Dice San Pablo a los Corintios:
"Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios".
Es el sentido de nuestra consagración bautismal, toda nuestra vida es de Dios, para Dios y con Dios, por eso cada una de los cosas que hacemos debemos hacerla para gloria de Dios. Y no porque Dios necesite que nosotros lo glorifiquemos, sino porque glorificándolo todo lo que hacemos redunda en Gracia para nosotros o para quien nosotros lo ofrezcamos.
El sentido de una vida consagrada a Dios es poder vivir para Él, para que, como Jesús, nuestra vida sea (aunque pequeño) complemente para Su Plan de Salvación de los hombres.
"Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia", le dice San Pablo a los Colosenses.
Si éste es el sentido que le damos a nuestros sufrimientos, por qué no dárselo también a todo lo que hagamos en nuestra vida. Santa Teresita de Lisieux en su Caminito de perfección va a decir que:
"Sí, Amado mío, así es como se consumirá mi vida… No tengo otra forma de demostrarte mi amor que arrojando flores, es decir, no dejando escapar ningún pequeño sacrificio, ni una sola mirada, ni una sola palabra, aprovechando hasta las más pequeñas cosas y haciéndolas por amor…
Quiero sufrir por amor, y hasta gozar por amor".
Todo (menos el pecado) sirve para nuestra santidad y para la salvación de las almas, por eso tenemos que ser más conscientes de nuestra consagración bautismal, porque no sólo las monjas y los curas, pueden rezar y ofrecer sus cosas a Dios, sino que todos los que estamos bautizados estamos consagrados a Dios y somos instrumentos de salvación, gracias a Jesús, para el mundo.
Por lo mismo, agrega San Pablo:
"No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo".
Nuestra vida cristiana nos expone (lo queramos o no) a los ojos del mundo, y el mundo nos juzga, nos mira y si le gusta lo que vivimos acepta lo que le proponemos o no. Nuestra vida, toda nuestra vida, es un espejo de lo que anhelamos vivir.
No dudemos de aquél llamado que nos hizo Jesús:
"vosotros sois la luz del mundo... vosotros sois la sal de la tierra..."
Él confía en nosotros, confiemos nosotros en Su Amor y llenemos el mundo con los pétalos derramados e inundémoslo con el hermoso perfume de la santidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.