martes, 21 de abril de 2026

El dolor de la Verdad

En aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la Ley por mediación de ángeles, y no la habéis observado».
No siempre nos gusta escuchar la verdad, y, sobre todo cuando viene a desenmascarar una situación que sabemos que es verdad. Esas verdades que nos dice el Señor nos duele y nos causa enfado porque la conocemos pero la ocultamos, no queremos darnos cuenta que nos estamos mintiendo a nosotros mismos para no cambiar, para no modificar nuestra conducta y así poder seguir engañándonos y haciéndonos caer en que estamos bien siendo que sabemos que vamos por mal camino.
Claro es que nos gusta decir la verdad a otros, señalar con nuestras palabras las actitudes de los demás, las mentiras de los demás, pero no que nos señalen a nosotros. Es parte de nuestro ser y de nuestro actuar, y por eso tenemos que ser conscientes que tenemos que cambiar, que tenemos que abrir el corazón a la Verdad y sobre todo a la misericordia, no dejarnos vencer por el ser justicieros sino aprender a mirar con misericordia a los demás.
Pero yendo a nosotros mismos tenemos que dejar que la Palabra de Dios nos cuestione, que siempre nos cuestione, porque ese es el Camino que nos conduce a la plenitud de nuestra vida, pues el Padre que nos conoce en profundidad sabe lo que nos ayudará a cambiar, pero necesita de nuestra confianza en Su Palabra, necesita de nuestra disponibilidad para convertirnos, porque si no hay ninguna de las dos actitudes nada podrá hacer Él. Podemos llegar a pedirle el milagro de nuestra conversión, pero ese milagro parte de nuestra actitud, si no hay disponibilidad para la conversión no habrá milagro y finalmente terminaremos destruyendo la obra que Él comenzó en nosotros porque no hemos creído en Su Palabra, ni hemos dispuesto el corazón para la conversión.

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