"Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno.
No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad».
La Palabra de Dios, si la dejamos penetrar en nuestro corazón, no sólo en nuestra cabeza, es la que nos va santificando y configurando con la Vida que el Padre quiere que vivamos para alcanzar la salvación. Es la Palabra la que nos va indicando el Camino que hemos de recorrer y la que nos enseña cómo vivir en el mundo sin ser del mundo, pues así como la Palabra nos santifica en la Verdad a nosotros, así nuestro testimonio ilumina las oscuridades del mundo para que los hombres puedan alcanzar la salvación.
Por eso, Jesús, rogaba al Padre para que nos saque del mundo sino que nos preserve del maligno para que la Luz que Él dejó en nosotros no se apague con las tentaciones ni con las caídas, sino que esa Luz que procede de la Palabra y del Espíritu sea la que muestra el Camino de la Vida. Porque algo que no tenemos que olvidarnos es que no somos la Luz, ni la Verdad, ni la Vida, sino que somos testigos de la Luz, de la Verdad y de la Vida, y por eso nuestro testimonio tiene que ser verdadero, de lo contrario indicaremos un camino que no conduce a la vida sino a la muerte.
Así lo pedía Jesús al Padre y nos lo comunicaba a nosotros:
"Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo para que también ellos sean santificados en la verdad".
miércoles, 20 de mayo de 2026
Santificados por la Palabra
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