Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre los misterios.
Te enseña el Apóstol que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, que
todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el
mar. Y en el cántico de Moisés leemos: Sopló tu aliento y los cubrió el
mar. Te das cuenta de que el paso del mar Rojo por los hebreos era ya una
figura del santo bautismo, ya que en él murieron los egipcios y escaparon los
hebreos. Esto mismo nos enseña cada día este sacramento, a saber, que en él
queda sumergido el pecado y destruido el error, y en cambio la piedad y la
inocencia lo atraviesan indemnes.
Oyes cómo nuestros padres estuvieron bajo la nube, y una nube ciertamente
beneficiosa, ya que refrigeraba los ardores de las pasiones carnales; la nube
que los cubría era el Espíritu Santo. Él vino después sobre la Virgen María, y
la virtud del Altísimo la cubrió con su sombra, cuando engendró al Redentor del
género humano. Y aquel milagro en tiempo de Moisés aconteció en figura. Si,
pues, en la figura estaba el Espíritu, ¿no estará en la verdad, siendo así que
la Escritura te enseña
que la ley se nos dio por mediación de Moisés, pero la gracia y la verdad nos
han venido por Jesucristo?
El agua de Mara era amarga, pero Moisés echó en ella un madero y se volvió
dulce. De modo semejante,
el agua, sin la proclamación de la cruz del Señor, no sirve en absoluto para la
salvación; pero cuando ha sido consagrada por el misterio de la cruz salvadora,
entonces se vuelve apta para el baño espiritual y para la bebida saludable. Pues
del mismo modo que Moisés, el profeta, echó un madero en aquella agua, así ahora
el sacerdote echa en ésta la proclamación de la cruz del Señor y el- agua se
vuelve dulce para la gracia.
No creas, pues, solamente lo que ven tus ojos corporales; más segura es la
visión de lo invisible, porque lo que se ve es temporal, lo que no se ve eterno.
La visión interna de la mente es superior a la mera visión ocular.
Finalmente, aprende lo que te enseña una lectura del libro de los Reyes. Naamán
era sirio y estaba leproso, sin que nadie pudiera curarlo. Entonces, una
jovencita de entre los cautivos explicó que en Israel había un profeta que podía
limpiarlo de la infección de la lepra. Naamán, habiendo tomado oro y plata, se
fue a ver al rey de Israel. Éste, al saber el motivo de su venida, rasgó sus
vestiduras, diciendo que le buscaban querella al pedirle una cosa que no estaba
en su regio poder. Pero Elíseo mandó decir al rey que le enviase al sirio, para
que supiera que había un Dios en Israel. Y cuando vino a él, le mandó que se
sumergiera siete veces en el río Jordán. Entonces Naamán empezó a decirse a sí
mismo que eran mejores las aguas de los ríos de su patria, en los cuales se
había bañado muchas veces sin que lo hubiesen limpiado de su lepra, y se
marchaba de allí sin hacer lo que le había dicho el profeta. Pero sus siervos lo
persuadieron por fin y se bañó, y, al verse curado, entendió al momento que lo
que purifica no es el agua, sino el don de Dios.
Él dudó antes de ser curado; pero tú, que ya estás curado, no debes dudar.
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