Los Hechos de los apóstoles nos narran cómo a Pablo y Silas la gente los apaleó y los metieron en la cárcel, pero no es eso lo importante (por lo menos para mí) de lo que narra este texto, sino que en la cárcel comenzaron a cantar himnos y salmos a Dios. No se deprimieron ni se les perdió la confianza en el Señor, sino todo lo contrario, como muchas veces ha escrito San Pablo: "me glorío de padecer en mi carne los sufrimientos de Cristo". El dolor, el sufrimiento, la oscuridad, la persecución, nada de eso lo hizo perder la confianza en la Providencia Divina, sino que todo lo contrario cada vez más se fortalecía su confianza y su entrega, porque sabían que de todo lo que les tocaba vivir Dios sacaría algo bueno.
Y así fue, de ese momento que podría haber sido de llanto, angustia, rebeldía, desasosiego y en cambio ellos lo hicieron de alabanza y acción de gracias, Dios consiguió no sólo liberarlos a ellos de la cárcel, sino que por su actitud el carcelero y su familia comenzó a creer en el Señor Jesús y alcanzaron la salvación.
Es cierto que hay situaciones en nuestras vidas que son duras y pesadas, que nos llevan a la tristeza y el llanto, pero hoy Pablo y Silas nos enseñan a no quedarnos en la oscuridad de la tristeza sino que, levantando los ojos al cielo, poder alabar a Dios y dar Gracias por todo lo recibido, pues esa actitud de confianza en la Providencia Divina es lo que da testimonio de que, verdaderamente, creo en el Señor, que, como Jesús puedo decir: "si es posible que se aparte de mí este Caliz pero que no se haga mi voluntad sino la Tuya", pues ese es el testimonio que los demás esperan de mí cuando digo que "creo en Dios Padre todopoderoso", y no que cuando me acecha la Cruz o la oscuridad enseguida me deprimo y caigo en la desesperación de los que no tienen fe.
La tristeza y el llanto como dice Cristo es para los que no tienen fe o no han recibido aún la Gracia de lo alto, o no la han pedido, pues Él se fue para enviarnos su Espíritu que nos ayude a comprender todo y a aceptar todo lo que no puede nuestro corazón humano. Por eso el Evangelio nos presenta el momento en que Jesús se despide de los suyos prometiéndoles el Espíritu Santo, y les hace ver que, aunque se pongan tristes porque Él se va, vendrá el Espíritu que los llenará de alegría pues les hará comprender y entender todo lo que necesitan para ser Fieles y dar Testimonio de la Vida en Cristo.
Por eso no nos desanimamos sino que levantamos nuestra mirada al Cielo y clamamos al Señor ¡Ven, Espíritu Santo! y enciende en nosotros el fuego de tu Amor. Pues sabemos que sin el Espíritu Santo en nuestros corazones no somos capaces de dar un verdadero y creíble testimonio de nuestro Amor a Dios y nuestra confianza en la Providencia Divina.
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