"Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados.
«¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero?"
Como vemos los prejuicios sobre la condición social o la profesión o el trabajo de cada uno, no es algo original de nuestro tiempo, sino que siempre ha sido algo que ha identificado a las personas o, mejor dicho, es algo que, en algunos casos ha marcado a las personas, pero no las ha marcado bien sino que les ha hecho daño, porque ningún tabajo es más digno que otro, pues todos los trabajos y profesiones son necesarias y lo que los hace más dignos o menos dignos es el modo en el que uno acepta y ofrece su trabajo.
"Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre.
Cualquiera sea el trabajo de ustedes, háganlo de todo corazón, teniendo en cuenta que es para el Señor y no para los hombres. Sepan que el Señor los recompensará..."
Cuando cualquier trabajo, ya sea remunerado o no, si lo hago como instrumento de santificación no sólo me santifico yo, sino que, también, dignifico y consagro esa actividad, y así todo será puesto en las Manos del Señor para gloria suya y salvación para mis hermanos.
Tener a San José como modelo de trabajador, es buscar en su trabajo y en el nuestro el gusto por la Voluntad de Dios, pues desde el silencio y la oración con que se ofrece el hacer cotidiano, vamos creciendo en la aceptación de la Voluntad de Dios, pues todo lo que le ofrecemos al Señor en nuestro día a día, siempre será bendecido con su Gracia y esa Gracia nos fortalecerá y nos ayudará a servir con alegría y gozo en lo que nos toque realizar.
Por eso, cuando me toque trabajar o cuando me toque no hacer nada, siempre hacedlo con amor a la Voluntad de Dios, como diría Santa Teresa de Ávila:
"Si queréis que esté holgando,
Quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
Morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid.
¿Qué mandáis hacer de mí?"
Así no es el trabajo el que me dignifica a mí, sino que soy yo quien dignfica el trabajo o la labor que el Padre me pide realizar, en todo momento de mi vida. Por eso, si tengo al Señor como el Centro de mi vida, y busco en todo momento su Voluntad, será mi decisión y mi disposición a su Voluntad lo que me santificará y hará que todo lo que haga sea para su gloria el bien de mis hermanos.
"Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?"
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