"La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros".
Un hermoso saludo que escribe san Pablo y que lo escuchamos, muchas veces, al comenzar la Misa, pues no es sólo un saludo sino que es una realidad en nuestra vida y que nos lleva a identificarnos con la Santísima Trinidad y cómo actúa en nosotros.
Dios Padre nos ha creado por amor y por amor le ha pedido a su Unigénito que viniera a salvarnos, su entrega obediente hasta la muerte y muerte en Cruz, nos ha alcanzado, por su Resurrección, la Gracia de ser hijos de Dios, dándonos desde el seno del Padre el Espíritu Santo que nos une en comunión con Ellos y con nuestros hermanos.
Así, de este modo el Hijo nos ha pedido que esta comunión no sea sólo una idea que flota en el aire sino que sea una realidad entre todos los que formamos su Cuerpo Místico: sean uno como el Padre yo somos uno para que el mundo crea.
Por eso mismo san Pablo nos vuelve a repetir:
"Hermanos, alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros".
Pues esta vida que hemos recibido gratuitamente es la que tenemos que seguir manteniendo y viviendo con la Gracia y los Dones del Espíritu Santo, pues una vez recibida ya nos toca a nosotros seguir construyendo lo que Dios ha pensado desde toda la eternidad para cada uno: "ser santos e irreprochables en su presencia por el Amor". Es un trabajo que nos tiene que llevar, diariamente, al diálogo con el Padre y con el Hijo, para que con la fuerza del Espíritu podamos estar siempre dispuestos a discernir la Voluntad del Padre y como el Hijo poder llevarla a plenitud.
Así nuestra vida, como nos lo dijo Jesús, será sal, luz y fermento en el mundo para mostrar, no sólo con palabras, sino con obras el Camino que nos conduce a la Vida, para que iluminados por el Espíritu podamos iluminar las tinieblas del mundo que vive en pecado para que puedan encontrar, ellos también, la alegría de vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios.
"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él", y somos nosotros quienes, con la ayuda del Espíritu, debemos mostrar con nuestra vida los frutos de la Salvación y la alegría de vivir en Dios.
domingo, 31 de mayo de 2026
Vivir en la Trinidad
sábado, 30 de mayo de 2026
Verdadera astucia
"En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos y le decían:
«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».
Hay momentos en que no hacemos las preguntas para saber, sino que las hacemos para poder condenar, para poder acusar, y, finalmente, para no hacer caso a lo que dicen. Y eso es lo que querían los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos con Jesús. No querían saber, porque si hubieran escuchado la verdadera respuesta, también, lo hubiesen condenado.
Y ahí estuvo la astucia de Jesús de hacerles una contrapregunta para saber sus intenciones.
"Jesús les respondió:
«Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto: El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».
Y no es que Jesús no quisiera responder con la verdad, sino que sabía que ellos no estaban buscando la verdad, sino que buscaban un argumento para condenarlo directamente. Porque si le respondía con la verdad o si les mentía, igualmente no iban a creer en sus palabras, porque lo que buscaban era desacreditarlo ante la gente para que ellos no creyeran, tampoco, en sus palabras.
Y así pillados en sus maldad tuvieron que responder que no sabían responder a la pregunta de Jesús, sobre todo para no quedar en evidencia ante la gente, porque, en realidad, no querían arriesgarse a que la gente dejara de creer directamente en la autoridad del sumo sacerdote.
Cuando somos pillados en nuestra maldad no nos gusta que nos delaten y por eso nos seguimos ocultando en nuestros propios argumentos para poder tapar nuestras malas intenciones. Pero siempre la Verdad sale a la luz y se manifiesta de una manera que no podemos ocultarla.
Y así quienes quedaron mal frente a los demás fueron los que malas intenciones tenían, y así la astucia de Jesús hizo descubrir las malas intenciones de sus acusadores. Algo que nos ensaña a poner en práctica y a no dejarnos llevar por el qué dirán los demás, sino saber que muchos nunca querrán saber la verdad, sino que lo que querrán será condenar al que vive en la verdad.
viernes, 29 de mayo de 2026
Mover el monte al mar
Jesús contestó:
«Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: "Quítate y arrójate al mar", y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.
Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido, y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».
Hay afirmaciones de Jesús que nos parecen un poco exageradas como esta de poder arrojar un monte al mar, pero es que la fe es la que mueve montañas, decimos muchas veces, pero en la realidad no es tan así, aunque sí puede ser que sea así. Vale, estoy haciendo un trabalenguas con negaciones y afirmaciones. Entonces tendríamos que preguntarnos ¿cuál es el monte al que se refiere Jesús? Creo que el monte somos cada uno de nosotros, un monte que sólo la fe puede movernos hacia la Voluntad de Dios, hacia la meta que Dios ha pensado y nos propone alcanzar.
Para ello hace falta la fe, para poder encontrarnos con el Padre y, por un lado, aprender a escucharlo y por otro tener el valor de aceptar y vivir lo que Él nos propone. De este modo creyendo que lo que me está pidiendo, aunque sea lo más irracional humanamente, lo podré alcanzar, podré comenzar a moverme de mi lugar, de mi zona de confort, y salir hacia donde Él me pida.
Por eso necesito una vida de oración que me permita entrar en ese diálogo personal con el Padre para que, por medio de su Espíritu, me ayude a discernir, a aceptar y a realizar la obra que Él me encomienda. Así, en este diálogo con Él podré pedir todo lo necesario para poder abrir el corazón, para poder ver, para tener la fortaleza para hacer Su Voluntad y no la mía, y así dejando de lado mi yo terrenal alcanzar la meta soñada por Él para mí.
De este modo no sólo podré conseguir lo que pido sino que obtendré todo lo que necesito para ser Fiel a esa Vida que Él me está mostrando y que sabe que es el Camino para mi perfección, para alcanzar la Bienaventuranza que me prometió. Porque no es sólo pedir lo que el mundo me está indicando pedir, sino pedir lo que realmente necesito y que el Espíritu que habita en mí me está susurrando pedir para que mi vida sea la que El Padre soñó y que ha dejado sellada en mi corazón.
jueves, 28 de mayo de 2026
Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote
De la carta encíclica Mediator Dei de Pío XII
Cristo es ciertamente sacerdote, pero lo es para nosotros, no para sí mismo, ya que él, en nombre de todo el género humano, presenta al Padre eterno las aspiraciones y sentimientos religiosos de los hombres. Es también víctima, pero lo es igualmente para nosotros, ya que se pone en lugar del hombre pecador. Por esto, aquella frase del Apóstol: Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús exige de todos los cristianos que, en la medida de las posibilidades humanas, reproduzcan en su interior las mismas disposiciones que tenía el divino Redentor cuando ofrecía el sacrificio de sí mismo: disposiciones de una humilde sumisión, de adoración a la suprema majestad divina, de honor, alabanza y acción de gracias.
Les exige asimismo que asuman en cierto modo la condición de víctimas, que se nieguen a sí mismos, conforme a las normas del Evangelio, que espontánea y libremente practiquen la penitencia, arrepintiéndose y expiando los pecados.
Exige finalmente que todos, unidos a Cristo, muramos místicamente en la cruz, de modo que podamos hacer nuestra aquella sentencia de san Pablo: Estoy crucificado con Cristo.
miércoles, 27 de mayo de 2026
No sabemos lo que pedimos
- «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir».
Les preguntó:
- «¿Qué queréis que haga por vosotros?».
Contestaron:
- «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda».
Jesús replicó:
- «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?».
Contestaron:
- «Podemos».
Muchas veces le exigimos a Dios que haga lo que queremos, como le sucedió a los apóstoles, y eso no es que esté mal, lo podemos hacer, pero, como dice Jesús, muchas veces no sabemos lo que pedimos. Es decir, sí sabemos lo que pedimos pero no hemos pensado bien lo que pedimos porque lo que pedimos nace de una necesidad humana, de algo que nos está sucediendo y no sabemos cómo solucionarlo, o queremos algo que está muy lejos de nuestras posibilidades y necesitamos que Él nos lo consiga.
En este caso ellos pensaron que lo que estaban pidiendo era un lugar al lado de un emperador terrenal, y, por eso, no sabían lo que estaban pidiendo porque no habían comprendido, todavía, a qué Reino se refería Jesús en sus predicaciones. Así han mostrado, y nos muestran, que los poderes terrenales no son parte del Reino de los Cielos, y que, muchas veces, nos dejamos llevar por los instintos más básicos sin saber a qué estamos llamados realmente.
Pero, además, hay algo que es muy importante: lo que implica pedir cosas y lo que implica, como responsabilidad, el recibir lo que se pide, pues todo tiene su precio real. En este caso Jesús les propone una exigencia: un cáliz y un bautismo, pero tampoco saben qué es lo que eso significa, pero ya no se pueden echar atrás, sino que aceptan el desafío de tener que aceptar hacer algo por lo que han exigido.
Por eso ¿estamos dispuestos a vivir como Jesús nos pide cuando le pedimos a Él algo que nosotros necesitamos? ¿O sólo lo pedimos porque sabemos de su misericordia pero no estamos dispuestos a beber de su cáliz ni a recibir su bautismo? Más de una vez exigimos cosas que nosotros no somos capaces de vivir, por eso, hay que saber qué pedir porque lo que hemos recibido ha sido mucho más grande de lo que jamás podríamos pedir:
"Ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios".
martes, 26 de mayo de 2026
Ceñid los lomos
Hablando de la revelación, san Pedro nos dice:
"Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de vuestra mente y, manteniéndoos sobrios, confiad plenamente en la gracia que se os dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: «Seréis santos, porque yo soy santo".
Aquello que ellos vivieron (los apóstoles) y nosotros hemos recibido y aceptado como revelación y Don de Fe, es lo que los ángeles desearon contemplar. Pero esa revelación no es un camino para vivirlo individual o egoístamente, sino que es para vivir en comunidad y para los demás.
Se vive en comunidad para poder llevar a cabo el mandamiento de Jesús: sed uno como el Padre y yo somos uno, y ese mandamiento sólo se puede vivir desde el amor, el Amor que Dios nos ha dado y el amor que debemos vivir como hermanos. Y ese es un camino que tenemos que recorrer unidos y acompañados, dejándonos guiar y fortalecer por el Espíritu que se nos ha dado.
Y, sobre todo, como dice el mismo Pedro: como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, es decir, dejar de lado las aspiraciones mundanas que nos llevan por un camino que no es el de Dios, y renunciando a nosotros mismos, como nos lo pidió Jesús, aceptemos la Voluntad del Padre para "ser santos, porque está escrito: seréis santos, porque yo soy santo".
Está claro que la santidad no es lo primero que deseamos o a lo primero que aspiramos, pero es lo primero que nos pide el Señor, por eso nos ha pedido que renunciemos a nosotros mismos y que aceptemos Su Voluntad, para poder alcanzar la meta de la santidad y transmitir con nuestra vida el poder de su Palabra y la alegría de la salvación, para que otros puedan, también, encontrar el camino que los conduce a la Vida en el espíritu y a la salvación del alma.
lunes, 25 de mayo de 2026
María, Madre de la Iglesia
Alocución de San Pablo VI, papa.
Para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.
Se trata de un título, venerables hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.
La divina maternidad es el fundamento de su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquel, que desde el primer instante de la encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es Madre también de los fieles y de todos los pastores, es decir, de la Iglesia.
Con ánimo lleno de confianza y amor filial elevamos a ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza; ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación.
Nuestra confianza se aviva y confirma más considerando los vínculos estrechos que ligan al género humano con nuestra Madre celestial. A pesar de la riqueza maravillosa en prerrogativas con que Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo encarnado, está muy próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el elogio evangélico «Bienaventurada porque has creído». En su vida terrena realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras, encuentra en ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.
domingo, 24 de mayo de 2026
Nuestro Pentecostés
"Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, que llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse".
¿Habéis pensado en nuestro propio Pentecostés? Sí, el día de nuestro bautismo aunque no sopló un gran viento ni cayeron lenguas de fuego, pero el Espíritu Santo descendió en nosotros y nos transformó de simples hombres en hijos de Dios gracias al Hijo de Dios. Y, desde ese día, el mismo Espíritu Santo inhabita en nosotros así como lo hizo con los apóstoles, así como lo hizo con María, para que, llenos de sus Dones podamos transformar el mundo, la historia, nuestra historia y la historia de la humanidad, así como lo hicieron ellos.
¿No es ésta la gran noticia de Pentecostés?
No es sólo que ese día nació la Iglesia que conocemos: santa y apostólica, sino que gracias a ese día también nosotros, por la sucesión apostólica, recibimos el mismo Espíritu que transformó la vida de los apóstoles haciéndolos heraldos del Evangelio y dándoles la fortaleza y la sabiduría necesaria para llevar a cabo la misión que Jesús les encomendó:
"Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos".
Y, también, es nuestra misión. No sólo porque nos ha sido otorgada la misión de evangelizar, de misionar, sino porque no podemos guardar para nosotros mismos semejante alegría de sabernos ungidos por el Espíritu Santo, de saber que ese mismo Espíritu mora en nosotros, nos sostienes, nos fortalece, nos anima, nos ilumina, nos enciende en el fuego del Amor verdadero para que, unidos en el mismo Espíritu, podamos llevar a todo el mundo la alegría del Evangelio que se nos ha transmitido y, sobre todo, la alegría de sabernos salvados por el Amor de un Dios que hecho hombre se entregó y resucitó por nosotros para devolvernos la dignidad que el pecado original nos había quitado.
¡Feliz día de Pentecostés! ¡Ven Espíritu Santo y renueva nuestras vidas!
sábado, 23 de mayo de 2026
Tú sígueme
"En aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, ¿y éste qué?».
Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
La envidia, los celos, el orgullo, la vanidad son los pecados que nos hacen caminar mirando hacia el que está a mi lado o el que va delante o el que va detrás, no para ayudarlo a caminar si necesita sino para que no me gane en la carrera, y, si es posible, en todo caso, hacerlo caer para que no me gane.
Hoy en día vemos mucho de esto, todos estamos compitiendo contra los demás para ser los mejores, para poder colgarnos las medallas de oro y que se hable de nosotros porque nos gusta la fama, el prestigio, el tener más likes o más amigos en las redes, etc.
Es lo que intentaba preguntar Pedro a Jesús, y no porque quisiera ser como Juan, sino porque veía que Juan era, como dice el evangelio: el discípulo a quien Jesús amaba. ¿Había alguna preferencia? ¿Hacía Jesús diferencia entre Juan y los demás? Seguro que no, y lo vemos cuando lo llama a Pedro piedra de la Iglesia.
Y la respuesta de Jesús es clara y discreta ¿a ti qué? Tú sígueme. Lo que importa no es lo que hagan los otros o la misión que los demás tengan que hacer, lo que importa es cuál es la Voluntad de Dios para mí, y la carrera que tengo que correr es la de la santidad, es la búsqueda de esa Voluntad en mi vida, y así llegar a la meta que el Padre pensó para mí. Y si miro hacia mi hermano es para tenderle una mano, para ayudarlo en el camino, para ayudarlo en su conversión.
Pero, lamentablemente, el mundo se nos está "metiendo" demasiado dentro de nuestra espiritualidad y nos vamos manejando, muchas veces, por el espíritu competitivo del mundo y no vamos buscando, como dice san Pablo, combatir el buen combate, alcanzar la meta y no perder la fe.
viernes, 22 de mayo de 2026
Me amas más que éstos?
"Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer con ellos, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».
Él le contestó: «Sí, Señor, tú, sabes que te quiero».
Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».
Para algunos ser cristiano es aprender normas, leyes, obligaciones, límites, etc., olvidándose que ser cristiano es, primeramente, conocer a Cristo para poder amarlo y así poder seguirlo. Es así como los discípulos pudieron entregar su vida a predicar el Evangelio y defender su fe con su propia vida.
Jesús los fue llamando para que convivieran con Él durante unos años, que lo conocieran, que lo escucharan, que comprendieran casi todo lo que les decía, y finalmente amarlo y descubrir en Él al Dios hecho hombre, al hombre-Dios que vino a entregar su vida para que nosotros tuviéramos vida y Vida en abundancia.
Por eso, al final, antes de ascender a los Cielos para, no sólo dejar a Pedro como cabeza de la Iglesia, sino para enseñarnos a nosotros cuál es lo esencial de nuestra fe, le preguntó sobre el amor, porque sólo amando a Jesús, sólo amando al Padre, podremos aceptar su Palabra.
Es el amor a Dios lo que mueve los corazones para ser Fieles a la Vida que Él mismo nos ha dado, como decía Santa Teresita de Lisieux:
"Al contemplar el cuerpo místico de la Iglesia, no me había reconocido a mí misma en ninguno de los miembros que san Pablo enumera, sino que lo que yo deseaba era más bien verme en todos ellos. Entendí que la Iglesia tiene un cuerpo resultante de la unión de varios miembros, pero que en este cuerpo no falta el más necesario y noble de ellos: entendí que la Iglesia tiene un corazón y que este corazón está ardiendo en amor. Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno".
Así, ya no veremos que nuestra vida cristiana es cumplir con preceptos, mandatos y leyes, sino que es amar a Quien nos ha llamado y elegido para llevar Su Palabra, con nuestra vida, por todo el mundo.
jueves, 21 de mayo de 2026
Que sean Uno
"En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró, Jesús diciendo":
A veces, cuando estamos cansados, agobiados o vemos que nos enfrentamos a algo complicado o difícil, levantamos los ojos al cielo para buscar ayuda en algo más allá de nosotros mismos. Jesús sabía que para poder pedirnos lo que nos iba a decir tenía que pedirle al Padre la fuerza para que nosotros pudiéramos, no sólo aceptar el desafío, sino llevarlo a cabo. Y junto con el mandamiento del amor (que va implícito en este mensaje y existencia) el llegara a la unidad como Iglesia, como comunidad, como hermanos, es lo más difícil que nos ha pedido vivir Jesús.
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".
Cuando escuchamos este camino que nos presenta Jesús: la unidad entre nosotros para que el mundo crea, siempre, o casi siempre, pensamos que la culpa no la tengo yo sino los otros que no saben aceptarme a mí. O cuando hablamos de vivir el amor fraterno también pensamos lo mismo: la culpa la tiene fulanito porque no me hace la vida fácil. Lo mismo del perdón o de saber perdonar, etc. Nunca vemos nuestros errores ni nos sometemos al mismo juicio al que sometemos a los demás, sino que siempre salimos liberados de la culpa e, incluso, nos permitimos tener derecho de juzgar, condenar y sentenciar a los demás por esto o por aquello.
Y así, día a día, vamos destruyendo lo más valioso que tenemos o que Jesús quiere que vivamos: la unidad en el amor, pero la verdadera unidad en el amor fraterno, y, por eso, Él levantaba los ojos al Cielo porque sólo el Padre puede darnos la fortaleza para convertir nuestros corazones, aunque, la llave para abrir el corazón a la Gracia de la conversión la tenemos nosotros, y del lado de adentro del corazón. Aunque el Padre quiera con todas sus fuerzas convertir nuestro corazón a Su Amor y al amor de los hermanos, si no nos disponemos a vivirlo será imposible.
Así, cada uno, apoyados en nuestras propias convicciones y creyéndonos mejores unos que otros vamos endureciendo nuestros corazones a la conversión, y nos vamos dividiendo cada día más a costa de provocar el escándalo para aquellos que buscan un testimonio claro del amor en la comunidades cristianas.
¿Quién tiene que convertir su corazón y pedir perdón? Primero yo para que pueda ver el esfuerzo que implica, y que si lo deseo y me abro a la Gracia podré descubrir en el otro un hermano a quien amar y a quien pedirle perdón por todo lo que he cometido: "perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden", pero a veces sólo son palabras al aire que no calan en nuestro corazón.
miércoles, 20 de mayo de 2026
Santificados por la Palabra
"Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad».
La Palabra de Dios, si la dejamos penetrar en nuestro corazón, no sólo en nuestra cabeza, es la que nos va santificando y configurando con la Vida que el Padre quiere que vivamos para alcanzar la salvación. Es la Palabra la que nos va indicando el Camino que hemos de recorrer y la que nos enseña cómo vivir en el mundo sin ser del mundo, pues así como la Palabra nos santifica en la Verdad a nosotros, así nuestro testimonio ilumina las oscuridades del mundo para que los hombres puedan alcanzar la salvación.
Por eso, Jesús, rogaba al Padre para que nos saque del mundo sino que nos preserve del maligno para que la Luz que Él dejó en nosotros no se apague con las tentaciones ni con las caídas, sino que esa Luz que procede de la Palabra y del Espíritu sea la que muestra el Camino de la Vida. Porque algo que no tenemos que olvidarnos es que no somos la Luz, ni la Verdad, ni la Vida, sino que somos testigos de la Luz, de la Verdad y de la Vida, y por eso nuestro testimonio tiene que ser verdadero, de lo contrario indicaremos un camino que no conduce a la vida sino a la muerte.
Así lo pedía Jesús al Padre y nos lo comunicaba a nosotros:
"Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad".
martes, 19 de mayo de 2026
Glorifica tu Nombre
Discurso de Benedicto XVI, papa (s. XXI)
La oración que Jesús hace por sí mismo es la petición de su propia glorificación, de su propia «elevación» en su «Hora». En realidad, es más que una petición y que una declaración de plena disponibilidad a entrar, libre y generosamente, en el designio de Dios Padre que se cumple al ser entregado y en la muerte y resurrección. Esta «Hora» comenzó con la traición de Judas (cf. Jn 13, 31) y culminará en la ascensión de Jesús resucitado al Padre (cf. Jn 20, 17). Jesús comenta la salida de Judas del cenáculo con estas palabras: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él» (Jn 13, 31). No por casualidad, comienza la oración sacerdotal diciendo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1).
La glorificación que Jesús pide para sí mismo, en calidad de Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su más plena condición filial: «Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti con la gloria que yo tenía junto a ti antes que el mundo existiese» (Jn 17, 5). Esta disponibilidad y esta petición constituyen el primer acto del sacerdocio nuevo de Jesús, que consiste en entregarse totalmente en la cruz, y precisamente en la cruz —el acto supremo de amor— él es glorificado, porque el amor es la gloria verdadera, la gloria divina.
El segundo momento de esta oración es la intercesión que Jesús hace por los discípulos que han estado con él. Son aquellos de los cuales Jesús puede decir al Padre: «He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra» (Jn 17, 6). «Manifestar el nombre de Dios a los hombres» es la realización de una presencia nueva del Padre en medio del pueblo, de la humanidad. Este «manifestar» no es sólo una palabra, sino que es una realidad en Jesús; Dios está con nosotros, y así el nombre —su presencia con nosotros, el hecho de ser uno de nosotros— se ha hecho una «realidad». Por lo tanto, esta manifestación se realiza en la encarnación del Verbo. En Jesús Dios entra en la carne humana, se hace cercano de modo único y nuevo. Y esta presencia alcanza su cumbre en el sacrificio que Jesús realiza en su Pascua de muerte y resurrección.
lunes, 18 de mayo de 2026
Alegría del Amor
San Pablo VI, papa (s. XX) • Gaudete in Domino. Alegría del amor -Extracto-
Jesús revela en el evangelio de hoy el secreto de su paz y de su fortaleza: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16, 32). Esta certeza es inseparable de su conciencia. Es una presencia que nunca lo abandona. Por eso irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, que brotan del amor inefable con que se sabe amado por su Padre. Desde el bautismo en el Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».
Jesús vive de este conocimiento íntimo: «El Padre me conoce y yo conozco al Padre». Entre ambos se da una inhabitación recíproca: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Todo lo que es del Padre es del Hijo, y todo lo que es del Hijo es del Padre. En correspondencia, el Hijo tiene para con el Padre un amor sin medida: «Yo amo al Padre y procedo conforme al mandato del Padre». Su disponibilidad llega hasta la donación de su vida humana, y su confianza hasta la certeza de recobrarla: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida, para recobrarla de nuevo».
Por eso, cuando anuncia a los discípulos que serán dispersados y lo dejarán solo, puede afirmar con serenidad: «No estoy solo». Esta unión con el Padre constituye el fundamento de su victoria: «Yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). No se trata de una toma de conciencia efímera, sino de la resonancia, en su conciencia humana, del amor que Él conoce desde siempre, en cuanto Dios, en el seno del Padre: «Tú me has amado antes de la creación del mundo».
De esta relación brota la alegría insondable que Jesús lleva dentro de sí y que quiere comunicar a los suyos. Los discípulos están llamados a participar de esta alegría, porque Él desea que sientan dentro de sí su misma alegría en plenitud: «Para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y también yo esté en ellos».
domingo, 17 de mayo de 2026
Enviados de lo alto
“Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».
Siempre me ha llamado la atención este pasaje de la Ascensión del Señor, pues ante la sorpresa y, supongo, alegría y tristeza, de los discípulos viendo al Señor ascender a los Cielos, los ángeles les llaman la atención y los invita a dejar de mirar al cielo. Y, en realidad, es lo que nos muestra cómo ha de ser nuestra vida contemplativa en la vida cotidiana: nos ponemos en oración para que nuestro espíritu se una al Espíritu Santo y nos transmita o nos haga comprender la Voluntad de Dios para que la vivamos en el día a día, en nuestra propia realidad, pero con el corazón lleno de Cielo, para que ese Cielo que anhelamos lo podamos traer a la tierra: “venga a nosotros tu Reino”.
Así aquello que rezamos cada día lo vamos haciendo realidad, porque nos alimentamos de los frutos del Espíritu para poder construir el Cielo en la Tierra, pues esa es la misión que nos encomendó el Señor antes de partir:
“Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”.
Miramos al Cielo para conocer la Voluntad de Dios. Recibimos del Cielo los Dones del Espíritu para poder vivir la Voluntad de Dios. Caminamos en el mundo de todos los días para hacer realidad lo que hemos recibido del Cielo. Recorremos el Camino de la santidad para poder enseñar con nuestra vida lo que significa haber recibido de lo Alto la dignidad y la alegría de ser hijos de Dios por el Hijo, quien con su muerte y resurrección nos ha dado una Vida Nueva para poder llevar al mundo e iluminar las tinieblas del pecado y mostrar el Camino de la Salvación, el Camino de la Vida.
sábado, 16 de mayo de 2026
Dejarnos iluminar
“Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Aquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías”.
¡Qué interesante que es este pasaje del libro de los Hechos!
Al ver que Apolo tenía ciertas lagunas en la fe, sus hermanos, Aquila y Priscila, se lo explicaron mejor. Y aquí hay dos cosas a tener en cuenta:
1. Que se hayan dado cuenta de las lagunas en el conocimiento de Dios y, con amor fraterno y en privado, le ayudaron a comprender mejor lo que estaba viviendo y predicando. La cercanía de los hermanos hace que estemos pendiente al otro para ayudarlo desde la confianza y el amor fraterno, no sintiéndonos los mejores sabios sino dando aquello que, también a nosotros, nos han regalado y ofrecerlo para que el otro pueda vivir mejor su fe.
2. La humildad de Apolo de dejarse ayudar por Priscila y Aquila. Porque no siempre nos dejamos acompañar, y, sobre todo, cuando alguien nos quiere ayudar a comprender mejor o a decirnos que hemos cometido algún error. El pecado de la vanidad o el orgullo nos impide, muchas veces, aceptar lo que el otro me está diciendo, indicando o corrigiendo. Sin embargo cuando abrimos nuestro corazón a la corrección fraterna ganamos en sabiduría y en amor.
Así, pues, Apolo pudo abrir su corazón no sólo a lo que sabían y conocían Priscila y Aquila, sino que pudo, por medio de ellos, recibir un mejor conocimiento de aquello que él había aprendido y que había querido darlo a conocer, así, por medio de los hermanos pudo profundizar en su fe y dar un mejor y mayor testimonio de lo que creía y vivía.
viernes, 15 de mayo de 2026
Nuestras obras
Sermón de San Agustín de Hipona.
Sed ricos en buenas obras, dice el Señor. Éstas son las riquezas que debéis ostentar, que debéis sembrar. Éstas son las obras a las que se refiere el Apóstol, cuando dice que no debemos cansarnos de hacer el bien, pues a su debido tiempo recogeremos. Sembrad, aunque no veáis todavía lo que habéis de recoger. Tened fe y seguid sembrando. ¿Acaso el labrador, cuando siembra, contempla ya la cosecha? El trigo de tantos sudores, guardado en el granero, lo saca y lo siembra. Confía sus granos a la tierra. Y vosotros, ¿no confiáis vuestras obras al que hizo el cielo y la tierra?
Fijaos en los que tienen hambre, en los que están desnudos, en los necesitados de todo, en los peregrinos, en los que están presos. Todos éstos serán los que os ayudarán a sembrar vuestras obras en el cielo... La cabeza, Cristo, está en el cielo, pero tiene en la tierra sus miembros. Que el miembro de Cristo dé al miembro de Cristo; que el que tiene dé al que necesita. Miembro eres tú de Cristo y tienes que dar, miembro es él de Cristo y tiene que recibir. Los dos vais por el mismo camino, ambos sois compañeros de ruta. El pobre camina agobiado; tú, rico, vas cargado. Dale parte de tu carga. Dale, al que necesita, parte de lo que a ti te pesa. Tú te alivias y a tu compañero le ayudas.
jueves, 14 de mayo de 2026
Alcanzar la plenitud
“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.
A veces no entendemos el por qué tenemos que cumplir los mandamientos y buscar el vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. No comprendemos o no queremos comprender por qué tenemos que unir nuestra vida a estas enseñanzas.
Por un lado sólo es una exigencia para aquellos que, libre y conscientemente, han asumido ser cristianos, pues si no quieres ser cristiano no debes vivir las exigencias del Evangelio, eso está claro. Pero si quieres recibir los beneficios de la Gracia de estar unido a Cristo es una condición vivir como Cristo.
Pero, en realidad, lo que quiero es que sepamos cuál es la consecuencia de todo lo que Jesús nos ha mandado vivir: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Que nuestra alegría llegue a plenitud, ese es el resultado de aprender a vivir como Jesús, una alegría que no es de este mundo, una paz que no es de este mundo porque la alegría y la paz nos la da Él cuando nos unimos plenamente a Él.
Por eso, para alcanzar esa plenitud debemos entrar en una comunión intensa y constante con el Señor, con el Padre y recibir por eso y para eso los Dones del Espíritu que nos enseñan, nos animan y nos fortalecen para mantenernos fieles al Camino que nos conduce a la plenitud de la vida.
Es Él mismo quien nos da la fórmula para alcanzar esta plenitud pues unidos a Él con verdadera amistad podremos vivir lo que Él mismo vivió:
“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.
Así, a medida que vamos profundizando en esta amistad vamos entrando en comunión con Él y Él con nosotros, haciendo que nuestra vida ya no sea pertenencia nuestra sino que sea pertenencia de Él, para que un día podamos, como san Pablo, decir: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”, y ese día será cuando nuestra alegría y vida llegue a su plenitud.
miércoles, 13 de mayo de 2026
La llave del conocimiento
Simeón el Nuevo Teólogo, monje místico griego (s. X)
La «llave del conocimiento» (Lc 11, 52) no es otra cosa que la gracia del Espíritu Santo. Se da por la fe. Por la iluminación, produce realmente el conocimiento y hasta el conocimiento pleno. Despierta nuestro espíritu encerrado y oscurecido, a menudo con parábolas y símbolos, pero también con afirmaciones más claras hechas atenciones en el sentido espiritual de la palabra. Si la llave no es buena, la puerta no se abre. Porque, dice el Buen Pastor,» es a él a quien el portero abre » (Jn 10, 3). Pero si la puerta no se abre, nadie entra en la casa del Padre, porque Cristo dijo: «Nadie va al Padre sin pasar por mí» (Jn 14, 6).
Por tanto, es el Espíritu Santo, el primero, que despierta nuestro espíritu y nos enseña lo que concierne al Padre y el Hijo. Cristo nos dice esto también: «Cuando venga, él, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, dará testimonio en mi favor, y os guiará hacia la verdad plena» (Jn 15, 26; 16, 13). Ved cómo, por el Espíritu o más bien en el Espíritu, el Padre y el Hijo se dan a conocer, inseparablemente.
Si se llama llave al Espíritu Santo, es porque, por él y en él primero, tenemos el espíritu iluminado. Una vez purificados, somos iluminados por la luz del conocimiento. Somos bautizados desde lo alto, recibimos un nuevo nacimiento y llegamos a ser hijos de Dios, como dice san Pablo: «El Espíritu Santo clama por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8, 26). Y todavía más: «Dios derramó su Espíritu en nuestros corazones que grita: ‘Abba, Padre'» (Ga 4, 6). Es pues él quien nos muestra la puerta, puerta que es luz, y la puerta nos enseña que, aquel que habita en la casa, es él también luz inaccesible.
martes, 12 de mayo de 2026
El Espíritu nos fortalece
San Juan Pablo II, papa (s. XX) • Catequesis, audiencia general, 26-06-1991.
Los hombres de hoy, particularmente expuestos a los asaltos, insidias y seducciones del mundo, tienen especial necesidad del don de la fortaleza; es decir, del don del valor y la constancia en la lucha contra el espíritu del mal que asedia a quien vive en la tierra, para desviarlo del camino del cielo. Especialmente en los momentos de tentación y de sufrimiento, muchos corren el riesgo de vacilar o de ceder. También los cristianos corren siempre el riesgo de caer desde la altura de su vocación y de desviarse de la lógica de la gracia bautismal que les ha sido concedida como un germen de vida eterna. Precisamente por esto, Jesús nos ha revelado y prometido el Espíritu Santo como consolador y defensor (cf. Jn 16, 5-15). Por medio de él se nos concede el don de la fortaleza sobrenatural, que es una participación en nosotros de la misma potencia y firmeza del Ser divino (cf. Summa Theologica, I-II, q. 61, a. 5; q. 68, a. 4).
En Pentecostés, el Espíritu Santo, que manifiesta su poder con el signo simbólico del viento impetuoso (cf. Hch 2, 2), comunica a los Apóstoles y a cuantos se encuentran con ellos “reunidos en un mismo lugar” (Hch 2, 1) la nueva fortaleza prometida por Jesús en su discurso de despedida (cf. Jn 16, 8-11), y poco antes de la Ascensión: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros.” (Hch 1, 8; cf. Lc 24, 49).
Se trata de una fuerza interior, arraigada en el amor (cf. Ef 3, 17), como escribe san Pablo a los Efesios: el Padre “os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior” (Ef 3, 16). Pablo pide al Padre que dé a los destinatarios de su carta esta fuerza superior, que la tradición cristiana incluye entre los “dones del Espíritu Santo”, tomándolos del texto de Isaías, quien los enumera como propiedades del Mesías (cf. Is 11, 2 ss.). El Espíritu Santo comunica también a los seguidores de Cristo, entre los dones que colman su alma santísima, la fortaleza, de la que él fue modelo en su vida y en su muerte. Se puede decir que al cristiano empeñado en la “batalla espiritual” se le comunica la fortaleza de la cruz.
El Espíritu interviene con una acción profunda y continua en todos los momentos y bajo todos los aspectos de la vida cristiana, con el fin de orientar los deseos humanos en la dirección justa, que es la del amor generoso a Dios y al prójimo, siguiendo el ejemplo de Jesús. Con este fin, el Espíritu Santo robustece la voluntad, haciendo que el hombre sea capaz de resistir a las tentaciones, vencer en las luchas interiores y exteriores, derrotar el poder del mal y, en particular, a Satanás, como Jesús, a quien el Espíritu llevo al desierto (cf. Lc 4, 1), y realizar la empresa de una vida de acuerdo con el Evangelio.
lunes, 11 de mayo de 2026
Nos enviará un Defensor
San Ireneo de Lyon, obispo y Padre de la Iglesia (s. II) • Tratado contra las Herejías.
El Señor dijo a los discípulos: Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). Con este mandato, les daba el poder de regenerar a los hombres en Dios. Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos, y que éstos profetizarían.
Este Espíritu es el que David pidió para el género humano, diciendo: «Confírmame en el Espíritu generoso» (Sal 51[50], 14).
Gedeón había profetizado que se extendería el rocío sobre toda la tierra, que es el Espíritu de Dios. Es precisamente este Espíritu el que descendió sobre el Señor: «Espíritu de prudencia y sabiduría, Espíritu de consejo y valentía, Espíritu de ciencia y temor del Señor» (Is 11, 2-3).
Así el Señor prometió a la Samaritana «un agua viva», «para que nunca más tuviera sed» y no se viera obligada a sacar agua con dificultad ya que ella misma poseía un agua «que brotaba hasta la vida eterna» (Jn 4, 10-14). Se trata de poder beber lo que el Señor ha recibido de su Padre, y que a su regreso da a los que esperan en él, enviando el Espíritu Santo sobre toda la tierra.
El Espíritu prometido por los profetas descendió sobre el Hijo de Dios hecho Hijo del Hombre (Mt 3, 16), para acostumbrarse a habitar con él en el género humano, a descansar en los hombres y a morar en la criatura de Dios, obrando en ellos la voluntad del Padre y renovándolos de hombre viejo a nuevo en Cristo.
El Señor, a su vez, lo dio a la Iglesia, enviando al Defensor sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo (Lc 10, 18); por esto necesitamos de este rocío divino, para que demos fruto y no seamos lanzados al fuego; y ya que tenemos quien nos acusa (Ap 12, 10), tengamos también un Defensor, pues que el Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones (Lc 10, 30), del cual se compadeció, y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu «la imagen y la inscripción» (Lc 20, 23) del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses (cf Mt 25, 14s).
domingo, 10 de mayo de 2026
Como los apóstoles
"En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría".
Así como en aquellos días, también nosotros hoy, podemos llevar la alegría a nuestras ciudades, a nuestras comunidades, al mundo entero, porque como Felipe tenemos el Espíritu Santo que nos anima y fortalece y enciende para poder llevar la Buena Noticia del Evangelio, con nuestra vida, a todos los que lo necesitan.
No podremos hacer los milagros que ellos hicieron, pero podemos hacer otros milagros que el mundo de hoy necesita: sanar las heridas de los corazones rotos, sembrar la esperanza en los desesperados, mostrar el camino de la salvación a los que están perdidos, y tantos otros milagros que muchos están necesitando del Señor, pero que no reciben porque no siempre damos testimonio de lo que vivimos.
Y ¿cómo es eso? Nos lo dice san Pablo:
"Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto, teniendo buena conciencia, para que, cuando os calumnien, queden en ridículo los que atentan contra vuestra buena conducta en Cristo".
¿Por qué? Porque creemos en la Palabra de Jesús, confiamos en sus Promesas y sabemos que todo se ha cumplido y se cumple en nuestras vidas desde el momento en que el Espíritu Santo descendió en nuestros corazones y nos ayuda a llamar a Dios ¡Abba! ¡Padre! Porque lo que Él le prometió a los apóstoles se cumplió y se sigue cumpliendo en aquellos que tienen el corazón dispuesto para vivir Su Camino, Su Vida, y por ellos nos envió el Espíritu Santo desde el Seno del Padre.
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros".
sábado, 9 de mayo de 2026
Si el mundo os odia
Lectio Divina. Basílica Nuestra Señora del Carmen Coronada.
El odio del mundo.» Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros”. El cristiano que sigue a Jesús está llamado a vivir al revés de la sociedad. En un mundo organizado desde intereses egoístas de personas y grupos, quien procura vivir e irradiar el amor será crucificado. Este fue el destino de Jesús. Por esto, cuando un cristiano o una cristiana es muy elogiado/a por los poderes de este mundo y es exaltado/a como modelo para todos por los medios de comunicación, conviene desconfiar siempre un poco. “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo”. Fue la elección de Jesús lo que nos separó. Y basándonos en esta elección o vocación gratuita de Jesús tenemos la fuerza para aguantar la persecución y la calumnia y podremos tener la alegría en medio de las dificultades.
El siervo no es más que su señor. “El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi palabra, también la vuestra guardarán”. Jesús había insistido en este punto en el lavatorio de los pies (Jn 13, 16) y en el discurso de la Misión (Mt 10, 24-25). Y esta identificación con Jesús, a lo largo de los siglos, dio mucha fuerza a las personas para seguir su camino y fue fuente de experiencia mística para muchos santos y santas mártires.
Persecución por causa de Jesús. “Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.” La insistencia repetida de los evangelios en recordar las palabras de Jesús que pueden ayudar a las comunidades a entender el porqué de las crisis y de las persecuciones, es una señal evidente de que nuestros hermanos y hermanas de las primeras comunidades no tuvieron una vida fácil. Desde la persecución de Nerón en el 64 después de Cristo hasta el final del siglo primero, vivieron en el temor de ser perseguidos, acusados, encarcelados y de morir en cualquier momento. La fuerza que los sostenía era la certeza de que Jesús estaba en medio de ellos.
viernes, 8 de mayo de 2026
Unidos en el mismo Espíritu
Finalizado el primer concilio de Jerusalén realizado por los apóstoles por el tema de la circuncisión (controversia que aconteció ya en los primeros años de la Iglesia) envían una carta a las comunidades nacidas entre los gentiles. En esta carta me ha gustado, entre otros, este texto:
"Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras, desconcertando vuestros ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo".
"Algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alborotado con sus palabras..."
Lo repito porque, en realidad, son estas palabras las que me han resonado en los oídos. Y es, actualmente, una realidad que se sigue sumando en nuestra Iglesia: no son pocos los que usan de "su sabiduría" para sembrar la discordia, para hacer una nueva teología, un nuevo magisterio, queriendo tener siempre la verdad acerca de lo revelado y dejan de lado lo que, en verdad, ya ha sido revelado. Todo eso sin darse cuenta que la sabiduría del hombre no es nada frene a la sabiduría de Dios, quien a pesar de los desvíos de los hombres nos ayuda siempre a encontrar el camino de la Verdad que nos conduce a la Vida.
Por eso, los apóstoles siguieron diciendo:
"Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables..."
Cuando dejamos, verdaderamente, al Espíritu Santo que nos oriente descubriremos que la sabiduría humana no es la que debemos escuchar, sino que debemos dejarnos influenciar por los soplos del Espíritu que es quien guía y dirige a Su Iglesia por medio de sus mejores instrumentos.
Está claro que, para muchos, la autoridad no es un valor en nuestra Iglesia y por eso actúan fuera de lo que la autoridad legítimamente constituida nos va diciendo, y, sin quererlo por no aceptar sus palabras van aportando otros caminos que no nos llevan a la Gracia de la Vida de Cristo. Y, en realidad, es la obediencia la que nos ayudará a conseguir esa Gracia que necesitamos para transitar este Camino que Jesús nos ha dejado marcado, pues así como Él lo vivió nos llama a vivirlo a nosotros.
«Este es mí mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando".
jueves, 7 de mayo de 2026
El Camino de la alegría
"Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud".
¿Cuál es la alegría de Jesús? Según sus palabras su alegría está en vivir en el Padre y haciendo lo que ha visto hacer al Padre, es decir su vida no pasa por sus propios gustos sino por lo que el Padre le ha enseñado vivir, por eso no esconde cuál es su camino: mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre. Y esa es su alegría permanente que se encuentra en la coherencia de su vida, sabiendo que su vida no es suya sino que le ha sido dada y, por eso mismo, nos enseña a nosotros que nuestra vida también nos ha sido dada, y, por supuesto, Él la ha dignificado devolviéndonos la filiación divina con su obediencia hasta la muerte y muerte en cruz.
Cuando Jesús nos habla de cómo Él ha vivido y cuál ha sido el ideal de su vida nos va dando la pista para saber cómo alcanzar, también, nosotros esa misma alegría. Y, tomando sus propias palabras, saber que la alegría que Él nos presenta no es la alegría que nos da el mundo, sino que es una alegría más profunda y plena que surge de la configuración de nuestra propia vida con su vida.
Por eso, antes de hablarnos de la alegría nos dice, y nos invita a vivir de una manera plena y diferente a la del mundo, diciéndonos:
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor".
El amor del Padre ha sido tan inmenso y confiado que le pidió al Hijo el mayor de los sacrificios, un sacrificio que el Hijo aceptó y por eso "se anonadó a sí mismo y tomó la condición de hombre, haciéndose igual a nosotros en todo menos en el pecado", y así nos fue mostrando el camino que no sólo es conocerlo, sino que es un camino de vida y plenitud:
"Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor".
Este es el Camino que nos conduce a la vida en el Amor del Padre, el Camino que nos conduce a la Vida en el Amor del Hijo, y que, como Él nos dice, el Camino que nos conduce a la alegría plena de nuestra vida en Él.
miércoles, 6 de mayo de 2026
Permanecer en la Vid
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros".
Es Su Palabra la que, si la dejamos, nos purifica y nos transforma y nos une a Él para poder comenzar una Vida Nueva. Una Vida Nueva que no está alimentada por otra savia que no sea la Gracia Divina que, poco a poco va transformando nuestra vida y nos va haciendo a su imagen y configurando nuestro estilo de vida según la Voluntad del Padre.
Por eso es indispensable mantenernos fieles a esa Vida que se nos ha dado porque no podemos crecer y madurar si no estamos en una permanente "conexión" con el Señor.
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí".
Claro es que el permanecer en el Señor, es vivir en Fidelidad no significa estar siempre en el mismo lugar, hacer siempre las mismas cosas, porque ha medida que el sarmiento va recibiendo la savia de la Vid, ese sarmiento crece, cambia, mejora, y finalmente produce fruto, luego es podado para que tenga más fuerza y siga produciendo más fruto.
Es cierto que el sarmiento no tiene libertad para crecer y madurar, lo cual sí tenemos nosotros, por eso Jesús nos pide, repetidas veces, que permanezcamos en Él, así que es una decisión constante, diaria el buscar el permanecer en Cristo.
¿Cómo permanecemos en Él?
Por medio de la oración sabiendo que el diálogo con el Señor nos mantendrá con el oído atento a Su Voluntad, que Él nos enseñará cómo ser Fiel como lo fue Él a la Voluntad del Padre.
La meditación y reflexión de la Palabra de Dios es, también, un medio seguro para escuchar al Padre y saber cómo vivir como el Hijo, pues en ese Hijo hemos sido convertidos en hijo, y así sabremos como Jesús pudo permanecer en el Padre, pues, como dice el escritor "siendo hijo aprendió, por medio del sufrimiento, a obedecer" y así nos alcanzó con su obediencia hasta la muerte en Cruz la gracia de la filiación divina.
Y, por supuesto, los sacramentos de la reconciliación y la Eucaristía nos mantienen unidos a Cristo, a la Vida Verdadera, para que siempre estemos alimentados por la Gracia y por la Vida del Hijo.
Así, permanecer en Cristo no es quedarnos sentados en un sofá viendo pasar la vida, sino buscar constantemente el estar unidos a Él para vivir como Él, para ser parte de Él y así producir en nuestra vida los frutos que el Padre quiere y que el mundo necesita de los hijos de Dios.
martes, 5 de mayo de 2026
La Paz de Jesús
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde...".
No es la paz del mundo la que nos da Jesús, sino su propia paz que es la búsqueda constante de la Voluntad del Padre, vivir en su Voluntad es lo que le da a nuestra vida la paz verdadera. La paz del mundo es la que muchas veces queremos experimentar, y muchos viven, que es la quietud, el estar tranquilos y no tener nada por lo que preocuparse, vivir con salud y sin ningún problema.
Aunque la paz del cristiano tiene algo parecido porque todo lo dejamos en manos del Padre y nos ocupamos de lo que Él nos pida, por eso también deberíamos vivir sin pre-ocuparnos de las cosas pues sólo nos toca ocuparnos de lo que sea Su Voluntad. Podemos estar tranquilos mientras nos ocupamos de seguir Su Camino que es la entrega cotidiana de nuestra vida ya sea en la oración, la acción, o el sacrificio, pues nuestra misión es consagrar nuestro día a Él para que todo sea para Él, por Él y con Él.
Y todo sabiendo que nunca estaremos quietos sino que nuestra vida será un actuar en nombre de Dios, y por eso no habrá quietud en nuestra alma porque siempre estará buscando escuchar al Padre para saber qué debe hacer, sabiendo que todo lo que haga no quedará sin recompensa y todo lo que acepte sea cruz o gozo será para gloria de Dios.
Así lo enseñaba también san Pablo a las nuevas comunidades:
"Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios".
De este modo no debemos preocuparnos ni dejar que se turbe nuestro corazón por lo que nos pueda suceder o por lo que el Padre nos pueda pedir porque sabemos que todo será para nuestro bien y el de su Cuerpo que es la Iglesia, así el Camino de la Vida será en la paz que su Gracia nos de por haber aprendido a vivir en Él.
lunes, 4 de mayo de 2026
Nos enviará su Espíritu
Homilía de San Gregorio Magno, papa y doctor e la Iglesia (s. VI)
«Mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada». Pensad en ello, hermanos muy amados, ¡Qué fiesta recibir a Dios en la morada de nuestro corazón! Si un amigo rico y poderoso quisiera entrar en tu casa, obviamente, limpiarías toda la casa, para que nada le molestara al entrar. Lo mismo quien prepara para Dios la morada de su alma, limpia la suciedad de sus malas acciones.
Fíjate bien lo que dice la Verdad: «vendremos y haremos en su casa nuestra morada». Porque Dios puede pasar por el corazón de algunos sin hacer su casa.
Cuando tienen remordimientos, ven bien la mirada de Dios; pero cuando viene la tentación, olvidan el propósito de su anterior arrepentimiento y caen en sus pecados, como si nunca los hubieran llorado. Por el contrario, en el corazón de quien verdaderamente ama a Dios, que observa sus mandamientos, el Señor viene y hace su casa, porque el amor de Dios le llena tanto que no se aparta de este amor en el momento de la tentación. Por lo tanto aquel cuya alma no acepta ser dominada por un mal placer, ama verdaderamente a Dios de aquí esta precisión: «Aquellos que no me aman, no guardan mis palabras». Examinaros cuidadosamente, queridos hermanos; Preguntaros si realmente amais a Dios. Pero no os fiéis de la respuesta de vuestro corazón sin compararlo con vuestras acciones.
«El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis lo que yo os he enseñado.» (cf Jn 14, 26)
El Espíritu os enseñará todo. Porque si el Espíritu no toca el corazón de los que escuchan, la palabra de los que enseñan sería vana. Que nadie atribuya a un maestro humano la inteligencia que proviene de sus enseñanzas. Si no fuera por el Maestro interior, el maestro exterior se cansaría en vano hablando.
Vosotros todos que estáis aquí, oís mi voz de la misma manera; y no obstante, no todos comprendéis de la misma manera lo que oís. La palabra del predicador es inútil si no es capaz de encender el fuego del amor en los corazones. Aquellos que dijeron: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 32) habían recibido este fuego de boca de la misma verdad. Cuando uno escucha una homilía, el corazón se enardece y el espíritu se enciende en el deseo de los bienes del reino de Dios. El auténtico amor que le colma, le provoca lágrimas y al mismo tiempo le llena de gozo. El que escucha así se siente feliz de oír estas enseñanzas que le vienen de arriba y se convierten dentro de nosotros en una antorcha luminosa, nos inspiran palabras enardecidas. El Espíritu Santo es el gran artífice de estas transformaciones en nosotros.
domingo, 3 de mayo de 2026
Un linaje elegido
"Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”?
Muchas veces nos encontramos, o nos pasa, que no terminamos de entender, aceptar o creer en las cosas de nuestra vida cristiana. Necesitamos como más explicaciones, más teorías, más datos o libros para leer para poder entregarnos por completo. Y, realmente, es como la pregunta de Felipe al Señor: Señor, todavía no entendemos, puedes hablarnos mas? Es que hace tanto tiempo que eres cristiano y todavía no has entendido nada? Puede ser una respuesta del Señor a nosotros.
Y es posible que después de tantos años no hayamos entendido nada del cristianismo y nos quedemos sólo en preceptos y mandamientos, y cosas por cumplir, sin haber llegado a vivir lo que el Señor nos ha mostrado con su propia vida.
Por eso, san Pedro, nos ayuda a mirar nuestra vida desde la vocación que hemos recibido por parte del Señor (y digo vocación no en el sentido de ser sacerdote, religioso o religiosa):
"Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa".
Todos los creyentes en Cristo y que hemos recibido el Espíritu Santo por el bautismo somos un linaje elegido, un sacerdocio real. Y ¿qué significa esto? Tenemos un espíritu que nos llena la vida y es el Espíritu Santo quien nos confiere los Dones necesarios para poder atravesar las ideas del mundo y llegar a las cosas de Dios, capaces de aceptar y vivir el Reino aquí en la tierrra porque hacemos Su Voluntad como la hacen en el cielo, y por eso mismo somos un reino de sacerdotes que interceden por la salvación del mundo y llevan con su vida la Luz de Dios para disipar las tinieblas del pecado y mostrar el camino de la salvación.
sábado, 2 de mayo de 2026
Llevar Vida
"La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio".
No es de ahora, sino que es desde siempre, que cuando algo no nos gusta o disgusta hacemos lo posible para que nadie "caiga ne la trampa", o para que todos piensen igual que yo. Es lo que se llama sembrar cizaña unos contra otros, intentar que lo que no ha sido bueno o que no quiero hacer o creer tampoco lo sea para otros.
Los judíos se enfadaron porque al no creer en la Palabra Pablo y Bernabé, inspirados por el Espíritu Santo, comenzaron a predicar a los gentiles, por eso comenzó contra ellos una persecución.
Y ¿cuál fue la actitud de Pablo y Bernabé? Algo que ya le había dicho el Señor a los 12: "Si alguno no os recibe o no escucha vuestras palabras, al salir de su casa o de la ciudad, sacudid el polvo de los pies. En verdad os digo que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra, que a aquella ciudad".
"Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo".
Ante la adversidad, ante las amenazas y las persecuciones no tenemos que tomar partido sino que sólo debemos actuar como Jesús nos dice y confiar en que el Espíritu Santo nos dará fuerzas para seguir con nuestra misión sea cual sea. Pero no hay que amedrentarse por las amenazas del mundo sino encontrar la fortaleza en las Palabras del Señor.
Esto porque Jesús sabe que no todos los corazones de los hombres estarán dispuestos a creer y al creer a cambiar de vida, sino que siempre habrá corazones cerrados y duros, y habrá otros que ante tal dureza eleven la voz para atacar no sólo la Palabra de Dios, sino a sus instrumentos y mensajeros. Y, así, a lo largo de la historia la vida de la Iglesia ha sido fortalecido con la sangre y la vida de tantos santos mártires y con la palabra de los santos que dieron su vida por el Evangelio.
Pidamos siempre tener la misma fortaleza y disposición para ser Fieles Servidores de la Vida que el Señor nos ha regalado y nos ha pedido llevar al mundo.
viernes, 1 de mayo de 2026
Os prepararé un lugar
Homilía de San Ambrosio, obispo (s. IV)
El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo.
Caminemos intrépidamente hacia nuestro Redentor, Jesús; caminemos intrépidamente hacia aquella asamblea de los santos, hacia aquella reunión de los justos. Pues nos encaminaremos al encuentro con nuestros padres, al encuentro con los preceptores de nuestra fe: y si tal vez no podemos exhibir obras, que la fe venga en ayuda nuestra y la heredad nos defienda. Porque el Señor será la luz de todos; y aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Nos encaminaremos allí donde el Señor Jesús preparó estancias para sus humildes siervos, para que donde él esté estemos también nosotros. Tal fue su voluntad.
Cuáles sean esas estancias, óyeselo decir a él mismo: En casa de mi Padre hay muchas estancias. Y ¿cuál es su voluntad? Volveré —dice— y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.
Pero me objetarás que hablaba únicamente a los discípulos, que sólo a ellos les prometió las muchas estancias. Entonces, ¿es que sólo las preparaba para los Once? Y ¿cómo se cumplirá aquello de que vendrán de todas partes y se sentarán en el reino de Dios? ¿Es que podemos dudar de la eficacia de la voluntad divina? Pero, en Cristo, querer y hacer son una misma cosa. Seguidamente les señaló el camino, les indicó el sitio, diciendo: Y donde yo voy, ya sabéis el camino.
El lugar: junto al Padre; el camino: Cristo, como él mismo dijo: Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.Adentrémonos por este camino, mantengamos la verdad, vayamos tras la vida. Es camino que conduce, verdad que confirma, vida que se entrega.
Y para que conozcamos sus verdaderos planes, al final del discurso añade: Padre, éste es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria. Padre: esta repetición es confirmatoria, lo mismo que aquello: ¡Abrahán, Abrahán!
Y en otro lugar: Yo, yo era quien por mi cuenta borraba tus crímenes. Bellamente pide aquí lo que antes había prometido. Y este primero prometer y luego pedir, y no a la inversa, primero pedir y luego prometer, es un prometer como árbitro del don, consciente de su propio poder; pide al Padre como intérprete de la piedad. Prometió primero, para que conozcas su poder; luego pidió, para que caigas en la cuenta de su piedad. No pidió primero y luego prometió, para que no pareciera que prometía lo que previamente había impetrado, más bien que otorgaba lo que antes había prometido. Ni consideres superfluo que pidiera, pues de esta manera te expresa su comunión con la voluntad del Padre, lo cual es una prueba de unidad, no un aumento de poder.
Te seguimos, Señor Jesús; pero llámanos para que podamos seguirte, ya que sin ti nadie puede subir. Porque tú eres el camino, la verdad, la vida, la posibilidad, la fe, el premio. Recibe a los tuyos como el camino, confírmalos como la verdad, vivifícalos como la vida.