miércoles, 5 de noviembre de 2014

Renuncio para vivir?

Siempre en hora de la gracia,
¡despierte el alma dormida!
Los cangillones del sueño
van hurtando el agua viva
en la noria de las horas,
de las noches y los días. (Himno del Oficio)
Una vez más el Señor, en su Evangelio, nos sacude del sueño de nuestro ensimismamiento y egoísmo; nos vuelve a recordar las exigencias o condiciones necesarias para poder seguirlo, para vivir la Vida que Él nos propone para alcanzar el Reino:
"En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
-«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío".
Creo que son muchos los días y son muchos los cristianos que nos olvidamos de que este llamado de Jesús tiene estas condiciones y queremos vivir el Evangelio a nuestra medida: tener encendido el candelero a Dios y una vela al mundo, estar con un pie en el cielo y otro en el mundo. Y, al final no renunciamos a nada, porque no tenemos la fuerza suficiente para creer en la Palabra de Dios.
Es decir, decimos que creemos, pero a la hora en que Jesús nos pide dejar todo para seguirlo... No dejamos todo. Siempre nos queda algo a lo que no renunciar, y queremos seguirlo a Jesús con el corazón amarrado a algo, a alguien, o, incluso a mis propios gustos.
¿No creemos que la Palabra de Dios es Verdad? ¿No creemos que las exigencias del evangelio son para todos? Pues en el evangelio queda claro que Jesús le dice esto a "mucha gente que lo acompañaba", no se lo dice sólo a los apóstoles, sino a los apóstoles, al los discípulos, a las mujeres y a los varones, a los grandes y a los pequeños, ¡a todos los que quieren seguirlo!
Por eso más de una vez y dos veces sentimos que ya no tenemos fuerzas para vivir, que la tristeza invade nuestra alma, que Dios no nos da respuestas a nuestras vidas, que ya nada me llena el corazón ¡claro! si lo tienes lleno de tí mismo, si aún no has aceptado el desafío de dejar todo para que sea sólo Dios el Señor de tu vida, para que sea sólo Su Voluntad la que viva en tu corazón. Si tu corazón está lleno de tus proyectos, de tus gustos, de esto y de lo otro, si a nada has renunciado ¿cómo pretendes que Dios pueda entrar o derramar su Gracia? ¿Para qué? Si tú no renuncias a nada, nada puedes darle al Señor, y por eso el Señor no puede derramar la Gracia suficiente, pues tú no la vas a utilizar para ser Fiel a Dios, sino para ser fiel a tí mismo.
Por eso, hoy, también san Pablo nos dice:
"Cualquier cosa que hagáis, sea sin protestas ni discusiones, así seréis irreprochables y límpidos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una gente torcida y depravada, entre la cual brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir".

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