempre Él estará a pesar de que no hables con él todos los días, pero si lo haces verás los frutos de un diálogo sincero y lleno de vida que fortalecerá tu vida con Su Amor.

Por todo esto y por más hoy es un día para dar gracias por Su Amistad, por Su Entrega y por entregarnos, en el camino de la vida, a muchos amigos que guardan en sus corazones parte de nuestras vidas y con quienes estaremos siempre unidos.

martes, 28 de julio de 2026

Sembradores de cizaña

«Explícanos la parábola de la cizaña en el campo».
Él les contestó:
El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles".
Está claro que no me toca a mí explicar más la parábola de la cizaña, pero sí que siempre nos queda algo más para poder reflexionar. Cuando leemos una parábola o escuchamos alguna palabra de Jesús que nos compromete o que nos puede llegar a tocar por algún lado porque sabemos que hemos actuado mal, entonces, nos ponemos un espejo y dejamos que la palabra rebote y le pegue a otro a no a mí.
Entonces es cuando tenemos que hacer un gran trabajo de sinceramiento con nosotros mismos frente a Dios y preguntarnos: ¿he sido sembrador de cizaña? ¿He hablado mal de mis hermanos, de mi prójimo, de alguien de mi familia, comunidad, amistades, etc.? Seguramente que sí pues si no hemos hablado directamente nos hemos hecho eco de la palabra de alguien, y, seguramente, también, hemos dejado que se hablara mal de otra persona.
¿Y si lo que dijeran fuera acerca de mí? Quizás nadie hable mal de mí estando en el mismo círculo de personas, quizás nadie se atreva a decirme tal o cual cosa por miedo a mis reacciones. Es ahí cuando debo pensar cómo estoy siendo, como estoy actuando con los demás. ¿Le permito a los demás que me diga, sinceramente, lo que ven mal en mí? ¿Me rebelo contra ellos cuando hablan mal de mí? ¿Soy vengativo? ¿Soy rencoroso?
Hay muchas manera de sembrar cizaña en el mundo, y no hablemos del mundo en general, sino de mi propio mundo: familia, amigos, comunidad parroquial, de trabajo, etc.
Porque no sólo es hablar mal de los demás, sino no dejar que los demás puedan ayudarme a cambiar, cerrarme a los otros porque han querido ayudarme a modificar mis defectos o me han hecho ver que he hablado mal o que he sembrado cizaña. En definitiva la corrección fraterna es algo que nos gusta hacer hacia los demás, pero nos cuesta que los demás quieran tener un diálogo fraterno conmigo y me ayuden a modificar mi conducta o mi modo de hablar o relacionarme.
Y, sobre todo tengamos en cuenta que la cizaña no es simplemente una hierva, sino que es un pecado contra la caridad, contra el amor fraterno, y, por eso, no le hace mal a la otra persona, sino que me hace mal a mí, pues cuando siembro cizaña la cizaña no habla de la otra persona sino del sembrador. Y, por supuesto, como pecado contra el amor y la caridad, me va quitando Gracia, me va a alejando del Verdadero Amor.

lunes, 27 de julio de 2026

Dejarnos sembrar

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola al gentío:
«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas».
Las parábolas son el género literario que Jesús usaba para hablarles y para hablarnos de modo que podamos entender, en algún sentido, una verdad que trasciende lo intelectual y que no hay palabras humanas para describir. Quedarnos con el texto literal es un error pues tenemos que ir, siempre, a lo profundo de lo que Jesús ha intentado decirnos, y, a cada uno, puede parecerle otra cosa, pero siempre dentro del mismo tema.
¿Qué es el reino de Dios? Es el Reino donde habita Dios y que está gobernado por Dios. Es el Reino que podemos llegar a entender cuando leemos el Antiguo Testamento y vemos cómo el Señor quería crear un Pueblo en el que Él fuera quien lo gobernase pues sabía y conocía perfectamente a quienes había elegido para vivir en él.
"Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel - oráculo del Señor -, para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza, y mi honor. Pero no me escucharon".
Así tenemos que entender que el Señor nos eligió a nosotros para formar un Nuevo Pueblo que pueda escuchar y vivir la Voluntad del Padre, así como la vivió Él, Jesús.
Nos eligió como semillas pequeñas, que parecen nada a la luz del mundo, pero que si se dejan fertilizar por la Palabra de Dios y pueden germinar en la tierra fértil de la Gracia del Espíritu Santo, se convierten en un árbol frondoso que da sombra a cuántos necesitan acercarse al Señor.
Pero si esta semilla, que somos nosotros, nos ocultamos de la vista de los demás y no dejamos que el Señor nos siembre donde quiera, entonces no produciremos el fruto adecuado. La semilla no le pone obstáculos al sembrador, por eso tenemos que hacer el esfuerzo de no poner obstáculos a la Palabra de Dios para hacer su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo.

domingo, 26 de julio de 2026

Abrir el tesoro

"Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra..."
Cuanto más me adentro en los años más pienso que ¡qué necesario es pedir la sabiduría de Dios!
Siempre me ha sorprendido este pedido de Salomón al Señor, pero cada año que lo leo vuelvo a sorprenderme. Sorprenderme porque seguimos sin entender qué es lo importante en nuestras vidas, sin entender que sin la sabiduría de Dios no llegaremos a nada pues las meras capacidades intelectuales nos sirve para la lógica humana, pero para las cosas que van más allá de nosotros mismos no tenemos la capacidad de ver o entender.
La sabiduría, por de pronto, es un trayecto que tenemos que hacer hacia lo profundo de nosotros mismos pues debemos dejar asentar lo que vivimos y de todo eso sacar experiencias, e, igualmente, de la experiencias de los mayores, pues todo lo que vamos aprendiendo es lo que nos ayuda a discernir, a saber, y, si me permiten la expresión "a rellenar nuestro interior", pues lo que hoy vemos son personas "sin relleno", sin nada en la cabeza más que... no lo puedo decir aquí jajaja. Pero ya me entendeis.
Y, por otro lado, los que nos hemos decidido por vivir en cristiano necesitamos la sabiduría de Dios, elevar nuestra mente y corazón hacia el Padre para que, con la ayuda del Espíritu, podamos recibir todo lo necesario para comprender el Camino que nos toca vivir, sea de alegría o tristeza, de cruz o resurrección, de dolor o gozo.
Y, sobre todo, poder discernir cuál es nuestra vocación, cuál es nuestro proyecto según el Padre y así poder darle sentido completo a nuestra vida, a nuestra existencia, a lo que voy viviendo y a lo que tengo que dejar en el camino porque no es para mí.
En definitiva la sabiduría humana me ayuda a entender y hacer lo que Jesús dice al final del evangelio de hoy:
"¿Habéis entendido todo esto?»
Ellos le contestaron: «Sí».
Él les dijo: «Pues bien, un escriba que ese ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

sábado, 25 de julio de 2026

Partícpes de la pasión de Cristo

  

Homilía de San Juan Crisóstomo, obispo

 

Los hijos de Zebedeo apremian a Cristo, diciéndole: Ordena que se siente uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. ¿Qué les responde el Señor? Para hacerles ver que lo que piden no tiene nada de espiritual y que, si hubieran sabido lo que pedían, nunca se hubieran atrevido a hacerlo, les dice: No sabéis lo que pedís, es decir: «No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán superior a los mismos coros celestiales es esto que pedís». Luego añade: ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Es como si les dijera: «Vosotros me habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. Éste no es tiempo de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo de muertes, de guerra y de peligros».

Pero fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación y a un aliciente. No dice: «¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?», sino que sus palabras son: ¿Sois capaces de beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade: Que yo he de beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le da el nombre de «bautismo», para significar, con ello, que sus sufrimientos habían de ser causa de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Lo somos. El fervor de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean.

¿Qué les dice entonces el Señor? El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizarán con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Grandes son los bienes que les anuncia, esto es: «Seréis dignos del martirio y sufriréis lo mismo que yo, vuestra vida acabará con una muerte violenta, y así seréis partícipes de mi pasión. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mi concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Después que ha levantado sus ánimos y ha provocado su magnanimidad, después que los ha hecho capaces de superar el sufrimiento, entonces es cuando corrige su petición.

Los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Ya veis cuán imperfectos eran todos, tanto aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez, como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero -como ya dije en otro lugar- si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase de aspiraciones. El mismo Juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como leemos en los Hechos de los apóstoles. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio.

viernes, 24 de julio de 2026

Tu Palabra tiene vida eterna

De las Confesiones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Tu palabra, oh Dios, es fuente de vida eterna y no pasa: por esa razón, en tu palabra se nos disuade aquel alejamiento de ti, cuando se nos dice: No os ajustéis a este mundo, a fin de que la tierra produzca —regada por la fuente de la vida— el alma viviente, en tu palabra, que por medio de tus evangelistas es vehículo del alma, imitando a los imitadores de tu Cristo.
Porque he aquí, Señor, Dios nuestro y nuestro creador, que cuando fueren apartados del amor del mundo aquellos afectos con los cuales moríamos viviendo mal, y comenzare a ser alma viviente viviendo bien y se cumpliere tu palabra proclamada por boca de tu Apóstol: No os ajustéis a este mundo, se seguirá también lo que inmediatamente añadiste diciendo: Sino transformaos por la renovación de la mente, no ya según la especie, es decir, imitando a los que nos han precedido, ni según el autorizado ejemplo de un hombre superior.
Pues no dijiste: «Hágase el hombre según su especie», sino: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que conozcamos cuál es tu voluntad. Por eso aquel ministro tuyo, que engendró hijos por el evangelio, para que no fueran siempre como niños, teniendo que alimentarlos con leche y llevarlos en brazos como una nodriza, les decía: Transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto. Por lo cual no dices: «Hágase el hombre», sino: Hagamos; ni dices: «Según su especie», sino: A nuestra imagen y semejanza.
Porque, el hombre, renovado en la mente y capaz de contemplar y comprender tu verdad, no tiene necesidad de aprendizaje humano para imitar su especie, sino que, teniéndote a ti por guía, él mismo llega a discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto; y le enseñas —pues ya es capaz— a ver la trinidad en la unidad y la unidad en la trinidad. Por eso, después de haber dicho en plural: Hagamos al hombre, continúa en singular: Y creó Dios al hombre; y habiendo dicho en plural: A nuestra imagen, concluye en singular: A imagen de Dios. Y así el hombre se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo y, hecho espiritual, tiene un criterio para juzgar todo lo que haya de juzgarse, mientras él no está sujeto al juicio de nadie.

jueves, 23 de julio de 2026

Vivir permaneciendo

Hay palabras, testimonios de Jesús, de los apóstoles o de los santos que nos llenan el alma, que nos parecen increíbles y que nos hacen soñar, muchas veces, en qué increíble que las pudiéramos vivir o llegar a poder intentar vivirlas, pero cuando las reflexionamos a la Luz del Espíritu se nos hacen muy lejanas pues implican demasiada entrega. Así son, me parece, estas palabras testimoniales de san Pablo a los gálatas:
"Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí".
Que sea Cristo quien viva en mí es algo que creemos que se da en nuestras vidas, porque sabemos que Su Espíritu habita en nosotros y que por eso somos cristianos, pero, más de una y dos veces, experimentamos que estamos muy lejos de sentirnos verdaderos Cristos.
Aunque es verdad que no siempre estaremos a la altura de san Pablo o podremos experimentar ese deseo de que sea Cristo quien vive en nosotros, o que deseemos estar crucificados con Cristo, siempre hemos de intentar alcanzar la meta de la santidad. Y ¿cómo la alcanzamos? Ya nos lo dice el. mismo Jesús:
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».
Es como cuando vamos conduciendo, a veces, se nos va el coche para un lado y otras veces para el otro porque nos distraemos o nos distraen en el camino. Lo importantes es volver a nuestro lugar a la senda que nos ha sido mostrada para llegar a buen puerto.
Permanecer en Cristo no es quedarse dormido en los laureles porque ya soy cristiano, sino es seguir creciendo: madurando y formándonos en el espíritu para continuar fuertes ante las tentaciones, las adversidades, las cruces, las caídas, para que siempre, por la Gracia de Dios, estemos dispuestos para hacer lo que Él nos pida. Permanecer es seguir unido a Cristo y dejarnos conducir por su Espíritu a pesar de que, muchas veces, nos cueste lágrimas aceptar su Voluntad y nuestras caídas.

miércoles, 22 de julio de 2026

Buscaba al amor

Homilía de San Gregorio Magno, Papa

María Magdalena, cuando llegó al sepulcro y no encontró allí el cuerpo del Señor, creyó que alguien se lo había llevado y así lo comunicó a los discípulos. Ellos fueron también al sepulcro, miraron dentro y creyeron que era tal como aquella mujer les había dicho. Y dice el evangelio acerca de ellos; Los discípulos se volvieron a su casa. Y añade, a continuación: Fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando.
Lo que hay que considerar en estos hechos es la intensidad del amor que ardía en el corazón de aquella mujer, que no se apartaba del sepulcro, aunque los discípulos se habían marchado de allí. Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de aquel a quien pensaba que se lo habían llevado. Por esto, ella fue la única en verlo entonces, porque se había quedado buscándolo, pues lo que da fuerza a las buenas obras es la perseverancia en ellas, tal como afirma la voz de aquel que es la Verdad en persona: El que persevere hasta el final se salvará.
Primero lo buscó, sin encontrarlo; perseveró luego en la búsqueda, y así fue como lo encontró; con la dilación, iba aumentando su deseo, y este deseo aumentado le valió hallar lo que buscaba. Los santos deseos, en efecto, aumentan con la dilación. Si la dilación los enfría, es porque no son o no eran verdaderos deseos. Todo aquel que ha sido capaz de llegar a la verdad es porque ha sentido la fuerza de este amor. Por esto dice David: Mi alma tiene sed de Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Idénticos sentimientos expresa la Iglesia cuando dice, en el Cantar de los cantares: Estoy enferma de amor; y también: Mi alma se derrite.
Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? Se le pregunta la causa de su dolor con la finalidad de aumentar su deseo, ya que, al recordarle a quién busca, se enciende con más fuerza el fuego de su amor.
Jesús le dice: «¡María!» Después de haberla llamado con el nombre genérico de «mujer», sin haber sido reconocido, la llama ahora por su nombre propio. Es como si le dijera:
«Reconoce a aquel que te reconoce a ti. Yo te conozco, no de un modo genérico, como a los demás, sino en especial».
María, al sentirse llamada por su nombre, reconoce al que lo ha pronunciado, y, al momento, lo llama: «Rabboni», es decir: «Maestro», ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase.

martes, 21 de julio de 2026

Quieres ser cristiano?

«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?».
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, y mi hermana y mi madre».
A veces no entendemos o no queremos entender lo que implica ser cristiano, lo que debemos vivir si queremos ser cristianos. Porque hoy en día todos o muchos quieren que el cristianismo se adapte a las nuevas costumbres de la época, pero son pocos los que quieren adaptar su vida al cristianismo.
Le echamos la culpa a la Iglesia que es retrógrada sin pensar que lo que hace la Iglesia es ser custodia de las Palabras que Dios, en el Antiguo Testamento, y que Jesús, por medio de los apóstoles, ha querido dejar para que intentemos alcanzar la vida eterna.
El cristianismo, como tantas otras religiones, es una camino para la eternidad y a nadie, en las otras religiones, se les ocurre cuestionar o modificar un ápice de la palabra que saben que es de Dios o del Profeta o de quien quiera. Pero a los cristianos se nos ocurre que sí podemos.
¿Por qué podemos? Porque creemos que Dios es tan misericordioso que aceptar cualquier cosa que vivamos, que cualquier pecado lo puede perdonar y que cualquier estilo de vida pecaminosa lo acepta y va todo bien. Y por eso no tengo que vivir de acuerdo al Evangelio, ni a los mandamientos, ni a nada que me obligue a cambiar mi estilo de vida.
Aceptar vivir el cristianismo es haber discernido las Palabras de Jesús: "quien quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, carga la cruz de cada día, y sígame". ¿Quieres ser cristiano? ?Quieres ser familia de Cristo? Pues discierne qué significan esa palabras para ti y después aceptar o no, pero no quieras hacer un cristianismo a tu medida porque no vas a llegar al mismo lugar que esas Palabras nos muestran.

lunes, 20 de julio de 2026

El testigo interior

 

De los tratados morales sobre Job de San Gregorio Magno, papa

El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios, y éste lo escuchará. Muchas veces nuestra débil alma, cuando recibe por sus buenas acciones el halago de los aplausos humanos, se desvía hacia los goces exteriores, posponiendo las apetencias espirituales, y se complace, con un abandono total, en las alabanzas que le llegan de fuera, encontrando así mayor placer en ser llamada dichosa que en serlo realmente. Y así, embelesada por las alabanzas que escucha, abandona lo que había comenzado. Y aquello que había de serle un motivo de alabanza en Dios se le convierte en causa de separación de él.
Otras veces, por el contrario, la voluntad se mantiene firme en el bien obrar, y, sin embargo, sufre el ataque de las burlas de los hombres; hace cosas admirables, y recibe a cambio desprecios; de este modo, pudiendo salir fuera de sí misma por las alabanzas, al ser rechazada por la afrenta, vuelve a su interior, y allí se afinca más sólidamente en Dios, al no encontrar descanso fuera. Entonces pone toda su esperanza en el Creador y, frente al ataque de las burlas, implora solamente la ayuda del testigo interior; así, el alma afligida, rechazada por el favor de los hombres, se acerca más a Dios; se refugia totalmente en la oración, y las dificultades que halla en lo exterior hacen que se dedique con más pureza a penetrar las cosas del espíritu.
Con razón, pues, se afirma aquí: El que es el hazmerreír de su vecino, como lo soy yo, llamará a Dios, y éste lo escuchará, porque los malvados, al reprobar a los buenos, demuestran con ello cuál es el testigo que buscan de sus actos. En cambio, el alma del hombre recto, al buscar en la oración el remedio a sus heridas, se hace tanto más acreedora a ser escuchada por Dios cuanto más rechazada se ve de la aprobación de los hombres.
Hay que notar, empero, cuán acertadamente se añaden aquellas palabras: Como lo soy yo; porque hay algunos que son oprimidos por las burlas de los hombres y, sin embargo, no por eso Dios los escucha. Pues, cuando la burla tiene por objeto alguna acción culpable, entonces no es ciertamente ninguna fuente de mérito.
El hombre honrado y cabal es el hazmerreír. Lo propio de la sabiduría de este mundo es ocultar con artificios lo que siente el corazón, velar con las palabras lo que uno piensa, presentar lo falso como verdadero, y lo verdadero como falso.
La sabiduría de los hombres honrados, por el contrario, consiste en evitar la ostentación y el fingimiento, en manifestar con las palabras su interior, en amar lo verdadero tal cual es, en evitar lo falso, en hacer el bien gratuitamente, en tolerar el mal de buena gana, antes que hacerlo; en no quererse vengar de las injurias, en tener como ganancia los ultrajes sufridos por causa de la justicia. Pero esta honradez es el hazmerreír, porque los sabios de este mundo consideran una tontería la virtud de la integridad. Ellos tienen por una necedad el obrar con rectitud, y la sabiduría según la carne juzga una insensatez toda obra conforme a la verdad.

domingo, 19 de julio de 2026

Aprender con el Espíritu

Hoy el Señor nos da, por lo menos, dos motivos en los que reflexionar: por un lado la carta a los romanos nos habla de nuestra oración, y Jesús nos habla en la parábola de la cizaña. Creo que las dos están bien unidas e intentemos meditarlas para nuestra conversión o maduración en la fe.
Cuando escucho la parábola de la cizaña pienso en mí (y es lo que tenemos que hacer cuando leemos la Palabra de Dios pues Él nos habla a cada uno) y me pregunto: ¿qué es lo que voy sembrando en el camino de la vida? ¿Soy sembrador de buena semilla o sembrador de cizaña? Espero que sepamos lo que es la cizaña, pero si no lo sabemos son los comentarios malos que hacemos sobre las personas, cuando difamamos a otros, cuando "repasamos" (como se dice en España) la vida de los demás (en argentino sería "cuerearlos"), y ir diciendo a mi me dijeron que fulanito o menganita hizo tal o cual cosa (y con el me dijeron intento no ser yo quien siembre cizaña, pero igual lo estoy haciendo)
Y, por otro lado, todos sabemos que siempre, así como lo hacemos con los demás, los demás lo hacen con nosotros. Entonces ¿qué actitud tomo cuando hablan mal de mí? ¿Salgo rápido a defenderme o dejo pasar la acción pues ya vendrá el Señor a hacer la cosecha, como Él dice en el Evangelio?
Cosillas para pensar.
Y en todo esto nos ayuda lo que san Pablo le dice a los romanos:
"El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.
Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios".
En todos los casos, sea que me tengo que arrepentir por lo que he hecho o dicho, sea porque tengo que tener paciencia o aprender a no se vengativo por lo que dijeron de mí, o por tantas otras cosas, debo dejar lugar al Espíritu para que me ayuda a comprender qué es lo que el Padre quiere que haga o cómo quiere que me comporte o que me de la fortaleza y la Gracia necesaria para asumir y vivir tal o cual situación.
Si lo dejáramos más al Espíritu actuar seríamos aún mejores hijos de Dios y viviríamos con más paz todo lo que nos pide o permite vivir el Padre Dios.

sábado, 18 de julio de 2026

Tarde te amé!

De las Confesiones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia

Señor, ¿dónde te hallé para conocerte -porque ciertamente no estabas en mi memoria antes que te conociese-, dónde te hallé, pues, para conocerte, sino en ti mismo, lo cual estaba muy por encima de mis fuerzas? Pero esto fue independientemente de todo lugar, pues nos apartamos y nos acercamos, y, no obstante, esto se lleva a cabo sin importar el lugar. ¡Oh Verdad!, tú presides en todas partes a todos los que te consultan y, a un mismo tiempo, respondes a todos los que te interrogan sobre las cosas más diversas.
Tú respondes claramente, pero no todos te escuchan con claridad. Todos te consultan sobre lo que quieren, mas no todos oyen siempre lo que quieren. Optimo servidor tuyo es el que no atiende tanto a oír de ti lo que él quisiera, cuanto a querer aquello que de ti escuchare.
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.
Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será realmente viva, llena toda de ti. Tú, al que llenas de ti, lo elevas, mas, como yo aún no me he llenado de ti, soy todavía para mí mismo una carga.
Contienden mis alegrías, dignas de ser lloradas, con mis tristezas, dignas de ser aplaudidas, y no sé de qué parte está la victoria.
¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Contienden también mis tristezas malas con mis gozos buenos, y no sé a quién se ha de inclinar el triunfo. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! Yo no te oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo soy miserable.
¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo un servicio? ¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas tolerarlos, no amarlos. Nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlo. Porque, aunque goce en tolerarlo, más quisiera, sin embargo, que no hubiese qué tolerar. En las cosas adversas deseo las prósperas, en las cosas prósperas temo las adversas. ¿Qué lugar intermedio hay entre estas cosas, en el que la vida humana no sea una lucha? ¡Ay de las prosperidades del mundo, pues están continuamente amenazadas por el temor de que sobrevenga la adversidad y se esfume la alegría! ¡Ay de las adversidades del mundo, una, dos y tres veces, pues están continuamente aguijoneadas por el deseo de la prosperidad, siendo dura la misma adversidad y poniendo en peligro la paciencia! ¿Acaso no está el hombre en la tierra cumpliendo sin interrupción un servicio?
Pero toda mi esperanza estriba sólo en tu muy grande misericordia.

viernes, 17 de julio de 2026

Quiero misericordia y no sacrificio

 Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los inocentes".
Muchas veces, como los fariseos, caemos en el juzgar a los demás de acuerdo a la letra de ley, o a lo que creemos que la ley quiere decir, o a lo que nos parece que los demás están haciendo mal, o a lo que me han dicho que dijeron que hicieron. Somos muy propensos a declararnos jueces y verdugos de los demás, nos creemos muy justos cuando condenamos una actitud, cuando juzgamos al resto, y, sobre todo cuando hacemos de ese juicio y condena una carta de presentación ante los demás porque no obramos en silencio sino que los demás se tienen que enterar de lo bueno que soy porque he juzgado y condenado a otro.
Los fariseos buscaban siempre cómo poder condenar las malas acciones, como poder hacer notar que Jesús y sus discípulos no estaban viviendo según la ley y las costumbres del pueblo, pero no miraban más allá de ese acto y de esa acción, porque lo que en realidad les importaba era condenar los hechos y a las personas. No buscaban el bien para ellos, sino que necesitaban argumentar las malas acciones del otro.
Sabemos que el pecado reside en nosotros, que no siempre hacemos el bien que debemos sino que nos dejamos tentar por el mal que habita en nosotros, y, sin embargo no nos damos cuenta el daño que hacemos con nuestros juicios y condenas. Porque no estamos emitiendo sólo un juicio sino que estamos haciendo daño a un hermano, a alguien a quien le debo respeto y misericordia. Por eso mismo Jesús ya nos lo había dicho: "con la vara con que juzguéis a los demás seréis juzgados", pero son palabras que nunca las tenemos en cuenta porque, muchas veces, nos enceguece nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestro genio, el qué dirán o el qué me dijeron.
Y, para colmo de males, por lo mismo que juzgo y condeno (la soberbia, la vanidad y el orgullo) no puedo después pedir disculpas o perdón a la persona dañada, no me da la cara para reconocer que me excedido en mis palabras o actos, o que no tenía porqué hablar así o asa.
Por todo eso tenemos que tener más misericordia en nuestro corazón y más capacidad de reconocer que no soy quien para condenar a alguien y ni tan siquiera para hablar mal del otro, porque primero tengo que amar a la persona y si veo que ha actuado mal ayudarlo a cambiar de vida, si no es con las palabras será con la oración.

jueves, 16 de julio de 2026

Primero concibió en el espíritu

Homilía de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia

Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu. Y, para que no se espantara, ignorando los designios divinos, al observar en su cuerpo unos cambios inesperados, conoce, por la conversación con el ángel, lo que el Espíritu Santo ha de operar en ella. Y la que ha de ser Madre de Dios confía en que su virginidad ha de permanecer sin detrimento. ¿Por qué había de dudar de este nuevo género de concepción, si se le promete que el Altísimo pondrá en juego su poder? Su fe y su confianza quedan, además, confirmadas cuando el ángel le da una prueba de la eficacia maravillosa de este poder divino, haciéndole saber que Isabel ha obtenido también una inesperada fecundidad: el que es capaz de hacer concebir a una mujer estéril puede hacer lo mismo con una mujer virgen.
Así, pues, el Verbo de Dios, que es Dios, el Hijo de Dios, que en el principio estaba junto a Dios, por medio del cual se hizo todo, y sin el cual no se hizo nada, se hace hombre para librar al hombre de la muerte eterna; se abaja hasta asumir nuestra pequeñez, sin menguar por ello su majestad, de tal modo que, permaneciendo lo que era y asumiendo lo que no era, une la auténtica condición de esclavo a su condición divina, por la que es igual al Padre; la unión que establece entre ambas naturalezas es tan admirable, que ni la gloria de la divinidad absorbe la humanidad, ni la humanidad disminuye en nada la divinidad.
Quedando, pues, a salvo el carácter propio de cada una de las naturalezas, y unidas ambas en una sola persona, la majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible, Dios verdadero y hombre verdadero se conjugan armoniosamente en la única persona del Señor; de este modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre Dios y los hombres pudo a la vez morir y resucitar, por la conjunción en él de esta doble condición. Con razón, pues, este nacimiento salvador había de dejar intacta la virginidad de la madre, ya que fue a la vez salvaguarda del pudor y alumbramiento de la verdad.
Tal era, amadísimos, la clase de nacimiento que convenía a Cristo, fuerza y sabiduría de Dios; con él se mostró igual a nosotros por su humanidad, superior a nosotros por su divinidad. Si no hubiera sido Dios verdadero, no hubiera podido remediar nuestra situación; si no hubiera sido hombre verdadero, no hubiera podido darnos ejemplo.
Por eso, al nacer el Señor, los ángeles cantan llenos de gozo: Gloria a Dios en el cielo, y proclaman: y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Ellos ven, en efecto, que la Jerusalén celestial se va edificando por medio de todas las naciones del orbe. ¿Cómo, pues, no habría de alegrarse la pequeñez humana ante esta obra inenarrable de la misericordia divina, cuando incluso los coros sublimes de los ángeles encontraban en ella un gozo tan intenso?

miércoles, 15 de julio de 2026

Vale ser pequeño

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien".
¿Por qué Jesús se alegra y agradece porque el Padre ha revelado las cosas a los pequeños y no a los sabios y entendidos?
Creo que es la experiencia que tiene de la gente de su pueblo. Los fariseos, los doctores de la ley, los ancianos y el sumo sacerdote, que serían los sabios y entendidos de su Pueblo eran aquellos que no querían entender la Palabra que les dirigía o cuál era su misión, o quién era Él en realidad, siendo que ellos eran quienes conocían las Profecías, sabían cómo hablaba Dios y qué era lo que había Prometido al Pueblo de Israel. Pero, casi todos, se cerraron en banda por miedo a que les quitase el poder que tenían.
En cambio, los que no eran entendidos en la Ley y los Profetas, los pecadores, los paganos, los enfermos, las prostitutas, todos aquellos que estaban "afuera" del Pueblo entendido eran quienes aceptaban sus Palabras y lo buscaban para escucharlo y recibir de Jesús consuelo, fortaleza, esperanza.
"Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Así a esos pobres y pequeños de corazón pudo el Señor revelar su identidad, su misión y, sobre todo, hablarles del Reino y del Padre. Lo vemos cuando habla con la samaritana y con tantos otros a quienes se revela sin necesidad de palabras sino sólo con su presencia, su cercanía.
Por eso cuanto menos creamos en nuestra propia inteligencia y sabiduría, y nos dejemos cautivar y sorprender por las Palabras del Señor podremos llegar a aceptar el desafío de seguirlo y, sobre todo, de dejar nuestras vidas en sus manos para que sea Él quien nos transforme y nos haga vivir en el Reino que Él mismo ha sembrado en nuestro corazón.

martes, 14 de julio de 2026

No supimos alumbrar

No siempre, el cristiano, piensa en las exigencias del Evangelio porque, casi siempre, hemos "vendido" la imagen de un Jesús misericordioso, humilde, puro corazón, que se compadece de todos y que siempre está de buen humor. Pero no siempre ha sido así, y lo vemos en el evangelio y sobre todo en las partes que no nos gustan leer.
«¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza.
Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras".
¿Es justiciero Jesús? No, no es justiciero. Pero no siempre se puede actuar dejando pasar las cosas que nos hacen mal o que no nos hacen bien. No deben ser pocas las veces que no recodamos las cosas buenas que tenemos, o que Dios ha hecho por nosotros pues siempre pensamos que todo lo bueno que tenemos es porque nos hemos esforzado, pero que Dios nunca ha tenido parte en nuestras vidas. Y eso es un error.
Jesús pone en evidencia la poca disponibilidad de corazón que han tenido en Corozaín y Betsaida para creer en el mensaje que le ha dado, y, por falta de disponibilidad y confianza no han abierto el corazón a la Gracia de la conversión.
"Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy".
Y a Cafarnaún le hace ver algo que hoy en día es muy evidente: la vanidad y la soberbia de querer escalar posiciones, ya sea en la vida social, política o religiosa. Muchos hacen muchas cosas para que la gente los vea y los aplauda buscando la gloria del mundo sin ver que están dejando de lado la conversión del corazón a la humildad y disponibilidad a Dios.
Pero fijaos que en ninguno de los dos casos dice Jesús que sea Él quien nos juzgue, sino que serán otros los que nos juzguen por no haber aprovechado las oportunidades que nos ha dado el Señor. ¿Por qué? Porque, seguramente, muchos querrían tener la fe que se nos ha dado, el sentido de la vida, de la cruz y de la muerte que nos ha dado Jesús con su vida, y no lo tienen, y los que los tenemos no los vivimos como nos pide el Señor para ser luz para aquellos que lo necesitan. No, no será el Señor quien nos juzgue sino aquellos que han necesitado de la luz que el Señor sembró en nuestras vidas y no supimos alumbrar.

lunes, 13 de julio de 2026

Comenzamos exigentes

Para comenzar una nueva semana la Palabra de Jesús viene con mucha fuerza y exigencia, como para que no nos olvidemos a qué estamos llamados y cómo hemos de vivir:
«No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa".
Uno puede preguntarse por qué utiliza estas palabras Jesús, por qué es tan exigente y tan radical. Para mi lo que Jesús está viendo es cómo Él nos va a salvar, qué es lo que va a tener que vivir para darnos una vida de hijos de Dios: una obediencia a la Voluntad de Dios hasta la muerte y muerte en Cruz, para poder, por su resurrección, devolvernos la dignidad de ser hijos de Dios. Así, descubriendo la intensidad de su vida y de su fidelidad al Padre, podemos ver que las exigencias que nos pone a los que decidimos seguir su Camino, que, en realidad es su Vida, no son tantas, pues, como dice san Pablo "aún no hemos derramado nuestra sangre por Cristo".
Y, además, nos dice:
"El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará".
En realidad no quiere que odiemos a nuestros padres, ni que nos despreocupemos de sus vidas, sino que el amor a nuestros padres o intercedan u obstaculicen nuestra entrega por el evangelio. Si la familia, los amigos o quien sea son un obstáculo para ser fiel a Cristo, entonces tengo que dejarlos y evitar escuchar sus palabras, y lo mismo con las exigencias del mundo, pues lo que Cristo me brinda y si lo quiero aceptar es mucho más valioso que todo lo demás. Además ¿no dejo muchas veces a mi familia u otras cosas por gustos y antojos más pequeños que la Vida eterna?

domingo, 12 de julio de 2026

Saber esperar

Homilía de San Juan Crisóstomo, obispo

No sólo del nuevo, sino también del antiguo Testamento podemos sacar ejemplos estimulantes. En efecto, cuando oyes que Job después de la pérdida de su fortuna, después de la muerte de sus rebaños, perdió no uno ni dos ni tres, sino a todos sus numerosos hijos en la flor de la edad, después de tanta presencia de ánimo, aun cuando fueras el más débil de todos, fácilmente podrás consolarte y reanimarte.
Pues tú al menos, oh hombre que me escuchas, pudiste asistir a tu hijo enfermo, le viste postrado en el lecho, escuchaste sus últimas palabras y estuviste presente cuando exhaló su último aliento, le cerraste los ojos y la boca; en cambio él ni estuvo presente cuando sus hijos exhalaron el postrer aliento, ni los vio cuando expiraban. Bien al contrario, todos fueron sepultados en una sola tumba entre las paredes de su propia casa. Y no obstante, después de tantas y tan graves calamidades no lloró, ni se impacientó. Y ¿qué es lo que dijo? El Señor me lo quitó; como al Señor le plugo así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor por los siglos.
Eso mismo hemos de repetir nosotros en cualquier contratiempo que nos sobreviniere, tanto si se trata de un quebranto en la fortuna, o de una enfermedad corporal, de un ultraje, de una calumnia u otra cualquier desgracia humana, repitamos: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó como al Señor le plugo así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor por los siglos.
Si nos penetramos de esta verdad, jamás sufriremos detrimento alguno, aun cuando tengamos que soportar desgracias sin cuento: dichas palabras te acarrearán más ganancias que pérdidas, más bienes que males, pues Dios se te mostrará propicio y destruirás la tiranía del enemigo. En efecto, apenas la lengua ha pronunciado tales palabras, inmediatamente el diablo se bate en retirada: y al retirarse él, se disipan asimismo las nubes de la tristeza y, con ella, al punto se ponen en fuga los pensamientos que nos afligen. De esta forma, además de los bienes de esta vida, conseguirás todos los que nos están reservados en el cielo. Tienes de ello un ciertísimo ejemplo en Job y en los apóstoles, quienes, habiendo despreciado por Dios los males de este mundo, consiguieron los bienes eternos.
Sigamos, pues, su ejemplo, y en todas las cosas que nos acaecieren demos gracias al buen Dios, de modo que vivamos sin percances la presente vida y disfrutemos de los bienes futuros, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder siempre, ahora y por la eternidad, y por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 11 de julio de 2026

Siempre en condicional

En el libro de los Proverbios vemos cómo Dios quiere cuidarnos, cómo se preocupa de que alcancemos la sabiduría y la inteligencia necesaria para comprenderlo y así alcanzar lo que tanto anhelamos:
"Hijo mío, si aceptas mis palabras,
si quieres conservar mis consejos,
si prestas oído a la sabiduría
y abres tu mente a la prudencia;
si haces venir a la inteligencia
y llamas junto a ti a la prudencia;
si la procuras igual que el dinero
y la buscas lo mismo que un tesoro,
comprenderás lo que es temer al Señor
y alcanzarás el conocimiento de Dios".
Pero, mirad, hay un detalle que no siempre lo tomamos en cuenta: Dios no nos obliga a aceptar sus palabras, sus consejos o mandamientos, por eso lo pone en condicional "si aceptas, si quieres, si prestas...". Él sabe que nos ha dado el gran poder de la libertad para optar, cada día, por algo mejor o peor. Él pone delante nuestro todo lo que Él sabe que necesitamos, pero no siempre elegimos lo que necesitamos sino lo que nos apetece. Y lo que nos apetece, muchas veces, no es lo que nos lleva por el mejor de los caminos.
Alcanzar el conocimiento de Dios es el mejor de los regalos, pero que, en realidad, tiene un alto precio: renunciar a nosotros mismos, y es ese precio el que no estamos dispuestos a pagar. Para el hombre de hoy es más útil el dinero que la sabiduría de Dios, por eso vive sin vivir y muere sin haber vivido ni disfrutado de lo que Dios tenía preparado para él.
"Porque el Señor concede sabiduría,
de su boca brotan saber e inteligencia;
atesora acierto para el hombre recto,
es escudo para el de conducta intachable;
custodia la senda del honrado,
guarda el camino de sus fieles.
Entonces podrás comprender
justicia, derecho y rectitud,
el camino que lleva a la felicidad".

viernes, 10 de julio de 2026

Sagaces y mansos

Los viernes siempre están marcados por ser días de reconciliación, días de penitencia y abstención, para poder abrir el corazón a la infinita misericordia del Señor y presentarnos, siempre, con el alma limpia y pura para recibir toda su Gracia y su Amor para poder vivir en Fidelidad plena.
Por eso, hoy, el Señor por el profeta Oseas nos dice:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros y volved al Señor.
Decidle: «Tú quitas toda falta, acepta el pacto. Pagaremos con nuestra confesión...".
¿Por qué siempre tenemos que volver sobre nosotros y descubrir que no somos tan buenos como parece y que no hemos cumplido con lo que hemos prometido? O algunos dirán ¿si no he prometido nada al Señor? No tengo nada que decir.
En realidad hay una promesa o una alianza que está desde el día que recibimos nuestro bautismos y es una alianza de amor, y el amor implica, siempre, una relación entre dos en la cual los dos nos ocupamos uno del otro, recibiendo y dando amor.
Claro que nunca podremos dar tanto amor como nos lo ha dado el Señor, pero sí podemos, como decía santa Teresa Benedicta de la Cruz, dar cómo Él porque Él no se dejó nada para sí mismo, y por eso, nosotros, si nos entregamos del todo a Él estaremos dándonos como Él se dio. Así podemos llegar a cumplir la promesa del amor de Dios, y de nuestro amor por Dios.
Por eso mismo, Jesús le decía a los apóstoles en el evangelio de hoy:
«Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas".
Y es algo que intento tenerlo siempre en cuenta, no sólo en las relaciones con los demás, sino en mi propia relación conmigo mismo, porque somos sagaces, astutos, para poder hacer lo que tengo ganas y no lo que debo hacer (intentando ocultarme en excusas sabiendo que lo que estoy haciendo no está bien), y no uso la misma astucia para vivir buscando la Voluntad de Dios y poder llevarla a plenitud en mi vida. Siempre hay algo que me ayuda a excusarme de no ser lo que debo ser, y me muestro como el que no se dio cuenta de que hizo algo que no estaba bien.
Busquemos o propongámonos usar de la astucia de la sagacidad para buscar siempre el Reino de Dios y su justicia que lo demás vendrá por añadidura nos lo dijo el Señor, no dejemos que seamos nosotros mismos quienes obstaculicemos el plan de Dios sobre nosotros, sino que actuemos con astucia para no dejarnos seducir por el pecado, y si hemos caído, busquemos la confesión y la reconciliación para siempre estar en la Gracia del Señor.

jueves, 9 de julio de 2026

Abre tu boca a la Palabra de Dios

De los comentarios de San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

En todo momento, tu corazón y tu boca deben meditar la sabiduría, y tu lengua proclamar la justicia, siempre debes llevar en el corazón la ley de tu Dios. Por esto, te dice la Escritura. Hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado. Hablemos, pues, del Señor Jesús, porque él es la sabiduría, él es la palabra, y Palabra de Dios.
Porque también está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Por él anhela quien repite sus palabras y las medita en su interior. Hablemos siempre de él. Si hablamos de sabiduría, él es la sabiduría; si de virtud, él es la virtud; si de justicia, él es la justicia; si de paz, él es la paz; si de la verdad, de la vida, de la redención, él es todo esto.
Está escrito: Abre tu boca a la palabra de Dios. Tú ábrela, que él habla. En este sentido dijo el salmista: Voy a escuchar lo que dice el Señor, y el mismo Hijo de Dios dice: Abre tu boca que te la llene. Pero no todos pueden percibir la sabiduría en toda su perfección, como Salomón o Daniel; a todos, sin embargo, se les infunde, según su capacidad, el espíritu de sabiduría, con tal de que tengan fe. Si crees, posees el espíritu de sabiduría.
Por esto, medita y habla siempre las cosas de Dios, estando en casa. Por la palabra casa podemos entender la iglesia o, también, nuestro interior, de modo que hablemos en nuestro interior con nosotros mismos. Habla con prudencia, para evitar el pecado, no sea que caigas por tu mucho hablar. Habla en tu interior contigo mismo como quien juzga. Habla cuando vayas de camino, para que nunca dejes de hacerlo. Hablas por el camino si hablas en Cristo, porque Cristo es el camino. Por el camino, háblate a ti mismo, habla a Cristo. Atiende cómo tienes que hablarle: Quiero - dice- que los hombres recen en cualquier lugar alzando las manos limpias de iras y divisiones. Habla, oh hombre, cuando te acuestes, no sea que te sorprenda el sueño de la muerte. Atiende cómo debes hablar al acostarte: No daré sueño a mis ojos, ni reposo a mis párpados, hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Fuerte de Jacob.
Cuando te levantes, habla también de él, y cumplirás así lo que se te manda. Fíjate cómo te despierta Cristo. Tu alma dice: Oigo a mi amado que llama, y Cristo responde: Ábreme, amada mía. Ahora ve cómo despiertas tú a Cristo. El alma dice: ¡Muchachas de Jerusalén, os conjuro que no vayáis a molestar, que no despertéis al amor! El amor es Cristo.