“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.
A veces no entendemos el por qué tenemos que cumplir los mandamientos y buscar el vivir de acuerdo con las enseñanzas de Jesús. No comprendemos o no queremos comprender por qué tenemos que unir nuestra vida a estas enseñanzas.
Por un lado sólo es una exigencia para aquellos que, libre y conscientemente, han asumido ser cristianos, pues si no quieres ser cristiano no debes vivir las exigencias del Evangelio, eso está claro. Pero si quieres recibir los beneficios de la Gracia de estar unido a Cristo es una condición vivir como Cristo.
Pero, en realidad, lo que quiero es que sepamos cuál es la consecuencia de todo lo que Jesús nos ha mandado vivir: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Que nuestra alegría llegue a plenitud, ese es el resultado de aprender a vivir como Jesús, una alegría que no es de este mundo, una paz que no es de este mundo porque la alegría y la paz nos la da Él cuando nos unimos plenamente a Él.
Por eso, para alcanzar esa plenitud debemos entrar en una comunión intensa y constante con el Señor, con el Padre y recibir por eso y para eso los Dones del Espíritu que nos enseñan, nos animan y nos fortalecen para mantenernos fieles al Camino que nos conduce a la plenitud de la vida.
Es Él mismo quien nos da la fórmula para alcanzar esta plenitud pues unidos a Él con verdadera amistad podremos vivir lo que Él mismo vivió:
“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca”.
Así, a medida que vamos profundizando en esta amistad vamos entrando en comunión con Él y Él con nosotros, haciendo que nuestra vida ya no sea pertenencia nuestra sino que sea pertenencia de Él, para que un día podamos, como san Pablo, decir: “ya no soy yo quien vive en mí, sino que es Cristo quien vive en mí”, y ese día será cuando nuestra alegría y vida llegue a su plenitud.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.