Nos dice el apóstol Santiago:
"Queridos hermanos: ¿De dónde proceden los conflictos y las luchas que se dan entre vosotros? ¿No es precisamente de esos deseos de placer que pugnan dentro de vosotros? Ambicionáis y no tenéis, asesináis y envidiáis y no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer a vuestras pasiones".
En nuestro creernos adultos y mayores nos olvidamos que el pecado original reside en nosotros, que no siempre buscaos la voluntad de Dios, sino que el pecado nos hace buscar nuestra propia voluntad. Por que claro, ¿quién me va a decir a mí lo que quiero y lo que puedo hacer si ya tengo edad suficiente para saber lo que quiero? Y es cierto, cada uno, dentro de sus capacidades sabe qué es lo que quiere, pero, aquí viene la diferencia: hemos optado por ser cristianos, hijos de Dios, y eso marca la diferencia en nuestro pensar y obrar.
Por que al aceptar ser cristianos hemos aceptado la vocación a la santidad y, a la santidad llegamos porque el Padre nos conduce y nos lleva, nos sostiene y nos fortalece con su Espíritu, siempre y cuando seamos Fieles a Su Voluntad y no a la nuestra. Es por eso que San Pablo habla siempre de "una lucha entre la carne y el espíritu", entre lo que yo quiero y lo que yo debo, entre lo que tengo ganas y lo que Dios me pide.
Ante esta realidad hoy Jesús nos presenta el camino más difícil para nosotros, los adultos: la infancia espiritual, el reconocernos pequeños ante Dios, para que podamos aceptar con humildad y confianza lo que el Padre nos pide vivir, por que sabemos que lo que Él nos muestra como Camino es el mejor camino para nosotros, es el Camino que nos conduce a la Vida, es el Camino en el cual Él, nuestro Padre, nos lleva "sobre alas de águila" hasta el final del recorrido.
"Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: -«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: -«El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».
Es el deseo de todo hombre nacido (varón y mujer) tener poder, poder sobre mí, poder sobre los demás, poder sobre las cosas; y por eso surgen las enemistades, las discordias, las peleas, las guerras: el apetito de poder. Y frente a ese desorden en el hombre por el pecado original, Jesús nos presenta el punto contrario: si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos.
Y ese es el mejor de los caminos, no creernos grandes simplemente porque cumplimos años, sino hacernos pequeños en brazos del Padre para que Él nos conduzca por el camino de la santidad, y nos de la Gracia de ser Fieles Instrumentos en Sus Manos.
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