Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Sobre la fe a Pedro
Los sacrificios de víctimas carnales, que la Santísima Trinidad,
el mismo y único Dios del antiguo y del nuevo Testamento, había mandado a nuestros
padres que le fueran ofrecidos, significaban la agradabilísima ofrenda de aquel
sacrificio en el cual el Hijo de Dios había de ofrecerse misericordiosamente según
la carne, él solo, por nosotros. Él, en efecto, como nos enseña el Apóstol,
se entregó por nosotros a Dios como oblación de suave fragancia. Él es el verdadero
Dios y el verdadero sumo sacerdote, que por nosotros penetró una sola vez en el
santuario, no con la sangre de toros o de machos cabríos, sino con su propia sangre.
Esto es lo que significaba el sumo sacerdote del antiguo Testamento cuando entraba
con la sangre de las víctimas, una vez al año, en el santuario.
Él es, por tanto, el que manifestó en su sola persona todo lo
que sabía que era necesario para nuestra redención; él mismo fue sacerdote y
sacrificio, Dios y templo; sacerdote por quien fuimos absueltos, sacrificio con
el que fuimos perdonados, templo en el que fuimos purificados, Dios con el que
fuimos reconciliados. Pero él fue sacerdote, sacrificio y templo sólo en su
condición de Dios unido a la naturaleza de siervo: no en su condición divina
sola, porque bajo este aspecto todo es común con el Padre y el Espíritu Santo.
Debemos, pues, retener firmemente y sin asomo de duda que el
mismo Hijo único de Dios, la Palabra hecha carne, se ofreció por nosotros a Dios
en oblación y sacrificio de agradable olor: el mismo al que, junto con el Padre
y el Espíritu Santo, los patriarcas, profetas y sacerdotes del antiguo
Testamento sacrificaban animales; el mismo al que ahora, en el nuevo Testamento,
junto con el Padre y el Espíritu Santo, con los que es un solo Dios, la santa
Iglesia católica no cesa de ofrecerle, en la fe y la caridad, por todo el orbe
de la tierra, el sacrificio de pan y vino. Aquellas víctimas carnales
significaban la carne de Cristo, que él, libre de pecado, había de ofrecer por
nuestros pecados, y la sangre que para el perdón de ellos había de derramar;
pero en este sacrificio se halla la acción de gracias y el memorial de la carne
de Cristo, que él ofreció por nosotros, y de la sangre, que el mismo Dios
derramó por nosotros. Acerca de lo cual dice san Pablo en los Hechos de los
apóstoles: Tened cuidado de vosotros y del rebaño que el Espíritu Santo os ha
encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la
sangre de su Hijo.
Por tanto, los antiguos sacrificios eran figura y signo de lo
que se nos daría en el futuro; pero en este sacrificio se nos muestra de modo
evidente lo que ya nos ha sido dado.
Los sacrificios antiguos anunciaban por anticipado que el
Hijo de Dios sería muerto en favor de los impíos; pero en este sacrificio se
anuncia ya realizada esta muerte, como lo atestigua el Apóstol, al decir:
Cuando estábamos nosotros todavía sumidos en la impotencia del pecado, murió
Cristo por los pecadores, en el tiempo prefijado por el Padre; y añade: Siendo
enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo.
viernes, 8 de abril de 2022
Se entregó por nosotros
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