jueves, 14 de mayo de 2015

Somos apóstoles del Señor, testigos de su resurrección

Nosotros, tú y yo, también, como San Matías hemos sido llamados para ser apóstoles. Sí, a veces penamos que a nosotros no nos toca esa misión de tener que anunciar la Palabra de Dios, la misión de tener que ayudar y amar a los demás, la misión de llevar el consuelo, la paz, la verdad, la justicia. Que eso de tener que ser misioneros, de tener que vivir el amor de Jesús y todas esas cosas del evangelio son para los elegidos y no para todos.
Aunque parezca mentira parece que hoy en día son muchos los que piensan que el apostolado sólo lo tienen que hacer los curas y los religiosos o consagrados. Que el resto de la gente no tiene nada que hacer. Pero, lamentablemente, siempre hay alguien que nos recuerda que todos somos apóstoles, pertenecemos a una Iglesia apóstolica y no sólo por estar asentada sobre la fe de los apóstoles, sino porque todos hemos sido llamados a llevar la Buena Noticia a todos los hombres.
Y, entonces, ¿qué es ser apóstol? Lo define muy bien San Pedro cuando van a ser la elección de uno para cubrir el lugar que dejó Judas Iscariote entre los Doce:
"Hace falta, por tanto, que uno se asocie a nosotros como testigo de la resurrección de Jesús, uno de los que nos acompañaron mientras convivió con nosotros el Señor Jesús, desde que Juan bautizaba, hasta el día de su ascensión.»
"Testigo de la resurrección", es lo más importante de nuestra fe, porque como diría San Pablo: "si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe", por eso lo esencial es creer en la resurrección de Jesús. Si creo entonces voy a más, buscaré y llegaré al encuentro del resucitado para alcanzar una relación personal, como lo hicieron los apóstoles. Una relación personal que para ellos comenzó antes de la resurrección, pero que, también luego pudieron confirmar su resurrección con su presencia real.
El gozo de encontrarnos cada día con el Resucitado es lo que sostiene y fortalece nuestra vida de fe, de entrega, de confianza, de esperanza; es ese gozo el que enciende, con la Gracia del Espíritu, la llama del amor y la llama del anuncio. No podemos anunciar lo que no conocemos ni vivimos, peor tampoco podemos dejar de anunciar el gozo de lo que vivimos porque hemos llegado a conocerlo. ¿Quién puede llegar a ocultar el fuego que arde en un corazón lleno del Amor de Dios? No se puede ocultar, no se puede dejar encerrado un fuego tan fuerte que transforma y convierte los corazones.
Somos testigos, somos apóstoles, cada uno en su propio lugar y en su propia vocación; pero todos anunciamos lo que vivimos. Dejemos que el Espíritu nos lleve a un diálogo íntimo y vivo con el Resucitado para que nuestra vida sea espejo de su Vida.

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