Una fiesta litúrgica que la podemos pensar desde varios nombres: la Anunciación del Ángel a María, la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María, el Sí de María a Dios y la Encarnación de su Hijo. Todos nombres que nos ayudan a meditar en este hermoso milagro del Amor de Dios por los Hombres, porque, en definitiva, no es otra la causa de la Encarnación del Hijo de Dios que el Amor que el Padre nos tiene. Creó por Amor al Hombre y la Redimió por el mismo Amor, y no podía haberlo realizado de mejor manera que naciendo y viviendo como cada uno de nosotros, para que reconozcamos en Él el Camino para llegar a Dios.
Pero en este día lo que siempre me gusta mirar es a la persona de María, la pequeña María pero grande en su espíritu y su corazón. Porque sólo quien ha madurado en su espíritu, lo cual no se consigue sólo con la edad, puede llegar a vaciarse de su yo y disponerse de tal manera que se transforme en esclavo siendo libre.
Sí, el Sí de María nos ayuda a ver que para poder estar disponible para Dios tenemos que vaciarnos de nosotros mismos, dejar de ser YO para alcanzar la plenitud de nuestro YO. Una contradicción que en María lo vemos con total naturalidad y con mucha claridad. María se hizo la "esclava del Señor" y el Señor la convirtió en Bienaventurado por todas las generaciones y la llamamos Feliz a quien se dejó conducir por la mano de Dios.
Nosotros alabamos y estamos ligados a María, no sólo como Madre del Hijo de Dios, sino como Madre nuestra, pero no siempre tomamos su ejemplo de entrega a las Manos de Dios para alcanzar la Bienaventuranza que buscamos. Porque, de una u otra forma, todos buscamos lo que María alcanzó: "me llamarán feliz todas las generaciones". Esa Felicidad que María alcanzó por su total disponibilidad a la Voluntad de Dios es lo que nuestro corazón anhela ardientemente, pero no siempre nuestro espíritu está tan maduro como el de María para disponerse abiertamente a vivir en Fidelidad a la Palabra de Dios.
"¡Felices los pechos que te amamantaron y los brazos que te acunaron!" le dijeron a Jesús, y él respondió: "Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican". Y así definió la felicidad plena que alcanzó su Madre, porque ser madre biológica no fue lo más grande que hizo María, sino que su grande está en su Pequeñez y Disponibilidad para escuchar y practicar la Palabra de Dios.
Hoy, al mirar a María, descubramos en su pequeñez la madurez y grandeza de su espíritu para poder vivir en Fidelidad a la Palabra de Dios, para poder estar siempre disponible para Dios, porque ese es el Camino que también vivió junto a Su Hijo, y que su Hijo nos propuso como modelo de Vida: Yo soy el Camino. Que el Espíritu Santo nos ayude a madurar en disponibilidad a Dios para que podamos alcanzar la Felicidad que María alcanzó por su Fidelidad.
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