Me parece fantástica la respuesta que le da Jesús a Nicodemo, cuándo Nicodemo le pregunta cómo se hace para nacer del Espíritu:
«Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio".
Hablar es muy fácil porque todos más o menos sabemos hablar, tenemos conocimientos de algunas cosas, sabemos cosas, nos informamos, y, algunos, más de uno, se creen Maestros del pueblo pues creen que con opinar de todo, que con criticar sin desmayo, que con alzar la voz o gritar, o dar largos discursos saben más que otros que desde su silencio hacen muchas cosas, ofrecen su vida, su trabajo, su sabiduría, su solidaridad, se esfuerzan por construir desde el silencio una sociedad más justa, fraterna y libre.
No somos maestros de nada los que creemos saber de todo, sino que son maestros de la vida aquello que desde su acción de cada día nos ofrecen el testimonio de sus vidas. Porque "obras son amores y no lindas palabras".
Por eso Jesús le sigue diciendo a Nicodemo:
"Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre".
Porque sólo creerán los que quieran creer, los que estén dispuestos a creer. Y así sólo hablarán los que les gusta hablar pero, más de una vez, no moverán un dedo para poder hacer algo que vaya más allá de sus propias vidas. Por eso, el mandamiento que nos dejó Jesús en la Última Cena va más allá de lo que podemos hacer para nosotros mismos: "amaos unos a otros como Yo os he amado". Y Él amó no sólo a los que lo seguían, sino que perdonó a aquellos que lo estaban clavando en la Cruz y lo entregaron a la muerte.
Nuestra vida como discípulos y seguidores de Jesús no es sólo aprender doctrina y saber hablar de Dios o aprendernos la Biblia de memoria, sino que es vivir radicalmente la Voluntad de Dios, ser Fieles a la Vida que Dios nos ha dado y nos ha llamado a vivir, sin mirar si el de al lado vive mejor o peor, porque el Señor me pedirá cuentas a mí de lo que yo he vivido y he entregado, no de lo que ha vivido el de al lado. No estiremos el ojo para mirar la paja del ojo de mi hermano, sino que vivamos intensamente nuestra fe para dar testimonio con nuestra entrega diaria de la santidad que el Padre nos está permitiendo vivir.
"En la medida en que se amen entre ustedes los hombres sabrán que son mis discípulos", por eso en los Hechos de los Apóstoles se dice que:
"En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía.
Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado".
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