Es hermoso lo que San Pablo nos dice:
"Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos..."
Al escribirle a los Efesios, y ahora a nosotros, San Pablo nos anime a mirar con mayor profundidad nuestra vida como hijos de Dios, como santos en su presencia. Una realidad que la tenemos oculta bajo le vestido humano de todos los días, pues no nos damos cuenta que ya no somos sólo humanos, sino que desde el día de nuestro bautismo somos hijos de Dios, y por eso miembros del Cuerpo de Cristo, hemos recibido la filiación divina gracias a la muerte y resurrección de Jesús, por medio de la cual el Padre nos devolvió la dignidad que el pecado original nos había quitado.
Cuando nos miramos con los ojos de la fe podemos llegar a descubrir que nuestra vida no debe parecerse a la vida del mundo, sino que anhelamos otra vida, la vida celestial aquí en la tierra, pero una vida en plenitud. Por eso nos invita San Pablo a buscar primero los bienes del Cielo, no a andar con la mirada elevada al Cielo sin pisar la tierra, sino que pisando la tierra vivir los valores del cielo.
Es decir, en cada momento de nuestra vida tener en cuenta quiénes somos: hijos de Dios, santos en su presencia, que buscan y anhelan vivir los consejos evangélicos, los valores sobrenaturales de la fe, la esperanza y la caridad, dando muestras que no nos dejamos convencer por la tibieza humana o la mediocridad del mundo, sino que intentamos vivir y, por eso defendemos, los valores que creemos verdaderos. No anteponemos la mirada del mundo a nuestra vida de fe, sino que siendo hombres, varones y mujeres, de fe defendemos con nuestra vida lo que creemos y lo que Jesús nos invita a vivir.
Por eso sigue diciendo San Pablo, más adelante: "Y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud."
Un camino difícil pero no imposible, para el que necesitamos la fortaleza del espíritu y la seguridad que hemos sido llamados a vivir una Vida Nueva que nace del mismo Espíritu y que se manifiesta en nuestra vida de cada día, para lo cual tenemos que tener en cuenta que "ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina, en la trampa de los hombres, que con astucia conduce al error, sino que, realizando la verdad en el amor, hagamos crecer todas las cosas hacia él, que es la cabeza".
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