jueves, 21 de mayo de 2026

Que sean Uno

"En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, oró, Jesús diciendo":
A veces, cuando estamos cansados, agobiados o vemos que nos enfrentamos a algo complicado o difícil, levantamos los ojos al cielo para buscar ayuda en algo más allá de nosotros mismos. Jesús sabía que para poder pedirnos lo que nos iba a decir tenía que pedirle al Padre la fuerza para que nosotros pudiéramos, no sólo aceptar el desafío, sino llevarlo a cabo. Y junto con el mandamiento del amor (que va implícito en este mensaje y existencia) el llegara a la unidad como Iglesia, como comunidad, como hermanos, es lo más difícil que nos ha pedido vivir Jesús.
«No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".
Cuando escuchamos este camino que nos presenta Jesús: la unidad entre nosotros para que el mundo crea, siempre, o casi siempre, pensamos que la culpa no la tengo yo sino los otros que no saben aceptarme a mí. O cuando hablamos de vivir el amor fraterno también pensamos lo mismo: la culpa la tiene fulanito porque no me hace la vida fácil. Lo mismo del perdón o de saber perdonar, etc. Nunca vemos nuestros errores ni nos sometemos al mismo juicio al que sometemos a los demás, sino que siempre salimos liberados de la culpa e, incluso, nos permitimos tener derecho de juzgar, condenar y sentenciar a los demás por esto o por aquello.
Y así, día a día, vamos destruyendo lo más valioso que tenemos o que Jesús quiere que vivamos: la unidad en el amor, pero la verdadera unidad en el amor fraterno, y, por eso, Él levantaba los ojos al Cielo porque sólo el Padre puede darnos la fortaleza para convertir nuestros corazones, aunque, la llave para abrir el corazón a la Gracia de la conversión la tenemos nosotros, y del lado de adentro del corazón. Aunque el Padre quiera con todas sus fuerzas convertir nuestro corazón a Su Amor y al amor de los hermanos, si no nos disponemos a vivirlo será imposible.
Así, cada uno, apoyados en nuestras propias convicciones y creyéndonos mejores unos que otros vamos endureciendo nuestros corazones a la conversión, y nos vamos dividiendo cada día más a costa de provocar el escándalo para aquellos que buscan un testimonio claro del amor en la comunidades cristianas.
¿Quién tiene que convertir su corazón y pedir perdón? Primero yo para que pueda ver el esfuerzo que implica, y que si lo deseo y me abro a la Gracia podré descubrir en el otro un hermano a quien amar y a quien pedirle perdón por todo lo que he cometido: "perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden", pero a veces sólo son palabras al aire que no calan en nuestro corazón.

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