Santa Teresita, como se la conoce habitualmente, es una de esas santas que hablando humanamente no han realizado grandes cosas, no ha sido misionera, no ha fundado conventos ni obras religiosas, no hizo milagros en vida. Si bien desde pequeña supo que quería ser carmelita descalza, sólo algunos años después de ingresar al convento descubrió su verdadera vocación: "en el corazón de mi madre, la Iglesia, seré el Amor".
Y ese fue mayor aporte a la vida de la Iglesia: una vida de amor, simple, puro, sencillo aunque, quizás, el más difícil de vivir, porque es el amor que no se destaca porque se vive en las más pequeñas cosas de todos los días, y no pide aplausos, sino que su aplauso es el aplauso de Dios que ve en lo secreto.
Un amor que buscaba reconfortar no a quién la amaba, sino a quién no la quería, no ayudaba a quién le sonreía sino a quién le gruñía, no le prestaba a quien le iba a devolver sino a quien no le iba a pagar.
Un amor de todos los días pero del verdadero evangelio porque el amor del que ama a quien lo ama no tiene mérito, porque eso también lo hacen los paganos, decía el Señor. Por eso, ella se puso en el esfuerzo cotidiano de buscar la forma más sencilla pero más dura de vivir el amor.
Y ¿cómo se vive ese amor tan puro? Con la sencillez de los más pequeños, de los niños en Dios. Su Caminito espiritual nos deja esa huella: la de la infancia espiritual, alcanzar la madurez y la fortaleza para dejare conducir por Dios, para dejarse moldear por la mano del alfarero, y alcanzar así el mayor de los gozos espirituales: la confianza total en el Padre, pues es un corazón que se sabe amado y fortalecido por el Amor de Dios.
Hoy día buscamos grandezas, honores, títulos, riquezas, y cada día nos encontramos más vacíos que el anterior, porque cada uno vive pensando en sí mismo, en cómo alcanzar un gran lugar y un gran nombre en esta sociedad que sólo aplaude a los que más se destacan, pero no son los que más tienen el corazón lleno, sino que han llenado sus bolsillos.
Santa Teresita nos muestra un camino mucho mejor, porque es el Camino que nos conduce al verdadero sentido de nuestra vida: el Amor, el amor que ama, que se entrega, que no busca el aplauso de la sociedad sino que busca el amor del Padre que ve en lo secreto, que es quien mejor reconoce nuestra entrega diaria.
Santa Teresita no buscó grandezas, buscó cada día ser más pequeña en los brazos de María y del Padre, buscó cada día ser más pertenencia de Cristo, y pidió constantemente al Espíritu la fortaleza para encontrar Su Caminito, para poder recorrerlo para poder dar a Su Madre, la Iglesia, lo que Ella necesitaba para poder ser Fiel a la Vida que le había dado Jesús. Buscó cada día el mejor lugar para amar y darse por entero, y así desde lo pequeño y oculto de su celda del Carmelo se transformó en Camino Espiritual para muchos hijos de Dios.
Y ¿cuál fue su alimento espiritual? Las Sagradas Escrituras, la oración, la vida de otros santos a quienes quería imitar, y, por sobre todas las cosas la Eucaristía, pues Jesús no podía quedarse oculto en el frío del Sagrario sino que se había quedado en el Pan Eucarístico para estar siempre en el calor del corazón de los hombres.
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