domingo, 1 de noviembre de 2020

Bienaventurados

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Para mí, ésta es la Bienaventuranza que engloba a todas las demás, pues si no tenemos pobreza de espíritu no llegaremos a comprender lo que Jesús quiere decirnos con el resto de las Bienaventuranzas.

Para muchos la pobreza de la que habla Jesús, es la pobreza material, pero creo que no es así (aunque también importa) sino la del espíritu que es la más difícil de conseguir, porque pobreza de espíritu significa humildad, saber que no todo lo sé, saber que hay otros que saben más que yo, saber que puedo estar equivocado, saber que tengo que perdonar y pedir perdón, saber que ante el Señor yo soy lo más pequeño.

Claro que no hay que confundir pobreza espíritu, o humildad, con la falsa humildad de hacer el humilde o el que no sé nada para pasar desapercibido y que nadie me pida nada, o no ofrecerme nunca para nada porque “es que yo no sé nada, no soy nada”. ¡NO! Dios no crea la nada, nos crea a cada uno de nosotros para algo, y ese algo es el que tenemos que averiguar para poder ser lo que realmente Dios quiere que seamos.

La falsa humildad está muy hermanada con la soberbia, el egoísmo y la mentira, porque, en definitiva, estoy haciéndome el humilde y no siendo humilde. Me quedo en el último lugar no para no estorbar, sino para que nadie me moleste en mi vida, para que nadie se meta en mi vida; pero ahí, desde el lugar que he elegido puedo seguir tirando dardo o piedras, total nunca se van a fijar en mí.

La pobreza de espíritu es saber que soy hijo, pequeño, y que sólo Dios sabe cuál es mi camino, cuál es el sueño que tiene de mí, y, por eso, día a día me pongo en sus Manos para discernir cuál es Su Voluntad y poder llevarla a cabo. Para eso me dejo guiar y conducir por quien sabe del espíritu y pregunto cuando no sé cómo se hace.

María, la Madre de Jesús, nos enseña que las preguntas son necesarias cuando no se sabe cómo llevar a cabo la Voluntad de Dios: “¿cómo será eso si no convivo con varón?”, y a la palabra del Ángel, como enviado del Padre, Ella obedeció y llegó a ser la Bienaventurada, porque aceptó en su corazón y en su vida la voluntad de Dios.


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