lunes, 14 de mayo de 2018

Apóstoles de la alegría en el amor

"Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en el que convivió con nosotros el Señor Jesús, comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección».
Cuando Pedro hace este discurso para la elección del que va a ocupar el lugar de Judas Iscariote, nos da la definición de cómo o quién tiene que ser o puede llegar a ser un apsótol: "testigo de su resurrección", pero no sólo aquél que lo ha visto resucitado sino que ha compartido todo el ministerio de Jesús, desde el Bautismo de Juan, pero sobre todo la resurrección. Pues en la resurrección está la confirmación de todo lo que Jesús había predicado y anunciado, porque, como dice san Pablo: "si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe". Por eso, ellos los apóstoles y nosotros, los que hemos sido llamados a continuar la misión de ellos, somos testigos de la resurrección de Cristo, y no porque lo hayamos visto con vida, sino porque creemos en lo que ellos nos transmitieron.
Claro que ser testigo de la resurrección no significa saber sólo que Jesús resucitó, sino que hay que conocerlo y aceptar lo que él predico, anunció y mandó: "ya no los llamo siervos sino amigos porque os he dado a conocer todo lo que aprendí de mi padre", pero también nos dice "sereís mis amigos si hacéis lo que os mando". Es decir la misión del apóstol no es de esclavitud sino de amor, pues el apóstol es amigo de Jesús pues conoce todo lo que Él sabe, pero además es, como Él, Fiel a la Voluntad del Padre, que es lo que Él nos manda vivir, pues es el Camino que nos conduce a la "alegría completa".
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud".
No hay mandamiento más perfecto y pleno que nos lleve a la verdadera alegría que el mandamiento del Amor, porque intentando vivirlo, con la Gracia de Jesús, podremos dejar de pensar en todo porque todo será vivido y no sólo cumplido. El Amor no acepta el cumpli-miento sino que todo lo hace en servicio de amor a Dios y a los hermanos. Y en esa fidelidad en el Amor radica la verdadera plenitud del hombre cristiano, y alcanza así la verdadera alegria que nos prometió el Señor.

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