Cuantas cosas que se pueden dar en un texto tan corto como el de hoy: la curación de Bartimeo, el ciego de nacimiento. Porque el evangelio si bien quiere mostrarnos el poder de Jesús al hacer el milagro, no se limita sólo a contarlo sino a narrar toda una situación para que desde esa situación podamos rescatar lo que Dios quiere decirnos, o quiere hacernos reflexionar.
En una primera mirada siempre nos quedamos con el milagro, porque es lo que nos llama la atención y lo que necesitamos: milagros, que nos salven de una situación difícil, dolorosa, de una cruz o de una enfermedad, o de una situación social. Más de una vez recurrimos a Dios sólo por los milagros. Y por eso, cuando vemos estos relatos nos paramos sólo en ese hecho, pero hay muchas más cosas para ver.
Bartimeo sólo podía hacerse una idea en su mente de lo que pasaba, de quién era el que estaba cerca, pero no podía saber quién estaba con él, ni cuanta gente había. Pero no le importaba lo que podía pasar, él necesitaba a Jesús porque lo que realmente sabía era lo importante: acercarse al Hijo de David para que le devolviera la vista. Por eso comienza a gritar para llamar la atención de aquél que lo podía salvar.
Los que seguían a Jesús que hacen frente a este pobre ciego que llamaba a Jesús: ¿lo ayudan a acercarse a Él? ¿Reparan en la necesidad del ciego? No, no quieren que lo moleste. Quizás con una sana intención de que Jesús pudiera seguir hablando, predicando, puede ser. Pero en el fondo estamos tan centrados en nosotros mismos que no somos capaces de descubrir la necesidad de los demás, de compadecernos del dolor del otro, y por eso intentamos que no nos quite el lugar que tenemos, porque soy yo, ahora, quien quiere estar cerca de Jesús, porque mi dolor es más grande que el tuyo.
Si embargo, Jesús, no se conforma con que los demás quieran hacerle callar, sino que hace que ellos mismos lo llamen, que salgan de sí mismos, y puedan hacer lo que no querían hacer: dar paso a aquél que tiene una necesidad, y hacer ellos mismos de puente ante el necesitado: les encarga una misión acercar al ciego a Jesús. Y es hermosa la frase para llamar al ciego, ellos le dicen: "Ánimo, levántete, que te llama". Por que esa es la intención que tenemos que tener todos para acercar a nuestros hermanos a Jesús, Él nos llama porque ha escuchado nuestro lamento, porque quiere darnos Luz para poder ver mejor, para que la oscuridad que nos impide ver sea disipada por la fe.
Por eso Jesús, no le dice al ciego (como no le dice a nadie a quien a sanado) que su poder lo ha curado, que ha sido Él quien le ha dado la vista, sino que le dice: "Anda, tu fe te ha sanado". Porque la Luz de la fe es la que nos permite ver con más claridad, nos ayuda a levantarnos de nuestra postración y mirar desde Dios toda nuestra realidad. Es la Luz de la fe, de la confesión de nuestra fe, la que nos ayuda no a no tener cruces y pesares, sino a mirar, como dice el Salmo, "que Él ha estado grande con nosotros", que Dios ha realizado grandes cosas en nuestras vidas y que por eso, aunque hoy el árbol nos tape el resto de la vida, hemos de buscar la manera de mirar el todo, porque en el todo está la grandeza de lo que tenemos y de lo que somos.
La Luz de la fe es lo que nos permite iluminar nuestra vida con otros ánimos, con otra fuerza para que la confianza en la Providencia sea la que nos encienda cada día para mantenernos en pie, y seguir caminando por el Camino de la Salvación, en el que no sólo nos salvamos nosotros, sino que somos instrumentos para llevar hacia Jesús a nuestros hermanos.
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