Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, así lo quiso el Padre y así Él lo vivió, porque un Sacerdote es el mediador entre Dios y los Hombres, y Jesús lo fue en extremo pues Él fue fiel a la Palabra del Padre, y Él vivió la Palabra del Padre cuando en el Salmo dice:
"Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides sacrificio expiatorio. Entonces yo digo: «Aquí estoy – como está escrito en mi libro para hacer tu voluntad». Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas".
El Sacerdote ofrecía en el Templo sacrificios expiatorios por los pecados del pueblo, pero Jesús no sólo ofreció sacrificios, sino que Él se hizo Sacrificio por nuestros pecados, para que alcanzáramos la Vida Eterna, para darnos una Nueva Vida, libre de las ataduras del pecados para vivir en Fidelidad a la Voluntad del Padre.
Y así por su ofrecimiento en el altar de la Cruz no sólo Él se hace sacrificio, sino que nos invita a todos los que hemos sido ungidos como sacerdotes reales, en el agua bautismal, a entregarnos, día a día, como Hostias Vivas en el Altar de Dios, para la conversión, primero de nosotros mismos, y luego de todos los hombres, para que alcancen y alcancemos la Salvación de nuestras almas.
Así, Jesús, como Sumo y Eterno Sacerdote, diariamente se vuelve a ofrecer al Padre en el Altar de la Eucaristía, pues vuelve a entregarse por nosotros y, por las palabras y las manos del sacerdote ministerial, se hace presente en el Pan y el Vino y se nos da como Alimento Vivo y Eterno, para que nuestras vidas alimentadas por Él puedan ser ofrecidas a Dios.
"Y, tomando pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: -«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con la copa, diciendo: -«Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros».
Cada vez que nos sentamos a la Mesa del Altar, nos sentamos junto a Jesús, presente en la persona del sacerdote, que viene a nuestro encuentro en Su Palabra, en la Acción de Gracias, y a darse como Alimento de Vida, para consagrarnos y santificarnos haciéndonos así Hombres Nuevos, instrumentos en las manos del Padre para la transformación y la salvación del mundo; para que, como sacerdotes, seamos mediadores entre Dios y los Hombres, entre los Hombres y Dios.
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