Hay un refrán que, por lo menos en argentina, decimos "es más papista que el papa", y es lo que uno siente al leer la disputa que surge en la primera comunidad crsitiana, entre los judíos recién convertidos y Pablo y Bernabé. Y nos encontramos que siempre, en nuestra comunidades, y en otros lugares hay quien quiere saber más que otros y así surgen las diferencias y discusiones.
En este caso ¿cómo lo resolvieron? Se reunieron todos para poder tratar, convenientemente, el tema. Para poder poder las opiniones sobre la mesa y entender qué es lo que Dios pedía en esa situación. Porque cuando se es apóstol, instrumento de Dios, no hablamos por nuestra propia cuenta o podemos decir lo que se nos antoja y darlo como Ley Divina, sino que hablamos de parte de Dios, porque sino todo son palabras humanas que no sirven para nada.
Claro es que siempre tenemos que luchar con nosotros mismos, porque siempre está la tentación de querer ser más que los demás, y, a pesar de que pueda llegar a tener algo de razón, puede ser que no sea lo que Dios nos está pidiendo.
Por eso a esta situación, cuando surja, tenemos que unirle el Evangelio, porque Jesús nos vuelve a repetir que "sin Él no podemos hacer nada". Cuando veamos que no podemos entender o comprender o aceptar una situación o algo que no nos parece, tenemos que buscar el encuentro con el Señor, dejar que sea el Espíritu de Cristo el que ilumine la situación y nos ayude a despejar nuestro corazón de nosotros mismos para poder ver con claridad, qué es lo que Dios nos pide y quiere.
Porque aunuqe haya muchas opiniones y todas tengan algo de razón, siempre hemos de buscar cuál es la Verdad y no querer sólo defender mi verdad, porque eso puede llegar a producir mucho daño no sólo en una comunidad, sino también en mí, porque corro el peligro de estar mostrando o haciendo vivir situaciones que no son de Dios.
"Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».
El permanecer en Cristo implica que cada día tengo que pedir la fuerza del Espiritu para "morir a mi mismo" y dejar que la Voluntad de Dios se haga vida en mí, y así, lo que pida al Padre se realizará, porque lo que le pida estaré de acuerdo a Su Voluntad y no a la mía.
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