Dice Jesús:
"Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»
¿Cuál fue la alegría de Jesús? Si uno mira su vida, y generalmente la vemos siempre, nos quedamos, las más de las veces, con lo que ha tenido que padecer por nosotros, por nuestros pecados. Llegar al final de su vida y ser condenado injustamente, castigado y crucificado, para morir en la soledad de la Cruz. Eso no es alegría. Es lo que pensaríamos. O, mejor, muchas veces pensamos que lo que nos exige el evangelio no es vivir en la alegría.
Pero podríamos hacer un paralelismo y poner esta alegría en la misma línea que aquella frase de hace unos días: "os doy mi paz, pero no como la que os da el mundo". Nuestra alegría y nuestra paz no es como la que nos da el mundo, es decir, no son pasajeras, sino que son eternas, son reales, son las que brotan de la presencia de Dios en nuestras vidas, y de la coherencia de nuestro vivir con nuestro creer.
La alegría de Jesús, la alegría de Dios, trasciendo todo nuestro vivir y todo nuestro ser, porque es un deseo de plenitud de nuestro ser, de lo más íntimo que hay en nosotros, que, generalmente, no nos ponemos a discernir porque nos quedamos en el actuar, en el parecer, y no llegamos a mirar nuestro ser, no llegamos a discernir qué es lo que el Padre Dios quiere que "seamos".
Cuando sólo nos quedamos en el parecer cada día, en cada instante, estamos como realizando un papel, como actuando, poniéndonos una careta depende la situación que nos toca vivir. Y hay muchos que se creen que ese rol actoral es verdadero, o que la gente se cree lo que están actuando. Pero cuando se quitan la máscara por las noches se sienten solos, se encuentran con la soledad de aquél que hizo reír a mucha gente pero que no tiene dentro de sí la alegría plena del que se ha encontrado a sí mismo y busca cada día su propio Ideal.
Jesús nos plantea un papel protagónico en nuestra vida y nos da la clave para que al final del día, y, sobre todo, al final de nuestra vida podamos vivir y sentir la alegría del vivir. Y nos lo ofrece porque Él lo vivió, porque Él lo experimentó y así nos lo entrega.
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»
El Amor al Padre es un amor activo, que no sólo ama de sentimiento, sino que ama de acción. Un amor que escucha y obedece, porque sabe que su Palabra es el verdadero camino, que su Palabra es Vida y Sentido. Su Palabra es un Camino que da Sentido a nuestra Vida, por eso Él se hizo Camino, Verdad y Vida, para que nosotros pudiésemos ver que para alcanzar la plenitud de nuestra alegría debíamos recorrer ese mismo Camino iluminados por la Verdad de Su Palabra que llena de Sentido nuestra Vida.
No perdamos nunca de vista hacia dónde vamos porque el recorrido que Jesús nos muestra es el único que nos permite vivir la alegría que deseamos, no como nos la da el mundo, sino aquella que nos da Dios.
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