"Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo:
- «Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica".
Cada momento de su vida, y, sobre todo, en las últimas horas de su vida Jesús nos fue dando lecciones sobradas de cómo vivir cuando decimos que todos somos iguales, que todos tenemos la misma dignidad. Porque hoy escuchamos mucho sobre los derechos sobre la dignidad de unos y de otros, escuchamos muchos sobre la igualdad entre todos, pero en el día a día, cuando estamos a pie de calle si puedo pararme encima de mi vecino lo intento. Porque es más quién puede pisar más fuerte, parece que es sólo es digno quien grita primero, o sólo merece la igualdad quién hace más ruido.
Por eso Jesús nos mostró, desde el momento de su concepción en el seno de María, que no sólo nos habló de la dignidad y la igualdad entre los hombres, varones y mujeres, entre razas y naciones, sino que Él mismo se abajó de su condición para mostrarnos que los actos son los que hablan de lo que queremos vivir. Y que no es más quién lava los pies que quien se los deja lavar. Pues lo importante no es lavar o no los pies a mi hermano, sino cómo lo recibo en mi corazón.
Porque sólo el amor vivido en la entrega cotidiana es el que nos hace a todos hermanos, el que nos hace a todos iguales, el que nos da todos la misma dignidad. No habrá leyes humanas que nos hagan a todos iguales, ni leyes humanas que nos den mayo dignidad que la Ley del "ámense los unos a los otros como Yo os he amado", pues sin el amor que llene el corazón de los hombres nunca podremos vivir como iguales, porque siempre buscaremos estar más alto que los demás.
Hoy, en cada lugar, en cada familia, en cada comunidad, en cada país vemos como nos vamos "comiendo" unos con otros, nos vamos convirtiendo en enemigos unos de otros, porque siempre hay algo que me molesta del otro, siempre hay algo que tengo que reclamarle al otro, siempre hay algo que me impide perdonar, que me impide pedir perdón, siempre hay algo que tengo que reclamar, siempre encuentro una excusa para no amar, para no perdonar, para no formar comunidad, para no entregarme a la construcción de un mundo mejor, de un Hombre Nuevo que genere Vida Nueva.
Sí, seguro que esto suena a utopía. Sí, seguro que amar es difícil. Pero no podemos dar por finalizado un período si aún no hemos puesto en práctica aquello que deseamos vivir. Para esto San Agustín nos ayude diciéndonos que:
"Por eso, en ella, todos los miembros tienen entre sí una mutua solicitud: si sufre uno de los miembros, todos los demás sufren .con él, y, si es honrado uno de los miembros, se alegran con él todos los demás. Es porque escuchan y guardan estas palabras: Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente, no con un amor que degrada, ni con el amor con que se aman los seres humanos por ser humanos, sino con el amor con que se aman porque están deificados y son hijos del Altísimo, de manera que son hermanos de su Hijo único y se aman entre si con el mismo amor con que Cristo los ha amado, para conducirnos hasta aquella meta final en la que encuentran su plenitud y la saciedad de todos los bienes que desean. Entonces, en efecto, todo deseo se verá colmado, cuando Dios lo será todo en todas las cosas.
Este amor es don del mismo que afirma: Como yo os he amado, para que vosotros os améis mutuamente. Por esto nos amó, para que nos amemos unos a otros; con su amor nos ha otorgado el que estemos unidos por el amor mutuo y, unidos los miembros con tan dulce vínculo, seamos el cuerpo de tan excelsa cabeza".
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