domingo, 8 de mayo de 2016

Después de la ascención

"Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. 
Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios".
Después que Jesús asciende a los Cielos los discípulos "volvieron a Jerusalén con gran alegría", una hermosa sensación para recordar y tratar de imitar cada día que nos encontramos con Jesús. ¿Por qué volvieron alegres a Jerusalén? Porque habían visto cumplidas las promesas y las palabras de Jesús, palabras que, como decían los discípulos de Emaús "hacían arder el corazón", palabras que encendidas por el fuego del Espíritu los hicieron entregar su vida en todo momento.
Esa es también nuestra realidad: saber que las Palabras del Señor son Verdad y Vida, y que, con la fuerza del Espíritu Santo se hacen vida en nosotros, y, nosotros, como los apóstoles hemos de seguir encendiendo la llama de la Fe, con alegría, con esperanza, con convicción, porque, como dice San Pablo:
"Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza".
Hemos sido iluminados y si lo seguimos a Cristo es porque sabemos cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados, confiamos en Su Palabra y en Su Amor, y queremos y deseamos compartir con nuestros hermanos "la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros".
Él ha ascendido a los Cielos, pero nos ha dejado a nosotros para que traigamos el Cielo a la Tierra, para que viviendo en la esperanza y según Su Voluntad, podamos hacer que el Reino vengo a la Tierra como rezamos cada día: "venga a nosotros tu reino", un Reino de Paz, de Verdad, de Justicia, pero, fundamentalmente de fraternidad, un Reino de personas que se aman porque han gustado y experimentado el Amor de Dios.
El altar de la eucaristía es el monte de la ascensión, por eso cada vez que nos encontramos con Jesús nos alimentamos con Su Vida, para que, al volver a nuestras casas, llevemos la alegría de sabernos unidos a Él en cuerpo y alma, y por el camino vayamos sembrando los frutos de esa alegría pascual.

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