sábado, 22 de noviembre de 2014

Deja el banco de la amargura

Hoy, en el día de Santa Cecilia, patrona de la música, la liturgia de las horas nos trae un texto de San Agustín que dice:
"Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo.
Despojaos de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo".
"Es nuestra vida la que debe cantar el cántico nuevo", sí toda nuestra vida ha de ser un cántico nuevo: a Dios, a la vida, a la creación, al amor, a la luz, al calor, a la paz, a todo y a todos, por todo y por todos.
Muchas veces escuchamos a gente que no quiere cantar porque espera tiempos mejores, porque nunca está conforme con lo que le ha tocado vivir, y entonces, se sienta en el banco de la amargura a esperar que soplen nuevos vientos y le traigan la alegría al corazón. Y no va a llegar, porque en el banco de la amargura sólo hay amargura.
El soplo del aire nuevo llegó a nuestro corazón el día de nuestro bautismo, cuando, como en Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre mí y con su fuego quemó el hombre viejo que había en mí e hizo renacer el hombre nuevo desde las aguas bautismales.
¿Cómo hacer que los nuevos vientos lleguen a mi vida? Saliéndolos a buscar. Si realmente quiero cantar un canto nuevo, si quiero que mi vida se llene del gozo y la alegría de Dios, he de ir al lugar donde sopla el nuevo aire de la vida. Y, aunque parezca mentira, ese lugar está tan lejos como cerca de cada uno; porque el lugar donde sopla el aire nuevo del Espíritu está en mi corazón, y tengo que llegar ahí para descubrir que sigue aún soplando, que sigue aún vivo, que sigue queriendo iluminar mi vida con el gozo de la resurrección de Cristo, con el gozo de saber que por mí Él se ha hecho hombre y ha muerto para que las sombras de la muerte ya no residan en mí, sino que la Luz de la resurrección transforme mi vida a imagen de Jesús Resucitado.
Por eso, cada día que amanece es un nuevo canto a la Gloria de la Resurrección. Cada día que abro mis ojos a la vida vuelve a llenarse mi corazón con el gozo de la Pascua. Cada día que amanece es un nuevo día que me invita a cantar un canto nuevo de gratitud, de alabanza, de alegría porque el Señor me ha invitado y llamado para ser testigo de su Resurrección.

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