Le dice San Pablo a los Romanos:
"Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).
Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios."
Una hermosa realidad: ser hijos. Una hermosa realidad que nunca dejamos de ser, pues siempre tendremos la misma diferencia de edad con nuestros padres, y siempre para ellos seremos hijos. Aunque, a veces, nos olvidamos que somos hijos y que tenemos padres. Por eso Dios nos lo recuerda constantemente y no para tenernos atados a Él, sino para que podamos gozar de ese don tan hermoso que es la filiación divina.
Cuando hemos experimentado la belleza de la relación padres-hijos. Cuando hemos sentido la protección y la cercanía de nuestros padres. Cuando hemos vivido la alegría de ser consolados, abrazados y mimados; no podemos dejar de buscar siempre esa misma relación. Una relación que, para muchos, se termina cuando se llega a la edad adulta, pero sin embargo es una relación que nunca debería terminar, ni siquiera con la muerte de nuestros padres.
Esa relación es la que quiere Dios tener con nosotros, por eso nos hizo hijos en el Hijo, para poder vivir con nosotros una relación filial, para que nos sintamos siempre acompañados por nuestro Padre, para que nos sintamos siempre consolados por nuestro Padre, para que sintamos siempre la Voz del que ha conocido la Vida y quiere para nosotros el mejor camino para que la vivamos.
Por eso, el Hijo conociendo el Amor del Padre nos pidió, una y más veces: "haceos como niños", por que, en definitiva, los hijos siempre somos los niños de nuestros padres, tengamos la edad que tengamos, tengamos los títulos que tengamos, nunca nos jubilamos de ser hijos, de ser los niños de nuestros padres.
Y esa realidad tiene que ser para nosotros un gozo constante, una alegría cierta y segura, porque tendremos donde poder reclinar nuestra cabeza cuando lo necesitemos, porque tendremos donde buscar consejos cuando no sepamos el camino, tendremos donde recuperar fuerzas cuando nos agobie el día a día, tendremos un regazo donde recostarnos cuando el mundo nos canse y nos quite las fuerzas para seguir amando.
A mí me parece que es el mejor y el más hermoso de los títulos que nos podría haber regalado nuestro Dios: ser hijos suyos. Claro que para nosotros es un esfuerzo constante recordarlo y más vivirlo, porque como hijos también tenemos responsabilidades, obligaciones y, sobre todo, recordar que no sabemos más que nuestro Padre, aunque tengamos los títulos que tengamos y el coeficiente intelectual más alto; porque Él tiene la Sabiduría del Espíritu y de los siglos, que, por eso, quiere que nos dejemos iluminar y guiar, porque Él conoce mejor los caminos y sabe cuáles son los mejores para mí. Por que, aunque nos cueste reconocerlo, siempre nuestros padres han tenido razón cuando nos han indicado el camino.
No perdamos nunca el espíritu de hijos, el espíritu de niños, para poder así gozar del Amor del Padre y del cuidado de nuestros padres, porque estén en la tierra o en el Cielo siempre estarán junto a sus hijos. Lo importante es que los hijos estén cerca de sus padres y del Padre.
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