Homilía de San Beda Beda el venerable (s. XIII)
«Después de la gloriosa resurrección del Señor, el evangelista refiere que Cristo se apareció primero a María Magdalena. Y esto no es sin misterio: porque es justo que aquella que había ardido con mayor amor fuese la primera en gozar de la luz del Resucitado. Ella, de quien habían sido expulsados siete demonios, representa a la Iglesia que, purificada de todos sus vicios, se adelanta con deseo ferviente a buscar al Señor.
Mas los discípulos no creyeron su anuncio. Y esta incredulidad, aunque parezca reprochable, ha sido para nosotros provechosa: pues demuestra que no aceptaron la noticia de la resurrección con ligereza, sino que fueron llevados a la fe por la verdad misma que se les manifestó. Así, la firmeza de su testimonio se apoya no en rumores humanos, sino en la visión del Señor vivo.
Luego se apareció a dos de ellos en camino, en figura distinta. Con ello nos enseña que el Señor se manifiesta de diversos modos según la capacidad de quienes lo contemplan: a unos se muestra en la claridad de la gloria, a otros en la humildad de la carne, y a otros en la inteligencia de las Escrituras. Pero tampoco a éstos creyeron los demás, para que la verdad de la resurrección fuese confirmada no por el testimonio de hombres, sino por la presencia del mismo Cristo.
Finalmente, se apareció a los Once y les reprochó su incredulidad. No para confundirlos, sino para fortalecerlos: porque quienes habían sido corregidos por el Maestro serían después columnas firmes de la fe. Y así, tras sanar su corazón, les confió la misión más alta: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura”. Con estas palabras declara que ninguna nación queda excluida de la salvación, pues todos han sido llamados a la vida eterna.
La fe y el bautismo son presentados como el camino de la salvación: creer en Cristo y ser sumergido en su muerte y resurrección es entrar en la vida nueva. Y los signos que acompañan a los creyentes —expulsar demonios, hablar lenguas nuevas, vencer serpientes y venenos, sanar enfermos— muestran que la gracia del Espíritu transforma al hombre interior: expulsa los vicios, renueva el corazón, vence las tentaciones y fortalece la caridad.
Así, el Señor, que se apareció a los suyos para confirmar su fe, los envía ahora para que, con su palabra y sus obras, confirmen la fe de todos los pueblos. Y Él mismo coopera con ellos, porque la predicación es eficaz no por mérito humano, sino por la fuerza del que vive y reina por los siglos de los siglos.»
sábado, 11 de abril de 2026
No creyeron a sus hermanos
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