Recién leía en el Eclesiástico:
"Si a un hombre le concede Dios bienes y riquezas y la capacidad de comer de ellas, de llevarse su porción y disfrutar de sus trabajos, eso sí que es don de Dios. No pensará mucho en los años de su vida si Dios le concede alegría interior".
Y San Jerónimo haciendo referencia a estos pasajes dice:
"El preferible entender estas afirmaciones como referidas al hombre eclesiástico, el cual, instruido en las Escrituras santas, se fatiga para la boca, y el estómago no se llena, porque siempre desea aprender más. Y en esto sí que el sabio aventaja al necio; porque, sintiéndose pobre (aquél pobre que es proclamado dichoso en el Evangelio), trata de comprender aquello que pertenece a la vida, anda por el camino angosto y estrecho que lleva a la vida, es pobre en obras malas y sabe dónde habita Cristo, que es la vida".
Nos fatigamos mucho todos los días conquistando cosas que no llenan el alma y no nos dan la alegría que buscamos, que es la alegría interior. Así, cada día, volvemos a comenzar la búsqueda sin saber que lo que buscamos no está en las cosas que compramos, sino en los valores que conservamos y logramos conseguir en nuestra vida espiritual.
En la relación constante y cotidiana con Dios, Nuestro Señor, descubrimos el Camino hacia la alegría interior, hacia aquello que buscamos sin saberlo pero que siempre lo hemos tenido delante, y dentro de nuestro corazón: la paz y la alegría gozosa que nos da el sabernos hijos, pues esa alegría es la que ilumina todo lo que vivimos haciendo que, aunque haya espinas y tormentas, siempre confiamos en la rosa que florece y en el sol que despunta en un nuevo día.
Las cosas que compramos con dinero siempre desaparecen, de una u otra forma no son las que nos dan una alegría constante y segura, pues al momento de comprarlas y de usarlas ya se desgasta el entusiasmo y otra vez hemos de buscar algo más que nos motive o nos llene de alegría, que sólo es pasajera.
Así dice San Jerónimo:
"Y, después de todo esto, nunca se sacia el alma del que come: ya porque vuelve a desear lo que ha comido (y tanto el sabio como el necio no pueden vivir sin comer), ya porque el alma ningún provecho saca de este alimento corporal, y la comida es igualmente necesaria para el sabio que para el necio".
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