Del Diálogo de santa Catalina de Siena, virgen, Sobre la divina providencia
El Padre eterno puso, con inefable benignidad, los ojos de su amor en aquella
alma y empezó a hablarle de esta manera:
«¡Hija mía muy querida! Firmísimamente he determinado usar de misericordia para
con todo el mundo y proveer a todas las necesidades de los hombres. Pero el
hombre ignorante convierte en muerte lo que yo le doy para que tenga vida, y de
este modo se vuelve en extremo cruel para consigo mismo. Pero yo, a pesar de
ello, no dejo de cuidar de él, y quiero que sepas que todo cuanto tiene el
hombre proviene de mi gran providencia para con él. Y así, cuando por mi suma
providencia quise crearlo, al contemplarme a mí mismo en él, quedé enamorado de
mi creatura y me complací en crearlo a mi imagen y semejanza, con suma
providencia. Quise, además, darle memoria para que pudiera recordar mis dones, y
le di parte en mi poder de Padre eterno.
Lo enriquecí también al darle inteligencia, para que en la sabiduría de mi Hijo
comprendiera y conociera cuáles mi voluntad, pues yo, inflamado en fuego intenso
de amor paternal, creo toda gracia y distribuyo todo bien. Di también al hombre
la voluntad, para que pudiera amar y así tuviera parte en aquel amor que es el
mismo Espíritu Santo; así le es posible amar aquello que con su inteligencia
conoce y contempla.
Esto es lo que hizo mi inefable providencia para con el hombre, para que así el
hombre fuese capaz de entenderme, gustar de mí y llegar así al gozo inefable de
mi contemplación eterna. Pero, como ya te he dicho otras muchas veces, el cielo
estaba cerrado a causa de la desobediencia de vuestro primer padre, Adán; por
esta desobediencia vinieron y siguen viniendo al mundo todos los males.
Pues bien, para alejar del hombre la muerte causada por, su desobediencia, yo,
con gran amor, vine en vuestra ayuda, entregándoos con gran providencia a mi Hijo
unigénito, para socorrer, por medio de él, vuestra necesidad. Y a él le exigí
una gran obediencia, para que así el género humano se viera libre de aquel
veneno con el cual fue infectado el mundo a causa de la desobediencia de
vuestro primer padre. Por eso, mi Hijo unigénito, enamorado de mi voluntad,
quiso ser verdadera y totalmente obediente y se entregó, con toda prontitud, a
la muerte afrentosa de la cruz y con esta santísima muerte os dio a vosotros la
vida, no con la fuerza de su naturaleza, humana, sino con el poder de su
divinidad.»
sábado, 31 de octubre de 2020
Cuan bueno es, Señor, tu Espíritu
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