miércoles, 22 de abril de 2026

Ya no soy yo

«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis".
Para muchos de los que estaban cerca de Jesús les resultaba difícil creer en sus Palabras, creer en lo que decía, creer en que Él era el Pan de la Vida porque Él estaba ahí, presente, vivo delante de ellos, y, aunque quisieran hacer un salto de fe no podían aceptar, intelectualmente o misteriosamente, que Él fuera el Pan que tenían que comer, o el agua que tenían que beber.
Aunque, también, para muchos fueron los signos y milagros que hizo lo que les permitieron creer en su poder y, por eso, lo seguían y lo buscaban, para poder recibir de Él el poder de sus palabras, el consuelo de su predicación, la esperanza de una nueva vida, pues lo que buscaban no eran los grandes milagros sino esas semillas que los ayudaran a seguir caminando, buscando nuevos horizontes para sus vidas.
Nosotros aunque no lo hayamos visto creemos en Él, a veces buscamos o necesitamos sus milagros, pero eso no define nuestra fe en Él, nuestro amor por Sus Palabras, y nuestro deseo de permanecer en su Camino. Pero no siempre nos mantenemos en ese Camino, no siempre estamos con el corazón ardiendo como los discípulos de Emaús, no siempre creemos que nuestra fe es tan fuerte como para mover montañas, sino que nos damos cuenta que somos débiles, que nos falta aún mucho para alcanzar el grado de fidelidad de los apóstoles y que no podremos vivir la santidad como Jesús nos lo pide.
Por todo eso Jesús, sabiendo quiénes somos y de qué estamos hechos, nos dejó como alimento verdadero su propia Vida. En el Pan de la Vida, en la Eucaristía nos alimentamos sacramentalmente con su propia vida, con su propio amor, con su propio espíritu, porque así como el Pan y el Vino se transubstancian en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, así nosotros al recibirlo nos unimos espiritualmente a Él y somos parte de su Cuerpo, de Su Vida. Y esto es lo que necesitamos creer: que nuestra vida es Su Vida, y que Su Vida es nuestra vida, para poder alcanzar desde la fe la seguridad que tenía san Pablo cuando decía "ya no soy yo quien vive en mi, sino que es Cristo quien vive en mí". Porque esa seguridad que nos da la fe es la que nos ayuda a poder decir que Sí a todo lo que Él nos pida, a todo lo que el Padre quiera de nosotros, porque ya no somos débiles sino que Cristo es nuestra fortaleza, y por eso no podremos hacer lo que el Padre nos pide porque tengamos fuerza y capacidad, sino porque en mí reside Cristo y es Él quien siendo obediente al Padre obra en mí, para gloria de Su Nombre.

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